¿Podría repetirse el holocausto?

Una conmoción de tal magnitud, lejos de desaparecer – pese a los negacionistas y a los apologéticos  del nazifascismo – seguirá reclamando atención, no solo de los científicos sino de la población mundial. Esto no se limita a una acumulación de datos e información, que sigue creciendo, los problemas fundamentales son de interpretación porque lo que interroga a la humanidad es la causa y prevención de los genocidios, su relación con los crímenes del colonialismo y el imperialismo, la réplica del sufrimiento, la miseria, las hambrunas, las migraciones desesperadas, el desarraigo, las injusticias, la explotación despiadada de seres humanos y de la naturaleza respecto a los cuales el Holocausto debe erigirse como una advertencia contra el racismo, la aporofobia, la xenofobia, el culto del odio, la impunidad de los crímenes y el aumento destructivo de las desigualdades en las vidas humanas, fenómenos de los que ninguna comunidad está exenta. 

Los problemas de interpretación – El término Holocausto [i] empezó a ser empleado para denominar específicamente el exterminio de los judíos europeos a fines de la década de 1950, por parte de escritores judíos, reemplazando el término genocidio que es notoriamente más preciso y descriptivo. Está claro que lo que sucedió entre 1933 y 1945 está tremendamente “cargado de pasión y juicio moral” [ii]. Esta es la parte comprensible no solamente por la magnitud de los crímenes sino por su largo alcance. Pero hay otra parte, “un misterioso acontecimiento” que causa perplejidad y remite a una especie de escatología religioso-cultural que algunos autores incorporaron al término Holocausto lo que no facilita la tarea de los historiadores judíos y plantea problemas aún más grandes a los historiadores no judíos, según el británico Ian Kershaw [iii].

La sombra del Holocausto abarca todo el mundo conocido y todos los tiempos cronológicos y psicológicos. En este sentido los psicoterapeutas que han tratado a descendientes de víctimas, aún cuando nunca hubieran escuchado una palabra de sus mayores, aunque estuvieran separados por más de una generación o dos, de abuelas y abuelos a nietos y bisnietos, resulta que los efectos del terror pueden detectarse y se encuentran incrustados en la psiquis de niños, jóvenes y adultos. No según una pauta, no de acuerdo con un modelo, pero siempre se encuentran secuelas multiformes.

Como dice Traverso, cada genocidio tiene similitudes con otros genocidios y también tiene diferencias, singularidades. “La sagrada singularidad de los acontecimientos terribles que ejemplifican el mal absoluto” como sostiene Yehuda Bauer. Sin embargo, transcurridos más de setenta años de los crímenes abordar el tema es navegar en aguas procelosas y no estamos hablando del negacionismo u otras formas degradadas de pensamientos falaces sino de una sensibilidad hacia el tema capaz de producir reacciones exageradas “a partir de una frase o una palabra mal colocada o mal entendida”.

Si trabajar con los hechos del pasado, como lo hacen los historiadores, es difícil mucho más dificil lo es para otras disciplinas y mucho más para la ciudadanía. La información sobre lo sucedido viene siendo permanentemente investigada y está al alcance de la mano. La entrada Holocausto de Wikipedia, por ejemplo, reúne un volumen importante de información relativamente actualizada, abundante y correcta pero los problemas mayores se encuentran en el campo de la interpretación.

No se trata de negar la importancia de la documentación, de los archivos permanentemente desvelados, de la confrontación de testimonios, memorias e información de todo tipo, de los aportes de la economía, la filosofía, la arqueología y las ciencias sociales en un tema que por su palpitante actualidad exige un abordaje multidisciplinario de la historia. Lo fundamental a nivel de divulgación, de difusión amplia de los conocimientos y su relación con el presente y el futuro de la sociedad humana, radica en la necesidad de lograr una interpretación reflexiva y certera. Esta resulta imprescindible porque, si bien el Holocausto se destaca como un fenómeno de enorme singularidad sería un error erigirlo en una categoría única, una categoría del más allá (por eso escatológica), porque esto significa bajar la guardia ante la posibilidad de una repetición que nunca debería descartarse. Enfrentar las injusticias, los autoritarismos, las noticias falsas, la manipulación y sobre todo la resignación y la impotencia ante estos fenómenos requiere una profundización constante de la interpretación.

En otras palabras, si el Holocausto fuera un fenómeno absolutamente incomparable, otros genocidios y crímenes de lesa humanidad pasarían a segundo plano, terminarían banalizados u olvidados y los contextos en los que se desarrollaron pueden entonces volver a reiterarse y asi sucede. Es una estupidez peligrosa hacer un ranking de víctimas o de genocidios. Tan peligrosa como la construcción de comparaciones focalizadas como las de la Guerra Fría, en la que desde Hannah Arendt hasta Brezinszki las emplearon con el propósito de atacar a la URSS y de paso tender una pantalla sobre los crímenes del imperialismo y las guerras coloniales.

