CINE: “Asuntos de diván”: El fundamentalismo subyacente

El fanatismo religioso, la misoginia, la intolerancia y la represión en un país con ideas y paradigmas radicalmente fundamentalistas, es la clave temática que desarrolla “Asuntos de diván”, la coproducción franco tunecina de la realizadora Manele Labidi, que indaga en las ancestrales costumbres y creencias de una nación anclada en el pasado.

Aunque el film, que es la ópera prima de la autora tiene un tono de comedia a menudo jocosa y desenfadada, no oculta la intención de fustigar las recurrentes prácticas machistas que sobreviven en países hegemonizados por el dogma de la religión, en este caso concreto la musulmana.

Esta historia, que es de ficción pero bien podría estar inspirada en acontecimientos reales, está ambientada y rodada en Túnez, uno de los países protagonistas de la denominada Primavera Árabe, que se extendió entre 2010 y 2012, en el norte de África.

Fue precisamente Túnez el país que encendió la llama de la rebelión popular que se alzó contra el gobierno autoritario del dictador Zine El Abidine Ben Ali, quien fue derrocado por la denominada Revolución del Jazmín.

En ese contexto, la oleada de multitudinarias protestas y reclamos de libertad y democracia se extendió ulteriormente a otras naciones árabes también gobernadas por regímenes autocráticos, como Egipto, Libia, Yemen y Omán.

Estas sublevaciones, que terminaron con dictaduras luego de violentas represiones y en algunos casos guerras civiles, contribuyeron inicialmente a reconfigurar el mapa político de la región.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, esas demandas de libertad fueron coartadas por gobiernos de extracción musulmana, que siguen conculcando derechos, reprimiendo a los opositores y concentrando privilegios en las clases dominantes y en las aristocracias, naturalmente en nombre de Alá.

Diez años después de los impactantes acontecimientos que conmovieron al planeta y colmaron a esos pueblos recurrentemente oprimidos de esperanza, la situación no ha mejorado sustantivamente y la democracia, tal cual la concebimos en Occidente, sigue siendo una suerte de quimera.

Por supuesto, las potencias capitalistas han medrado con esta coyuntura histórica, en la medida que la mayoría de los países árabes –otrora alineados con la Unión Soviética durante la hoy descongelada Guerra Fría- estaban firmemente alineados con la Unión Soviética, para enfrentar la amenaza que representa el expansionismo sionista.

En el único en el cual aparentemente cuajó la Primavera Árabe es precisamente en Túnez, donde la población ha logrado importantes conquistas que en el pasado parecían una quimera. En efecto, esta nación es actualmente una república semi-presidencialista y unitaria, que se encuadra en el modelo de democracia representativa de cuño liberal.

Pese a que la situación en lo sustantivo ha mejorado y el estado es laico y por ende no profesa oficialmente ningún culto religioso, más del 15% de la población sobrevive en la pobreza y persisten groseras inequidades sociales.

La supremacía de la religión musulmana, que es profesada por el 95% de la población, condiciona el avance de otras conquistas sociales, fundamentalmente en lo que atañe a los recurrentemente conculcados derechos de la mujer. En efecto, más allá de eventuales cambios políticos, el peso de las tradiciones y las creencias sigue siendo determinante.

Al respecto, si se compara con el mundo occidental, donde también subsisten paradigmas conservadoras y limitaciones, en Túnez el machismo y la misoginia siguen siendo notorios.

La protagonista de esta comedia con trasfondo político, ambientada luego de la caída del dictador Zine El Abidine Ben Ali, es la psicoterapeuta Selma (encarnada por la actriz iraní

Golshifteh Farahani), quien, advertida de los cambios registrados en su país, decide regresar luego de haber vivido en París, donde se formó académicamente.

Aunque tiene claro que Francia es una sociedad sin dudas más propicia para el ejercicio de su profesión, igualmente toma la opción de volver a Túnez, con el propósito de ayudar a sus compatriotas a superar los traumas devenidos de tantos años de enfrentamiento y de represión.

En ese contexto y cargando a cuestas con un inmenso retrato del padre del psicoanálisis Sigmund Freud, en cuya cabeza ha pintado un  fez (gorro en forma de maceta tradicional entre los árabes), la protagonista vuelve a sus lares.

Obviamente, además del desempeño de su especialidad, su otro gran desafío será readaptarse a una sociedad cuyas costumbres son radicalmente diferentes a las del occidente capitalista, blanco y cristiano.

Empero, la primera colisión la experimenta con sus propios compatriotas, quienes se manifiestan sorprendidas porque ella no está casada, como lo establecen para las mujeres las reglas del Islán. También despierta rechazo su indumentaria occidental, ya  que viste vaqueros bien ceñidos a su cuerpo, presenta su cabello corto y abundantes tatuajes en su anatomía. Empero, lo que más desconfianza despierta en ellos es su profesión de psicóloga, que revela un espíritu emancipado e independiente, capaz de desafiar el statu quo hegemónico que reserva al sexo femenino un rol social meramente marginal.

No en vano, sus tíos y sus primas, con quienes se reencuentra, le preguntan, sin pruritos, para qué necesitan la psicología si tienen la religión, como si esta fuera a solucionarles todos los problemas de la vida cotidiana.

Evidentemente, parecen no entender que la especialidad de la joven es una ciencia universalmente reconocida que, si bien no produce milagros como ellos le atribuyen a Alá, coadyuva a la contención, gestión y solución de muchos problemas emocionales.

De todos modos, para su propia gente, luego de tantos años de ausencia, Selma constituye realmente una novedad y hasta una excentricidad, por sus costumbres liberales y su desapego a las tradiciones.

