Los mundiales pasan y a los países anfitriones, ¿qué les queda?

Habrá dejado a la madrugada su hojarasca horrenda de fiesta concluida y deshechos desperdigados. “En estos países, los gigantescos y fugaces eventos como los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos, contribuyen a las crisis, desde México a Sudáfrica, pasando incluso por Grecia”

Los brasileños que en las calles de las sedes mundialistas siguen protestando en masa contra el Mundial, aunque está claro que la organización no se echará atrás, aducen que se trata de un gasto excesivo, sin mayor utilidad posterior, en tanto que se necesita inversiones en salud, educación, transporte y otras prioridades. Argumentan además que la FIFA hará sus negocios, se llevará millones y millones de ganancias, unos cuantos empresarios también, pero para el pueblo brasileño circo para hoy y hambre para mañana. Sus fronteras más permeables al crimen organizado, que habrá dejado a la madrugada su hojarasca horrenda de fiesta concluida y deshechos desperdigados. “En estos países, los gigantescos y fugaces eventos como los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos, contribuyen a las crisis, desde México a Sudáfrica, pasando incluso por Grecia”, dicen, analizan, muestran gráficas, hacen sus números.

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Las empresas que participan del Mundial, conscientes de la controversia, ponen de sus publicidades el énfasis en la condición brasileña de país futbolero, donde “lo gastado no caerá en saco roto, donde la flor de un día, al menos será una orquídea”.

Nosotros, los que tensamos la respiración del Uruguay cuando juega la celeste, los que andamos ese mes -si nos va como en Sudáfrica o mejor- o esos diez o quince días -si no nos va tan bien-, desplazando aire de gloria, los que medimos cada incidencia de los jueces y hacemos memoria de lo ganado, lo perdido y lo que nos perdieron, ahora que la televisión hace todo más evidente -y, de algún modo, menos imposible para nosotros-, nosotros sabemos que un Mundial en realidad no pasa, permanece, nos deje lo que nos deje.

Sin embargo, también debemos saber que dieciséis años en la historia del mundo, a la velocidad que lleva, es bastante para cambiar unas cuantas cosas. Hasta la FIFA puede cambiar. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo puede pasar antes de que también los clubes -como ya lo hicieron los futbolistas- la saquen de esa anacrónica, aberrante impunidad ante toda Justicia nacional o internacional?

Acaso seamos capaces, también, de reformar las reglas del juego económico para que en 2030, a nuestros países, el Mundial, más acá de la permanencia futbolística, no nos cueste tanto y nos deje bastante más que la hojarasca.

Por Joselo Olascuaga

Periodista de Tenfield

La ONDA digital

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