Sin embargo, la teoría del totalitarismo tuvo un orígen que se contraponía al sesgo propagandístico que adoptó después. Las críticas formales más antiguas a esa teoría proceden de la Escuela de Frankfurt, preocupada por el proceso que había hecho que la razón, aplicada a la explotación del ser humano y revestida de la retórica de la eficacia y la utilidad, hubiera contribuido a que los nazis sistematizaran el exterminio.

En el Institut für Sozialforschung (Instituto para la Investigación Social fundado en Frankfurt am Main en 1923), a partir de 1930, se estudió la relación de continuidad entre la industria cultural y la cultura de masas, relacionando la sociedad totalitaria del nacionalsocialismo y la capacidad de persuasión y manipulación que poseen los nuevos procesos de trasmisión ideológica.  Max Horkehimer [iv] fundamentó la distinción básica de la Escuela entre Razón Crítica y Razón Instrumental, denunciando que el positivismo, que se presenta como metodología experimental acentúa el carácter instrumental de la razón con resultados y consecuencias sociopolíticas. Despojada de sentido crítico, la razón solo es racionalización, nada más que el uso del esquema medio-fin en unos objetivos cuyo resultado último sólo consigue consolidar lo “establecido”.

Hay una preocupación sobre el “después de Auschwitz” que recorre la obra de Theodor W. Adorno [v]. Nazismo y fascismo constituyen fenómenos sociopolíticos en los que el poder y la conciencia funcionan en sincronía. Los prejuicios articulan tipos de caracteres que son el sustrato profundo para el triunfo del autoritarismo y de los más temibles movimientos. Al desaparecer el nazismo de Hitler no desaparecen los procesos de autoritarismo latente. Al contrario, la cultura de masas y la sociedad capitalista de consumo representan el renacer de la razón instrumental que convierte a los sujetos en objetos y sitúa los objetos como los fines de la vida humana. La sociedad de consumo es la que altera el esquema medio-fin, haciendo que los medios parezcan los fines y, a la inversa, los fines y objetivos de una existencia (amistad, conocimiento, realización) se vuelvan medios para el consumo de productos en los que el individuo “deberá” encontrar su “ser”.

Adorno y Horkheimer analizaron el existencialismo de Kierkegaard, la fenomenología de Husserl y en especial la filosofía de Heidegger, que acentúan la existencia abstracta del sujeto y diluyen los aspectos histórico-objetivos. De este modo el absurdo acaba siendo el sentido y fin de la vida humana. Son filosofías de la vida que apelan a lo instintivo como liberación en un “ser para la muerte” que será el caldo de cultivo de las políticas de expansionismo militar. Subjetivismo y positivismo son las dos caras de la voluntad de dominio, sobre la naturaleza o sobre los “otros”. Esto para Adorno culmina en una mistificación del pensamiento que queda detenido y confinado sobre sí mismo, sin capacidad para percibir y comprender a los “otros”, considerados como enemigos, como inferiores con vidas que no merecen ser vividas [vi]. A partir de ahí el pensamiento que situaba los ideales de progreso, de educación y de igualdad como ejes históricos acaba, con la consolidación del capitalismo industrial, justificando la administración científica de la muerte al devenir en razón instrumental en la que el progreso se confunde con la técnica, la educación con la mera formación de una nueva mano de obra y la igualdad se identifica con uniformidad que posibilita el consumo.

Hannah Arendt, la autora que ocupa un lugar destacado en el santoral del neoliberalismo, es quien propuso una caracterización de totalitarismo exclusivamente dedicada al estalinismo y al nazismo. No se interesa por otros regímenes contemporáneos como la Italia de Mussolini o la España de Franco. Para ella esos son regímenes autoritarios pero no totalitarios lo que permite darse cuenta de la intención y superficialidad de sus elucubraciones.

El problema según Kershaw cambia su esencia y del intento de “explicar el Holocausto específicamente por medio de la historia judía o de las relaciones germano-judías se pasa a la patología del Estado moderno y al intento de comprender el delgado barniz de civilización en las sociedades industriales avanzadas”. Esto requiere un análisis de los complejos procesos de gobierno y el colocar la persecuión de los judíos en un contexto más amplio de racismo y tendencias genocidas contra varios grupos minoritarios.

Esto no le quita relevancia al lugar que la ideología nazi asignó a los judíos y a olvidar el tremendo sufrimiento que aparejó pero lleva a sostener que el Holocausto es parte de un problema mayor y que se debe analizar como funcionaba al régimen, como se tomaban las decisiones y como se llevaban a cabo.

