Historia de acciones afirmativas para negros en las universidades de Brasil

“Ese proceso sobre la exclusión de las personas negras de la educación superior, agitó y obligó a la sociedad a debatir la raza, la raza en Brasil, igual que acá, no era debatida, no era hablada, no existían estadísticas, había una gran reserva. Y los métodos de la elite siempre son los mismos. Y en Brasil, la elite es una elite muy eficiente, que tienen métodos que – yo creo – vienen de la tradición colonial portuguesa, que es muy diferente a la tradición colonial española o hispánica”

Desde la Facultad de Ciencias Sociales la antropóloga Rita Segato que visitó Uruguay en la primera semana de abril, habló sobre este proceso en Brasil, de la que fue protagonista de primera línea. Segato doctora en Antropología está radicada en Brasil desde hace varios años. Es catedrática en Bioética y Derechos Humanos en la Universidad de Brasilia e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Brasil. Lo que sigue a continuación son los pasajes más salientes de su ponencia y una breve intervención del director de Educación del Ministerio de Educación y Cultura, Luis Garibaldi, en la Facultad de Ciencias Sociales (FCS-Udelar el pasado 3 de abril.

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– Muchas gracias por querer escucharme. Una de las cosas que hemos percibido a lo largo de todo este proceso de la lucha por las cuotas es – precisamente – que, junto a la lucha por el fin del racismo académico, vino otra batalla, que es la batalla por el derecho a narrar esa lucha. Porque muchas veces hay un forcejeo, hay un gran conflicto con relación a quien va a tener la narrativa definitiva sobre ese proceso que – en mi percepción – es un proceso que fue una página de la historia brasileña. Y lo escribo así y lo digo así y estoy dispuesta a defenderlo ante cualquier persona que lo quiera debatir. Porque ese proceso de debate sobre el racismo académico, sobre la exclusión de las personas negras de la educación superior, agitó y obligó a la sociedad a debatir la raza, cosa que – excepto en los espacios del movimiento negro, en los espacios del activismo negro, fuera de esos espacios – la raza en Brasil, igual que acá, no era debatida, no era hablada, no existían estadísticas, había una gran reserva. Y los métodos de la elite siempre son los mismos. Y en Brasil, la elite es una elite muy eficiente, que tienen métodos que – yo creo – vienen de la tradición colonial portuguesa, que es muy diferente a la tradición colonial española o hispánica, como en nuestros países y que tiene una táctica que es permanente. O sea, postergar los conflictos y no nombrar los problemas. Entonces, la evasividad con relación a la cuestión racial fue muy larga y creo que termina – justamente – cuando empieza el debate por la universidad. Porque la universidad es estratégica para la reproducción de las elites, porque el lugar donde las elites en una nación se reproducen, es en la universidad y en la universidad pública, en nuestros países. Todavía es así y no sé por cuanto tiempo va a continuar siendo así, pero es así.

Entonces, inmediatamente, cuando se habló de una competencia un poco más igual por los espacios – en la educación superior – para negros y blancos, inmediatamente ese golpe fue sentido al instante. Porque eso significaba democratizar la universidad, en términos raciales, en un país donde casi la mitad de la población es negra. Y si vamos a decir – y ahí viene el tema de la afrodescendencia – qué proporción de la población es afrodescendiente, un 85% es afrodescendiente. Por eso es un problema muy peliagudo, porque cuando se implantan las cuotas con diferentes tipos de matrices, con diferentes tipos de modelos y proporciones, dependiendo de la región… Hoy, por ejemplo, estoy un poco conmovida, porque justamente hoy, esta tarde, en mi Universidad, las acciones afirmativas en Naciones Unidas, todas las formulaciones de lo que sea discriminación positiva y acciones afirmativas referidas, con base en el criterio de discriminación positiva, son siempre por tiempos limitados, son siempre con un tiempo en que la medida se levanta. Y se cumplieron este año diez años de las cuotas en la Universidad de Brasilia. Por estos dias el Consejo Máximo de la Universidad estaba debatiendo si habría o no continuidad. Es un tema muy interesante, porque tiene que ver con que la gente misma, los interesados mismos, se hayan realmente apropiado de esa lucha y la hayan llevado adelante. Hoy se daría el gran test, la gran prueba de si fue así o no fue así. Por eso es importante aprovechar esa experiencia para ver qué se puede y no se puede hacer desde el estado y qué se puede y no se puede hacer desde las instituciones y qué es lo que la gente tiene que hacer por sí misma, o cómo el estado puede llevar a la gente a hacer algo por sí misma. Porque ese sería – realmente – un papel importantísimo del estado pero que no lo vemos en ningún lugar, que es el papel que yo llamo en un texto mío “papel devolvedor” para la sociedad de las riendas de su propia historia. Esto es lo más difícil de ver en un estado, porque el estado no entrega poder, él concentra poder. Entonces, ¿cómo sería posible pensar en un estado devolvedor, restituidor, de agencia colectiva a sujetos colectivos? Y yo creo que la meta es esa. La meta que debemos aprender a formular y para la cual debemos crear retóricas.

