CINE. “Elvis”: Auge y caída de un ícono cultural

El esplendoroso pero efímero ciclo vital de una legendaria estrella de la música y su doloroso, trágico y prematuro final, constituyen la desafiante y por cierto revulsiva materia temática que aborda “Elvis”, el nuevo largometraje biográfico del original y creativo realizador australiano Baz Luhrmann, que reconstruye la peripecia existencial, entre el cielo y el infierno, del icónico “rey del rock and roll” Elvis Presley.

 Este cineasta, admirado y a la vez denostado por un cine a menudo extravagante y grandilocuente pero también colmado de lugares comunes y obviedades, ha logrado, empero, construir una sólida reputación.

No en vano, su filmografía se asienta sobre un discurso cinematográfico que trabaja particularmente con la imagen y el sonido, pero también con la gestualidad de impronta iconoclasta y a menudo inclasificable.

Tal el caso de su fascinante “Moulin Rouge- amor en rojo” (2001), que se inspira lejanamente en la ópera “La traviata”, de Giuseppe Verdi, y en “La dama de las camelias”, de Alejandro Dumas. Este film, que algunos críticos han calificado de genial y otros de frívolo, es una suerte de coreografía dramática de puesta algo circense, que narra la historia de un amor imposible.

Pese a estar casi íntegramente cantada, esta película no es una comedia musical propiamente dicha, sino una suerte de tragedia griega con envase místico y hasta onírico. Aunque es un regalo para los sentidos por su formulación visual y su banda sonora, sus personajes carecen de la densidad requerida.

Otro tanto sucede con “Romeo y Julieta” (1996), una adaptación realmente irreverente y demasiado estereotipada del clásico homónimo del dramaturgo británico William Shakespeare ambientada a fines del siglo pasado, que rompe abruptamente con todos los paradigmas de una obra literario de culto, en una versión que podríamos calificar como de estética sicodélica. En efecto, por citar apenas dos ejemplos, los protagonistas cambian las espadas medievales por armas de fuego automáticas y los carruajes del texto original por veloces automóviles de alta gama, entre otras licencias que se toma el director y guionista.

En la producción del autor también se destaca “El Gran Gatsby” (2013), una nueva adaptación libre de la recordada novela homónima del novelista estadounidense Francis Scott Key Fitzgerald, que retrata la frivolidad de la alta burguesía de la primera mitad del siglo pasado en los Estados Unidos, mediante una estética y esplendor visual que impactan, así como también el ritualismo de personajes entregados a una vida de ocio, vicio y dispendio de riqueza y apariencia.

Si bien esta película no aporta nada novedoso con respecto a adaptaciones anteriores, fiel al texto original propone una sátira radicalmente vitriólica sobre una clase social holgazana y parásita que hace del placer sin restricciones su estilo de vida.

Empero, tal vez su film más logrado sea “Australia” (2008), un romance ambientado precisamente en el país de origen del realizador, en los preámbulos de la Segunda Guerra Mundial.

En este caso, el creador construye una historia que transita simultáneamente por los territorios de la aventura y el drama, la cual conmueve por la belleza de sus paisajes naturales y sus plausibles aciertos de ambientación, pero también por la inteligente trama cinematográfica y la gran actuación protagónica de una esplendorosa Nicole Kidman.

En tal sentido, “Elvis” constituye un elocuente testimonio de la evolución creativa de este cineasta de producción despareja pero igualmente talentoso, que ha sabido hacer del cine, como arte de la imagen fundamentalmente, una suerte de fiesta para los sentidos.

Por tratarse de un personaje sin dudas icónico que a 45 años de su prematura muerte conserva enhiesta su vigencia y sigue siendo venerado por varias generaciones, la propuesta entrañaba sin dudas enormes riesgos, que Baz Luhrmann asumió sin arredrarse.

Por supuesto, aunque se trata de un film biográfico que se inicia en la infancia del personaje evocado, la propuesta mixtura la historia con la ficción, en un relato que propone una magistral  iconografía visual y sonora  pero también hondo dramatismo.

