CINE: “Argentina-1985”: El enjuiciamiento de los genocidas

Las abominables violaciones a los derechos humanos perpetradas durante la dictadura que asoló a la hermana Argentina y devino en un despiadado genocidio, constituyen el estremecedor disparador temático de “Argentina- 1985”, la formidable película testimonial del realizador Santiago Mitre, que remueve las fibras más íntimas de la sociedad del vecino país y, por supuesto, también de los propios uruguayos.

No en vano, nuestro país también padeció un gobierno autoritario cívico militar, que arrasó, durante doce largos años de horror y pesadilla, todas las libertades públicas, encarceló, asesinó, torturó y condenó a miles de ciudadanos a la traumática experiencia del exilio. Al respecto, siempre es pertinente recordar –para demoler el relato oficial construido por los falsarios- que la mayoría de estas personas no integraron grupos armados sino que eran meros militantes o integrantes de sindicatos, partidos de izquierda u organizaciones sociales.

En Argentina, por obvias razones de escala demográfica, la dimensión de la tragedia fue mayor. Estos actos de barbarie fueron condensados en el denominado Informe Sábato encargado por el presidente Raúl Ricardo Alfonsín al emblemático escritor Ernesto Sábado, que documentó los dramáticos episodios.

Obviamente, ese compendio de atrocidades arrojó luz sobre el genocidio perpetrado por los militares que detentaron el poder entre 1976 y 1983, luego del derrocamiento de la presidenta constitucional María Estela Martínez de Perón, viuda del extinto caudillo justicialista Juan Domingo Perón.

En ese contexto, la junta militar golpista encabezada por el general fascista Jorge Rafael Videla, al igual que los jerarcas castrenses que le sucedieron, lanzó una auténtica caza de brujas contra los opositores.

El corolario de esa auténtica masacre minuciosamente planificada por los mandos castrenses, fue la desaparición forzada de más de 8.500 personas, a lo cual se debe sumar los asesinados y los torturados. En ese marco, las estimaciones menos pesimistas estiman el número total de víctimas del terrorismo de Estado en unas 30.000 argentinos.

Muchos de esos crímenes fueron perpetrados en el marco del denominado Plan Cóndor, el operativo de represión regional del cual participaron los mastines uniformados de las dictaduras del Cono Sur.

Obviamente, este tema no es ajeno a Uruguay, ya que el Plan Cóndor, según se ha podido probar fehacientemente, fue el responsable de los deleznables asesinatos de los ex legisladores Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, cuyos cuerpos aparecieron acribillados en mayo de 1976, junto a los de los militantes tupamaros William Whitelaw y Rosario Barredo.

Empero, esta película no es una crónica de la barbarie en sí misma que asoló a la Argentina durante la segunda mitad de la década del setenta y la primera de los años ochenta, sino de los ulteriores secuelas judiciales derivadas de estos abominables crímenes de lesa humanidad.

En efecto, mixturando el cine político con el subgénero de tribunales, la historia se centra en el mega-juicio entablado contra los comandantes de las tres juntas militares que gobernaron durante ese oscuro período de la historia, hasta que, en 1982, la derrota padecida por la Argentina en la Guerra de las Malvinas a manos de Gran Bretaña, horadó el poder militar y coadyuvó, más allá de eventuales miradas subjetivas, a la transición y a la ulterior reinstitucionalización democrática.

Empero, la presidencia del radical Raúl Ricardo de Alfonsín fue también, en buena medida un gobierno de transición, que enfrentó con valentía los espasmos del autoritarismo militar subyacente. No en vano, entre 1987 y 1990 –en este último año ya durante la presidencia del peronista Carlos Saúl Menen, hubo cuatro alzamientos militares, felizmente abortados.

En ese contexto, la historia está ambientada en 1985, cuando el presidente Alfonsín impartió órdenes para el enjuiciamiento de los nueve jerarcas castrenses que integraron las juntas militares que asolaron a la Argentina, con todos los riesgos que ello suponía en una coyuntura de singular vulnerabilidad institucional. Al respecto, se partía de la premisa que los responsables de la represión no eran los subalternos sino los oficiales que impartían las órdenes. Ese fue realmente el espíritu de la norma y en el que se basó el juicio a los ex comandantes.

