Nuestra democrática sociedad se estratifica, por barrios, tipos de enseñanza, niveles de posibilidades…

El índice de democracia (en inglés, Democracy Index ) es una clasificación hecha por la Unidad de Inteligencia de The Economist (EIU por sus siglas en inglés), a través de la cual se pretende determinar el rango de democracia en 167 países, de los cuales 166 son estados soberanos y 165 son estados miembros de las Naciones Unidas. Este estudio fue publicado por primera vez en el año 2006 y ha tenido posteriores actualizaciones en 2008, 2010, 2012, 2014, 2015, 2016, 2017,2​ 2018 y 2020. La Unidad de Inteligencia del índice de democracia de The Economist basa los resultados en sesenta indicadores que se agrupan en cinco diferentes categorías: proceso electoral y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política. En lo que respecta a la clasificación que se le hace a los países de acuerdo a su puntuación, esta se divide de la siguiente manera: países con democracia plena, países con democracia imperfecta, países con regímenes híbridos y países con regímenes autoritarios.

Los analistas, teóricos, o periodistas cuando estudian u opinan sobre los procesos políticos de los países, regiones o época acuñan definiciones que pretenden ser abarcativas. Definiciones que buscan caracterizar de manera más o menos certera la situación predominante, adjetivos que tengan la virtud identificar, cuantificar o describir dichos procesos  y que por cierto sean aceptados  como tales. Con la caída o retroceso del socialismo y con las experiencias de las feroces dictaduras que hemos padecido, la democracia como forma política ha adquirido un valor relevante.

También es cierto que las características o formas de la misma está muy lejos de aquella democracia ateniense que acuñó el término. Muchos adjetivos complementarios buscan acercarse a una definición precisa al tipo de o a cuanto de democracia uno usufructúa. Así entonces la democracia será representativa, tutelada, parlamentaria, recortada, presidencialista, plena (como sería la que vivimos aquí en Uruguay) o un sinnúmero de definiciones más.

Por las distintas experiencias históricas que hemos pasado parece ser que este estado, el democrático, se parecería bastante al estado ideal para vivir, casi que nos invitaría a proclamar como Francis Fukuyama lo hiciera alguna vez “el fin de la historia” con la caída del muro y el socialismo real. El nuevo estado de cosas sería el conveniente, el insuperable. No obstante, el recorrido de las distintas realidades del mundo, la enorme proliferación de conflictos e inarmonías sociales obliga a encontrar una escalera de adjetivos que gradúe el estado ideal (la democracia). Como padecí vivir en dictadura puedo avalar con conocimiento de causa que vivir en democracia es una manera infinitamente superadora. Ahora bien, en nuestro país, muy bien ranqueado por cierto, vivimos según algunas definiciones “una democracia plena”.

El adjetivo plena, me sugiere un estado de cosas espléndido, seguro que los índices para medir y avalar dicha categorización deben ser más que elocuentes y elogiables pero en algún punto percibo esa democracia adjetivada como un corset, o una valla que me impide ir más allá. Vivimos en un país de unos escasos tres millones y medio de personas. Los avances técnicos permiten que nuestra vida sea más fácil, sin más, los métodos de construcción se han diversificado y tanto que torres se edifican en muy poco tiempo, nuevos materiales, maquinaria nueva, técnicas de construcción diversas habilitan a pensar que nuestro déficit de viviendas debería estar resuelto, sin embargo, apartamentos pequeños, valen muchísimo y los programas que contemplan la edificación para vivienda no llega nunca a los hogares humildes. Programas de cooperativas sindicales, FUCVAM cooperativismo organizado por ayuda mutua es la única opción para que un trabajador tenga una  vivienda asegurada; 589 asentamientos irregulares hay en el país, el 78% en Montevideo y Canelones y viven más de 165 000 personas. Me pregunto cuanto de plena es esta democracia para toda esa gente.

Las líneas de cajas en las grandes superficies sustituyen a trabajadora/es que ven disminuir sus fuentes de trabajo, ¿el ahorro reduce la jornada laboral?, ¿aumenta el salario de quienes continúan trabajando?, adivine el lector a donde va a parar el ahorro de salarios y aportes, el derrame no derrama, se amontona sin contemplar ningún tipo de distribución social.

La violencia que nos vamos acostumbrando a que sea endémica, en nuestra muy plena democracia alcanza cifras de asombro, la proliferación de armas y la creciente presencia del narcotráfico en los barrios es parte “del paisaje democrático”. Narcos presos en Dubai, obtienen pasaportes exprés, agricultores de soja diversifican el negocio complementando sus exportaciones con algunas toneladas de cocaína.

Nuestra democrática sociedad se estratifica, por barrios, tipos de enseñanza, niveles de posibilidades. Todo sucede en un tiempo que parece que no le cabe  un adjetivo superador, porque es “plena”.

El socialismo está estigmatizado como forma perimida y autoritaria. Le adjudico un gran mérito a la derecha conservadora haber logrado tal proeza. Una experiencia histórica de décadas, donde millones de seres humanos se organizaron socialmente de manera inédita. Tuvo es su génesis resultados prodigiosos, la salud, la educación, la alimentación de las personas fue el buque insignia de esa nueva manera de vivir, La equidad tuvo niveles jamás conocidos. Miles y miles pelearon por esas ideas, millones de años de cárcel acumularon esos luchadores libertarios, miles de muertos de izquierda enfrentaron al fascismo allí donde se presentó, bajo distintas formas.

Si levanto la voz contra la acumulación de riqueza abusiva, ¿soy antidemocrático?, si reivindico una manera menos agresiva de producir  con más cuidado del ambiente, ¿soy antidemocrático? Como nunca el rol del Estado benefactor se hace indispensable para superar crisis humanitarias, pandémicas, climatológicas. Sin embargo aún quienes les reclaman ayuda al estado en los momentos de problemas productivos no les gusta pagar impuestos y pregonan que el estado baje sus costos, aún esos defienden una democracia plena de empresas poderosas y de estados chicos.

Hay veces en que me siento encerrado en una caja de cristal de la que no se puede escapar, ayer nomás una coalición de derecha le arrebató el gobierno al Frente Amplio. Se construyó y articuló con ese objetivo expreso. Logró mayorías parlamentarias y amparadas en ellas, sin ningún tipo de diálogo ni consideración impulsó y aprobó una ley de urgente consideración. Muchas leyes, normas y objetivos ocultos en una sola gran ley. Sin discutir, sin permitirle a la sociedad conocer su contenido. En un enorme esfuerzo colectivo los movimientos sociales y el Frente Amplio disputaron apelando a los recursos que la Constitución permite. Un gran ejercicio democrático donde la famosa ley finalmente fue más conocida por la población y si bien no logró ser derrotada por muy poco, enlenteció su aplicación.. Otra vez la coalición sin fisuras defendió su ley. Una vez más como un solo bloque confrontaron y lo que estuvo de un lado y otro fueron intereses defendidos en una u otra dirección.

Curioso intento el de estos días de Cabildo Abierto, apenas resuelto “su problemita de urgente consideración” libres como el viento, salen a buscar cercanías, convivencias y acuerdos para que no se profundicen grietas. Seguimos buscando desaparecidos, mientras tanto.

Me pregunto cuanto de la plenitud “de la democracia posible” nos está quitando las ganas de soñar futuros mejores porque sólo hay futuros posibles.

 

Por Walter Martínez

  

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