Kershaw sostiene que “el tema central sigue siendo cómo el odio nazi hacia los judíos fue trasplantado para convertirse en práctica de gobierno y cual fue el papel de Hitler en ese proceso. Si alguien cree que las respuestas son simples, se equivoca porque de hecho sigue siendo el punto focal de las investigaciones, interpretaciones y polémicas historiográficas. Este no es un tema exclusivo para especialistas, para eruditos o para nostálgicos. Es un asunto de interés actual cuyo abordaje debe ser extensivo e intensivo por su estrecha relación con la vida cotidiana de hoy en día y con las perspectivas del futuro más cercano en materia de convivencia.

Hitler y el Holocausto – Por lo menos quince años debieron transcurrir desde la desaparición del Tercer Reich para que los historiadores de ambas Alemanias (la República Federal RFA y la República Democrática RDA) empezaran a ocuparse del antisemitismo y la persecución de los judíos. Con el juicio de Eichmann en Israel, las denuncias de la RDA acerca de nazis en el gobierno de la RFA y las revelaciones que surgieron en el juicio a algunos criminales nazis en la misma RFA a partir de 1963 [vii] tomaron vigor los trabajos académicos sobre los crímenes del nazismo.

Sucede que en el occidente de Alemania, en lo que habían sido las zonas de ocupación de Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, posteriormente la República Federal de Alemania (RFA), existía un rechazo a analizar el pasado y una resistencia a la evaluación crítica del mismo por parte de la sociedad alemana. Una gran parte de la población negaba el fenómeno de lealtad masiva que había sostenido al nazismo y por ende rechazaba la responsabilidad compartida de los ciudadanos. Esto permitió que hubiera una extendida tendencia a que los alemanes se presentaran como víctimas aludiendo que habían sido inducidos o engañados por los dirigentes nazis que eran los únicos culpables de los crímenes y la guerra.

Los alemanes de a pie se consideraban víctimas de la guerra y después de ella de una ocupación injusta por parte de las potencias vencedoras. Colocaban en un mismo nivel las atrocidades del Tercer Reich con los bombardeos aliados y con la expulsión de los alemanes del Este. De este modo los crímenes del nazismo se empaquetaban en un conjunto de hechos violentos de la guerra o se disimulaban con metáforas y abstracciones. En este marco, quince o veinte años después de terminada la guerra, los estudios históricos y la difusión pública en la RFA sobre el destino de los judíos encontraban una anémica respuesta en el pueblo alemán [viii].

“En la República Democrática Alemana (RDA) el trabajo erudito sobre la persecución de los judíos – dice Kershaw – efectivamente se inicia en los años sesenta, aunque el hecho de colocar el odio racial, según el concepto de historia del marxismo-leninismo dentro de la naturaleza de la lucha de clases y del imperialismo, hizo que hasta los desórdenes de 1989 fueran pocos los trabajos importantes específicamente dedicados al Holocausto que se publicaron”. Las publicaciones de Kurt Pätzold [ix]fueron un avance significativo en los estudios de la RDA en este campo.

De hecho, la investigación y el debate erudito empezaron fuera de Alemania. En primer lugar por parte de los estudiosos judíos en Israel y en otros sitios y en segundo lugar por historiadores no judíos fuera de Alemania. El debate sobre Hitler y la ejecución de la “solución final” es algo específicamente germano-occidental sin perjuicio de las valiosas contribuciones de estudiosos extranjeros. Es en la RFA donde se expresó la dicotomía entre “intención” y “ estructura”. El enfoque más convencional parte de la suposición de que, desde fechas muy tempranas, Hitler mismo consideró seriamente, se planteó como objetivo principal y bregó implacablemente para el exterminio de los judíos.

Este enfoque “intencionalista” o “hitlerista” establece que las distintas estapas de la persecución de los judíos responden directamente a los objetivos e intenciones inflexibles de Hitler, de modo que la “solución final” habría sido el objetivo central del Führer desde el inicio de su carrera política y como resultado de una política más o menos consistente programada por él y en última instancia llevada a cabo siguiendo sus órdenes expresas.

El enfoque “estructuralista” por su parte, destaca la forma improvisada y no sistemática de las políticas nazis respecto de los judíos. Esto no ignora el antisemitismo rabioso de la retórica nazi pero advierte que las acciones aparecen como respuestas ad hoc frente a circunstancias que llevaron a una radicalización que condujo al exterminio físico de los judíos, como una “solución” ante los enormes problemas administrativos que había auto provocado el régimen. Esto no pudo ser predicho, previsto o planificado en ningún momento antes de 1941.

La interpretación “intencionalista” de la destrucción de la judería europea como resultado de la inflexible voluntad de Hitler tiene – según Kershaw – un atractivo inmediato aunque superficial. Se adapta bien a la visión de algunos historiadores que explican el Tercer Reich mediante el desarrollo de una ideología específicamente alemana, en la que se le otorga un papel decisivo a las ideas antisemitas y al antisemitismo radicalizado de Hitler en especial. Es obvio que Hitler, desde su ingreso a la política en 1919 hasta el testamento que produjo en el bunker de Berlín, en abril de 1945, expresaba su violento odio a los judíos. Esta interpretación también va bien con el concepto de “totalitarismo”. En suma, se trata de una explicación del Holocausto que se apoya en que la fuerza motora de la historia y la autonomía de la voluntad individual son los determinantes de los hechos históricos.