Por entonces, a apenas dos años de la reapertura democrática, los militares aun conservaban poder y sus aparatos de inteligencia estaban intactos, lo cual generaba un razonable temor en la población. En efecto, muchos de los testigos y hasta de las víctimas que sobrevivieron al planificado genocidio se negaron a declarar, lo cual dificultó sustantivamente la profusa y compleja investigación.

En ese contexto y por orden expresa del primer mandatario radical, la responsabilidad del juicio recayó sobre el fiscal Julio César Strassera, encarnado magistralmente por Ricardo Darín.

Una de las mayores virtudes de esta ambiciosa producción de estética si se quiere hollywoodense, es la honestidad del planteo, que en este caso está virtualmente despojado de toda connotación ideológica.

Por ende, se podría reflexionar que “Argentina-1985”, que es actualmente la película más taquillera en su país, no es tanto una exponente de cine político sino del género histórico y testimonial.

Ello no supone en modo alguno que la película esté despojada de ideología. En efecto, su intransferible impronta ideológica es la recreación cuasi documental de lo sucedido y, naturalmente, la búsqueda de la verdad que permitió la condena de estos nueve asesinos con charreteras y alto rango militar.

Empero, este largometraje no es ciertamente un mero producto del denominado cine de tribunales, sino también una historia de vida, concretamente de la vida de la familia del fiscal, que padece los diversos avatares de la actividad de un ejemplar magistrado que alimentó e impulsó una sentencia penal que modificó el curso de la historia de la post-dictadura.

Esa peculiar circunstancia, más allá de eventuales matices, marca las radicales diferencia entre el proceso de revisión argentino y el uruguayo, ya que en nuestro país, a raíz de la sanción legislativa por parte de una mayoría circunstancial de partidos de derecha de la inconstitucional Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado en 1986, los delitos de lesa humanidad permanecieron impunes durante casi 20 años.

En efecto, recién en 2005, cuando asumió el primer gobierno del Frente Amplio, fueron restablecidas las potestades del Poder Judicial, lo cual posibilitó la reapertura de centenares de expedientes penales. Esa medida permitió el procesamiento de notorios represores, a lo cual se sumó, en 2011, la aprobación de la Ley Interpretativa de la Ley de Caducidad, que, por entender que la norma original perdonaba delitos de lesa humanidad, determinó que estos no estaban prescriptos y que para ellos no regía el principio de la no retroactividad de la ley.

Esta película no es una crónica de la barbarie en sí misma que asoló a la Argentina durante la segunda mitad de la década del setenta y la primera de los años ochenta, sino de los ulteriores secuelas judiciales derivadas de estos abominables crímenes de lesa humanidad. En efecto, mixturando el cine político con el subgénero de tribunales, la historia se centra en el mega-juicio entablado contra los comandantes de las tres juntas militares que gobernaron durante ese oscuro período de la historia, hasta que, en 1982, la derrota padecida por la Argentina en la Guerra de las Malvinas a manos de Gran Bretaña, horadó el poder militar y coadyuvó, más allá de eventuales miradas subjetivas, a la transición y a la ulterior reinstitucionalización democrática.

En Argentina, si bien el tránsito hacia la condena de los ex dictadores no estuvo exento de complejidades y las leyes de Obediencia Debida y Punto Final exoneraron de responsabilidad a numerosos criminales, el Estado fue bastante más expeditivo en el juzgamiento de los oficiales superiores que lideraron el denominado “Proceso de reorganización nacional”.

En ese marco, el film no ingresa en consideraciones y lucubraciones acerca del origen de la dictadura genocida que devino en una caza de brujas ideológica, sino en los efectos y las consecuencias de esta operación criminal encabezada por una auténtica mafia uniformada.

Obviamente, también se soslayan las eventuales implicancias geopolíticas de la Guerra Fría y de la injerencia de la  Casa Blanca y del Pentágono, bajo cuyo paraguas actuaron las dictaduras del continente, con el propósito de proteger el “patio trasero” del imperio y los intereses del gran capital y de las cipayas oligarquías nacionales.

Aunque varias secuencias transcurren en el ámbito familiar del fiscal y en la peripecia de las investigaciones e indagatorias del equipo que lo acompañó y logró acopiar nutrido material probatorio, casi toda la narración transcurre, como es obvio, en los estrados judiciales.

Allí, el corajudo y combativo magistrado asume la ardua misión de probar ante un tribunal colegiado de jueces, la veracidad de las denuncias y la información aportada por varios centenares de testigos.

