El nuevo catecismo alemán: Ante el ascenso de la ultraderecha en Europa y sus repercusiones mundiales

Los ultraderechistas europeos posfascistas abandonaron el antisemitismo pero siguen siendo racistas, misóginos, xenofóbicos y sobre todo islamofóbicos. ¿Cómo se transformó el Holocausto en una especie de pervertida religión cívica secularizada? ¿Cómo se banalizaron los genocidios? ¿Cómo se oculta que el colonialismo está en los orígenes del Holocausto? ¿Cuál es el nuevo catecismo alemán? [i]

El viejo catecismo alemán y sus antecedentes El término catecismo ha sido adoptado por algunos historiadores para referirse al la simplificación doctrinaria que se presenta como explicación “de cabecera” en torno a determinados valores en los que se intenta encuadrar a la sociedad. Estas piezas siempre tienen antecedentes, empecemos con algunos.

He aquí un texto del escritor estadounidense L. Frank Baum (1856 – 1919) aparecido en el periódico Dakota del Sur, entre 1888 y 1891: “La nobleza de los pieles rojas ya se ha extinguido, y los pocos que quedan son un hatajo de perros asustados que lamen la mano que les azota. Los blancos, por derecho de conquista, por justicia de civilización, son los amos del continente americano y la mejor manera de garantizar la seguridad de los asentamientos fronterizos pasa por la aniquilación total de los pocos indios que sobreviven. ¿Por qué no recurrir a ella? Su gloria ya les ha abandonado, su espíritu está roto, su hombría ya no existe. Para ellos sería mejor morir que vivir convertidos en los despojos que son”.

La historiadora estadounidense Claudia Ann Koonz advirtió que el autor de este llamado al genocidio es nada menos que el escritor de libros infantiles que produjo “El  maravilloso mago de Oz” y su secuela.

En 1867, el periodista alemán Wilhelm Marr publicó La victoria del judaísmo sobre el germanismo. Su Liga Antisemita introdujo el eufemismo “antisemitismo” y estableció el primer movimiento político popular basado en creencias antijudías; es decir, dispuesto a poner en práctica lo que hasta el momento había quedado en mera elucubración mental pseudocientífica. Su idea del antisemitismo se basaba en supuestas características raciales de los judíos frente a las religiosas.

En 1893 el periodista Theodor Fritsch publicó su manual antisemita, que le valdría al autor ser honrado por los nazis como su Altmeister (Viejo maestro). “Bajo fórmulas catequéticas bien conocidas por la población cristiana – escribe el historiador español Enrique Moradiellos -, la obra de Fritsch destilaba consignas y obligaciones como las incorporadas en el “decálogo del racista”. He aquí algunos de sus puntos:

  1. Enorgullécete de ser alemán y dedica todas tus fuerzas a la práctica de las virtudes inherentes a nuestro pueblo, el coraje, la fidelidad y la veracidad, e inspira y promueve estos sentimientos en tus hijos.
  2. Debes saber que tú y todos tus hermanos alemanes, con independencia de su credo o fe, tenéis un enemigo común e implacable. Su nombre es el judío.
  3. Debes mantener tu sangre pura. Considera un crimen devaluar la noble estirpe aria de tu pueblo mediante la mezcla con la estirpe judía. Porque debes saber que la sangre judía es resistente y crea una mancha en el cuerpo y el alma durante muchas generaciones.
  4. Debes ayudar a tus compatriotas alemanes y apoyarles en todos los asuntos que no contradigan la conciencia alemana, sobre todo si están presionados por los judíos. Debes llevar a los tribunales cualquier ofensa o crimen cometido por los judíos de hecho, de palabra, por escrito, que llegue a tu conocimiento, para evitar que el judío abuse de las leyes de nuestro país con impunidad.
  5. No debes tener relaciones sociales con el judío. Evita todos los contactos y encuentros con el judío y mantente tú y tu familia, especialmente tus hijas, lejos de ellos para evitar sufrir ninguna herida de sangre o de alma. (…)
  6. No debes usar la violencia contra los judíos porque no son merecedores de ella y va contra las leyes. Pero si un judío te ataca, aplasta su insolencia semítica con la ira germánica”.

La función reaccionaria del catecismo es evidente, es el esfuerzo de un Estado para disciplinar a los distintos integrantes de su población. El catecismo alemám del s. XIX  y XX apuntaba contra los valores que había expandido la Revolución Francesa y a favor de la consolidación del Imperio Alemán bismarckiano en torno a Prusia y sus valores, todo envuelto en “la fruta envenenada del romanticismo alemán” y los efluvios tóxicos del racismo biológico, la eugenesia, el militarismo y el ocultismo [ii]

El nuevo catecismo alemán – En ciertos aspectos, lo que A. Dirk Moses [iii]  denomina “el catecismo alemán” es la forma pervertida de una religión cívica que, por un lado posee ciertas virtudes, como la sacralización de la democracia, de la libertad, del pluralismo, de la tolerancia y el respeto por la otredad racial, étnica o sexual garantizados por las leyes y reforzada por rituales conmemorativos. Este catecismo se desarrolló en la República Federal Alemana (RFA) y en la Alemania reunificada desde la década de 1990 y se ha consolidado desde principios de este siglo XXI [iv].

