El liberalismo autoritario antes y ahora

Prepararse para escribir sobre el Holocausto requiere estudiar una espiral de textos, volver sobre viejos conocidos y releer, ¿por qué no?, autores fermentales de nuestra propia historia, aparentemente tan lejana de lo que también aparece inextricablemente unido a los crímenes y el exterminio de pueblos impulsado por el nazismo, fundamentalmente en Europa. Así que, sobre la mesa en un caso y en la pantalla del Kindle, en otro, se encuentran dos obras que vieron la luz en el año 2021: El liberalismo conservador. Genealogías por Gerardo Caetano ( Ediciones de la Banda Oriental, abril del 2021) y Authoritarian Liberalism and the Transformation of Modern Europe por Michael A. Wilkinson [i] (Oxford Constitutional Theory, octubre del 2021).

Sin ánimo de comparar destaco que lo que resulta muy atractivo, en primera instancia, es la aparente contradicción encerrada en los títulos: ¿cómo funcionó el liberalismo conservador? ¿cómo lo hizo y lo hace el liberalismo autoritario? Para la primera pregunta basta con leer atentamente la obra de Caetano. Para la segunda intentaremos una breve revisión.

El déficit democrático de la Unión Euopea – Wilkinson dice que el liberalismo autoritario es una conjunción de autoritarismo político y liberalismo económico de modo que las políticas liberales y más precisamente las neoliberales, son aplicadas por medios autoritarios de tal modo de eludir los controles democráticos sobre las mismas. Esta modalidad es liberal en tanto despolitiza la economía, naturaliza las desigualdades y valoriza el mercado, la competitividad y la propiedad privada.

Cuando se produjo la crisis del euro que emepzó en 2008 y alcanzó su punto culminante en el 2012 [ii], se dio cuenta que la forma en que la Unión Europea (UE) la gestionó puso en evidencia los aspectos antidemocráticos del sistema. En los últimos años la pandemia trajo aparejadas otra ola de intervenciones que, aún cuando su retórica no era la misma, eran muy poco democráticas. La combinación de autoritarismo político y liberalismo de mercado fue impulsada por el trío formado por el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea  [iii]y apoyada por los países más poderosos.

Para analizar el déficit democrático de la UE, Wilkinson estudió los gobiernos conservadores de la República de Weimar y las condiciones materiales e ideológicas del liberalismo autoritario desde entonces, así como el acuerdo de posguerra que se desarrolló en Alemania Occidental (la RFA) y la era posterior al Tratado de Maastricht (1992) [iv]. El déficit democrático que señala Wilkinson es estructural y tiene que ver con los “procedimientos consensuados” y opacos de la elaboración de las leyes y normas, la imposición de la legislación de la UE sobre las legislaciones nacionales que por lo menos tenían cierto grado de participación popular.

El Tratado de Maastricht y sus modificaciones posteriores siempre tuvieron un sesgo favorable a las libertades del mercado y en contra de la solidaridad social. Los uruguayos de hoy podríamos decir que el tratado básico de la UE es una norma para “los malla oro”. La integración europea aparece como un proceso de transformación del Estado que contribuyó al vaciamiento de la democracia al desconectar cada vez más a las elites políticas del pueblo y al afianzar el libealismo de mercado.

Este proceso había sido pronosticado a fines de la década de 1950 y en la de 1960 por varios politólogos, como Franz Neumann y Otto Kirchheimer, que consideraban que se produciría una profunda alienación política en las poblaciones europeas, un eclipse de la actividad política, un declive de la autoridad parlamentaria a favor de derivas presidencialistas y un debilitamiento de los órganos representativos de los trabajadores. Estos fenómenos fueron más marcados en la República Federal Alemana (RFA) con amplias ramificaciones y con presencia en Francia y en Italia.

Wilkinson sostiene que la desconexión democrática aparecía vinculada a un mito: la democracia necesitaba ser restringida tras su exceso en el periodo que medió entre el final de la Primera Guerra Mundial y el comienzo de la Segunda. Los medios conservadores, la oposición a Hitler desde la derecha, ejemplificada por Konrad Adenauer en la posguerra, sostenían que la democracia había sido “capturada por la tiranía de las mayorías” cuando, en realidad, en la República de Weimar hasta 1933, la democracia ya había sido profundamente recortada y se había transformado en una tiranía de la minoría que dominaba a través del liberalismo autoritario, antecedente inmediato de la violencia del nazismo. El proceso en Italia fue parecido aunque con las características diferenciales conocidas.

