CINE | “Bardo” : Un irreverente retrato del desencanto

La violencia, la segregación racial, la inmigración compulsiva, la mano de obra barata, la pobreza, los crímenes perpetrados por los imperios, el éxito y el desarraigo, son los ochos ejes temáticos de “Bardo”, falsa crónica de una cuantas verdades”, el séptimo largometraje de inquieto, talentoso y transgresor realizador mexicano Alejandro González Iñarritu, ganador de cuatro premios Oscar de la Academia de Hollywood.

Más allá de eventuales subjetividades, este es, en nuestra personal opinión, el mejor film del cineasta azteca, quien ha sabido cosechar un sólido prestigio en base a su intrínseca creatividad, sabiduría y sensibilidad.

En ese contexto, una de sus virtudes, más allá de su reconocida versatilidad y de la variada impronta de su producción, ha sido no apartarse nunca de sus orígenes, aunque la mayoría de su filmografía no esté rodada en su país natal.

En efecto, el exitoso director, que hace veinte años reside en los Estados Unidos, lo cual le ha permitido incursionar en la elite de la más prolífica industria del cine, siempre mantuvo el sello de fábrica que ha caracterizado a su identidad artística.

En tal sentido, su cine revulsivo ha dividido en forma casi asimétrica a la audiencia y la crítica, entre fervientes admiradores e implacables detractores. No en vano, como el propio título de esta película lo sugiere, su propuesta cinematográfica suele denunciar las verdades incómodas que casi nadie quiere asumir.

Locutor, periodista, compositor de música, montajista, guionista y director, González Iñarritu es todo un personaje de la cultura contemporánea, que, con apenas siete films, se ha erigido en una de las figuras referentes de la cinematografía contemporánea.

Su acotada pero descollante producción incluye un clamoroso debut con “Amores perros” (1999), una suerte de película coral integrada por tres historias que se entrecruzan cuyos personajes no se conocen, ambientada en el violento México actual. Se trata de un crudo retrato de una sociedad alienada y consumida por el odio y el conflicto, que impacta por su intensidad dramática.

Tres años después, en 2003, se estrenó “21 gramos”, un drama también de estructura coral, cuyo protagonista es un paciente cardíaco, que, para sobrevivir, necesita un trasplante de corazón. El milagro llega cuando recibe el órgano de un hombre que murió en un accidente de tránsito junto a su hijo. La relación entre este redivivo individuo y la desolada viuda, a quienes se suma el personaje de un ex convicto que es a la sazón el victimario, transforma a esta historia en una suerte de tragedia griega, no exenta de redención.

Dos años después, en 2005, irrumpió “Babel”, una narración que, desde su propio título, contiene connotaciones bíblicas, que narra también tres historias paralelas ambientadas en Marruecos, Estados Unidos, México y Japón y está hablada en cuatro lenguas.

También en este caso, el director apela al formato coral, con la novedad que todos los relatos son parte de una misma matriz dramática, que comienza en Marruecos cuando una turista que viaja con su marido es herida por una bala perdida disparada por un joven pastor marroquí, sigue en los Estados Unidos con las vicisitudes de una niñera mexicana indocumentada y culmina en la occidentalizada Tokio, donde un acaudalado viudo mantiene una ambigua relación con su hija sordomuda.

En mi opinión, hasta el visionado de “Bardo”, esta era para mí la mejor película del cineasta, porque aborda–simultáneamente- temas tan cruciales como la violencia, el autoritarismo, las contradicciones de la política, la discriminación y la soterrada sexualidad con connotación freudiana en una sociedad conservadora.

En tanto, en 2009 González Iñarritu volvió a impactar al espectador con “Biutifuf”, película ambientada en Barcelona, hablada en castellano y de título deliberadamente irónico, que aborda el drama de un hombre aquejado de cáncer que debe hacerse cargo de sus hijos en un contexto complejo, por el vacío generado por una madre ausente, bipolar y alcohólica.

El filme analiza en profundidad el complejo tema de los afectos, pero también de la inmigración ilegal, en una sociedad cosmopolita fragmentada y sacudida por abundantes conflictos.