Al tiempo que sacraliza la condición de víctimas de los judíos y la culpa de los alemanes, este catecismo alemán separa a ambos términos (víctimas y culpables) de la historia del nacionalismo, del racismo, del fascismo y del colonialismo. En vez de tratar al Holocausto como una advertencia contra las consecuencias a las que conducen las formas actuales de racismo y xenofobia, celebra la alianza indestructible entre Alemania e Israel.

Orbán y Le Pen

En una época en la que el racismo y el odio contra los inmigrantes y los refugiados crecen, este tratamiento parcializado y ritualizado se ha convertido en una coartada para el posfascismo. Los italianos Mateo Salvini y Giorgia Meloni [v], los franceses Marine Le Pen y Eric Zemmour, el húngaro Victor Orban [vi], los fascistas españoles de Vox [vii] y en general todos los políticos ultraderechistas de Europa hacen gala de sus excelentes relaciones con Israel para presentarse inmaculados en materia de derechos humanos. Lo mismo sucede en América Latina, basta recordar las manifestaciones de los fanáticos de Bolsonaro, en Brasil, donde junto a las clásicas banderas verde amarelhas flameaban decenas de banderas de Israel.

En Alemania, destaca Moses, el “catecismo” abarca un amplio y curioso espectro político, que va desde la Antideutsche [viii] (una izquierda radical que ha sido definida como un hipersionismo de magnitud patológica) hasta la posfascista Alternative für Deutschland [ix] y desde los detractores más intransigentes de la culpa alemana hasta los epígonos nostálgicos del nacionalismo germánico. El australiano declara que ha adoptado en forma deliberada un tono particularmente duro y cortante en su denuncia para hacer que los sacerdotes del nuevo catecismo se expusieran porque muchas veces son capaces de negar la existencia misma de este giro doctrinario [x].

Los neoconservadores de todo el mundo también abandonaron el antisemitismo. La mayoría de ellos argumenta que el error fatal de los nazifascistas y sus socios derechistas partidarios del nacionalismo völkisch, fue haber considerado a los judíos como extranjeros en Europa. Alemania aclaró este imperdonable malentendido y se arrepintió de sus crímenes dándoles un hogar a los judíos y reconociéndolos finalmente como parte constitutiva de la civilización occidental. Ahora fueron aceptados y Europa debe protegerse de sus verdaderos enemigos: el Islam y el terrorismo islámico. A diferencia de los judíos, los inmigrantes y los refugiados representan una cultura, una religión y una forma de vida que son básicamente incompatibles con Occidente (y con la civilización judeocristiana); son el vector privilegiado del fundamentalismo islámico y del terrorismo.

El filosemitismo neoconservador y el apoyo a Israel corren parejos con la islamofobia, desplegada frecuentemente bajo la bandera de los derechos humanos porque se aduce la defensa de los valores occidentales contra el oscurantismo islámico. El rasgo común de todas estas corrientes neoconservadoras y posfascistas, es su odio por los inmigrantes y su repudio del Islam. Los defensores del dogma de la “singularidad” del Holocausto como política oficial de Alemania no tienen interés en las reivindicaciones de los migrantes africanos y orientales.

El nuevo catecismo alemán también ha dejado al descubierto algunas ambigüedades de la vigorosa lucha por la memoria que Jürgen Habermas desarrolló en tiempos de la primera Historikerstreit (1985/87) [xi]. Defendiendo la idea de una identidad alemana posnacional – dado que Hitler había desacreditado irremediablemente toda la tradición del nacionalismo alemán – Habermas puso el acento en el carácter redentor de la memoria del Holocausto: es solo “después y a través (nach und durch) de Auschwitz”, escribió, como Alemania “se unió a Occidente”.

Esta postura tuvo muchas consecuencias que fueron más allá de la afirmación del “patriotismo constitucional”, claramente vinculado con el liberalismo occidental. Por un lado, Habermas proclamó la culpa a viva voz y con una claridad nunca antes explicitada por ningún alemán (excepto por Karl Jaspers, rápidamente aislado y silenciado en 1946 [xii]). Siendo valiente y loable la postura de Habermas sucede que, por otro lado, eludió completamente el vínculo genealógico entre el Holocausto y el colonialismo.

De esa manera, el Holocausto se consideró una desviación patológica del recto camino occidental: a diferencia del colonialismo, no debía ser concebido en absoluto como un producto de la civilización occidental. Treinta y cinco años después de la Historkerstreit, Alemania reemplazó el “redentor” antisemitismo nazi por una especie de filosemitismo también “redentor”, que no implica luchar contra el racismo, sino más bien inscribir la seguridad de Israel en la ley y en la política internacional.

En 2015, durante el apogeo de la crisis de los refugiados, Angela Merkel declaró solemnemente que, a causa de su propio pasado, Alemania no podía esquivar el deber moral de recibirlos. Ahora una nueva ola de nacionalismos concibe a los refugiados y a los inmigrantes como bárbaros que inficionan a las sociedades europeas (es la insidiosa teoría del reemplazo poblacional) [xiii] . En muchos sentidos, Moses tiene razón cuando enfatiza que la “cuestión judía” todavía persigue a Alemania.

Catecismos y cambios instantáneos – Los nazis eran un grupúsculo a fines de la década de 1920. En las elecciones de 1928 alcanzaron el 2% de los votos emitidos. Las simplificaciones interesadas presentan el proceso de ascenso del nazismo como algo repentino, como una conversión masiva del pueblo alemán, de modo que a partir de 1933 los nazis obtuvieron un apoyo mayoritario e instantáneo. La realidad fue infinitamente más compleja y terrible.