La explicación personalizada del Holocausto aparece en las principales biografías de Hitler (John Toland, Sebastian Haffner, Joachim Fest) y en otros académicos como Gerald Fleming. Los más importantes expertos germano-occidentales también le atribuyeron a Hitler “una infatigable continuidad en sus objetivos y un papel decisivo en la iniciación e instrumentación de la “solución final”. La linea interpretativa de tipo “programático”, como se la ha denominado, considera que los objetivos y las medidas antisemitas estaban ligadas a la política exterior en cuanto a los objetivos finales a largo plazo y que avanzaron con lógica interna, consistencia y en etapas. Klaus Hildebrand – citado por Kershaw – resume la posición en forma clara: “fundamental para el genocidio nacionalsocialista fue el dogma de raza de Hitler … Todavía hay que entender que las ideas programáticas de Hitler acerca de la destrucción de los judíos y la dominación racial fueron primarias y, además, fueron causa, motivo y dirección, intención y objetivo de la poltica judía”.

Hans Mommsen [x], por su parte, desarrolló su enfoque “estructuralista” argumentando con vigor que la implementación de la “solución final” de ninguna manera puede atribuirse solamente a Hitler, así como tampoco a factores puramente ideológicos en la cultura política alemana. La explicación hay que buscarla en los fragmentados procesos de toma de decisiones en el Tercer Reich, favorables a las iniciativas burocráticas improvisadas con su propio impulso interno que fueron promoviendo un proceso dinámico de radicalización acumulativa. La suposición de que la “solución final” partió de una orden del Führer es equivocada.

Es indudable que Hitler conocía y aprobaba lo que estaba ocurriendo pero la suposición de “la orden” se desvanece ante su conocida tendencia a dejar que las cosas siguieran su curso y a posponer decisiones siempre que fuera posible. Además se conocen sus intentos conscientes para ocultar su responsabilidad.

Mommsen concluye que no pudo haber una orden del Führer, escrita o verbal, para la “solución final” de la cuestión judía europea. Las referencias en las fuentes documentales a una orden o comisión se refieren invariablemente al complejo de órdenes de la Komissarbefehl de la primavera 1941 que disponía el fusilamiento inmediato de los comisarios políticos del ejército soviético. Aunque los fusilamientos masivos de judíos rusos emanan de ese complejo de órdenes, debe distinguirse de la “solución final” propiamente dicha, que no emana de las órdenes ni es internamente coherente.

Martin Broszat  [xi]efectuó un agudo análisis del origen de la “solución final” y afirmó que no había habido absolutamente ninguna orden general de exterminio pero que el programa de exterminio de los judíos se desarrolló gradualmente de manera institucional y en la práctica a partir de acciones individuales, hasta principios de 1942, y con carácter determinante después de la construcción de los campos de exterminio en Polonia, entre diciembre de 1941 y julio de 1942. En opinión de Broszat, la deportación masiva de los judíos era todavía un objetivo hasta el otoño de 1941.

Después del fracaso de la Blitzkrieg ante Moscú, los problemas que entrañabam los planes de deportación, más la incapacidad de los Gauleiter, los jefes policiales y los de la SS, para manejar las enormes cantidades de judíos que habían deportado a sus dominios, condujeron a una creciente cantidad de “iniciativas” asesinas que, posteriormente, fueron aprobadas desde arriba.

Broszat como Mommsen se esforzaron por destacar que en modo alguno se podía considerar que su interpretación eliminara o disminuyera la responsabilidad y la culpa de Hitler en la “solución final” y los actos de exterminio que aprobó y reforzó con sus actos. Lo que sucede es que la cómoda tesitura de la culpa concentrada en el suicidado Führer ahora se extendía, con toda claridad, a los grupos y organismos del Estado nazi y sus integrantes.

Kurt Pätzold, el historiador de la RDA, coincidió con Mommsen y Broszat pero según Kershaw tiene el mérito de ubicar la destrucción de los judíos como un elemento dentro del contexto general del implacable y deshumanizado propósito expansionista del Estado nazi.  Por otra parte, la ausencia de un programa a largo plazo de exterminio también ha llegado a ser aceptada por los principales expertos israelíes en el Holocausto y Kershaw cita por ejemplo a Yehuda Bauer [xii].

La trivialización y el supremo culpable –  Los intencionalistas, que coinciden con los historiadores más conservadores y periodistas derechistas, han acusado a los estructuralistas o funcionalistas de trivializar la maldad de Hitler, sin embargo lo que realmente parece trivializar la explicación histórica es la necesidad de algunos de encontrar un supremo culpable lo cual desvía el foco que debe ponerse en las fuerzas activas en la sociedad alemana, que no necesitaban recibir una “orden del Führer” para profundizar la persecución de los judíos hasta que el exterminio se convirtiera en la solución lógica y la única disponible.