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Entonces, la cuestión de la afrodescendencia es clave. Claro que es un conjunto de palabras, un término, un concepto mucho más noble el hablar de afrodescendientes. Y ahí es muy importante considerar las matrices de diversidad que cada nación constituye. O sea, cada una de nuestras naciones tiene los mismos problemas, los mismos dilemas, las mismas figuras de la raza, de la identidad, de la región, de capital-provincia, interior, nación, unidad nacional. Tenemos todos los mismos problemas. Pero las matrices que organizan o las matrices de diferencia que organiza las formas en que se van a comportar esos problemas, varían de una nación para otra. Por ejemplo, en el Brasil, la elite es afrodescendiente. Fernando Henrique Cardoso – y lo dijo públicamente – es afrodescendiente. “Chico” Buarque. O sea, figuras que son de la alta elite brasileña, en el fondo tienen una ancestralidad. Y esa es una cosa que – en el mismo país – no se ha analizado completamente bien.

Ahora, yo creo que la matriz de alteridades uruguayas no es así, es otra. Se pueden traer algunas de las lecciones de un proceso nacional a otra nación. Se puede aprovechar eso, sí. Pero lo primero es tener un diseño claro de cómo es la matriz, la formación de alteridades de esta nación, que es muy particular. O sea, se parece un poco a la argentina y un poco a la brasileña, pero no es igual a ninguna de las dos. ¡Y eso es lo extraordinario de nuestro continente! Que cada una de las naciones tenemos los mismos ingredientes, pero organizados por gramáticas que son diferentes y que resultan de historias particulares. Entonces por eso, aquí, quizás se pueda hablar de afrodescendencia, porque la marca coincide con el origen. Pero lo que tuvimos en Brasil es fraudes en los procesos de acciones afirmativas en personas que se presentaron como afrodescendientes y lo son. Pero son blancas al ojo de la sociedad. No tienen ningún problema de discriminación, de estigmatización, que una persona con la marca negra tiene. O la marca del mulato pobre, tiene. Es decir, es muy evanescente, muy difícil circunscribir lo que es la raza, ese “otro” racializable en nuestros países. Es muy difícil, pero es obligatorio, porque el racismo existe. O sea, la raza es muy difícil de cercar y de describir, pero el racismo existe. Entonces, tenemos que observar el racismo para saber lo que es la raza y no sirven los modelos de un país para otro. Lo sabemos y lo saben los mismos brasileños. Un brasileño sube a un avión blanco en Brasil y baja a un avión siendo negro en Argentina. Porque el ojo que ve es un ojo informado por una historia de conflictos, de eventos totalmente diferentes que están en la conciencia de las personas, que está en la forma que las personas observan y clasifican.

Todas las personas que estamos aquí, somos personas blancas o negras que hemos sentido – en algún momento – la “ira santa”. Una ira, una indignación frente a la injusticia. Somos personas que practican una ética de insatisfacción, una ética insatisfecha, una ética disconforme. Porque hay otras personas que no, que practican una ética de la conformidad, ¿no? Que no sienten la “ira santa”. Política es piel, política es pura sensibilidad. Me acordé de un evento en mi escuela primaria, que era una escuela de elite. Una escuela pública, pero de elite y todas eran personas blancas y de elite. Y había una niña que tenía derecho, acceso a la primaria, porque su papá era el portero de una institución en el barrio. Y no era negra afrodescendiente, pero aquello que en Argentina se mira con más rigor. Porque en Argentina lo que se mira con más rigor es el trazo indígena, el mestizaje con el indio. Porque es la conquista del desierto, el conflicto mayor, la culpa histórica de la elite. Entonces – como me dijo un preso una vez – lo que el preso, el asesino, en primer lugar lo que más odia, es a su víctima. En esa guerra interna, la elite exterminó a los indios.