Algo parecido volvió a suceder a partir del 8 de mayo de 1945. Con el fin de la guerra los nazis se esfumaron. Los alemanes, especialmente los que se encontraban en las zonas de ocupación de británicos, estadounidenses y franceses, se habían vuelto obedientes ciudadanos demócratas. Los nazis habían desaparecido. Como es sabido eso no sucedió y excluyendo al puñado de capitostes que fueron juzgados y condenados en Nuremberg y algunas docenas que huyeron a otros países, los nazis siguieron actuando, muchas veces abiertamente aunque a título individual en Alemania, particularmente en la República Federal (RFA).

En 1993, el periodista holandés Ian Buruma escribió un libro titulado El precio de la culpa. Como Alemania y Japón se han enfrentado a su pasado. El texto no deja de ser interesante pero un subtítulo más justo habría sido “como los círculos dirigentes de la RFA y del Japón ocultaron, maquillaron o justificaron su pasado o como crearon su catecismo del siglo XXI (en el sentido de un texto o libreto conciso y doctrinario de uso frecuente) para reconciliarse con su propio pasado.

En el siglo diecinueve Alemania había forjado negativamente su autorrepresentación a través del antisemitismo: como ya vimos ser alemán significaba, sobre todo, no ser judío; la germanidad era la antítesis del judaísmo. Desde principios de este siglo el filosemitismo se convirtió en el “código cultural” de una Alemania posnacional reunificada: ser alemán significa considerar a los judíos como amigos especiales y a la defensa de Israel como un deber moral. Estigmatizados (en el pasado) o sacralizados (hoy), los judíos siguen siendo el marcador simbólico mediante el que una comunidad nacional pretende definir su propia naturaleza, sus virtudes y su identidad.

A pesar de las ambigüedades referidas al papel de colonialismo en los orígenes del racismo y la brutalización de la política, no cabe duda de que el combate que libró Habermas en la Historikerstreit tuvo consecuencias fructíferas. Su lucha para hacer del Holocausto un pilar de la conciencia histórica alemana culminó, una década y media después, en una nueva ley de nacionalidad que establece que ser ciudadano alemán no implica pertenecer a un grupo étnico determinado sino ser miembro de una comunidad política que comparte deberes y derechos independientemente de todo origen étnico.

En 1999, el Parlamento alemán aprobó una reforma significativa a la ley de nacionalidad, que entró en vigor el 1 de enero de 2000. La reforma ha facilitado la adquisición de la nacionalidad a los extranjeros residentes en el país y a sus hijos nacidos en territorio alemán. Alemania ratificó el Convenio Europeo sobre la Nacionalidad que entró en vigor el 1 de setiembre de 2005.

Es un reconocimiento póstumo hacia los millones de judíos alemanes que durante décadas fueron vistos como extranjeros en su propio país. Veinte años después de esta redefinición de la ciudadanía, Alemania se convirtió en una nación multiétnica, multiconfesional y multicultural, que tiene un número significativo de ciudadanos jóvenes de ascendencia poscolonial.

Tratándose de fútbol, millones de alemanes se identifican orgullosamente con jugadores de nombres polacos, turcos, africanos o latinoamericanos. Todo eso es signo de un cambio cultural enorme y positivo. Por supuesto, los ciudadanos alemanes de origen poscolonial no deberían ignorar que el Holocausto es parte de la historia de su país. Sin embargo, también deberían encarar otras memorias que exigen un reconocimiento legítimo.

El colonialismo es una parte tan constitutiva de la historia alemana y europea como el antisemitismo; su memoria debería ser parte de la memoria colectiva alemana y no meramente de la de las minorías. Sin embargo, esta perogrullada – dice Moses –  es incompatible con el dogma de la singularidad del Holocausto y con la defensa de Israel. ¿Los ciudadanos alemanes de ascendencia palestina deberían considerar la seguridad de Israel como su propio deber moral y político?

Dirk Moses observa que, según varias encuestas, muchos adolescentes no blancos que visitaron Auschwitz con sus compañeros de escuela no sintieron culpa por las acciones alemanas, sino que se identificaron espontáneamente con los judíos. Una parte significativa de la sociedad alemana es incapaz de reconocerse en una religión cívica de la memoria que rechaza las identidades poscoloniales como antisemitas.

Una sociedad multicultural debería conservar su diversidad, como la esfera de una “memoria multidireccional” (Michael Rothberg [xiv]) en la que la conmemoración del Holocausto y la del colonialismo no solo sean capaces de coexistir, sino también de reforzar la democracia y el pluralismo.

En la época de la globalización, la conciencia histórica y la pedagogía del pluralismo y la democracia no pueden apoyarse exclusivamente en la memoria del Holocausto, por más importante que sea y más allá de que durante varias décadas haya sido esencial a la hora de permitir que Alemania y Europa “asimilaran su pasado”.

Traverso dice que, desafortunadamente, los “catequistas” no son proclives al diálogo; se sitúan más bien en las antípodas de la noble tradición del universalismo judío, que tantos representantes importantes supo encontrar en Alemania. La violencia nazi es incomprensible si no se considera el legado material y cultural del colonialismo. En el siglo diecinueve, las guerras coloniales eran concebidas como guerras de conquista y exterminio que apuntaban no solo contra los Estados, sino contra las poblaciones en sí mismas.

