EL REGISTRO DE LA EXISTENCIA

 

“Soy nada más que el conducto resonante del dolor ajeno…
(que nunca me es ajeno)”
Beti Jaureguizar

Las dos obras que tiene publicada la escritora y psicóloga especializada en temáticas de género, Beti Jaureguizar: “Historias mínimas” y  “Madera de deriva”, se centran en microrrelatos nacidos de su propia experiencia, con un claro tono autorreferencial.
Nacida en 1959, la autora vive en la zona rural de Sauce (Canelones) desde 2004, y se ha formado en torno al género de microrrelatos tanto a nivel local como en el exterior, en España. Con el tiempo ha ido publicando algunos de sus relatos y ha recibido varias menciones en concursos nacionales e internacionales. Participa del colectivo de los Desayunos Literarios del Centro Cultural Carlitos, en Las Piedras, coordinado por María García Marichal y Sandra del Río.
Ambas ediciones cuentan, además, con ilustraciones: fotografías de Analía Ribeiro Delgado (en “Historias mínimas”) e imágenes gráficas a cargo de Andrés Sanabria en el segundo libro (fotos suyas y de su entorno en forma de puzle). La música impregna sus textos, les da sentido, desde la inicial cita, que son estrofas de canciones, y que anteceden al relato.
Son ediciones de bolsillo, 12,5 x 19 cm., y el segundo más pequeño, incluso: 11 x 17 cm.
Todo nos lleva a la escala de lo mínimo (mínimo tamaño físico de los libros, por su forma exterior; los microrrelatos de pocos párrafos, breves y concisos, ideas breves como latigazos en su interior), aunque no por eso menos intenso.
Al recorrer sus páginas vamos de lleno hacia esa cartografía del impulso vital constante, donde podemos ver un mundo diverso pero caótico, un desorden de magnitudes propias de nuestro tiempo y un puñado de principios inconmovibles que nos deben regir.

     ¿No será que el libro de la vida siempre se encuentra abierto en la mitad?
     Además de su extensión mínima, que promedia en una página por relato (de un total de treinta y dos relatos de “Historias mínimas”), hay una serie de factores comunes que recorren sus textos que es, por un lado, el ingenio y por otro la memoria y el olvido. Eso de intentar, de algún modo, “…salirse de uno mismo y mirar la vida con otra perspectiva”.
Desde unos personajes innominados que podríamos ser cualquiera de nosotros, revisitamos el amor y el desamor, tanto de las relaciones de pareja como de otro tipo de relaciones afectivas. El actuar de su abuela, por ejemplo: que leía “de manera activa, rellenando los libros con sus preocupaciones, sus preguntas, sus certezas”, hasta que “se dio cuenta por qué era tan fácil querer a la abuela. Porque lo mismo que hacía con los libros, lo hacía con su familia”. (p. 34)
En ese sentido general, donde todo puede (o podría) sucedernos hay sentencias de vida que concluyen en que ella “…fue todo lo que tuvo ser y lo que quiso ser y lo que la dejaron ser”, es verdad, pero también lo que no quiso ser. De todas formas, “todo está por suceder”, y esto es la continuidad, que a pesar de los golpes que da la vida (Vallejo dixit), “como de la ira de Dios”, se debe seguir en la eterna búsqueda de la calurosa utopía.
Hay reiteración, porque no vale distraerse: “Anda por ahí, diciéndole a la gente por qué pasan las cosas. La gente dice que está loca, mientras ella anda por ahí como Casandra, viendo cómo pasan las cosas que ella dice, mientras la gente dice que está loca… como Casandra” (p. 21), pero es una reiteración cíclica, y sin duda concentradora. Prestidigitadora, anunciadora de consecuencias lógicas para determinados actos, premonitora, el personaje de Casandra se podría extender a quien está narrando, eventualmente la propia autora (en sucesivas versiones Casandra es la que enreda a los hombres/ la hermana de los hombres, o la que tiene el don de la profecía… aunque ya nadie crea en sus pronósticos todo por culpa del amor no correspondido entre ella y Apolo, que la amaba. Casandra promete ser su consorte pero no lo cumple. Además, su familia la cree loca y estuvo encerrada en su casa, o encarcelada, lo que la hizo enloquecer. También dicen que simplemente era una incomprendida. Y ni siquiera saber lo que va a suceder puede impedirle verlo y sentirlo. Tal el odio por su libertad).
No falta la ironía dentro de uno de los aspectos de la diversidad actual, que a pesar de todo es resistida por los estamentos conservadores de la sociedad, que en ese sentido son hipócritas de doble discurso: “Esa mañana, luego de años de silencios y mentiras, decidió salir del closet. No por valentía ni por convencimiento. Fue simplemente porque ya casi no tenía lugar, de tantos esqueletos que los demás guardaban en el ropero”. (p. 23) Los esqueletos de los otros, desprovistos desde ya de toda sustancia.
Algo de mí tiene que morir para que nazca yo, nos dice la autora, o el narrador omnisciente. Pero no una muerte capaz de llevarnos al Paraíso —porque para entrar a él hay que llenar “formularios interminables”, declaraciones juradas y el inevitable método de copiarse, “sobre todo las buenas acciones”, cosa de que no se equivoquen con uno y termine ardiendo en las llamas del infierno—, sino una muerte que leve anclas y nos deje navegar, aún, un rato más, para el cabal entendimiento del mundo.
En realidad, “la vida es un milagro de amor”, y es inútil ir en su búsqueda cuando en realidad es el amor el que te encuentra. El milagro es la “contraseña para ingresar a un recinto donde no hemos sido invitados…”, allí, justamente, en donde podrá encontrar el amor.
Desde la suposición, ese “que pasaría si”, se asume como cierta esa proposición y eso condiciona lo demás: “sabía que se le había perdido una palabra. Se le podía haber caído de la boca la noche anterior…”, o “escabullido entre las sábanas o debajo de la cama”. Y se lanzará a la búsqueda de la palabra perdida hasta que logra que el corazón se le vuelva “un algo cristalino y sereno”. Del mismo modo la narradora, desde óptica de los distintos personajes, se puede instalar en el silencio o de arreglar corazones rotos.
Hay también coincidencias y equívocos, como la de buscar un pintor y encontrar un compañero de la vida. O enseñanzas de vida como la tía solterona que tuvo un amor clandestino (el secreto tesoro de la tía). “En el fondo de la valijita, encuentra un sobre manila, con las cartas de su amor clandestino, aquél que ella visitaba dos o tres veces por semana, durante muchos años, aquél que todos en el pueblo sospechaban pero nadie podía confirmar, aquél que la hizo feliz sin testigos”. (p. 58)
El libro se divide en una segunda parte titulada “Palabras”, donde a cada palabra del título se le dan todos los significados posibles, los que nos sugieren determinadas asociaciones.