“La cuestión de distribuir culpas – dice Kershaw – distrae de la verdadera pregunta que el historiador tiene que responder: precisamente cómo fue que el genocidio llegó a ocurrir, cómo fue que un odio desequiliberado, paranoide, y una visión milenaria se convirtió en realidad y fue implementada como horrible práctica de gobierno” [xiii].

Viendo la historia  en forma retrospectiva, con el diario del lunes, es fácil atribuir un significado concreto y específico, a las bárbaras pero difusas y comunes generalidades acerca de deshacerse (Entfernung) y hasta del exterminio (Vernichtung) de los judíos proferidas por Hitler y por muchos otros de la derecha völkisch desde principios de los años 20. Unido a esto se encuentra el problema de establecer empíricamente la iniciación o la directa instigación de Hitler para producir los actos en su política para satisfacer sus objetivos. El problema se acentúa por el obvio deseo del Führer de no quedar públicamente asociado con medidas inhumanas y brutales y se agrega el secreto y los eufemismos que ocultaban la “solución final”.

Explicar gira en torno a cómo y por qué un sistema político “con toda su complejidad y refinamiento puede, en el término de menos de una década, volverse tan corrupto como para llegar a considerar la ejecución del genocidio una de sus supremas tareas”. En este punto hay aspectos de la política carismática, es decir de cómo la difusamente expresada intención de Hitler fue interpretada y convertida en realidad por el gobierno nazi, sus organizaciones y las fuerzas armadas. Como digresión necesaria hay que advertir que el “culto” se ha extendido en el tiempo bajo la forma de una especie de fascinación por la figura de Hitler que se llena de libros y fascículos, la mayoría de las veces de pésima calidad, y la cantidad de videos de presunta divulgación de imágenes que se producen aún hoy en día.

Eichmann

Por bárbaro que haya sido el lenguaje de Hitler, sus acciones directas son difíciles de ubicar. Su odio a los judíos fue una constante pero la relación de ese odio con la política fue cambiando a lo largo del tiempo y en la medida en que las opciones políticas se reducían. Durante la década de 1930 Hitler apenas participó en la expresa formulación de esa política y tampoco en la génesis de la “solución final”. Por ejemplo, el papel de Goebbels en el desencadenamiento de la llamada Noche de los Cristales Rotos en 1938, o el de Himmler y el complejo SD – SS – Gestapo en la acción de los Einsatszgruppen en la retaguardia germano-soviética, son bien marcados.

El papel principal de Hitler consistió en dejar asentado el tono de maldad dentro del cual se desarrollaron las persecuciones y en propocionar la aprobación y legitimación de las iniciativas que provenían de su entorno. Las formas caprichosas de la política antisemita tanto antes de la guerra como durante el periodo 1939-41, a partir de las cuales evolucionó la solución final,desmiente la idea de un “plan” o “programa”. “La radicalización pudo ocurrir sin necesidad de ningún golpe de timón por parte de Hitler”. Sin embargo, su influencia lo cubría todo y su intervención directa en la política antisemita era crucial en ocasiones, como por ejemplo su inalterable reafirmación del imperativo ideológico: “deshacerse de los judíos de Alemania” y después “encontrar una solución final a la cuestión judía”. Esta intervención, al transformarse en acción burocrática y ejecutiva, fue el prerrequisito indispensable para la brutalización creciente y la gradual transición hacia el genocidio a escala total.

Sin la voluntad de Hitler para destruir a los judíos no se habría producido el Holocausto pero como lo ha hecho notar Christian Streit [xiv] tampoco se habría hecho realidad sin la activa colaboración de la Wehrmacht y sin el consentimiento y la activa complicidad de la administración pública y los dirigentes de las empresas alemanas. Estos últimos no solamente se beneficiaron del trabajo esclavo de los prisioneros políticos, prisioneros de guerra y judíos recluidos en los campos para lo cual instalaron sus plantas fabriles en los mismos sino que fabricaron los hornos crematorios, los equipos y los venenos necesarios para el exterminio. Dentro del bloque SS-SD-Gestapo no fueron los racistas fanáticos sino los administradores competentes, como Eichmann y los verdugos fríos como el hielo, como Höss, quienes organizaron el infierno en la tierra que fueron los campos de exterminio.

La deshumanización de los judíos junto con el caos organizativo en los territorios orientales, la acumulación inhumana de personas trasladadas y encerradas en guetos conformaron el contexto para matanzas masivas en el frente oriental que fueron ampliadas para convertirse en un exterminio sistemático. La “solución final” no fue el resultado de una acumulación de iniciativas locales. Los pasos decisivos fueron dados más adelante y parecen haber venido desde la dirección central ubicada en la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) [xv].