Y hasta que nuestros países no paren y se miren en el espejo y se miren a sí mismos y analicen la complejísima cuestión racial que nos habita, que habita a nuestros pueblos, que corre por nuestra sangre, creo que nuestros países no van a salir de la confusión en que se encuentran. La raza es un tema central y hay que nombrarla, pero para nombrarla, no se pueden importar los nombres del mundo norte. No se puede importar el paradigma racial anglo, porque está constituido por una historia muy distinta, resultante de conflictos muy diferentes a los nuestros y de hibridaciones poblacionales muy distintas a nuestras hibridaciones poblacionales. Entonces, tenemos un problema que no lo vamos a solucionar importando autores, citando a los autores del norte, que es lo que en la práctica no enseña la universidad eurocéntrica, colonizada. Nos enseña que vamos a aprender a pensar leyendo a los autores del norte que – en realidad – no tienen compromiso con nuestras realidades. La universidad nos entrena para una fobia de la localidad, para que tengamos fobia de quiénes somos y del espacio humano que habitamos, que es nuestra atmósfera. Hasta que no consigamos romper eso y mirar en nuestras inmediaciones, creo que nuestros países no van a levantar cabeza, de verdad.

Las dos personas que dentro de Brasil, de una universidad brasileña, inician el discurso de la propuesta de las cuotas, somos dos personas, dos profesores del Departamento de Antropología de la Universidad de Brasilia. Uno de ellos es José Jorge de Carvalho y yo. Somos firmantes de la primera propuesta de cuotas que es la propuesta que llega en 2012 a la Suprema Corte de Justicia, que es quien va a decidir – finalmente – si esa propuesta fue constitucional o no. Ese proceso comienza con un caso de racismo y propone reservar cupos para un número – que en ese momento fue sacado de la manga – del 20%. No teníamos mucha noción de que – por ejemplo – Brasilia es la tercera ciudad más negra de Brasil en proporción de habitantes, porque eso no se ve cuando uno circula por las regiones centrales de la ciudad. No había muchos datos duros. Acababan de salir los datos del IPEA sobre educación, sobre trabajo, sobre salario. Pero fue básicamente una reacción resultante de la “ira santa” frente a un caso en el que casi se elimina de un curso de antropología de prestigio dentro de Brasil, como es el programa de antropología del Departamento de la Universidad de Brasilia, casi se elimina, se corta la carrera de un estudiante negro, brillante, que no merecía ser excluido de esa forma.

Ahí empezamos y esta propuesta fue tratada como una “quijotada” y solicitamos reservar el 20% para estudiantes negros en la graduación. Y ahora se está extendiendo a la postgraduación porque fue votado. También se votó la semana pasada la reserva de cupos para el empleo público y hubo varios movimientos de la sociedad. Pero en aquel momento – 1998 –, en agosto de 1999, después de un gran trauma, de una enemistad que nunca se subsanó, una herida dentro del departamento que nunca más se subsanó, empezamos a hablar de una propuesta en noviembre y diciembre de 1999. Y eso hablado en el medio propiamente académico, no dentro del movimiento negro, causó una agitación que – hoy en día – se puede medir. Y hay tesis doctorales y análisis hechos por estudiantes de Brasil o del exterior y hubo como un movimiento de las placas tectónicas de la nación. Porque la elite tuvo que salir de su resguardo, salir de ese silencio con el que siempre atrasó todos procesos de transformación de la sociedad, salir de su escondite y discutir. Y decir: “No. No, no. Cuotas, no. La universidad es meritocrática, la universidad no es racista. El examen de ingreso es ciego, los alumnos dan ese examen y no se sabe quienes son, es una prueba absolutamente meritocrática, no hay racismo en la universidad”. Y cuando vino a afirmar eso, no lo pudo sustentar. No existieron datos con los que la elite pudo refrendar y probar lo que estaba afirmando.

