CINE | “El año de la furia”: La génesis del monstruo autoritario

El régimen autoritario imperante en nuestro país aun antes del golpe de Estado del 27 de junio de 1973 que arrasó con las ya desgastadas y decadentes instituciones democráticas, es el ciertamente removedor disparador temático de “El año de la furia”, el potente film testimonial del realizador español Rafa Russo, que desnuda los oscuros preámbulos del asalto al poder consumado por el dictador fascista Juan María Bordaberry y sus cómplices criminales uniformados.

La película, que fue rodada en locaciones de Montevideo y Madrid y cuenta con un reparto actoral multinacional, está ambientada en 1972, apenas un año antes de la disolución de las cámaras del Poder Legislativo y de la instalación de una feroz tiranía cívico militar que se prolongó hasta el 28 de febrero de 1985.

Para quienes lo vivimos en nuestra juventud, 1972 fue un año realmente terrible, sacudido por la polarización ideológica y la violencia política imperante en la sociedad uruguaya desde mediados del siglo pasado.

Al respecto y antes de ingresar de lleno en el análisis de este drama de trazo eminentemente histórico, es indispensable retrotraernos en el tiempo con el propósito de poner las cosas en su sitio y demoler, de una buena vez, el distorsionado y mentiroso discurso de la derecha.

En efecto, la violencia estaba instalada en Uruguay ya a mediados de la décadas del cincuenta, cuando el gobierno colegiado de la época decreto medidas prontas de seguridad en dos oportunidades, con el propósito de reprimir a las organizaciones sindicales que se movilizaban contra la crisis que ya comenzaba a horadar la convivencia en nuestra comarca.

Por entonces, el mito de la Suiza de América y de Estado de Bienestar subsidiario del batllismo, comenzaba a naufragar dramáticamente por la caída de la cotización internacional de las materias primas y la radical modificación de la nomenclatura comercial global y de los términos de intercambio entre las potencias del bloque capitalista y las naciones periféricas.

Esta violencia, que inicialmente fue estatal, se trasladó a la década del sesenta, a partir de la represión contra los “peludos” cañeros de Bella Unión y, desde 1968, con el gobierno autoritario del prepotente Jorge Pacheco Areco que -amparado en las medidas prontas de seguridad que abarcaron todo su período de gestión- fue el responsable de asesinatos de obreros y estudiantes e instaló una rigurosa censura de prensa.

En ese contexto, la otrora idílica o idealizada democracia uruguaya comenzó a vaciarse de contenido hasta devenir en una mera cáscara, porque, pese a que aun había parlamento, el gobierno colorado cometió toda suerte de tropelías: represión callejera con golpizas y bastonazos, disparos con balas de goma y con munición letal y ataques con vehículos hidrantes.

A ello se sumaban las detenciones arbitrarias y las torturas en las comisarías, los atentados perpetrados por la terrorista Juventud Uruguaya de Pie fundada por Hugo Manini Ríos, hermano del hoy senador cabildante Guido Manini Ríos, los crímenes del escuadrón de la muerte y la ilegalización de sindicatos y de fuerzas políticas de izquierda.

Algunas de estas acciones se produjeron incluso antes de la irrupción de la guerrilla urbana del Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros, que nació inicialmente como una organización de autodefensa contra los permanentes desmanes fascistas que se perpetraban contra obreros, estudiantes, meros izquierdistas y locales partidarios.

Por supuesto, esta atmósfera de tensa exacerbación y creciente crispación que precedió a la década del setenta, cuando ya la denominada “lucha antisubversiva” estaba a cargo de los militares, fue jalonada por enfrentamientos armados.

Empero, tal vez uno de los episodios más significativos de esta tensión que fue precipitando al país rumbo al abismo de la dictadura, fue el grosero y comprobado fraude cometido en las elecciones de noviembre de 1971, que le otorgó el triunfo por una diferencia mínima al híbrido latifundista Juan María Bordaberry, delfín de Jorge Pacheco Areco, quien fracasó en sus pretensiones reeleccionistas.