Al respecto, es pertinente recordar que este artista sin dudas inconmensurable que tiene un sitial harto justificado en el podio de las luminarias del arte popular, falleció prematuramente a los 42 años de edad, víctima de los excesos provocados por la desmesurada ingesta de alimentos–llegó a pesar más de 130 kilos- los estimulantes y los estupefacientes. En efecto, fue una víctima de su propia fama, del éxito que lo erigió casi en un semidios venerado por millones de fanáticos y, naturalmente, del mercado.

En este caso, el relato tiene un narrador que resultó clave en su fulgurante carrera artística: el Coronel Tom Parker (magistral Tom Hanks), una suerte de inteligente y embustero holandés indocumentado, que se transformó en manager del cantante.

Si bien este recurso ha sido fustigado por algunos críticos, la presencia de este personaje, que obviamente no es para nada marginal, resulta realmente muy relevante. No en vano fue quien lo descubrió cuando Elvis era aun muy joven y actuaba en meros locales bailables, sin que nadie se percatara de su potencial talento.

En ese contexto, el relato describe los orígenes humildes de la familia de Elvis Presley, que, por las pesadas deudas contraídas, debió mudarse a una localidad casi rural habitada por negros, lo cual, por entonces, para los blancos era una suerte de desdorosa maldición, en un tiempo histórico de salvaje racismo y discriminación.

Allí, entre los garitos y las iglesias y entre el jazz, el blues y el góspel, nació la pasión del adolescente por la música y el baile, que irrumpió en su interior como una suerte de estallido que devino en una incontenible cascada de pasión. No en vano, algunos solían calificarlo como un blanco que cantaba y contorneaba su elegante figura con cintura de avispa como si se tratara de un negro.

Este largo y trabajoso proceso de crecimiento es narrado con singular esmero por el cineasta, que ensaya lecturas políticas, algunas de ellas excesivamente ficcionadas, en torno al impacto provocado por el artista en los jóvenes- fundamentalmente en las mujeres- y, por supuesto, en los ultraconservadores que lo consideraban una auténtica amenaza para la moral y las buenas costumbres.

Esa sociedad estructurada y mojigata, que destilaba odio hacia los afroamericanos, con los supremacistas del Ku Klux Klan a la cabeza, transformó a Elvis – encarnado notablemente por un sorprendente  Austin Butler- en una suerte de enemigo público del sistema, aunque, por su impacto de mercado, realmente fue todo lo contrario.

En tal sentido, las escenas de los multitudinarios recitales, que desbordan festivo jolgorio, histeria colectiva y paroxismo, constituyen elocuentes testimonios de la adoración cuasi mística que despertaba, obviamente más en el sexo femenino, este artista de físico delgado pero atlético y musculoso, de lacio jopo bien peinado, de ropajes exóticos y de movimientos de cadera de singular impostura erótica.

En ese contexto, era frecuente que un manojo de manos intentaran tocarlo y hasta que las jóvenes enamoradas se abalanzaran salvajemente sobre su humanidad, en sucesivos tumultos que requerían la intervención de la guardia policial.

Esas secuencias, que son realmente memorables, están dotadas de una visualidad y sonoridad que realmente asombra, merced a espectaculares puestas en escena que destacan por su lujosa fotografía y su cuasi mágico montaje.

En tal sentido, las imágenes que más impactan las retinas del espectador, son las ambientadas en Las Vegas, la célebre ciudad del vicio y los multimillonarios, que transformó a Elvis Presley en una suerte de hijo pródigo y casi en una deidad sin iglesia.

La película, que atisba en la interna de una familia con un padre pusilánime y una madre devota y sobreprotectora hasta el hartazgo, evoca también algunos conmovedores episodios históricos de la turbulenta y violenta década del sesenta del siglo pasado, como los magnicidios del presidente norteamericano John  Kennedy, del hermano de este y senador Robert Kennedy y del líder religioso Martin Luther King.

