(7 de noviembre de 1917, una fecha olvidada) La Revolución Rusa de Octubre y la naturaleza del régimen soviético

No resulta una tarea fácil dejar de lado los lugares comunes y los innumerables prejuicios que han rodeado al hecho histórico de la revolución bolchevique de octubre de 1917, conocida así según lo establecido por el viejo calendario juliano que los rusos mantenían en vigencia, todo un acontecimiento de resonancia planetaria.

Por muy diversas razones, ha resultado sumamente difícil establecer lo que ocurrió en efecto en aquellas ahora lejanas fechas, pero sobre todo cuál fue la naturaleza del régimen a que dio lugar durante las décadas inmediatamente posteriores.

La satanización del así llamado comunismo y el sostenido odio hacia la Unión Soviética, más conocida por sus siglas URSS, como una corriente de opinión importante desde los tiempos del período de entreguerras europeas, y que se acentuó durante el medio siglo en que transcurrió la guerra fría, ha sido uno de los factores que dificultaron la compresión de un acontecimiento tan importante dentro de la historia del siglo anterior.

Pero también, dentro del bando de sus partidarios, con sus sucesivas adhesiones entusiastas o rechazos posteriores, al igual que entre sus detractores, ha terminado por producirse un inmenso lodazal de confusiones, las que en términos del análisis del hecho histórico, sobre todo por razones epistemológicas o de naturaleza axiológica, han terminado por oscurecer y limitar las posibilidades de comprensión cabal de la naturaleza y especificidad del llamado régimen soviético, a lo largo de sus diferentes etapas.

Las sucesivas calificaciones, o descalificaciones ideológicas interesadas acerca de la revolución de octubre, tanto en términos de condenación o rechazo, como de adhesión o idealización del régimen, han contribuido a enmascarar, dentro del espíritu de muchos, la realidad de lo ocurrido durante ese proceso.

Sostiene el historiador francés, de origen polaco, Moshe Lewin (1921-2010), en un esclarecedor artículo aparecido en la edición francesa de Le Monde diplomatique, del mes de noviembre de 2007, titulado Héritiers inattendus du régime tsariste Octobre 1917 a la l’épreuve de l’histoire que: “las ideologías son enceguecedoras porque practican la autoalabanza: conducen a los seres humanos a olvidar que el régimen bajo el cual viven y consideran como el más deseable ha comenzado a funcionar según otras reglas, bajo la acción de factores económicos y sociales disolventes, capaces de vaciarlo de su substancia y no dejando subsistir más que las apariencias”. De ahí la imperiosa necesidad a la hora del análisis histórico —sostiene este autor— de distinguir, a semejanza de lo que ocurre en una representación teatral, entre el decorado y la acción o puesta en escena de los contenidos formales de la obra, que pueden estar marchando en direcciones cada vez más opuestas, a pesar de que las apariencias no muestren la existencia de diferenciaciones esenciales.

Para el caso que nos ocupa, conviene tener en cuenta lo ocurrido en vísperas de la revolución bolchevique, durante los meses de septiembre y octubre de 1917 “cuando más nada funcionaba en Rusia, la parálisis era total y en todo el país se iba hacia las revueltas campesinas en gran escala, hacia la guerra civil, en suma, hacia un caos generalizado. La revolución no ha sido más que una respuesta al caos creciente y a la perspectiva de la desaparición pura y simple de Rusia como un estado nación”.

De ahí que, no cabe hablar de la revolución como el mero resultado de la conspiración de los bolcheviques, o de un golpe de estado palaciego como calificó el escritor italiano Curzio Malaparte (La técnica del golpe de Estado, 1929), a las decisiones militares de Lenin y Trotsky que para muchos historiadores marcaron el inicio de la revolución rusa de octubre.

Lewin afirma que no es la revolución, antecedida por la Primera Guerra Mundial, la que ha desencadenado la crisis “Es una crisis muy profunda que ha sido resuelta por la revolución conducida por los bolcheviques, después de que las otras fuerzas que habían ensayado desesperadamente controlar la situación no hicieron más que profundizarla”.