El nacionalsocialismo desplegó la biopolítica del colonialismo, que siempre se había servido del hambre como instrumento de control de las poblaciones sometidas (especialmente en el caso de la India, como mostró Mike Davis en Late Victorian Holocausts [xv]). Este legado cultural se expresa hasta en el lenguaje. Un análisis superficial del léxico nazi basta para revelar su filiación colonial: “espacio vital” (Lebensraum), pueblos en proceso de “extinción” o “moribundos” (untergehender, sterbender Völker), “subhumanidad” (Untermenshentum), “raza superior” (Herren Rasse) y, por último, “aniquiliación” (Vernichtung). Todas esas palabras provienen del colonialismo alemán. [xvi]

Como sugiere Arno J. Mayer [xvii]en Why the Heavens Not Darken? The Final Solution in History (1988), la concepción del mundo nazi era sincrética y apuntaba a tres objetivos entrelazados: el anticomunismo, el colonialismo y el antisemitismo. El primero era ideológico y filosófico: había que destruir el marxismo, concebido como la forma más radical de la Ilustración. El segundo era geopolítico y era una variante del pangermanismo heredado del nacionalismo völkisch: había que conquistar el “espacio vital” (Lebensraum). Hitler localizaba el “espacio vital” en Europa Oriental, en el mundo eslavo organizado entonces como un Estado comunista. El tercer objetivo era cultural: había que aniquilar a los judíos, definidos como enemigo interno de la “germanidad” y “cerebro” de la URSS.

Durante la guerra, estas tres dimensiones del nazismo se combinaron y dieron lugar a un proceso único. De este modo, la destrucción de la URSS, la colonización de Europa Central y de Europa del Este y el exterminio de los judíos se convirtieron en objetivos inseparables. Para la ideología nazi, la URSS era la síntesis entre dos formas de otredad que habían moldeado la historia occidental durante dos siglos: el judío y el sujeto colonial.

La política de Hitler sintetizaba estas dicotomías culturales, ideológicas y geopolíticas: alemanes contra judíos; Europa contra “Asia” (Rusia) y nazismo contra bolchevismo. Cuando concibieron y aplicaron esta política de conquista y exterminio, los nazis no solo tenían en mente, como paradigmas, a los colonialismos británico y francés, sino que también miraban su propia historia. En 1904, la represión de la rebelión de los Herero en Namibia, que terminó siendo una colonia alemana, resultó en un genocidio.

El general Von Trotha emitió una Vernichtungsbefehl (orden de aniquilación), y la propaganda alemana presentó la campaña de exterminio como un conflicto racial (Rassenkampf). Después de la Primera Guerra Mundial, Alemania perdió sus colonias y desplazó sus ambiciones expansionistas de Mittelafrika a Mitteleuropa. Muchos dirigentes nazis se formaron en la experiencia africana (Cfr. Nota XII).

Según Timothy Snyder, autor de Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin (2010), el Holocausto se convirtió en una especie de sustituto (ersatz) de las fallidas ambiciones coloniales de la Alemania nazi. En el verano de 1941, los nazis tenían “cuatro utopías”: una victoria relámpago que destruiría a la Unión Soviética en cuestión de semanas; un Plan de Hambre (Hungerplan) que sometería a treinta millones de personas en pocos meses; una Solución Final que eliminaría a los judíos europeos después de la guerra; y un Plan General del Este (Generalplan Ost) que convertiría el área occidental de la Unión Soviética en una vasta colonia alemana.

A mediados de octubre de 1941, cuando el ejército alemán llegó a las puertas de Leningrado, Hitler expresó sueños colonizadores como éstos: «dentro de veinte años Ucrania contará ya con veinte millones de habitantes, distintos de los autóctonos. En trescientos años, ese país será uno de los jardines más hermosos del mundo (…) A los indígenas tendremos que eliminarlos (…). Sólo tenemos un deber: germanizar ese país con la inmigración de los alemanes, y considerar a sus indígenas como a Pieles Rojas.» (cit. por Enzo Traverso: La violence nazie. Une généalogie européenne, 2002, p. 82).

Seis meses después de lanzar la Operación Barbarroja, Hitler reformuló las metas de la guerra, y el exterminio físico de los judíos se convirtió en la prioridad. En diciembre de 1941, la intención de una vistoria relámpago se estrelló ante Moscú. Como era imposible deportar a los judíos fuera de Europa, era necesario aniquilarlos.

Dimensiones fenomenológicas del Holocausto Plantear el Holocausto como un fenómeno único, como el mal absoluto, es oscurantismo. A los niños no se les puede explicar un fenómeno que se presenta como inexplicable. Para comprender el Holocausto hay que encarar sus raíces históricas y compararlo, abandonando así la visión teológica o religiosa de la memoria.

Por supuesto es necesario comparar la violencia del nazismo con la del estalinismo, porque no se pueden explicar por separado. Sin embargo y al mismo tiempo hay que establecer que las diferencias son muy grandes, desde las ideológicas que inspiraron a ambas violencias, las diferentes estructuras y los sistemas de poder y las víctimas y enemigos que eligieron. En este sentido, hay que advertir que la categoría totalitarismo borra las diferencias y confunde [xviii].