El proceso gradual de despersonalización y deshumanización de los judíos es el que equipara al genocidio del Holocausto con los otros genocidios que se llevaron a cabo por los nazis y con  los genocidios que fueron la regla del colonialismo por parte de los países europeos. Franceses, belgas, holandeses, italianos y británicos, para no remitirnos al colonialismo español y portugués de siglos anteriores, fueron esenciales para el desarrollo del racismo, la práctica de hambrunas, la cruel explotación de los recursos y el embrutecimiento de las fuerzas coloniales (los europeos y sus auxiliares indígenas) que los alemanes habían practicado en el sureste de África antes de ponerlos en práctica nuevamente pero esta vez en Europa.

Por el Lic. Fernando Britos V.

[i]   “Holocausto” es el término español y “Shoá” el término hebreo utilizado para describir el genocidio perpetrado por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Ambos términos tienen una dimensión teológica o cósmica. “Holocausto” proviene del griego holókauston, sacrificio con quema de la víctima, y generalmente se define como una gran destrucción causada por el fuego u otras fuerzas no humanas. “Shoá”, en cambio, tiene su raíz bíblica en el término “shoah u-meshoah” (desolación) que aparece tanto en el Libro de Sofonías (1:15) como en el Libro de Job (30:3).

[ii]Así lo califica Lucy Davidowicz en The War Against Jews 1933-1945, Harmondsworth, 1977 (pp.17). Citado Por Ian Kershaw.

[iii]Ian Kershaw nació en 1943 en Oldham en una familia de modestos trabajadores. Accedió a universidades inglesas por sus méritos como estudiante y se especializó en historia medieval europea. Aprendió alemán y se fue a Alemania con la intención de estudiar las guerras campesinas del medioevo. Mientras trabajaba en eso tuvo un encuentro con un ex oficial de la Wehrmacht que al saber que era inglés le dijo que si se hubieran unido británicos y alemanes para derrotar a los bolcheviques ambos se habrían repartido el mundo y serían los amos del universo. El interlocutor remató el razonamiento diciéndole que los judíos eran una plaga. A raíz de este encuentro el joven Kershaw se interesó en la historia contemporánea y el nazismo. Colaboró con Broszat en las investigaciones de la vida cotidiana bajo el nazismo y se transformó en uno de los mayores especialistas – si no el mayor – en la historia del Tercer Reich a nivel mundial. Combinó dos ideas que subyacen su enfoque del nazismo, por un lado la noción weberiana del liderazgo carismático, el culto de la personalidad que se desarrolló en torno a Hitler, y por otro lado su conocida concepción de “trabajar hacia el Führer”, la idea de que aunque Hitler no dictaba cada uno de los aspectos de la política, la totalidad del aparato burocrático se dedicaba a tratar de interpretar sus deseos. “La gente adivinaba lo que él deseaba”. No necesitaba comandar cada cosa. Sus subordinados interpretaban “deshacerse de los judíos” de distintas maneras y eso generaba un efecto acumulativo que desarrollaba la dinámica de la persecución sin que Hitler tuviera que decir “hagan esto o hagan lo otro”. Para Kershaw esta fue la clave para vincular las estructuras del régimen y las fuerzas sociales subyacentes con la figura de Hitler. La biografía de Hitler en dos tomos que produjo Kershaw es considerada como obra insuperable en la materia. El primer tomo (Hitler 1889-1936: Hubris) apareció en 1998. El segundo tomo (Hitler 1936-1945: Nemesis) en el 2000.

[iv]Max Horkeimer (1896-1973), filósofo y sociólogo alemán famoso por sus trabajos sobre la teoría crítica como miembro de la Escuela de Frankfurt .

[v]Theodor W. Adorno (1903-1969) fue un neo marxista alemán, filósofo, sociólogo, psicólogo, musicólogo y compositor. Miembro destacado de la Escuela de Frankfurt y desarrollador de la teoría crítica.

[vi]   La expresión apareció en el título de un libro de 1920, Die Freigabe der Vernichtung Lebensunwerten Lebens (Permitir la destrucción de una vida indigna de se vivida) por el jurista Karl Binding (1841-1920) y el psiquiatra Alfred Hoche (1865-1943), profesor de la jesuítica Universidad de Friburgo de Brisgovia (asociada con figuras como Heidegger, Arendt, Gadamer, Hayek, Max Weber). Según Hoche, las personas que tenían daño cerebral, discapacidades intelectuales y enfermedades psiquiátricas estaban “mentalmente muertas”, eran un “lastre” para la humanidad, meras “caparazones vacíos de seres humanos”. Hoche creía que se debía eliminar a las personas que se consideraban desechables. Los nazis adoptaron sus propuestas y el exterminio se extendió a personas racialmente impuras o inferiores, opositores políticos y delincuentes juveniles. El programa Aktion T-4, 1939-1945, a cargo de las SS y médicos nazis fue el antecedente de los campos de exterminio y el concepto de “vidas indignas de la vida” también alentó los terribles proyectos de experimentación con seres humanos y la eugenesia.