Asimismo, 2013 marcó el estreno de “Birdman” la inesperada virtud de la ignorancia”, que coincidió con el cenit de la carrera del realizador mexicano.

En este caso, el protagonista es un decadente actor hollywoodense, célebre por su personaje del superhéroe hombre pájaro, que lucha obsesivamente por recuperar su identidad y su prestigio en el teatro.

En este marco, González apela a los recursos del surrealismo, en una suerte de dicotomía que pone en entredicho a dos personajes paralelos, el real, que es el actor, y el ficticio, que es el superhéroe. En estas secuencias no faltan fantásticas escenas de levitación, que emulan el vuelo del personaje de ficción, que en esta contingencia funge como soporte emocional y estrategia de resurrección del decadente autor.

Empero, su film tal vez más aclamado y taquillero es “El renacido” (2015), una suerte de western heterodoxo, que narra la milagrosa historia de un cazador abandonado sobreviviente del ataque de una tribu indígena y de un oso, que recorre cientos de kilómetros de distancia para regresar a su fuerte. En ese contexto, debe afrontar terrible vicisitudes, matar para comer, ingerir raíces y carne cruda y soportar los rigores de temperaturas bajo cero. Se trata de un drama de acento épico.

“Bardo”, que tiene mucho de los títulos anteriores del referente creador azteca, es una experiencia visual, conceptual y a su vez metafísica tan inclasificable como fascinante, que aborda temas que atañen directamente a la propia peripecia del director.

En efecto, Silverio (Daniel Giménez Cacho), el personaje protagónico de este relato, es un reconocido periodista y documentalista mexicano quien, al igual que el propio Alejandro González Iñarritu, vive en los Estados Unidos. En ese contexto, está a punto de recibir un premio por su trabajo, con todo lo que ello supone para un extranjero.

La propia presentación del film tiene una connotación simbólica, cuando –en una sugestiva toma aérea- la sombra de una silueta humana parece volar sobre un inmenso y desolado desierto, lo cual sugiere el vasto y agreste espacio geográfico que debe transitar un inmigrante clandestino para cruzar una frontera.

Ya, desde los primeros minutos de la narración, el cineasta nos impacta con una secuencia realmente surrealista ambientada en el aséptico ámbito de un quirófano, cuando la jadeante esposa del protagonista puja con intensidad y pare un bebé. Lo realmente sorprendente es que el cirujano devuelve el pequeño cuerpo al útero materno, en un removedor proceso inverso.

No se trata propiamente de un aborto, sino del reintegro del vástago al vientre materno, una circunstancia imposible de digerir hasta para el más fantasioso de los cinéfilos. En ese contexto, la reflexión es que el niño se niega a salir al exterior y prefiere refugiarse nuevamente en la anatomía de su madre.

Naturalmente, la escena tiene una connotación metafórica y permite una lectura realmente irracional, que refiere a un nuevo ser humano no dispuesto a padecer todas las miserias que le aguardan en un mundo alienado.

Esa es la primera reflexión de un autor que nació en un país periférico, condenado históricamente a la apropiación y el drenaje de sus riquezas, a la miseria y la desigualdad, a la violencia, a la explotación de la fuerza de trabajo por parte de las oligarquías vernáculas y, por ende, a la emigración y al desarraigo.

Empero, si esta imagen simbólica es elocuente, no menos lo es la escena que se desarrolla en un tren, a bordo del cual viaja el reconocido periodista y documentalista con una pecera que contiene abxolotes, un anfibio que vive en el agua y, en su edad adulta, migra a la tierra y se transforma en salamandra.

De algún modo, esta especie, que está en vías de extinción, representa la capacidad de mutar para adaptarse al ambiente, al igual que el ser humano, que debe padecer los rigores del cambio climático devenido de un modelo de desarrollo desaforado. En buena medida, la peripecia de este espécimen es también similar a la de un inmigrante, que debe adecuar sus costumbres a otra cultura para sobrevivir y desarrollarse.