La comparación es habitual en el taller de los historiadores – dice Traverso – porque no lo hacen para establecer homologías. Detectan similitudes y analogías que en última instancia sirven para reconocer peculiaridades históricas. “Como las guerras y las revoluciones, los genocidios innovan y repiten a la vez, combinando lo predecible con lo inesperado. Todo geniocidio tiene una peculiaridad que la comparación ayuda a detectar porque es una dimensión epistemológica necesaria en la investigación: su objetivo es la comprensión crítica.

“Es penoso tener que repetir esta perogrullada – dice Traverso – pero los judíos aniquilados por los nazis no merecen ni  más ni menos compasión y memoria que los armenios aplastados por el Imperio Otomano justo antes de su colapso, los ciudadanos soviéticos que murieron en los gulags, los campesinos ucranianos exterminados durante el Holomodor, los congoleses asesinados en las plantaciones de caucho de Leopoldo II de Bélgica, los argelinos quemados en sus aldeas por los paracaidistas franceses, los etíopes gaseados por los aviones italianos, los desaparecidos en las dictaduras militares chilena y argentina y todas las víctimas de la lista interminable de atrocidades de la modernidad”.

Acontecimientos vinculados, que son semejantes y comparables pero también singulares. La singularidad no genera jerarquía entre las víctimas pero es un dato para la comprensión crítica. Todos los genocidios son “cesuras civilizatorias” aún cuando surjan de las potencias destructivas de la misma civilización y en circunstancias históricas distintas y aún cuando su percepción y su legado no sean iguales en todos lados.

Los genocidios, el Holocausto entre ellos – dice Traverso – tienen una singularidad absoluta encarnada en sus víctimas. Ningún esfuerzo empático ni cognoscitivo es capaz de aprehender su sufrimiento. “Los historiadores deberían respetar la singularidad de esa intransferible experiencia vivida pero no pueden promoverla. La singularidad es subjetiva y la comprensión histórica consiste en contextualizarla y trascenderla – incluso con su comparación con otras formas de violencia – en vez de sacralizarla.

La memoria de los sobrevivientes – en el sentido de lo que dice Primo Levi sobre la inexistencia de un “testigo integral” – no es más que un fragmento de un acontecimiento que dispone de una variedad de formas y de una pluralidad de causas. El Holocausto tuvo al menos cuatro dimensiones fenomenológicas principales: los guetos, los fusilamientos masivos, los campos de exterminio y las marchas de la muerte de fines de 1944 y principios de 1945. Los recuerdos individuales no pueden abarcar tanta complejidad;  la historia está hecha de singularidades relativas, nunca absolutas ni incomparables”.

Por el Lic. Fernando Britos V.

[i]El enfoque de este artículo y buena parte de sus citas corresponden al artículo  de Traverso titulado “Holocausto y colonialismo: a propósito del colonialismo alemán” , del 3 de mayo del 2022, se accedió en https://conversacionsobrehistoria.info/2022/05/03/holocausto-y-colonialismo-a-proposito-de-el-catecismo-aleman

Enzo Traverso, nació en el Piamonte en 1957. Estudió en la Universidad de Génova. Vivió y trabajó en Francia por más de veinte años. Fue militante de la organización Potere Operario (Poder Obrero) y se formó en la escuela del autonomismo marxista italiano. Fue profesor de la Universidad de Picardía y de la EHESS (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París). Actualmente es profesor en la Universidad Cornell (Estados Unidos). Es uno de los más importantes historiadores de las ideas del siglo XX. Entre sus temas de investigación destacan el Holocausto nazi, así como la relación de los intelectuales con estos procesos históricos que permean las discusiones políticas del presente. Este interés lo ha llevado a ahondar sobre la antinomia entre historia y memoria a partir de los problemas metodológicos que plantea la historia contemporánea y el valor subjetivo del testimonio, enmarcado en la diacronía pasado-presente. En su obra es palpable la influencia recibida de la Escuela de Frankfurt. Se especializa en la filosofía judeoalemana, en el nazismo, el antisemitismo y en las dos guerras mundiales.

[ii]Cfr. Griffin, Roger (2010 ) Modernismo y fascismo. La sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler. Ed. Akal, Madrid.

[iii]A. Dirk Moses (Anthony Dirk Moses nacido en 1967) es un científico australiano que investiga genocidios. En este año ocupó el cargo de profesor de ciencias políticas del City College de Nueva York. Se le reconoce ampliamente como destacado experto en genocidio, especialmente en contextos coloniales, así como acerca del desarrollo de dicho concepto. Es editor en jefe del Journal of Genocide Research. El año pasado Moses publicó The Problems of Genocide: Permanent Security and the Language of Transgression, que desató una Historikerstreit 2 porque sostiene que la ley penal internacional y las remembranzas del genocidio y su prevención, ocultan la lógica estratégica de la violencia masiva que aseguró el dominio mundial por Occidente en los últimos 500 años.

Moses critica a los viejos paradigmas usados en los estudios sobre genocidio señalando que son discursos moralizantes que tratan de explicar el genocidio atribuyéndolo a las intenciones malignas de líderes polìticos. En lugar de ello sostiene que “por razones de Estado” dirigentes de cualquier gobierno pueden desarrollar violencia masiva contra civiles. Lo que hace que tales crisis sean genocidas es la aspiración a “la seguridad permanente”, que entraña el fin de la polìtica, es decir la ruptura de las negociaciones y compromisos entre diferentes actores.