Debe tenerse en cuenta, afirma el historiador, que el gobierno provisional instalado a la caída del zarismo, en febrero de 1917, no era más que un decorado que se agotó y ya no había ningún poder efectivo con el cual enfrentarse: su empeño en proseguir tomando parte en la guerra europea y su negativa e incapacidad de resolver el problema de la propiedad de la tierra lo fueron vaciando en términos de legitimidad y poder efectivo. Es como si el gobierno provisional de Kerensky no hubiera estado más que en el papel, simplemente había que decirle a sus integrantes que salieran del Palacio de Invierno y abandonaran Petrogrado (hoy de nuevo San Petersburgo); aún y cuando, para ello, hubiera habido algunos disparos y se produjera el posicionamiento de los bolcheviques, en términos militares, en los puntos estratégicos de la vieja capital imperial rusa, cuya guarnición ya controlaban.

Siguiendo con el análisis, Moshe Lewin propone que “La idea de que los bolcheviques han ‘tomado el poder’ ignora completamente la realidad: nadie detenta algún poder efectivo que lo sea, al cual habría que descartar. No solamente los bolcheviques no toman el poder a nadie, sino que deben de crearlo”. Este viene a ser uno de los componentes esenciales del gran drama que enfrentaron los bolcheviques, a partir de estos hechos revolucionarios que los condujeron a enfrentarse con la realidad de un país sumido en el caos, donde la institucionalidad no funcionaba o era ya inexistente, con el agravante de una prolongada guerra civil cuyos teatros bélicos de operación son múltiples y están revestidos de una gran complejidad, dada la intrincada trama de actores políticos y sociales involucrados en el conflicto.

Para Lewin, sin embargo, el gran problema de los revolucionarios no es este, puesto que “Los bolcheviques van a tener éxito (en ganar la guerra civil), pero el partido victorioso no está en el poder más que nominalmente, como una simple insignia o estandarte, no podía contener dentro de la fragua de los acontecimientos, frente al flujo en masa de nuevos miembros y a la enorme presión de las tareas a cumplir, para las cuales ni su experiencia anterior a la revolución ni su carácter lo habían preparado, pues el partido existe simplemente con una real democracia interna, pero no ha sobrevivido a la tormenta, no a causa de la guerra civil, sino en razón de la presión ejercida por las innumerables tareas administrativas y de construcción del Estado”.

Para 1921, cuando la guerra civil concluye, la acción cambia, aunque el decorado de la puesta en escena permanezca y si muchos autores, sostiene Lewin, continúan hablando de bolcheviques revolucionarios, en realidad no hacen más que volver a evocar un fantasma. Lo que está en juego en la representación ahora es la transformación de un partido revolucionario en una clase de administradores y las posibles consecuencias del enfrentamiento entre Vladimir Lenin y José Stalin, como un hecho que para el autor “es un choque entre dos programas políticos profundamente antagónicos y no entre dos facciones en el seno del mismo partido… el combate opone a un Lenin comprometido dentro de una tentativa de definición de un programa para un nuevo campo político que se adapte a la situación completamente nueva que surge de la guerra civil, y un Stalin en proceso de formular su propia concepción de lo que debe ser el Estado (con él a la cabeza), la cual se funda sobre premisas que no tienen nada que ver con el bolchevismo y que expresan sobretodo su visión de un poder personal como fin en sí mismo, nutrido por su percepción de la historia de Rusia”

Para Lewin, los dos programas se oponen frontalmente en 1922-1923, a propósito del debate sobre la conformación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), un combate que termina con la enfermedad y la muerte de Lenin, en enero de 1924.

Puede decirse que ha nacido el estalinismo, propiamente a partir de la definición del nuevo régimen, en los términos del chauvinismo gran ruso y el control centralizado del poder, mientras que el poder de las nuevas repúblicas soviéticas quedará reducido a una condición puramente nominal, lo que se contrapone a la propuesta original de Lenin y otros bolcheviques como Trotsky y Zinoviev, aún y cuando este último se coaligará contra el primero de ellos a la muerte de Vladimir Lenin.

