CINE | “Nunca volverá a nevar”: Entre la catarsis de la culpa y la redención

La catarsis y la huida hacia una dimensión existencial tal vez imaginaria o soñada como potentes herramientas de emancipación emocional y espiritual, es la realmente revulsiva materia temática de “Nunca volverá nevar”, el complejo, reflexivo y removedor filme nominado al Oscar como Mejor Película Extranjera, de la realizadora polaca  Malgorzata Szumowska y codirigido en esta oportunidad por el debutante cineasta y guionista Michal Englert.

La película, que destacada por su intrínseca densidad dramática y hasta por su apelación a la alegoría y los recursos de naturaleza onírica, crea universos paralelos donde se refugian víctimas de enfermedades, en algunos casos terminales, o meros desdichados y alienados por una realidad cotidiana con más sinsabores que momentos pletóricos.

Afloran, en ese contexto, todos los conflictos, los miedos y las incertidumbres que nos depara un planeta a punto de estallar, cada vez más mutable, contaminado por las conductas patológicas, por las vicisitudes, las guerras y los fundamentalismos.

No en vano, el protagonista de este película hermética en la cual les gestualidades y las actitudes resultan incluso más elocuentes que las palabras, está ambientada en un país ambiguo, que en el pasado perteneció al otrora poderoso bloque soviético y en el presente se está integrando paulatinamente a la cultura occidental, pero sin perder sus rasgos identitarios.

Por supuesto, Polonia fue en la primera mitad del siglo pasado botín de guerra de los imperialismos antagónicos, el nazi fascista y el soviético, que se disputaron su territorio.

Esa escenografía histórico se documento con el denominado pacto de no agresión Molotov- Ribbentrop entre la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin, que permitió a las tropas alemanes penetrar y apropiarse del territorio polaco el 3 de setiembre de 1939, sin que los rusos intervinieran.

Esa fue tal vez la chispa que encendió y arrojó leña a la hoguera que incendió a Europa entre 1939 y 1945, en el marco del terrible baño de sangre y la patología colectiva de la Segunda Guerra Mundial.

Polonia fue, en efecto, una de las naciones europeas que sufrió más duramente la conflagración bélica, que dejo un saldo de víctimas de entre 600.000 y 800.000 civiles, entre las cuales se cuentan los desaparecidos y quienes perdieron la vida en el marco de las sistemáticas purgas contra los judíos.

Todas estas tragedias transformaron a Polonia en una sociedad traumada y ciertamente traumatizada, que, pese al devenir del tiempo, mantiene viva la memoria de la barbarie, que se transmite sin continuidad a través de las generaciones.

Evidentemente, como en todas las sociedades capitalistas, en este país abundan las asimetrías sociales, ya que, según estudios que datan del año pasado, la tasa de pobreza alcanza al 14%, muy por encima del promedio del continente europeo.

Sin embargo, los problemas no son meramente monopolio de los pobres, sino también de las clases acomodadas y de la burguesía, que también afrontan conflictos de variada naturaleza.

En ese marco, el protagonista de esta historia de ficción es Zhenia

(Alec Utgoff), un experto masajista que tiene también otras cualidades curativas, como su intrínseca capacidad para hipnotizar a sus víctimas para aliviarles el dolor físico y emocional y hasta posee estrategias específicas que le permiten a sus pacientes, en medio de esos estados de trance, viajar imaginariamente a universos paralelos que tiene mucho de oníricos.

Este enigmático personaje es un inmigrante ucraniano indocumentado, cuyos clientes son exclusivamente habitantes de un barrio privado de extracción burguesa, que necesitan con desesperación una suerte de gurú que mitigue sus males.

Sin demasiado esfuerzo, este extraño individuo, que es una suerte de médico sin diploma y para algunos un santo, es perfectamente extrapolable al personaje protagónico de la tan legendario como controvertida “Teorema” (1968), una de las obras cumbre del polémico realizador italiano Pier Paolo Pasolini, que fungía como un misterioso visitante en una familia de la alta burguesía italiana. En ese contexto, su influencia modifica radicalmente la conducta de todos, demuele tabúes y prejuicios y hace aflorar en ellos sus deseos y compulsiones más ocultas. En efecto, el protagonista de “Teorema” es una suerte de ángel redentor que expurga los pecados de una clase social hipócrita y egoísta, mediante una mirada crítica bien marxista que no pasó inadvertida para nadie, particularmente para la Iglesia Católica, que se sintió cuestionada y atacada por el iconoclasta autor de recordados títulos rupturistas, como “El Evangelio según San Mateo” (1964) y “Edipo Rey” (1987), entre otros.

También en este caso, este ignoto hombre es una suerte de ángel bajado a la tierra para mitigar los males del mundo y expiar los pecados de quienes se sienten culpables tal vez, en muchos casos, por faltas que no han perpetrado.

Es asimismo, también una especie de confesor sin sotana, a quienes sus pacientes narran sus conflictos, con la firme convicción que esa información le recibirá de insumo a ese curandero.

Lo realmente sugestivo y no menos relevante es que este sanador sin diploma ni credenciales previas para quienes le confían sus más íntimos secretos, es un ucraniano indocumentado.

Empero, lo realmente más dramático es que tiene recuerdos de niño de la explosión de la planta nuclear Vladímir Ilich Lenin

de Chernóbil el 26 de noviembre de 1986, que provocó víctimas fatales y graves enfermedades por afecciones devenidas de la radiación. Hoy, los letales residuos están confinados y sellados en un sarcófago y allí permanecerán unos 100 años.

En ese periplo sanador y emancipador del desastre al cual sólo se alude en un momento de la película, toca timbres, ingresa a los hogares como si se tratara de un salvador y asume su misión de mitigar los dolores físicos y emocionales de sus eventuales clientes.