Los relatos sobre la integración europea típicamente comienzan con el periodo de reconstrucción que siguió a la devastación que sufrió el continente en la primera mitad del siglo XX. La culpa del desastre se achacó al destructivo nacionalismo, militarmente agresivo y económicamente proteccionista del nazismo. El catedrático británico señala que su libro no pretende rechazar esa historia en su totalidad pero si ofrecer una explicación alternativa, que destaca lo que esa versión elude. Señala que el temor a la democracia ha sido un factor fundamental en las constituciones de la posguerra. La reconstrucción europea se apoyó en un disciplinamiento cultural y político de la democracia que llevó a cabo, sobre todo, la Democracia Cristiana [v] para evitar que mayorías democráticas se plantearan medidas populares que pondrían en riesgo el liberalismo capitalista.

Wilkinson advierte que el proceso de reconstrucción de los sistemas estatales ha ocurrido gradualmente y no en forma de una progresión lineal. Tampoco ha afectado a todo el continente en la misma forma. Comprueba que existen cuatro tipos de  “constitucionalismos”. El primero corresponde al “corazón de Europa” (aquellos países que tuvieron una experiencia directa de colapso del liberalismo cuando este capituló ante el fascismo; son los seis países fundadores de la UE: Alemania, Italia, Francia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo). Para este primer grupo, la integración europea no es una simple elección que podría ser revertida o un club que puede ser abandonado cuando se desee. La integración está en el ADN de su identidad constitucional.

El segundo grupo de países es el de la franja del Sur: España, Portugal y Grecia que se incorporaron a la UE después de concluidas las dictaduras que los gobernaron. Para estas naciones “la entrada a la UE marcaría la llegada a la tierra prometida del liberalismo”.  Un tercer grupo comprende a los países que formaban parte del Bloque Oriental para lo cuales, la admisión en la UE representaba ser admitidos finalmente en “el Occidente”, es decir en un rápido ingreso en el mercado capitalista y un reclamo de soberanía después de haberse mantenido bajo la égida de una potencia imperialista. Para estos tres primeros grupos, la idea de Europa representa por diferentes caminos una forma de emancipación del pasado.

El cuarto y último grupo de países está constituido por las democracias del Reino Unido y los países nórdicos para los cuales la membresía europea siempre tuvo una motivación más pragmática que emotiva. En ninguno de los países de este cuarto grupo la declinación de la democracia parlamentaria, en la entreguerra o en la posguerra, ha sido tan severa ni la gravitación del pasado tan grande. El análisis desarrollado en ‘El liberalismo autoritario y la transformación de la Europa moderna’ pretende seguir las trayectorias políticas de los últimos años por el espectro de la posiciones políticas y a través de la amplia geografía del continente. El colapso de los partidos centristas y el avance de los partidos de derecha y en menor medida de los de izquierda, ha afectado a los cuatro grupos de países.

El proyecto europeo de integración de los últimos 70 años es, en un sentido muy marcado, conservador. Si bien al principio hubo una visión federal resultó rápidamente disipada. La arquitectura constitucional mantiene el orden del liberalismo económico, el que fue amenazado en el periodo de entreguerras, no solamente por el proteccionismo económico militarista del rearme alemán e italiano sino por la posibilidad remota en la práctica de un socialismo democrático, con control colectivo de la economía y autonomía de la clase obrera. El oponerse a esa perspectiva corrió por cuenta del ordoliberalismo [vi] y del neo liberalismo impulsados por los partidos demócrata cristianos que dominarían la escena política de la posguerra.

Remitiéndose al papel que jugó el liberalismo autoritario en los últimos años de la República de Weimar, Wilkinson apunta al temor que los derechistas que sucedieron al nazismo en Alemania, al amparo de los estadounidenses y británicos en el contexto de la Guerra Fría, sentían por las “soluciones mayoritarias”, por las expresiones democráticas. Se apoyaban en una tesis que ocultaba la complicidad y el despeje del camino que el Zentrum, el partido católico alemán y su jefe Brüning, y las distintas variantes del nacionalismo conservador no nazi, efectuaron  para permitir la llegada de Hitler al poder.

Para estos ordoliberales el fascismo y el nazismo eran producto de una democracia descontrolada y del ascenso del socialismo y el comunismo. En realidad, sostiene  el autor, el nazifascismo surgió de la supresión del voto popular, de la persecución de la oposición y de las soluciones burocráticas y tecnocráticas que proponían las elites conservadoras. No fue un exceso de democracia lo que pavimentó el ascenso del nazismo sino precisamente la falta de democracia suficiente para frenarlo.