[vii]Romeika, Sanya (2016) La justicia transicional en Alemania después de 1945 y después de 1989. Academia Internacional de los Principios de Nuremberg. Nuremberg.

[viii]La responsabilidad de los británicos y estadounidenses primero y del gobierno demócrata cristiano de la RFA después en la promoción de la Guerra Fría y en el amparo y la leniencia hacia los nazis que ocupaban altos cargos en el gobierno de Adenauer, en las fuerzas armadas, en la policía, en la judicatura, en la administración pública y en el empresariado, tienen mucho que ver con la impunidad que disfrutaron los criminales y con la negación y el rechazo de la desnazificación que fracaso completamente antes de 1949.

[ix]Kurt Pätzold (1930-2016) fue un historiador marxista de la RDA. Se especializó en antisemitismo y la persecución de los judíos. Estudió la estrategia política y las tácticas del imperialismo fascista alemán. Después de la reunificación de Alemania, fue destituido de su cátedra. El historiador berlinés Wolfgang Benz que dirigió el Centro para la Investigación del Antisemitismo de la Technische Universität Berlin, entre 1990 y 2011, dijo que la destitución de Pätzold había sido escandalosa e injusta. Desaparecida la RDA, el historiador actuó como conferencista en los Marxistichen Forums del Partido Socialista Democrático, columnista de Junge Welt y miembro del consejo asesor científico de la Rosa Luxemburg Stiftung (una fundación internacional para el análisis social y la educación política con base en Berlín, vinculada al partido Die Linke). Benz opinó que las investigaciones de Pätzold sobre el nacionalsocialismo como forma alemana de fascismo y sobre la historia del partido nazi son importantes logros científicos. Asimismo se considera que incursionó en campos desconocidos y brindó nuevas perspectivas en sus trabajos biográficos sobre Hitler, Hess, Streicher, Eichmann y Novak.

[x] Hans Mommsen (1930-2015) fue el historiador que hizo que los alemanes tuvieran que reflexionar a fondo sobre la catástrofe del nazismo. Investigador incansable luchó contra las interpretaciones simplistas y contra los intentos para reducir la responsabilidad de sus compatriotas al atribuir el desastre y los crímenes únicamente a Hitler y su entorno. En la década de 1970, la interpretación “intencionalista” se había vuelto canónica en la RFA. Mommsen se enfocó en las acciones concretas del nazismo de modo que la responsabilidad por los crímenes se extendió a amplios sectores de la sociedad, principalmente a las elites gobernantes conservadoras, los dirigentes empresariales, la aristocracia, los altos burócratas gubernamentales, la judicatura y sobre todo los altos mandos de las fuerzas armadas. Los historiadores derechistas reaccionaron furiosos contra Mommsen pero este no cejó en su empeño de dilucidación. La pieza decisiva que produjo para explicar la implementación de la “solución final” fue Die Realisierung des Utopischen (1983) que se tradujo al inglés como The Realisation of the Unthinkable y más ampliamente en Das NS-Regime und die Auslöschung des Judentums in Europa (El régimen nazi y la aniquilación de los judíos en Europa, 2014). Lamentablemente no existen verdaderas traducciones al español de las obras de Mommsen. Es interesante su ensayo Future Challenges to Holocaust Scholarship as an Integrated Part of the Study of Modern Dictatorship, publicado por el Center for Holocaust Studies de los Estados Unidos que es asequible en: https://www.ushmm.org/m/pdfs/20050726-mommsen.pdf

[xi]Martin Broszat (1926-1989) fue uno de los historiadores alemanes más destacados y reconocido como especialista en historia contemporánea y en los crímenes de la Alemania nazi. Desde 1972 hasta su muerte fue el director del Institut für Zeitgesichichte (Instituto de Historia Contemporánea) en Munich. Según Kershaw sus contribuciones se destacaron en cuatro áreas: historia de Europa del Este, especialmente Polonia y los campos de concentración nazis; investigación acerca de la estructura del Estado nacionalsocialista; estudio de la Alltageschichte (historia cotidiana) que estudiaba la vida de todos los días bajo el nazismo; aporte al debate acerca de la “historización” de la Alemania nazi, en 1985, que debía ser estudiada como cualquier otro periodo de la historia, sin moralizar y reconociendo su complejidad. Lo más completo de la obra de Broszat en otro idioma distinto que el alemán es The Hitler State. The foundation and development of the internal structure of the Third Reich. Routledge, Londres, 2013 (la edición original en alemán es de 1969 y la primera traducción al inglés de 1981).