     Como ejemplo, este relato logrado: “Pies”

“Aquiles, el de los pies ligeros. El talón de Aquiles y el tendón de Aquiles. Los pies alados de Mercurio. El ciudadano de a pie. Los pies cansados. Los pies      caminantes. Los pies que marchan por sus derechos. Las llagas en los pies de los peregrinos y de los expulsados. Los pies de loto de las pobres niñas rica en la China imperial. Las citas a pie de página. El pequeño pie de Cenicienta que calzaba el zapatito de cristal. Los zapatos de rubí en los pies de Dorothy en El mago de Oz. Las zapatillas rojas de Radecki. Los pies de la ama. Dormir a pata ancha o suelta. La quinta pata del gato. La pata de conejo que dice que trae suerte. Meter la pata. Los cien pies de los ciempiés. La siniestra Juventud Uruguaya de Pie. Los plantones. El puntapié inicial. No dar pie con bola. El balompié y el obsceno baile de los millones. El pie de atleta. El pie plano. Los juanetes. La pared amurallada que crece desde el pie. Los pies chuecos del Chueco Maciel. Ponerse de pie. Andar a pie firme o andar con pies de plomo. Caer a sus pies. De pies a cabeza. El que lo dice lo es, de la cabeza a los pies. Empezar con el pie izquierdo… o con el derecho. Estar en pie de guerra. Creer a pie juntillas o estar con los pies en la tierra. No tener ni pies ni cabeza. Perder pie. Mantenerse en pie.
“Los pies descalzos de los gurises pobres.

   “Los pies desnudos de la persona amada.
  “La piedad”

Estos relatos tienen un ritmo regular y estarían cercanas a la poesía en prosa, contiene una enumeración que no es ociosa, sino que —bajo el juego de palabras de poner grupos de términos semejantes y correlativos— tiene un sentido social y sociológico, y detrás hay una organización del mundo.
El remate de estos siete relatos de la segunda parte transmite un mensaje y a veces una moraleja. En este ejemplo, “los pies descalzos” de los gurises pobres, por contraste con “los pies desnudos” de la persona amada y la síntesis de lo que falta, lo que no hay: la piedad.
Hay algunas referencias a situar el pensamiento a ciertos hechos históricos, de tono político, como la referencia a los plantones y a la JUP, o los chuecos del Chueco Maciel, o “los ojos niños de Mariana y los ojos viejos de Luisa y los ojos de todos los que siguen buscando. El Hospital de Ojos” (“Ojos”), o bien “los muertos de Siria y de Barcelona y los de cualquier lado. Las niñas muertas en Guatemala o en Guatepeor o en Rivera. Los niños muertos en Nigeria o en Etiopía o Somalia” (“Las muertes”).
Estos son algunos ejemplos, pero en cada uno de estos siete relatos se usa el mismo procedimiento y sin querer nos encontraremos buscando otros términos similares, sinónimos que expresan una acción determinada.

