El Presidente en su laberinto

El tiempo empieza a pasar factura al primer mandatario, ese mismo tiempo que le otorgó la chance de configurarse como carismático líder que -según encuestas- mantiene un positivo saldo de opinión favorable a su gestión. Todo parece indicar el comienzo de un itinerario negativo que muestra la realidad de una figura construida a base de relatos y gestualidades muy bien pensadas pero cuyos efectos empiezan a diluirse. Dueños de la voz oficial, abusaron de ella para diseñar una imagen que empieza a desfigurarse. El Presidente, reacio a colectivizar la gestión de su gobierno, se aprovechó de un tiempo virtuoso donde una pandemia jugó a su favor. Superada la misma y agotados sus efectos, el velo de aquella falsa imagen se corrió rápidamente desnudando al verdadero protagonista. Ese que ahora se presenta abrumado y desorientado en medio de su propio laberinto de promesas incumplidas, rodeado de personajes siniestros y cometiendo burdos errores comunicacionales.

El puerto, la primera mentira

Nos enteramos en ocasión de su mensaje al Parlamento aquel 2 de marzo de 2021 cuando, ante la Asamblea General, informó del acuerdo alcanzado con la multinacional belga -Katoen Natie- por el que se entregaría el puerto de Montevideo por 12 períodos de gobierno a cambio del desistimiento de entablar juicio internacional al Uruguay.

Un acuerdo inconstitucional, ilegal e inconveniente del que se ha dicho mucho, y que los tiene como indagados por presuntos delitos a las autoridades que hicieron parte de aquella vil entrega de la soberanía nacional (Heber, Olaizola, Curbelo y Ferrés). Se ha dicho mucho, se han escrito -y se escribirán muchas notas más- sobre aquel acuerdo que hipoteca –a cambio de nada- la principal puerta de ingreso comercial del país por 60 años hasta el año 2081. Allí comenzó a delinearse este tortuoso laberinto de un presidente que empieza a mostrar debilidades propias de quien pretendió conducir un país de forma improvisada. Se creyeron preparados y se vendieron como si lo estuvieran, pero los hechos empiezan a deshacer aquella falsa imagen.

Un presidente que apela a una gestión personalista que lo expone indefectiblemente -por acción o por omisión- a asumir toda la responsabilidad que surja de las acciones de gobierno. Así lo manifestó al principio de su gestión y así lo demuestra en verdaderos actos suicidas que solo la arrogancia y el fuerte cerco mediático que lo circunda, pudieron sostener… hasta ahora.

Comete gruesos errores, no una sino muchas veces, apareciendo cual solitario protagonista al que la soberbia termina jugándole en contra. Toda la preparación que lo supo llevar al primer sillón del gobierno, parece haber desaparecido con el consiguiente costo político que se empieza a reflejar en las -todavía- edulcoradas encuestas de opinión. Esas, que aparecen en el peor momento o ante un error manifiesto del mandatario, y que por más empeño que le ponen no logran justificar los guarismos que presentan como resultado.

No todo es para siempre y, a los papelones internacionales a los que nos está llevando un día sí y otro también, se le suman errores internos que no pasan inadvertidos para una opinión pública que empieza a despertar de su letargo.

La expedición del pasaporte a un narcotraficante preso en Dubai; el apoyo a un candidato no latinoamericano a la presidencia del BID (contrariando una larga tradición del país en el tema y contra la voluntad del resto de Latinoamérica), y encima, que terminó siendo destituido de forma unánime por corrupción; denuncias de seguimiento y pesquisa a un reconocido periodista como Gabriel Pereyra; y el bochornoso desenlace de la detención de su jefe de custodia personal en plena residencia presidencial de Suárez y Reyes, son un breve collar de casos recientes que devalúan plenamente la figura presidencial.

Un presidente que no puede justificar -como hizo en conferencia de prensa- la detención de su custodia con la ingenuidad de afirmar que no contaba con antecedentes, cuando -en realidad- ostenta un largo y complicado prontuario criminal que inhibirían a cualquiera para ser encargado de custodiar nada menos que al primer mandatario de cualquier país serio.

«Me puedo equivocar, pero yo no miento», afirmó en rueda de prensa por estos días. Pero alguien que faltó a la verdad con promesas que nunca cumplió llegado al gobierno tiene antecedentes como para poner en duda sus afirmaciones. Salvo que el tema de los antecedentes nunca fue motivo de preocupación… hasta ahora.

Una imagen comprometida

El presidente está encerrado en su propio laberinto de mentiras y falsas premisas que alguna vez le resultaron funcionales a sus intereses pero que empiezan a cobrarle peaje de manera escandalosa.

Un laberinto que empieza a convertirse en una verdadera encrucijada para quien no resiste archivo ante un cúmulo de promesas incumplidas que se han transformado en absolutas mentiras de campaña. No solo no se terminó la suba de impuestos, ni de los combustibles, como arengaba en sus actos, sino que sucedió precisamente lo contrario. Subieron los impuestos; subieron los combustibles más de un 40% (suba que no logran menguar con las rebajas propuestas por el mecanismo instalado de los PPI); bajaron los salarios, pensiones y jubilaciones; y, al ritmo de una pandemia que usaron de excusa, los trabajadores, jubilados y pensionistas perdieron ingresos y los malla oro (agro-exportadores), generaron miles de millones de dólares de ganancias. Riqueza que no solo no derramaron (y mucho menos distribuyeron), sino que depositaron en cuentas off shore por más de 9 mil millones de dólares, sin invertir un solo peso en el país.

Esclavo de sus palabras, comete errores infantiles como el reconocimiento de haber decretado una medida a favor de una tabacalera por pedido expreso de la misma, lo cual podría marcar el inicio del declive errático y demoledoramente perjudicial de su investidura.

Una palabra empieza a repetirse como un eco y recuerda tiempos pretéritos en que su padre fungía el cargo que hoy ostenta. Esa palabra es: corrupción.

Es que, por estas horas, se conoció la existencia de un verdadero esquema de corrupción instalado nada menos que en la propia Torre Ejecutiva, sede de la Presidencia de la República. Edificio desde el cual, el encargado de la custodia personal del mandatario, dirigía una verdadera asociación criminal dedicada a la falsificación de documentos públicos que eran utilizados para la tramitación de pasaportes.

Un esquema criminal que tiene connotaciones de tal magnitud que afectan la imagen país, poniéndolo bajo sospecha ante el mundo. Todo el esfuerzo -y recursos- invertidos durante muchos años en la confección de documentos de viaje uruguayos siguiendo estándares internacionales y recomendaciones de la OACI, quedan sospechados de credibilidad. Un golpe duro y mortal a la confianza que se había logrado demostrar con los cambios operados en los procesos de emisión y control de dichos documentos.

Nada de lo expresado le era ajeno al Presidente, quien lejos de admitir su error, defendió la decisión de la designación de una persona con antecedentes penales al frente de la Seguridad Presidencial, a quien conocía desde la época en que su padre –Lacalle Herrera- ocupó la Presidencia de la República o incluso, desde antes.

Tras los últimos acontecimientos, se lo ve abrumado y desolado. La imagen del presidente se derrumba y con ella la de un gobierno que viene en picada sin hacer pie con decisiones desacertadas y/o denuncias que le afectan gravemente.

Un derrumbe producido por actitudes inadecuadas de quien no puede desenmarañarse del enredo en el que se ha introducido por mérito propio.

Un presidente perdido en su propio laberinto…

el hombre buscaba una salida,
el perro seguía un rastro…

Por Fernando Gil Díaz – «El Perro Gil»)
Columnista uruguayo

 

 

  

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