[xii]Yehuda Bauer, es un destacado historiador israelí que hoy tiene 96 años. Especializado en el Holocausto es profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Aparte de coincidir parcialmente con los planteos estrcturalistas o funcionalistas respecto al origen de la “solución final” Bauer ha denunciado la concepción que presenta al Holocausto como una experiencia mística que está más allá del entendimiento humano. Ha polemizado con teólogos y rabinos ortodoxos que sostienen que el Holocausto fue obra de Dios y parte de un plan misterioso para el pueblo judío. Desde el punto de vista de Bauer quienes tratan de promover estas ideas argumentan que Dios es justo y bueno al tiempo que simultáneamente desencadenó el Holocausto sobre el pueblo judío, por lo que considera que un Dios que inflige la Shoá sobre su Pueblo Elegido no es ni bueno ni justo. Además, dice Bauer, esta linea de pensamiento exime a Hitler de su maldad porque si lo que hacía era satisfacer la voluntad de Dios hacia los judíos, entonces el Führer no era más que un instrumento de la cólera divina y no habría escogido hacer el mal.

[xiii]Kershaw, Ian (2015) La dictadura nazi. Las principales controversias en torno a la era de Hitler. Sigo XXI, Buenos Aires. (La primera edición en inglés data de 1985).

[xiv]Christian Streit publicó en 1978 Keine Kameraden (No eran camaradas: la Wehrmacht  y los prisioneros de guerra soviéticos 1941-1945) que fue un gran paso en la investigación de los crímenes del Tercer Reich porque hasta entonces, los historiadores en la RFA consideraban que la Wehrmacht había sido una institución pura, profesional y caballeresca, que había cumplido con cierta renuencia las órdenes de Hitler. Ese mito se derrumbó cuando Streit y otros estudiosos desvelaron la participación y profundo compromiso de las fuerzas armadas alemanas, a todos los niveles, con la barbarie, los crímenes y el genocidio. En el 2020, Streit fue coautor de una obra que lamentablemente no ha sido aún traducida pero cuyo título es elocuente: Vernichtungskrieg im Osten Judenmord, Kriegsgefangene und Hungerpolitik (Guerra de exterminio en el Este, asesinato de judíos, crímenes de guerra y política de hambreamiento).

[xv]   La Oficina Central de Seguridad del Reich Reichssicherheitshauptamt, (RSHA) fue un departamento gubernamental del Tercer Reich encargado de la seguridad del Estado. Oficialmente era un organismo que dependía del Ministerio del Interior, pero a efectos prácticos fue un omnipotente bloque de organizaciones controlado por las SS. La RSHA fue creada por el Reichsführer-SS Heinrich Himmler el 27 de setiembre de 1939, resultante de la fusión de la Geheime Staatspolizei:  Gestapo (la policía secreta creada por Goering en 1933) , el Sicherheitsdienst (Servicio de Inteligencia SD), la Sicherheitspolizei (Policía de investigaciones militarizada SiPo) y la Kriminalpolizei (Departamento de investigación criminal KriPo). Por cuestiones administrativas, la RSHA estaba dividida en siete departamentos, o Ämter: Amt I. Personal – Se ocupaba de todas las cuestiones de personal relacionadas con la policía de seguridad y con el SD y estaba dirigido por el SS-Gruppenführer doctor Werner Best (1903-1989), veterano jurista. Amt II. Administración – Era, en la práctica, el departamento que dirigía la RSHA y, al principio, también estuvo a las órdenes de Best, al que sucedieron primero el doctor Rudolf Siegert (1899-1945) y finalmente Josef Spacil (1907-1967). Amt III. SD (Nacional) – Era un servicio de información encabezado por el SS-Gruppenführer Otto Ohlendorf (1907-1951), que recopilaba datos sobre política y contraespionaje dentro de Alemania. Entre sus actividades, financiaba el célebre «Salon Kitty», burdel de lujo en Berlín al que acudían los jerarcas nazis y otros de gran poder adquisitivo. Había micrófonos ocultos. Las prostitutas eran agentes femeninas de la policía de seguridad y hacían todo lo posible para que sus clientes hicieran comentarios antinazis. Amt IV. Gestapo – A las órdenes del SS-Gruppenführer Heinrich Müller (1900-1945), llevó adelante su misión de eliminar a los enemigos del régimen nazi. Amt V. KriPo – Conservó sus poderes ejecutivos para encargarse de delitos comunes. Su comandante , el SS-Gruppenführer Arthur Nebe, fue ahorcado en 1945 por complicidad en el atentado contra Hitler de julio del 44. Amt VI. SD (Internacional) o Ausland-SD – era un servicio secreto para reunir información contra países extranjeros y también organizaba el espionaje en territorio enemigo. Al principio lo dirigió el SS-Brigadeführer Heinz Jost (1904-1964) y después, Walter Schellenberg (1910-1952). Amt VII. Investigación ideológica – Encabezado por el SS-Oberführer profesor doctor Franz Six (1909-1975), sondeaba la opinión pública en general sobre una serie de temas. Trabajaba en forma conjunta con el Ministerio de Propaganda.

 

 

 

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