    Ando derivando
    Desando este último libro publicado —que en estos días va a ser presentado en Las Piedras y en Sauce—, hasta el prólogo, donde la escritora y profesora María García Marichal señala la elipsis como uno de los elementos de los microrrelatos de Beti Jaureguizar en “Madera de deriva”: “falta de una parte del texto para que quien lea interprete la historia en el contexto de la prosa narrativa”.
Hay un afán de querer explicarlo todo, para ser totalmente preciso, dando incluso la opinión del narrador, en este caso un claro yo narrativo que se identifica con la autora. En ese sentido la explicación final que tienen algunas de sus historias sale sobrando; no es necesaria la moraleja. Aunque la autora lo creyó así, es preferible darle mayor libertad al lector para que interprete a su gusto en vista de los elementos expuestos anteriormente.
Pero lo cierto es que en estos relatos hay una economía de palabras y una búsqueda incesante de los sentidos tácitos o implícitos de las mismas.
En lo que sería la introducción, se nos explica el sentido último del libro: cada relato son como “trocitos de madera flotantes que he ido recogiendo para crear guirnaldas que me recuerden los mares que he surcado”. Por lo tanto aquí tenemos una obra de marcado carácter autobiográfico y una necesidad de hacer público esos momentos especiales que ameritaron una entrada —como si fuera un diario de a bordo de la nave de la vida— y una escritura, como forma de curar por la palabra dolores viejos y recordar lo que de bueno tuvieron los amores añejados por el tiempo.
No podemos dejar de pasar la oportunidad para decir que la palabra “deriva” tiene varios significados, y sólo enumerémoslos para que veamos cuán extenso es el abanico de su escritura: proceder, provenir, nacer, originarse, emanar, dimanar, deducirse, descender, resultar; encaminar, abatir, desviarse, bifurcarse… En francés, por ejemplo, significa tomar una caminata sin objetivo específico, como un paseo en general citadino.
En ese sentido, un repaso por algunos temas nos permitirá ver un panorama general de la obra: arrepentimientos, rituales, recuerdos (de re-cordis, pasar por el corazón), el paso del tiempo, ser siempre lo que se es, ausencias y despegues, separaciones, despedidas, huidas, acosos, confesiones y confesoras/es. Las tecnología de los encuentros y desencuentros (por whatsapp, por ejemplo), anécdotas inocentes de infancia y las anécdotas duras, de los tiempos de la represión, las lágrimas que no pudieron rodar por el rostro para liberar por completo el dolor, el amante eterno hasta el próximo reencuentro. Las mujeres víctimas de la violencia de la sociedad, del patriarcado, y los que cargan una pesada cruz sobre su conciencia, o la identidad sexual arrumbada en el closet (tío Lalo) Cuentos suyos y cuentos de otros,
Esperas, desórdenes emocionales, necesidad de ser abrazada, amada, contenida. La intensidad desmedida del amor, la eternidad de un beso dado. Las amistades de siempre y las nuevas (que desmiente aquello que a determinada altura de la vida ya no se hacen amigos nuevos), el (des)interés por las cosas materiales, nostalgia de lugares y de personas, soledad(es), estados anímicos.

Nos pregunta, inquiere: ¿tanto sufrimiento puede permitir(nos) una dicha por venir? (Oficios)
Finales que son principios.
Hay, también, un guiño a los Desayunos Literarios, donde se leyeron y luego se pulieron algunos de estos textos, como una masa madre.
Con poemas y prosa poética, algunos textos parecen reflexiones interiores que uno escribiría en un diario íntimo, no exentas de dureza: “Lamento que mi dolor y mi desconsuelo le priven a mi hijo de saber con cuánto amor fue traído a este mundo”. (p. 53) (Confesiones)

          LLANTO

Una vez que lloré frente a ti, cometiste un terrible error: secaste mis lágrimas con un pañuelo de papel.
No puedes imaginar lo que deseaba sentir esas lágrimas rodando por mi rostro, el gusto salobre rozándome la boca, alguna incluso escapando por mi cuello.
No toleraste mi dolor. Yo quería que saliera, todo, todo, que me dejara en paz, que se fuera con mi llanto y mis mocos y mis babas. Quería que al fin se fuera, que      dejara lugar para otros dolores que seguro vendrían. Quería incluso que dejara lugar para posibles alegrías y efímeras felicidades.
Lo peor fue el pañuelo de papel. Con que sólo hubieras secado mis lágrimas con la punta de tus dedos, con el reverso de tu mano, con tus labios,
me hubiera  sentido completamente feliz.
Habrías podido comprender lo que sentía. Habrías podido entonces compartir mis sentimientos.

(Historias mínimas, de Beti Jaureguizar, Ginko editores, 2020, Montevideo, 73 páginas)
(Madera de deriva, de Beti Jaureguizar, Ginko editores, 2022, Montevideo, 65 páginas)

Por Sergio Schvarz 
Periodista y escritor

 

  

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