Esa fauna humana, que es naturalmente diversa, incluye, a un ama de casa alcohólica, a un paciente de cáncer terminal que visualiza la inminencia de su muerte y a un ex militar, entre otros. Todos ellos conforman un complejo enjambre de problemas que el terapeuta deberá asumir como si se tratara de una misión insoslayable e ineludible.

Estos burgueses insatisfechos que se refugian en un barrio privado en lujosas casas que parecen clonadas como si allí estuvieran seguros e invulnerables al dolor del mundo, mantienen un fuerte vínculo de dependencia con ese terapeuta que los consuela y los cuida, pero no puede modificar sus a menudo aciagos destinos.

Ese grado de cercanía con alguien que posee cualidades curativas cuasi mágicas que emulan tal vez a los míticos brujos tribales, deviene habitualmente en largas charlas en las cuales sus pacientes confiesan sus culpas, en relaciones sexuales con mujeres solas y desamparadas que requieren contención física y emocional y en autenticas experiencias catárticas de miedos, deseos y eventuales frustraciones.

Todas esas contingencias se desarrollan en un ambiente cuasi surrealista, donde abundan los trances oníricos que logran fortalecer y restaurar emocionalmente a los pacientes del terapeuta sanador.

En estas circunstancias, parece haber más magia y tensión espiritual que ciencia propiamente dicha, en un intercambio de sensaciones y vivencias de impronta intransferiblemente redentora.

No en vano, aunque sea insólito, el extraño protagonista, que parece venido de otro mundo o tal vez sea un alienígena que haya tomado forma humana, es, a la vez, médico, psicólogo, masajista y mago.

En efecto, los dolientes pacientes –pese a ser habitantes privilegiados de un país que aun alberga inequidades porque no es parte de la Europa rica y desarrollada,- son profundamente vulnerables al dolor físico, espiritual y emocional, que requieren la ayuda de alguien ajeno a su entorno familiar o social y que no sea parte del problema sino de la solución.

En todos ellos, subyace un desencanto multicausal, que no se origina propiamente en su condición social privilegiada, sino en las disfuncionalidades de una sociedad cada vez más egoísta, individualista, indiferente, encerrada en sí misma y ajena a los problemas del otro.

Son las características más relevantes de un país que ha experimentado profundas transformaciones civilizatorias, pasando de un modelo estatista, dirigista y colectivista que amparaba a los más débiles aunque limitaba la libertad individual, a uno que liberó a todos los demonios del mercado que es, sin dudas, el partero de todas las inequidades.

Es también una sociedad atribulada por la memoria del espanto del nazismo y el ulterior estalinismo más perverso y recalcitrante, que mutó en un modelo perverso en el cual los intereses del individuo prevalecen sobre los colectivos.

En esa comunidad enferma de culpas y pesadillas del pasado y el presente, el desconocido protagonista funge como una suerte de bálsamo que les recuerda a todos que siguen siendo humanos y no meras piezas del perverso engranaje de un sistema productivo y redivivo capitalismo que únicamente apunta al lucro.

Los cineastas Małgorzata Szumowska y Michał Englert saben condensar todas esas sensibilidades que permanecen soterradas en las conciencias de esos burgueses indiferentes y sin sentido colectivo, que viven encerrados en sus casas y sus propios problemas, donde purgan sus miserias y sus culpas.

Este es un relato de ritmo narrativo moroso y sosegado, en el cual abundan los diálogos casi siempre lacónicos, pero particularmente la gestualidad que expresa en todos los casos bastante más que las propias palabras.

Se trata de un cine tan hermético como sus propios personajes, quienes expresan abiertamente bastante menos que lo que realmente piensan y sólo se confiesan ante esta suerte de sacerdote sin iglesia que los cura o al menos mitiga sus dolores. En efecto, sólo confían en él y en sus eventuales cualidades mágicas, que son alimentadas por su propia imaginación.

Esta película, de lenguaje deliberadamente asordinado es, por momentos, una comedia satírica y en otros un drama que condensa todas las patologías humanas- las perceptibles y las imperceptibles- y trasunta el profundo desencanto de una sociedad que aun no ha recuperado su identidad.

Contextualizada en el presente pero con un fuerte anclaje en un pasado que los personajes en algunos casos prefieren no recordar para no volver a padecerlo, “Nunca volverá a nevar” destaca particularmente por su estética visual y por la construcción de una iconografía simbólica que nos convoca a reflexionar en torno a los grandes dilemas y desafíos de la humanidad contemporánea.

En tal sentido, la abundante caída de copos de nueve que sobreviene en el epílogo de la historia, tiene un sentido claramente alegórico y vivificante, para una comunidad cerrada en sí misma que aguarda ansiosamente un evento que le devuelva de una buena vez su intrínseca humanidad y su capacidad de sentir y de conmoverse. En tal sentido, no es casual que este inesperado acontecimiento coincida con la desaparición del protagonista que, en una lectura muy fina, tal vez nunca existió o fue un mero espejismo cuya imaginaria aparición contribuyó a despertar a los habitantes de esa abúlica comunidad de su dilatado letargo de desencanto, resignación y vacuidad espiritual.

FICHA TÉCNICA

Nunca volverá a nevar (Śniegu Już Nigdy Nie Będzie / Never Gonna Snow Again). Polonia-Alemania 2020. Dirección y guión: Małgorzata Szumowska y Michał Englert. Fotografía: Michał Englert. Diseño de producción: Jagna Janicka. Edición: Jaroslaw Kaminski y Agata Cierniak. Reparto: Alec Utgoff, Maja Ostaszewska, Agata Kulesza, Weronika Rosati, Andrzej Chyra y Łukasz Simlat.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

  

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