Todos esos trágicos acontecimientos dan cuenta de un estado de exacerbación e incontenible ebullición, de una sociedad dividida por la polarización política, el odio racial y la intolerancia.

No en vano, ese período de la historia está marcado por la revolución cubana, que triunfó a comienzos de 1959, con el líder comunista Fidel Castro a la cabeza, y particularmente por la devastadora Guerra de Vietnam, los desafiantes panteras negras y el movimiento hippie y su prédica pacifista, que removió, con singular intensidad, a un país de matriz intransferiblemente imperialista, expansionista y de un patriotismo realmente patológico.

Empero, si bien para Elvis Presley – que debió cumplir su servicio militar en la sangrienta Guerra de Corea- ninguno de estos episodios pasó inadvertido aunque realmente no logró entenderlos en su cabalidad, su arte y su música trascendieron a todos esos terremotos que sacudieron las estructuras mismas del statu quo hegemónico.

La narración también se desliza a través de la propia intimidad familiar, transformando a su esposa Priscilla y a su hija en una suerte de víctimas de la fama del ilustre artista, que solía abandonarlas y ausentarse durante meses para cumplir con sus insoslayables compromisos profesionales. Empero, más allá del dramatismo que emana de la crisis de pareja del ícono, estos personajes no están trabajados como lo requería la historia.

En cambio, el film otorga un singular protagonismo al apócrifo

Coronel Tom Parker, una suerte de farsante, vicioso, ludópata y grotesco pero inteligente hombre con una vasta experiencia de vida, quien explotó despiadadamente al ídolo aunque, sin dudas, coadyuvó también a su inconmensurable grandeza.

Aunque el cineasta se permite numerosas libertades para recrear al artista evocado, acorde con la reconocida impronta de su producción, “Elvis” reconstruye el fulgurante itinerario de esta estrella del rock y de la música popular, que transitó, hasta los últimos instantes de su vida, entre el paraíso de su éxito y la veneración colectiva, y el infierno de la droga y otros excesos que lo condenaron a una prematura muerte.

En tal sentido, el guión ensaya un riguroso contraste entre la abigarrada multitud de sus memorables recitales y la soledad que lo agobió en los últimos días de su existencia, tras la conflictiva separación de su esposa y su hija.

Esa tensión trasunta el desencanto de este auténtico ángel caído del firmamento de la fama, cuya figura –salvando las diferencias- puede ser extrapolada a la de la gran cantante, comediante y bailarina Marylin Monroe –también fallecida presuntamente por intoxicación con drogas- del icónico actor dramático James Dean, quien pereció cuando aún era un veinteañero en un accidente de tránsito por exceso de velocidad, y al también inconmensurable cantante y pianista británico Freddie Mercury, líder de la mítica banda Queen, que murió víctima de las múltiples afecciones provocadas por el SIDA, en un tiempo en el cual no existía medicación para combatir esta grave patología.

“Elvis” es, sin dudas, una película impactante, que conmueve y remueve, fascina y hasta emociona, por su magistral formulación estética, su ambientación, su música y su fotografía, en una suerte de mixtura entre la recreación puramente cinematográfica y el documental.

Empero, el film también nos desafía a reflexionar en torno a la violencia de un tiempo histórico de radical intolerancia, al patológico culto a la personalidad y la veneración cuasi mística, al desencanto del artista por no haber triunfado en el cine, al alto precio de la fama y a los estragos provocados por los excesos, en el contexto de una cultura invasivamente capitalista que suele transformar a las personas de carne y hueso en meros objetos con valor de mercado.

FICHA TÉCNICA

Elvis, Estados Unidos 2022. Dirección: Baz Luhrmann  Guion: Jeremy Doner, Sam Bromell, Baz Luhrmanny Craig Pearce  Fotografía: Mandy Walker. Música: Elliott Wheeler. Reparto Austin Butler, Tom Hanks, Olivia DeJonge, Richard Roxburgh, David Wenham, Kodi Smit-McPhee y Dacre Montgomery.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

  

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