Y ahí viene ese gran cataclismo de que el tema de la raza entra en los medios. No fue Durban y eso lo discuto a muerte. Durban fue muy importante, pero Durban no llegó a destino. O sea, fue tocar el corredor donde la elite se multiplica, se reproduce y – a partir del cual – se catapulta a las posiciones donde se decide la distribución de los recursos de la nación. Entonces, cuando vio amenazada esa capacidad reproductiva y ese monopolio de las reparticiones públicas y de los cargos donde se distribuyen los recursos de la nación, ahí la elite salta y ahí el tema de la raza pasa a aparecer. Y hay medidas de como es masacrada en los discursos de los parlamentarios, que no son solamente los parlamentarios negros, como lo habían sido hasta el momento, que son muy pocos. En fin, en una serie de espacios institucionales, la raza pasa a ser debatida. Primero, con la elite intentando defenderse de ese proceso. Entonces, gente que nunca jamás se había preocupado por la clase, o gente que nunca se había preocupado porque en la universidad no hay pobres, ahí empezaron a decir: “No, no. Tiene que haber pobres. Negros no. Gente de baja renta. Vamos a hacer cuotas para baja renta. Vamos a hacer cuotas para estudiantes de escuelas públicas”. En la universidad no hay estudiantes de escuelas públicas, porque el examen vestibular se pasa si uno tiene buena renta. Entonces, todo esto salta, intentando tapar la cuestión racial. Eso sí que es igual que acá. No hablar de raza, cómo evitar hablar de raza. Y, hasta hoy, la cuestión es esa: cómo no nombrar la raza.

Ahí entendimos varias metas. La meta era ingresar, la meta era permanecer, la meta era que el profesor no mostrase gestos o palabras discriminatorias en la sala de aula, como lo hacen en muchos casos con discursos racistas u homofóbicos, constantemente. Y también muchos sexistas, sobre todo en algunos cursos de Lógica, de Matemáticas y en algunas materias de Filosofía, en que los profesores piensan que las mujeres no tienen abstracción. El profesor debe ser un sujeto ejemplar de ciudadanía, no solamente en el traspaso de los contenidos. Los estudiantes deberían poder tener un control social de los contenidos que vienen a buscar, que se promoviese una discusión constante que esos estudiantes pudieran decir qué buscaban en la universidad, qué busca su mundo en la universidad. Y qué tienen también para ofrecer a la universidad. O sea, que la institución fuera transformada por esas presencias, en el sentido que esas presencias tienen algo para ofrecer, también, como formas de felicidad, como el “buen vivir”, como estilos de existencia que – en algunos aspectos – son mucho más interesantes, mucho más solidarios, donde la práctica de la reciprocidad es obligatoria y que en el mundo individualista de las carreras universitarias se pierde.

Que todo eso estuviera previsto – evidentemente – no lo logramos, porque al votarse las cuotas, al votarse las acciones afirmativas por un período de diez años, primero no se consideraron los tres órganos que habían sido previstos en el proyecto nuestro, que eran tres órganos que – me parece a mí – son esenciales para controlar una acción afirmativa:
1. Uno es del monitoreo, que no haya falsificaciones, que no haya tergiversaciones. Que no sea contaminado el proyecto con relación a sus metas.
2. El segundo era un órgano subdividido en dos, que era de acompañamiento psicopedagógico. O sea, cuidar con el sufrimiento psicológico de las personas beneficiarias de la medida. Y el sufrimiento psicológico es grande, porque en algunos casos hay suicidios y abandono, porque el medio universitario es profundamente racista. Nosotros tenemos una santificación de los modelos teóricos que son blancos, que vienen del mundo europeo, que vienen del mundo blanco. Y ese eurocentrismo de nuestra visión de los saberes autorizados, de la autoridad en el saber y esa identificación de la autoridad en el saber como una autoridad blanca, es un racismo de los saberes y es, también, racismo. O sea, el aire que respiramos en la universidad, es racista. No solamente racista de las personas, sino también racista de los saberes.