La historia da cuenta de la peripecia del exiliado económico y la pérdida de la identidad, cuando el hijo del protagonista comparte un desayuno con su padre. Mientras el hombre habla en castellano, su hijo le responde en inglés, porque virtualmente ha dejado de ser un mexicano.

Es una suerte de metáfora sobre el colonialismo cultural, que, en otra dimensión, se expresa elocuentemente en el propósito de un magnate norteamericano de comprar el estado mexicano Baja California, para anexarlo a los Estados Unidos, como sucedió en el siglo XIX, cuando, luego de una cruenta guerra, la potencia del norte usurpó y se apropió de buena parte del territorio de su vecino.

Todo el relato, de dos horas y cuarenta y cinco minutos de duración, se construye en base a imágenes, variados recursos estéticos y apelaciones de naturaleza alegórica, como los cuerpos inertes que tapizan las calles de la capital mexicana que simbolizan la multitud de desaparecidos provocados por la violencia de las mafias del narcotráfico o la montaña de cadáveres de nativos –una suerte de Torre de Babel-sobre la cual se entroniza el criminal conquistador español Hernán Cortés, que sugiere el holocausto de la conquista.

En un viaje intransferiblemente onírico, el protagoniza recorre todos los círculos de un infierno de impronta dantesca, con lecturas bastantes explícitas que aluden, en forma no tan subliminal, al Apocalipsis narrado en el Nuevo Testamento.

En ese contexto, el éxito y el galardón que se otorga al protagonista por la tarea profesional desarrollada en un país que no es obviamente el suyo, deviene casi en una dramática farsa. No en vano, el personaje recuerda un sabio consejo de su padre: “debes hacer gárgaras con el éxito pero luego escupirlo”.

“Bardo” mixtura -con singular sutileza- el drama con la comedia y hasta exorciza el dolor, el desencanto y las miserias humanas, mediante un lenguaje impregnado de agria y sardónica ironía.

En ese marco, esta propuesta alude –tal vez involuntariamente o subliminalmente- a “Las venas abiertas de América Latina”, el magistral y aleccionador libro del inolvidable narrador y ensayista uruguayo Eduardo Galeano, que mantiene plena vigencia cincuenta y un años después de su primera edición.

Esta centenaria tragedia está históricamente imbricada al pesadillesco holocausto de la  conquista y al criminal pillaje de los imperios de antaño, pero también, en el presente, al lacerante drama de los inmigrantes despiadadamente explotados y expoliados como mano de obra barata por un inmoral sistema de acumulación capitalista.

Asimismo, aunque no se explicite, el eje vertebral de esta película magistral es la contemporánea globalización planetaria, que borra las fronteras culturales y universaliza la miseria y la desigualdad, drenando las riquezas naturales y transformando a los nativos de las denominadas naciones periféricas en meros engranajes del aparato productivo, siempre funcional a la rapiña y el enriquecimiento de las elites hegemónicas del planeta.

“Bardo”, que es un retrato vitriólicamente pesimista del tercer milenio, es un film sin dudas testimonial, que denuncia- sin ambages- el más extenso catálogo de miserias humanas, que discurre entre la hipocresía, el egoísmo, la indiferencia, la insensibilidad, la discriminación, la desigualdad y la pobreza, entre otras calamidades.

En esta película compleja, irreverente y enrevesada pero sin dudas imperdible para los cinéfilos de paladar fino, el gran Alejandro González Inarritu confirma que “el hombre es un lobo para el hombre” (homo homini lupus), como lo proclama el filósofo inglés Thomas Hobbes en su obra cumbre “Leviatán”.

FICHA TÉCNICA

Bardo, Falsa crónica de unas cuantas verdades. México 2022. Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Alejandro González Iñárritu y Nicolás Giacobone. Edición: Alejandro González Iñárritu. Fotografía: Darius Khondji. Música: Bryce Dessner, Alejandro González Iñárritu. Reparto: Daniel Giménez Cacho, Griselda Siciliani, Ximena Lamadrid, Iker Solano, Luz Jiménez, Luis Couturier, Andrés Almedia, Clementine Guadarrama, Jay O. Sanders, Francisco Rubio, Fabiola Guajardo, Noé Hernádez e Iván Massagué.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

  

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