Las vísperas pardas –   A fines de noviembre de 1932, poco antes del 30/1/1933 cuando Hitler fue designado Canciller, el jurista Carl Schmitt [vii], (entonces asesor de von Papen el conservador católico que estaba negociando con Hitler su alianza para acceder al poder) pronunció un discurso dedicado al “Estado fuerte y la economía sana” ante la organización patronal alemana Langnam Verein . Definió entonces un nuevo planteamiento del Estado, en ruptura con el liberalismo clásico, encargado de acallar no sólo las protestas externas e internas, con el argumento de un “estado de urgencia económica”. Frente a esta nueva definición del Estado, el jurista socialdemócrata Hermann Heller [viii] escribió un corto artículo donde decía asistir al nacimiento de un “liberalismo autoritario”. Las patronales del Langam Verein veían con desconfianza a los nazis. Los ponía nerviosos la segunda parte de su denominación: nacionalsocialistas. Eran partidarios de von Papen.

Sin embargo, sectores enteros de la patronal alemana se estaban desplazando hacia el nazismo. Cuatro días antes de la conferencia de Schmitt, el 19 de noviembre de 1932, un grupo de grandes empresarios, entre ellos el industrial Fritz Thyssen y el antiguo presidente del banco central Hjalmar Schacht, habían dirigido al presidente Hindenburg una petición reclamando que se nombrase para la cancillería al “Führer del mayor grupo nacional” (a Hitler).

Según parece la mayor parte de los industriales presentes en la conferencia de Schmitt en Düsseldorf, aquellos que  hasta hacía pocas semanas aclamaban a Papen, ahora querían el nombramiento de Hitler, a cualquier precio. Fritz Springorum – el dirigente de la Langnam Verein que presentó a Schmit – no firmó el pedido a Hindenburg pero a hurtadillas promovía una táctica de financiación patronal a los nazis para amansarlos. En 1932, para atraer electorado de izquierda, la propaganda del nacionalsocialismo había adoptado toques casi anticapitalistas. A causa de esta demagogia, parte del empresariado mantenía dudas sobre el programa económico de los nazis. La brutalidad y el antisemitismo no les molestaba.

En esa época, Schmitt aconsejaba al gobierno de von Papen y mantenía estrechos lazos con colaboradores del Ministro de Defensa Kurt von Schleicher. Después cambió rápidamente de bando y se afilió al partido nazi el 1º de mayo de 1933. Pero a fines de 1932 Schmitt no apoyaba al Führer sino que promovía otra opción derechista: un poder presidencial verticalizado, que pusiera su aparato propagandístico y represivo al servicio de un programa económico liberal. Su discurso no era el de un nazi, sino de un partidario de la derecha clásica relacionada con el Zentrum católico.

Ese era un programa que ya se practicaba desde 1930. Los gobiernos de la República de Weimar de los últimos años eran, al mismo tiempo, autoritarios y liberales.

Desde su nombramiento como Canciller en 29 de marzo de 1930, Heinrich Brüning [ix], miembro del Zentrum, había anunciado su intención de llevar a cabo un drástico plan de saneamiento de las finanzas públicas que preveía, entre otras medidas, la reducción del número de funcionarios, reducciones salariales y una disminución del monto de las prestaciones de desempleo y de las jubilaciones. Mientras las repercusiones de la crisis de 1929 alcanzaban su paroxismo, se mantenía, como comenta Gopal Balakrishnan, en “una esticta ortodoxia fiscal, a mil leguas de toda concepción moderna, contracíclica, del presupuesto”.

Declarándose partidario de un “gobierno por encima de los partidos”, Brüning había advertido que si su plan de austeridad era rechazado por los diputados, estaría dispuesto a llegar a la disolución del Parlamento. Es lo que ocurrió en julio de 1930. Así se abrió la era de los gabinetes presidenciales (esto es, de los gobiernos apoyados en la autoridad del presidente, pero sin mayoría en el Parlamento). Aquí se puede ver en concreto cómo estaban ligados entre sí los dos aspectos, autoritarismo político y liberalismo económico: como ese programa económico había sido rechazado, hubo que imponerlo gobernando por decreto (el Art. 48 que daba poderes de excepción al Ejecutivo).