Nosotros enseñamos a nuestros estudiantes que aquí, entre nosotros, no florece el pensamiento. Por lo tanto, el pensamiento no es oscuro. Nuestro mundo es oscuro, todos nosotros lo somos. Nuestro paisaje es un paisaje colonizado. Hasta los blancos en nuestros paisajes somos contaminados por el carácter colonizado del paisaje que habitamos, conquistados por el paisaje que habitamos. Entonces, lo que le trasladamos a nuestros estudiantes, es que el norte piensa la teoría, del norte baja teoría. ¡Eso es racismo puro! Y el negro y el indígena habitan en nosotros por el paisaje que habitamos y que nos contamina por su carácter colonial. Es un racismo de los propios saberes y se traspasa al racismo de los cuerpos. Romper con eso es una tarea hercúlea. Pero si no tenemos conciencia, esa ley no va a venir a transformar la historia, sino que va a ser puramente decorativa. Hay que tener plena conciencia para trabajar esto de varias formas y hablarlo y hacer retóricas de contraataque, denunciar, levantar el dedo, devolver la mirada. O sea, una cantidad de acciones diarias y todas ellas guiadas por la “ira santa”. Por esa indignación que yo sentí por la niña Sosa, que la señorita Dupraa – de descendencia francesa – a todas las trataba bien, pero a ella la maltrataba de una manera absurda y la hacía bajar los ojos. Y uno, en aquel momento, no entendía porqué. No conseguía entender qué pasaba con esta niña, qué había hecho tan malo para que María Elena Dupraa… Nunca voy a olvidarme de esa escena de la maestra humillando a aquella niña y yo pensando: “¡Uy! ¿Qué habrá hecho?” Y tardé años y años en entender que no había hecho nada, que eso es racismo. Era la virulencia racial del blanco que sabe – en el fondo de sí -que está ocupando un territorio que – en realidad – nunca le pertenece ni le pertenecerá completamente. Una vez estábamos hablando de eso en mi clase – cuando todavía estudiaba Antropología – y una estudiante negra de los primeros grupos de estudiantes negros que llegó a la universidad, se quejaba. Y yo le dije: “¿De qué te quejás? Vos sabés quien sos en estas tierras, ¿y yo? Yo no sé quien soy”. Uno tiene que tener esa conciencia y devolverse a sí mismo la duda. ¿Qué territorio pisamos? ¿Quién nos los dio? Eso yo lo tengo muy fuertemente en mí y padezco de “ira santa”, diariamente.

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Intervención de Luis Garibaldi, director de Educación del Ministerio de Educación y Cultura.
No estaba previsto que hablara, pero como los silencios también hablan, quería decir tres palabras. En primer lugar, que nosotros coincidimos claramente en que los niveles de discriminación son dobles o triples, según las poblaciones. Obviamente, los niveles de ingresos socioeconómicos – llámese “pobreza” – se combinan con los de raza, se combinan con los de género y se combinan con otro tipo de discriminaciones. Las políticas afirmativas, que lentamente se van incorporando a nuestro panorama político y también en el educativo, tienen algunas dificultades.

Frente al planteo de la expositora argentino-brasileña – que no es una combinación fácil de encontrar (risas) –, se muestra que en Brasil la educación universitaria tiene cupos, la educación pública – particularmente – está limitada. En Uruguay, la educación universitaria es de acceso libre y gratuito y, por lo tanto, los mecanismos para atender eso son distintos, lo que no quiere decir que no haya discriminación y que no haya no acceso. No hay acceso en los sectores más pobres de la sociedad y no hay acceso de los sectores provenientes de los afrodescendientes o negros.