A partir de esta nueva hegemonía post Lenin, aunque su ícono continúe siendo parte del decorado y los rituales simbólicos del poder, el estalinismo va cobrando forma y, según Lewin, empezando también a revelar sus debilidades, puesto que “… ofrece un buen ejemplo de lo que puede significar el envejecimiento de un sistema y plantea de la misma manera la cuestión de saber si, en este caso, su longevidad no estaba ‘genéticamente determinada’ por el hecho de su incapacidad para reformarse: el estalinismo no podía ser otra cosa que lo que era, un sistema altamente orientado hacia la seguridad alrededor de un autócrata y por esta condición no reformable. Esta era también la razón por la cual el estalinismo, por motivo de los cambios introducidos en la sociedad como resultado de la política de Estado, no podía sino cavar su propia tumba”. De esta manera se explica su decadencia y descomposición una vez que se produjo el fallecimiento del autócrata en 1953, especialmente, por su incapacidad para reformarse desde adentro, sobre todo a partir de la pérdida creciente de control social de la gran maquinaria burocrática de los ministerios, muda, pero también, por esa razón, insondable en sus designios; estos designios acarrearon la despolitización de una sociedad manejada primero por el terror, después por la corrupción y la desmovilización de las gentes, haciendo imposible cualquier transformación que sorteara las amenazas planteadas por la modernización, la creciente urbanización y las demandas nunca del todo satisfechas que acarrearon en el seno de la población.

Desde su perspectiva afincada en el chauvinismo gran ruso y la centralización del poder, el estalinismo busca su legitimación en el pasado zarista, puesto que como dice Lewin “Cuando se estudia a Stalin, se comprende que su lucha permanente contra el pasado revolucionario se origina en que ese pasado no le ofrecía ninguna seguridad, no había seguido sus enseñanzas, le era igualmente hostil, como lo ha demostrado su combate en favor de una Unión Soviética, basada en el chauvinismo gran ruso. Su búsqueda de un pasado que le convenga más, no es pues sorprendente y no más el hecho de que haya convocado la herencia de la autocracia para definir las grandes líneas de lo que debía ser la URSS. Solo el zarismo le confería la legitimidad que buscaba, pues el poder bajo el zar se ejercía sin intermediarios, tomado y recibido directamente de Dios”. Para el autor resultaba más asombroso en cambio, el hecho de que Stalin haya tomado, de manera sistemática, las estructuras ideológicas de la Rusia Zarista durante la Segunda Guerra Mundial y, en los años que la siguieron, ignorando de esta manera que ese régimen había agotado sus posibilidades cuando ocurrió la Primera Guerra Mundial, en vísperas de la revolución. El terror dirigido hacia el interior del partido bolchevique, convertido en una mera maquinaria burocrática, condujo al exterminio de la casi totalidad de los dirigentes de la revolución de octubre de 1917, entre ellos Zinoviev, Kamenev, Trotsky, Bujarin, Radek, Tomsky, Antonov Ovsenko y muchos otros. De esta manera, el pasado revolucionario, convertido en una herencia incómoda, ya no podría estorbar los propósitos hegemónicos del régimen estalinista.

Quienes hicieron la revolución de octubre de 1917 eran socialistas y planteaban una transformación de la sociedad en estos términos, en cambio el régimen surgido después de la guerra civil, cuando los cuadros del viejo partido debieron burocratizarse, una vez zanjada la derrota y la muerte de Lenin, dio lugar a una sociedad y un régimen que no lo era en absoluto, todo esto sin que necesariamente se haya cambiado el decorado de la obra, en el que siguieron figurando los mismos estandartes. He ahí el origen de la gran confusión en la historia social del siglo XX a que da lugar el estalinismo y su maquinaria burocrática del terror, un régimen que usa el decorado y los símbolos del socialismo revolucionario, aunque sus raíces y actuaciones estuvieron siempre afincados en el zarismo, el chauvinismo gran ruso y la figura de déspotas tan admirados por el propio Stalin, como fue Iván el Terrible, fuente de inspiración para el uso metódico del terrorismo de estado dentro del régimen soviético.

Por Rogelio Cedeño Castro
Sociólogo y escritor costarricense
Fuente:  Semanariouniversidad
Ilustración portada de: La Estupidez Humana

 

  

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