La seguridad pemanente implica la destrucción o quebrantamiento del otro que se percibe como amenazante. Empleó como ejemplo la frase de un perpetrador del Holocausto, Otto Ohlendorf, que dijo al ser juzgado que mataba a los niños judíos porque de otro modo, cuando crecieran vengarían a sus padres. Según Moses, la seguridad permanente debiera ser ilegal.

[iv]El 15 de junio de 2021, A. Dirk Moses produjo “Dialectic of Vergangenheitsbewältigung”, es decir la dialéctica de la reconciliación con el pasado. Afirma que hasta el 2008 (aproximadamente) la sociedad civil alemana vivía un proceso de elaboración del pasado nazi que había cumplido una función progresista. Sin embargo, con el paso del tiempo, este proceso se consolidó en una especie de religión política, sancionada y dirigida por el Estado, presidida por una clase sacerdotal de políticos y periodistas que trataban de imponer la ortodoxia en una población crecientemente diversa. Lo que había empezado – fundamentalmente a partir de la década de 1980 – como una auténtica sensibilidad de culpa, verguenza y genuina autopercepción se osificó en una corrección cuasi religiosa, dogmática, que ahora sustenta el proyecto de la democracia alemana, la reunificación del país y la orientación de la Unión Europea bajo la conducción germana.

[v]  Hace unos años, el dirigente de la ultraderechista Lega, Salvini, organizó, en la misma semana, una redada contra los inmigrantes de los suburbios de Roma y un simposio sobre el Holocausto en el senado de la República italiana, en el que participó el embajador de Israel. Por otra parte Giorgia Meloni registra bien en las encuestas como candidata a Primera Ministra de extrema derecha en las elecciones italianas del próximo 25 de setiembre en una coalición con Salvini y Berlusconi.

[vi]Según el New York Times, en noviembre del 2019, el Primer Ministro húngaro anunció que donaría 3.400.000 dólares para combarir el antisemitismo en Europa. Al otro día de este anuncio una revista editada por el abogado de Orban, exhibía en su portada a Andras Heisler, el dirigente de la mayor organización judía del país, bajo una lluvia de billetes. Esto desató protestas de la colectividad judía pero enseguida Orban visitó Israel y fue homeanjeado como gran amigo del país.

[vii]  Acción y Comunicación sobre Oriente Medio (ACOM), uno de los principales lobbies pro israelíes en España, pidió a Vox que “depure sus cargos de elementos antisemitas”. La institución hace referencia al pasado de Jordi de la Fuente, secretario de organización de Vox en Barcelona y hombre de confianza de Ignacio Garriga, como miembro del partido nazi-fascista MSR. ACOM, muy cercana a Vox, considera que la “militancia en la última década en formaciones antisemitas y xenófobas” por parte de Jordi de la Fuente, “le inhabilita para ejercer cargos relevantes en un partido constitucionalista como VOX” (!!??). El propio de la Fuente reconoció su militancia pasada “en los partidos políticos MSR y Plataforma per Catalunya”, de la ultraderecha, aunque aseguró que “como todos en VOX, rechaza el antisemitismo, y los ataques socialcomunistas a Israel”.

[viii]  El tema básico de los Anti Deutsche era la oposición al nacionalismo alemán y a las concepciones de izquierda anti-capitalista, que consideran simplistas y estructuralmente antisemitas. También consideraban que el antisemitismo estaba profundamente arraigado en la historia cultural alemana. A resultas de este análisis, el apoyo a Israel y la oposición al antisionismo son los principales factores de unificación  del movimiento. La tendencia Anti Alemana se desarrolló en un grupo de debates conocido como Izquierda Radical que incluía elementos del Partido Verde, trosquistas, miembros de la Liga Comunista, el periódico konkret, Autonomía Libertaria y grupos anarquistas. Sostenían que debido a particularidades de la historia alemana, la crisis endémica del capitalismo llevaría hacia la extrema derecha y un nuevo fascismo. Bajo el eslogan Nie wieder Deutschland (Alemania nunca más) hicieron manifestaciones contra la reunificación pero después que esta se completó la alianza original desapareció.

[ix]   AfD fue fundada por dirigentes regionales y antiguos miembros de la Unión Cristiano Democrática por Alemania (CDU) para oponerse a la Unión Europea como ala derecha y euroescéptica a la CDU de centroderecha que era pro europea. El partido se presentó como económicamente liberal, moderadamente euroescéptico y conservador en los primeros años. Después AfD se corrió hacia la derecha e incluyó su oposición a la inmigración, al Islam y la Unión Europea. Después de 2015 AfD ha sido caracterizada como una organización política anti Islam, anti inmigración, nacional-conservadora y duramente euroescéptica . Es el único partido en el parlamento alemán cuya política ambiental se basa en negar que el cambio climático sea causado por los humanos. Varios grupos de AfD han sido acusados de mantener contactos operativos con grupos violentistas de extrema derecha proscritos como PEGIDA, Neue Rechte e Identitarian y por emplear una retórica de revisionismo histórico y xenofobia. La dirección de AfD ha negado que el partido sea racista y ha estado internamente dividido acerca de su alianza con grupos extremistas. En enero de 2022, el secretario del partido (Jörg Meuthen) abandonó la organización aduciendo que se había desplazado a la extrema derecha y que era antidemocrática.