En nuestro caso hemos impulsado dos acciones, que yo creo que son todavía insuficientes, pero que la experiencia nos puede indicar alguna enseñanza. La primera fue desde el año 2006, en donde se creó una beca para postgrados, llamada “Carlos Quijano”, a los efectos que los afrodescendientes pudieran acceder a postgrados universitarios. No estaba exclusivamente destinada a ellos, pero sí está destinada – en prioridad – a ellos. La experiencia que nos ha dado es que se han otorgado alrededor de 35 becas, de las cuales exclusivamente 4 han sido destinadas a afrodescendientes. Y no han sido destinadas más, porque no ha habido otros afrodescendientes que se hayan presentado. Y no se han presentado porque – en realidad – los afrodescendientes no tienen títulos de grado. Eso, en realidad, se fue ajustando. Incluso se fue sacando algunas condiciones. Al principio eran en el exterior. Ahora son en el exterior y en el país. Y además, si bien la beca está pensada – porque desde el Ministerio de Educación y Cultura, los postgrados de Educación, Gestión Cultura y Gobernanza, para los afrodescendientes y para cualquier año. Ahí hay una primera experiencia y yo creo que – como dijo Tania – la discriminación viene de antes y desde el año 2011 se incorporó una política de becas estudiantiles que se desarrollan en el país y que el Ministerio de Educación y Cultura tiene que liderar, se incorporó una cuota de becas de afrodescendientes para las becas de estudiantes de educación media. Las becas son un mecanismo de estímulo, no es un mecanismo que resuelva problemas – además – del punto de vista económico, porque son becas más bien simbólicas. Pero también en el simbolismo se resuelven estas cosas.

¿Cuál fue la historia de esto? Yo creo que este es el cuarto año que se aplican. En primer lugar, cuando se aplicó en una política que fue focalizada hacia las becas, porque está dirigida a sectores socioeconómicos de bajos ingresos, aún los que estaban aplicando esta beca, se extrañaron y dijeron: “¿Por qué tiene que haber una beca para afrodescendientes, cuando, en realidad, los afrodescendientes, se pueden presentar igual?”. Luego de superar esa resistencia, en el Anuario Estadístico de 2011 se incorporaron, por primera vez, datos estadísticos de educación uruguaya y se demostraba que – en realidad – había un doble castigo y, por lo tanto, las personas afrodescendientes que vienen de esos sectores, están en peores condiciones. ¿Pero qué nos ha ido pasando? Que en los primeros años, como los cupos son por autoidentificación y uno se puede presentar a la beca como afrodescendiente o se puede presentar a la beca común y corriente, nos ha pasado que los primeros años no se llenaron los cupos de afrodescendientes, a pesar de haber abierto la línea.

Esto ha ido aumentando, lo que me lleva a pensar en dos cosas. En primer lugar, en que quienes difunden la beca, difunden la beca en general y no particularmente esta modalidad. Y en segundo lugar, en que las personas que están en esa situación se sienten más proclives, porque entre las becas económicas normalmente están destinadas a personas de bajo nivel socioeconómico, también se pueden presentar. Y hay becarios afrodescendientes. Me da la impresión que – en realidad – esas mismas personas, prefieren identificarse como pobres, que como afrodescendientes. En realidad, lo que nos está pasando, es que lentamente van aumentando esas cuotas. Ahora se está aplicando un índice a los efectos de organizarlo y hemos acordado con esta misma facultad que va a elaborar un índice que se llama de “Vulnerabilidad Educativa”, hemos dejado de lado a los afrodescendientes, para que sea una cuota específica y no entre en contradicción con eso.

Estas son las cosas que estamos haciendo, las dificultades que nosotros vemos y agrego que – para el acceso a la universidad o incluso para la culminación o para el pasaje del ciclo de educación media superior al universitario, que todavía no hemos llegado a eso – las acciones que conozco en el Uruguay, todavía no tienen límite de tiempo. Pero me parece que, en realidad, lo que hay que pensar es en mecanismos de acompañamiento y de ayuda que sean más al interior de cada nivel educativo y no necesariamente de afuera hacia adentro. No en la posibilidad de decirles “pueden entrar”, sino que cuando entraron, hay que buscar mecanismos que contribuyan a que se mantengan y que continúen. Porque hay muchos mecanismos expulsores que uno puede decir que el acceso es libre y que no necesariamente se puede resolver con una cuota. Pero sin embargo hay otros mecanismos que sí pueden ser expulsores. Por lo tanto, a esta gran meta que yo creo que es importante, importante porque se sensibiliza, porque se dejan en claro algunas debilidades y porque empuja mínimamente más a quienes están en doble situación de vulnerabilidad, deben estar acompañadas de algunas acciones al interior de cada uno de los sectores.

 Por la antropóloga Rita Segato

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