Empero, la población, que no oculta su curiosidad por las prácticas terapéuticas de la recién regresada, no es el único escollo que se interpone entre la profesional y sus potenciales pacientes. En efecto, pese a la caída de la dictadura y la instauración de algo similar a una democracia liberal, aun subsisten muchas prácticas autoritarias del pasado.

Una de ellas son los requisitos que debe cumplir alguien que regresa a su país para establecer residencia y otra la autorización que se debe conceder para que realice su trabajo profesional.

En ese marco, a una pesada burocracia se suma una policía que conserva los rasgos prepotentes del pasado y que, obviamente, desconfía de una mujer que no se ajusta a las reglas y los usos sociales de la sociedad tunecina.

Una de las escenas más jocosas no exentas de ironía se registra cuando la mujer es detenida por tres funcionarios uniformados mientras maneja un automóvil en una ruta. Obviamente, le requieren documentación y hasta le  realizan un examen de  alcoholemia, aunque carecen del equipamiento para hacerlo, lo cual atribuyen al ahorro y a la austeridad implantada por el nuevo gobierno. En esa circunstancia tan atípica la mujer debe soplar cerca de la boca de un funcionario policial, para que este perciba, únicamente con su sentido del olfato, si la fémina está alcoholizada.

El protagonista de este jocoso incidente es Naim (Majd Mastoura) un joven policía demasiado serio y nada simpático, quien, con gestos mínimos, se manifiesta satisfecho con la prueba y autoriza a la mujer a reanudar la marcha.

Un recurso deliberadamente paradójico es que el relato es percibido desde la visión femenina, como si el cambio de gobierno y de época hubiera generado una suerte de despertar de la mujer en una sociedad aun represiva y reacia a otorgarle los mismos derechos que a los hombres.

En tal sentido, las mujeres, que durante siglos permanecieron en silencio como si fueran meros objetos decorativos y con sus rostros ocultos bajo impenetrables velos, ahora parecen muy preocupadas por la cosmética y los peinados. No en vano concurren masivamente a una peluquería, de donde Selma recluta a sus primeras pacientes.

En esas peculiares circunstancias y ante la imposibilidad de afrontar el arrendamiento de un local, la psicoterapeuta atiende a sus pacientes en una azotea, un lugar nada propicio donde desarrollar sus consultas, que naturalmente requieren de silencio e intimidad.

En ese contexto, desfilan mujeres pero también hombres, algunos de ellos radicalmente alienados y en un caso concreto, un homosexual travestido, que durante toda su vida ha ocultado sus inclinaciones, por temor a ser encarcelado o padecer un castigo aun más severo, en una sociedad en la cual la religión no tolera conductas que considera inmorales.

Empero, muchos de ellos la cuestionan por los acotados tiempos de consulta y porque no entienden que la terapia es también una mercancía de consumo y, por ende, es válido cobrar por mantener un diálogo esclarecedor que permita explorar la psiquis de los pacientes y ayudarlos a gestionar sus traumas, temores y eventuales dificultades de relacionamiento.

Obviamente, ante tantos problemas de inserción, la protagonista entra en conflicto hasta con sí misma, llegando incluso a dudar si su decisión de regresar a su país ha sido la más correcta.

El film transcurre sin grandes tensiones ni picos dramáticos, salvo los provocados por la presencia de una profesional que remueve algunas conciencias, sacude la modorra de una sociedad adormecida por la religión y se enfrena, con sus armas dialécticas y en forma absolutamente pacífica, a una pesada burocracia y a un estado aun dominado por los prejuicios machistas, que, intenta, por todos los medios, entorpecer el ejercicio de una profesión que casi siempre coadyuva a profundizar la autoestima y la consecución de la libertad individual.

Esa suerte de soplo emancipador devenido de la presencia de una mujer sin dudas indomeñable, es una metáfora sobre el trabajoso período de transición de un tiempo histórico de conservadurismo de raigambre autoritaria a un statu quo bastante más liberal.

En ese esquema, el personaje de Selma sería una suerte de agente emancipador, capaz de demoler prejuicios y de provocar cambios sustantivos, que desafían a tradiciones largamente arraigadas.

Pese a que todo el relato está narrado en clave de comedia y aporta numerosas situaciones de real hilaridad para el pleno disfrute del eventual espectador, “Asuntos de diván” también propone más de un ángulo reflexivo, que discurre, en una breve pero explícita línea de tiempo, entre el pasado, el presente y un futuro que se avizora como bastante más promisorio.

Aunque no se trata de una película que quedará en la memoria colectiva, la intrínseca virtual de la debutante realizadora es acostar en el diván a la sociedad de su propio país, que, luego de siglos de represión religiosa, política, social e incluso sexual, comienza a observar un nuevo y desconocido horizonte.

En tal sentido, este divertido film, con más claros que oscuros, una subyugante banda sonora y algunos plausibles logros interpretativos, particularmente en roles secundarios, ensaya una profunda y ciertamente esclarecedora  radiografía que denuncia el demoledor peso de las tradiciones de raigambre fundamentalista y el prepotente oscurantismo de las religiones más retrógradas.

FICHA TÉCNICA

Asuntos de diván. Francia- Túnez 2019. Dirección: Manele Labidi. Guión: Manele Labidi Producción: Jean-Christophe Reymond. Música: Flemming Nordkrog. Fotografía: Laurent Brunet. Montaje: Yorgos Lamprinos. Reparto: Golshifteh FarahaniMajd MastouraHichem YacoubiAmen ArbiRamla AyariAïsha Ben MiledFeryel ChammariMoncef Anjegui y Moncef Ajengui.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

  

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