[x]A. Dirk Moses considera que los tres puntos centrales de la Historikerstreit 2.0 giran en torno al supremacismo blanco, al temor a la “relativización” del Holocausto y al filosemitismo. El catecismo articula la supremacía blanca haciendo que Alemania vuelva a la civilización occidental, con Estados Unidos e Israel como puesto de avanzada en el Oriente; esta narrativa rechaza la fruta envenenada del romanticismo alemán y las tradiciones tóxicas e irracionales del antisemitismo pero establece que los colonialismos no pueden ser criminalizados y tampoco los años de 1933 a 1945 porque los imperios europeos cumplieron “una función civilizadora” y derrotaron a la Alemania nazi. Detrás del temor a la “relativización” del Holocausto – dice Moses –  se encuentra la convicción de los promotores del catecismo de que el mismo fue el resultado exclusivo de un antisemitismo irracional. Respecto a la identificación filosemita con Israel, el germanoisraelí Meron Mendel – director del Instituto Anna Frank – sospecha de esta identificación porque piensa que ciertos grupos sociales en Alemania quieren rectificar los errores históricos y esta vez “ubicarse del lado correcto”; lo que no se dan cuenta – señala – es que al hacerlo apoyan las políticas derechistas y nacionalistas de Netanyahu.

[xi]La Historikerstreit ‘la disputa de los historiadores’ se desarrolló en la década de los 80 del siglo pasado. En próximos artículos analizaremos todo en el marco de la historiografía alemana.

Jürgen Habermas (nacido en Düsseldorf hace 93 años) – protagonista de la primera disputa – es un filósofo y sociólogo alemán conocido por sus trabajos en filosofía política, ética y teoría del derecho, así como en filosofía del lenguaje. Gracias a una actividad regular como profesor en universidades extranjeras, así como por la traducción de sus trabajos a más de cuarenta idiomas, sus teorías son conocidas, estudiadas y discutidas en el mundo entero. Habermas es el miembro más eminente de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y uno de los exponentes de la Teoría Crítica. Entre sus aportes destacan la construcción de la teoría de la acción comunicativa, la ética del discurso y la teoría de la democracia deliberativa.

[xii]   En la Universidad de Heidelberg, durante los meses de enero y febrero 1946, Karl Jaspers dictó un curso sobre “la cuestión de la culpa y la responsabilidad política de Alemania” que se transformó en un libro. Jaspers tuvo el inmenso valor de preguntarse abiertamente lo que casi todo el mundo mascullaba: ¿eran todos los alemanes culpables de las atrocidades del régimen nazi? Respondió que una cosa es la culpa (ya sea criminal o meramente moral) y otra la responsabilidad. La culpa es siempre personal e intransferible, mientras que la responsabilidad puede ser colectiva y heredada. Por eso sólo fueron culpables de los crímenes nazis sus actores (y fueron muchísimos), mientras que todos los alemanes, incluso las siguientes generaciones, tendrían que apechugar, en nombre de aquella responsabilidad, con las consecuencias políticas.

[xiii]  La teoría conspirativa del “gran reemplazo” se remonta a una novela de 1973 del aventurero monárquico y ultra católico francés Jean Raspail (1925-2020), donde se describe el colapso de la cultura occidental debido a un aluvión migratorio del Tercer Mundo. La novela, junto a la teoría de Eurabia desarrollada por la escritora Bat Ye’0r en 2005, sentó las bases sobre las cuales el septuagenario francés Renaud Camus presentó su libro El gran reemplazo, en el 2012. Decía que la cultura, la civilización y la identidad europeas corrían inminente peligro de ser avasalladas por la migración masiva, especialmente musulmana, y, por lo tanto, reemplazadas físicamente. Aunque entre neofascistas y neonazis ya circulaba la teoría conspirativa del genocidio blanco, “el gran reemplazo” se difundió en la derecha europea a partir de la llamada crisis de los refugiados en el 2015. Entre sus principales promotores no solo están los partidos populistas de derecha en Europa y el trumpismo en los EUA, sino también una amplia red de movimientos protestatarios (por ejemplo Pegida), grupúsculos ideológicos (por ejemplo Les Identitaires), blogueros (por ejemplo Fjordman y Lauren Southern) y periodistas (por ejemplo Eric Zemmour). Sitios web de derecha, tales como Gates of Vienna, Politically Incorrect y France de Souche, han ofrecido a los blogueros plataformas para difundir la teoría.

[xiv]Rothberg, Michael (2009) Multidirectional Memory. Remembering the Holocaust in the Age of Decolonization. Stanford Univ.Press. Aplicando un enfoque comparativo e interdisciplinario, Rothberg desarrolla un argumento doble acerca de la memoria del Holocausto al situarlo en el contexto de la descolonización. Por un lado demuestra en que forma el Holocausto ha permitido la articulación de otras historias de victimización  y al mismo timpo ha sido declarado único entre los horrores perpetrados por humanos. Por otro lado, descubre el hecho poco reconocido de que la memoria pública del Holocausto emergió en parte gracias a acontecimientos de posguerra que a primera vista no tenían que ver con él. La memoria multidireccional destaca como los porcesos de dscolonización y en pro de los derechos cívicos en el Caribe, en África, en Europa, en los Estados Unidos y en otras partes del mundo galvanizaron la memoria del Holocausto.