Sin desestimar algunos apuntes de ficción, el film presenta al fiscal Strassera como un individuo de carne y hueso devenido en una suerte de héroe civil, que escucha música del genial compositor alemán Richard Wagner para distenderse, mientras atiende en su despacho las decenas de asuntos que le demanda su investidura.

Tampoco es casual que se incluyan referencias a Los Abuelos de la Nada”, una super-banda de rock argentina que hizo historia, que es uno de los grupos musicales preferido por un integrante del equipo del fiscal, nutrido únicamente por abogados jóvenes que no tienen nada que perder y mucho que ganar, al participar en esta aventura cuasi kafkiana de recabar las pruebas que permitan un dictamen judicial condenatorio de los criminales.

En el decurso de la historia, que pese a su extensión mantiene siempre en vilo al cinéfilo interesado, afloran incluso algunas anécdotas familiares impregnadas de humor, como las pesquisas detectivescas del propio hijo adolescente del fiscal a cargo de la causa.

En ese marco, el relato mixtura varios géneros paralelos, que oscilan entre el drama, el cine histórico de denuncia, el género testimonial y, si se quiere, hasta la comedia, en secuencias bastante jocosas que motivan la risa de la audiencia.

Empero, las imágenes más impactantes de este docudrama son los desgarradores testimonios de familiares y hasta de víctimas sobrevivientes del terrorismo de Estado, quienes confiesan, sin rubores ni pruritos, los inenarrables tormentos a los cuales fueron sometidos en las cámaras de tortura del régimen.

Resulta ciertamente estremecedor conocer las técnicas de terrorismo físico y psicológico practicadas por los verdugos, que, en su patología de odio, no se detenían ni siquiera ante una mujer embarazada, a la cual trataban con la misma saña y perversidad.

En esta historia, que es real, hablan sólo los testigos, el fiscal y la defensa de los imputados, pero los acusados –que son interpretados por actores muy parecidos físicamente a los personajes originales- permanecen impávidos e indiferentes, como si fueran momias o tuvieran la convicción de su impunidad e invulnerabilidad. Ese lacónico silencio constituye un cabal testimonio de su culpabilidad.

Empero, en esas circunstancias la lectura del alegato que acompaña el pedido de condena por parte del fiscal, es más que una mera pieza de naturaleza estrictamente jurídica. Es un discurso retórico que apela bastante más a la moral que al derecho en sí mismo. No en vano, los crímenes perpetrados por la dictadura genocida trascienden a la mera transgresión de las normas, para ingresar en el terreno ético, que es precisamente donde se evalúa subjetivamente la patología de la barbarie.

“Argentina-1985” trasciende a la mera dimensión de un film de impronta política. Es un testimonio fílmico soberbiamente documentado, que da cuenta de hasta dónde puede llegar el odio, como grotesca expresión de la alienación humana.

La película también reflexiona sobre el heroísmo de las víctimas sobrevivientes, de sus familiares y amigos, de las organizaciones de derechos humanos como, por ejemplo, las legendarias Abuelas de Mayo y obviamente, sobre el mítico fiscal que concretó la hazaña de lograr el enjuiciamiento de los altos jerarcas militares.

Este soberbio drama, dirigido por un avezado cineasta como Santiago Mitre, alumbra la tortuosa y pesadillesca memoria en torno a uno de los tiempos más oscuros y despiadados de la historia contemporánea argentina y de América Latina toda.

Desde ese punto de vista, “Argentina-1985” constituye un inapreciable aporte a la reconstrucción de un pasado que nos interpela como continente balcanizado y arrasado por el terrorismo de Estado, el cual fue sojuzgado en el pasado por las botas y las charreteras y, en el presente, por el omnímodo poder del gran capital y la dictadura del mercado.

FICHA TÉCNICA

Argentina 1985. Argentina 2022. Dirección: Santiago Mitre. Guión: Santiago Mitre y Mariano Llinas. Música: Pedro Osuna. Fotografía: Javier Juliá. Montaje. Andrés Estrada. Reparto: Ricardo Darín, Pedro Lanzani, Alejandro Flechner, Carlos Portaluppi, Norman Brisky, Héctor Díaz, Alejo García Pintos, Claudio Da Passano, Gina Mastronicola, Walter Jakob y Laura Paredes.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

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