Esos comicios, que fueron denunciados como fraudulentos por el caudillo y candidato blanco Wilson Ferreira Aldunate ante una Corte Electoral cómplice de ese auténtico ultraje a la institucionalidad, generaron un clima aun más ríspido, por la dudosa legitimidad del nuevo gobierno que asumió ulteriormente el 1° marzo de 1972.

Este es precisamente el contexto histórico en el cual está ambientado “El año de la furia”, que reconstruye, mediante una atinada mixtura entre la realidad y la ficción cinematográfica que es muy reconocible para quienes la vivimos, la pesadillesca escenografía previa al golpe de Estado que instaló en nuestro país un régimen liberticida.

Contrariamente a lo que afirma el relato oficial, por entonces la democracia uruguaya era una mera entelequia, porque, al igual que Jorge Pacheco Areco, Juan María Bordaberry gobernó permanentemente con medidas prontas de seguridad y suspensión de garantías individuales.

Por entonces, como en los cuatro años previos, para un joven era casi imposible transitar por las calles sin que lo detuvieran para exigirle la presentación de documentos de identidad, cachearlo o eventualmente detenerlo, incluso por el mero hecho de usar pelo largo o su vestimenta.

Empero, los tres acontecimientos más significativos de 1972 fueron el sangriento 14 de abril, en cuyo marco se concretó el ajusticiamiento de cuatro miembros del Escuadrón de la Muerte por parte de los tupamaros y el abatimiento de ocho guerrilleros –algunos de ellos ejecutados a sangre fría- por parte de los militares.

Apenas un día después, por mayoría, la Asamblea General aprobó la declaración del Estado de Guerra y, el 10 de julio,  fue sancionada la Ley de Seguridad del Estado y Orden Publico, que entregó de hecho el poder a la mafia militar.

El último acontecimiento de ese cruento año se registro en setiembre, cuando fue herido y capturado el líder tupamaro Raúl Sendic, lo cual culminó con el proceso de desmantelamiento del aparato militar y político del Movimiento de Liberación Nacional.

En ese marco, 1972, que es la referencia temporal de esta película, fue un año de espanto que padecimos casi todos los uruguayos, en un contexto de profundización de la grieta entre polos ideológicos opuestos, naturalmente con el trasfondo de la Guerra Fría, que es de referencia obviamente insoslayable.

La trama cinematográfica, que integra a varios personajes vinculados entre sí en una suerte de cine coral, tienen como audaces protagonistas a dos guionistas, Diego (Alberto Ammann) y Leonardo (Joaquín Furriel), responsables de la producción de un programa televisivo de humor, que, mediante inteligentes mensajes subliminales, suele mofarse ácidamente del régimen autoritario de la época.

Ya en las primeras secuencias del relato se advierte esa actitud radicalmente irreverente, cuando en el espacio audiovisual y, en lenguaje naturalmente paródico, se afirma que en las elecciones del año anterior, en un barrio Montevideo se escrutaron más votos que ciudadanos habilitados para votar. Obviamente, la fonoplatea en pleno se echa a reír por la ocurrencia y la audacia de los autores.

Por supuesto, esta situación constituye una alusión directa y no menos descarnada a las graves irregularidades registradas en los comicios de noviembre de 1971, en las cuales en varios circuitos hubo más sufragios que sufragantes y hasta aparecieron urnas violadas y abiertas, entre otras irregularidades.

Esta audaz actitud –que obviamente constituye un golpe al mentón del gobierno autoritario ya instalado en el país y hasta pone en tela de juicio la legitimidad de la consulta electoral sugiriendo la presunción de fraude, endurece la actitud de los empresarios, quienes, temerosos por el riesgo de la censura oficial, establecen serias cortapisas a la libertad de expresión.

Por entonces, el estamento castrense, con la aquiescencia del gobierno cómplice de Bordaberry, ya estaba tomando el control paulatinamente de los medios de comunicación para hacerlos funcionales a sus intereses y a los de la clase dominante.