[xv]  Late Victorian Holocausts: El Niño Famines and the Making of the Third World es un libro por Mike Davis acerca de la conexión entre la economía política y las pautas climáticas globales, en especial la oscilación hacia el sur del fenómeno de El Niño. Al comparar los diferentes episodios en diferentes periodos y países, Davis explora el impacto del colonialismo y la introducción del capitalismo y su relación con la hambrunas. Davis aduce que millones han muerto, no por fuera del sistema mundial sino en el mismo proceso de ser forzosamente incorporados en sus estructuras económicas y políticas. Murieron en la edad de oro del liberalismo capitalista. De hecho muchos fueron asesinados  debido a la aplicación teológica de los principios sagrados de Adam Smith, Jeremy Bentham y John Stuart Mill. El libro ganó el premio de la Asociación Mundial de Historia en el año 2002.

[xvi]General Adrian Dietrich Lothar von Trotha (1848 – 1920) fue el comandante del Cuerpo Expedicionario Alemán en Asia que intervino en la represión de la Rebelión Boxer en China. Después actuó como gobernador en África Occidental Alemana y Comandante en Jefe de las tropas coloniales con las que llevó a cabo la guerra contra los Herero y los Nama. Fue el principal responsable del genocidio que sufrieron esos pueblos.  La proclama que dirigió a los Herero decía: Yo, el gran general de los soldados alemanes envío esta carta a los Herero. Los Herero no son más súbditos alemanes. Han matado, robado y cortado las orejas y otras partes del cuerpo de soldados heridos y ahora son tan cobardes que ya no quieren luchar. Anuncio que quienquiera que me entregue a uno de los jefes recibirá mil marcos y cinco mil por Sanuel Maherero. Ahora la nación Herero debe abandonar el país. Si se rehusan los obligaré a hacerlo con el “tubo largo” (cañón). Cualquier Herero que sea encontrado en el territorio alemán, con o sin un arma o ganado, será ejecutado. No perdonaré ni a las mujeres ni a los niños. Daré la orden de echarlos y dispararles. Estas son mi palabras para el pueblo Herero.

El texto de la proclama figura en Absolute Destruction: Military Culture and the Practices of War in Imperial Germany, Hull, Isabel V. (2006), Cornell Univ. Press, Ithaca.

  1. [xvii]Arno J. Mayer tiene actualmente 96 años. Describió a su familia como judíos luxemburgueses completamente emancipados y aculturados que consiguieron escapar de los nazis y llegar a los EUA. Mayer es ciudadano estadounidense desde 1944; se enroló en el ejército y formó parte de los servicios de inteligencia. Se presenta como un marxista de izquierda disidente y es Profesor Emérito de la Universidad de Princeton desde 1961. En su libro de 1988 titulado Why Did the Heavens Not Darken?, Mayer aduce que Hitler ordenó la Solución Final en diciembre de 1941 cuando se dio cuenta que la Wehrmacht no capturaría Moscú con lo que preveía la posible derrota. Según Mayer, el judeocidio (término que él prefiere a Holocausto) fue el climax horrendo de “La Crisis de Treinta Años” que había azotado a Europa desde 1914. Mayer considera que el Holocausto es primordialmente una expresión de anticomunismo: el antisemitismo no jugó un papel decisivo, ni siquiera significativo, en el crecimiento del movimiento nazi y su electorado. Los atractivos del nazismo eran muchos y complejos. El pueblo concurría a un credo sincrético de ultra nacionalismo, darwinismo social, anti marxismo, antibolchevismo y antisemitismo, así también como a un programa del partido que reclamaba una revisión del Tratado de Versalles, un rechazo a las reparaciones de guerra, a la limitación del capitalismo industrial y al establecimiento de un Estado de bienestar völkisch. Mayer sostuvo que escribió este libro para terminar con el culto de la remembranza que, en su opinión, se había vuelto muy sectario. Según él la guerra de Hitler era sobre todo contra los soviéticos, no contra los judíos. El plan original de los alemanes era derrotar a la Unión Soviética y luego deportar a todos los judíos soviéticos a una reserva más allá de los Urales.
  2. [xviii]  El término totalitarismo nació en las décadas de 1920 y 1930 en el seno de los fascismos para definir el régimen político que querían construir en oposición al Estado liberal (“Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, decía Mussolini refiriéndose al Estado totalitario; el líder nazi Jospeh Goebbels afirmó en 1933: “Nuestro partido ha aspirado siempre al Estado totalitario… la meta de la revolución nacional-socialista  tiene que ser un Estado totalitario que penetre en todas las esferas de la vida pública”). Tras la Segunda Guerra Mundial Hannah Arendt (The Origins of Totalitarism, 1951) lo propuso como categoría de la Guerra Fría para definir a determinados regímenes e ideologías políticas, con especial referencia al nazismo y al estalinismo. Fueron Carl Joachim Friedrich y Zbigniew Brezinski (Totalitarian Dictatorship and Autocracy, 1956) los que concretaron sus rasgos por oposición a la democracia liberal. Estos últimos, potenciaron el concepto para apuntar al comunismo soviético como la máxima expresión de totalitarismo. En ese marco también sirvió a los revisionistas y apologéticos del nazismo, como Ernst Nolte.

 

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