Empero, mientras estos osados comunicadores intentan sobrevivir con mucho ingenio para que su producto artístico no sea retirado del aire, en otro espacio –bastante más lúgubre, oscuro, hermético y cuasi clandestino- Rojas, interpretado por un excelente y visceral Daniel Grao, es un teniente del ejército que somete a incalificables torturas a un preso político amarrado con poleas al techo, mediante picana eléctrica y submarino (inmersión en agua contaminada).

Son, obviamente, las caras opuestas de una misma moneda: la de la resistencia pacífica a la prepotencia, que está representanta por los comunicadores, y la del estado criminal encarnado por ese torturador enfermizo, devenido en una herramienta de dolor y tormento al servicio de un régimen que hace tiempo había perdido todo resquicio de democracia. Irónicamente, mientras ensaya  sus vejámenes contra la víctima, enciende un tocadiscos con el emblemático tango “Por una cabeza”, cuya letra fue concebida por Alfredo le Pera y musicalizada e interpretada por Carlos Gardel.

Obviamente, en este caso no se trata del gusto o la sensibilidad musical del torturador. La clave, como fue habitual en las bastillas de los asesinos, era encender una radio o un aparato de audio a muy alto volumen para ahogar los gritos de los torturados.

A estos personajes se suman Susana (Martina Gusman), una prostituta que funge como mero pasatiempo sexual y hasta bálsamo para el demente sádico uniformado, que expía en sus brazos sus culpas subyacentes por los actos de barbarie perpetrados. Para él, esta hermosa fémina no es una mera fuente de la cual abrevar sus deseos carnales, sino también un refugio de los actos de la barbarie perpetrados por el régimen autoritario al cual es funcional.

Otros dos personajes femeninos no menos relevantes son los que interpretan la gran actriz española Maribel Verdú, que encarna a la dueña de una pensión, y su hija, la joven luchadora política protagonizada por Sara Sálamo, entre otros.

En ese contexto, las subtramas de esta historia de ficción que se nutre del terrible pasado reciente de nuestro país, trasuntan el miedo provocado por el terrorismo de Estado, que se va apropiando paulatinamente de toda la población.

En ese marco, tal vez el monstruo más abominable y representativo del terror implantado por los militares y sus secuaces civiles, sea el encarnado por Miguel Ángel Solá, un implacable militar de alto rango que desconfía hasta de sus propios subordinados y los azuza permanentemente para que perpetren, sin mayores miramientos, toda suerte de violaciones a los derechos humanos.

Más allá que no se trata de una película memorable ni nada que se le parezca, “El año de la furia” es igualmente el retrato de una pesadilla liberticida que, un año antes del golpe de Estado, ya agobiaba con singular rigor a la gran mayoría de los uruguayos.

Mientras abundan las detenciones ilegales, las sesiones de torturas, las actitudes intimidatorias y la rígida censura de prensa, aflora la valentía de un grupo de uruguayos que resisten como pueden a la tiranía en ciernes y un dubitativo verdugo militar se enamora de una trabajadora sexual,  buscando en ella también una experiencia emancipadora que lo exorcice contra los demonios del régimen y contra los propios.

Empero, en esa coyuntura de tormento y barbarie, no sólo físico sino también emocional, no existe margen alguno para la piedad, porque la dictadura fue una experiencia de patología colectiva despojada de todo eventual racionalidad.

Aunque en nuestra personal opinión “El año de la furia” no se puede considerar una precuela de la memorable “La noche de los 12 años” (2018), del cineasta uruguayo Álvaro Brechner, constituye igualmente un valioso testimonio que recrea con crudeza pero con singular sobriedad la escalada autoritaria instalada en el Uruguay en el pasado reciente, corroborando – en forma irrefutable- que antes del golpe de Estado ya había una dictadura que había conculcado todas las libertades.

 

FICHA TÉCNICA

El año de la furia. España, Uruguay, Argentina 2020. Dirección: Rafa Russo,  Guión: Rafa Russo Fotografía: Daniel Aranyo. Música. Claudia Bardagi. Reparto: Alberto Ammann, Joaquín Furriel, Miguel Ángel Sola, Daniel Grao, Martina Gusman, Sara Sálamo, Maribel Verdú, Paula Gancio y Sebastián Iturria.  

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

  

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