Schmitt jugó un papel importante en el giro hacia el Estado liberal-autoritario. Su crítica del “Estado total” se había vuelto un lugar común que inspiraba tanto a los economistas neoliberales como a los ideólogos gubernamentales. Así Walther Schotte [x], al que se denominaba la “cabeza programática del gobierno Papen”, se apoyaba en la obra de Schmitt El Guardián de la Constitución para afirmar que la República de Weimar ya no era un Estado liberal, sino un Estado total caído en manos de una policracia pluralista, a la que oponía un nuevo Estado, un “Estado soberano, presidencial-autoritario”. Según el jóven filósofo francés Grégoire Chamayou [xi] el liberalismo autoritario no consiste sólo en combinar una política económica liberal con una represión creciente frente a las protestas que suscita, sino también en concentrar en manos del Ejecutivo la decisión pública en materia económico-financiera.

Autoritario no quiere decir sólo represivo. Como indica la etimología, es autoritario un poder que aspira a ser el único autor de la decisión política. Uno de los actos fundadores del liberalismo autoritario fue legislar por decretos en materia económica y social. A comienzos de los años 1930, Schmitt pasó de ser un teórico de la dictadura a promotor activo y consejero técnico de ésta. Con su noción de “estado de excepción económico-financiero”, operó un acto de fuerza conceptual que autorizó, en la práctica, una forma de golpe de Estado económico permanente. Y así fue gobernada Alemania durante los dos años que todavía le separaban del nazismo.

Hubo efectos económicos y sociales. El programa de Brüning golpeó de lleno a las clases populares sin poder revertir la crisis económica. De creer a los keynesianos, tuvo más bien el efecto de agravarla. Las cifras del desempleo pasaron de 1,4 millones en 1928 a 5,6 millones en 1931. Brüning recibió un apodo revelador: Hungerkanzler, el canciller del hambre. Entre los efectos políticos, el resultado de las elecciones. Al convocarlas Brüning esperaba obtener una relación de fuerzas más favorable en el Reichstag.

“Los resultados de las elecciones del 14 de setiembre de 1930 – resume Balakrishnan – mostraron los estragos causados por la crisis en la población y la hostilidad hacia un gobierno cuyas medidas de austeridad parecían volver la situación aún mucho peor”. Este desbarajuste del juego político estuvo marcado por dos grandes fenómenos: 1) el avance espectacular del partido nazi (NSDAP), que pasó de la condición de insignificante grupúsculo (2% de los votos en 1928) a la de segundo partido de Alemania (18,3%), justo detrás del partido socialdemócrata (SPD). En la otra esquina, un crecimiento, aunque más moderado, del partido comunista (KPD); 2) la erosión del denominado Bürgerblock, el “bloque burgués”, un conjunto de partidos del centro, de derecha y de centro derecha, que formaban la base política tradicional de coaliciones gubernamentales conservadoras. Bajo los efectos combinados de esos dos fenómenos, el Canciller ya no tenía ni mayoría parlamentaria ni base política para sostener su política económica. No teniendo en quién apoyarse, más que en el Presidente, persistió a pesar de todo en esta vía, gobernando a golpes de artículo 48 y decretos de urgencia.

Liberalismo económico y autoritarismo político alimentaron en sus relaciones recíprocas una crisis de legitimidad que no dejó de profundizarse hasta el final. El bloque burgués se deshacía, extrema derecha y extrema izquierda subían, pero ni la una ni la otra lo suficiente para llegar a formar por sí sola una mayoría, lo que, en la medida en que cada una rechazaba las alianzas que le hubieran permitido aplastar a su rival, engendraban una situación de bloqueo político. El liberalismo autoritario en el poder no era derribado, pero tampoco podía perdurar sobre base democrática, de ahí su inclinación dictatorial.

“La destrucción del sistema de gobierno parlamentario, recuerda el historiador Christian Witt [xii], no data de Hitler, de Schleicher o de Papen, sino de Brüning, que inició el proceso imponiendo medidas financieras y económicas por medio del artículo 48”. Directamente implicado en la generalización del recurso a los decretos de urgencia, a los que dio justificación, Schmitt fue uno de los artesanos de esta deriva autoritaria, uno de los sepultureros de la República de Weimar.

Von der Leyen (UE)

Humo en el tercer grupo – En los países del tercer grupo que señala Wilkinson como incorporados a la UE provenientes del Bloque Oriental el humo se está disipando. El 17 de setiembre de 2021, el jurista y politólogo rumano Bogdan Iancu tituló una nota  como “No era lo que nos habían prometido”. Mi generación – dice Iancu – los que se hicieron adultos en la década de 1990, recordamos bien que en el Este de Europa el mundo se nos aparecía como lleno de un potencial constitucional liberal. Es cierto que habría obstáculos y problemas, nuestras sociedades eran pobres y la mayoría de las industrias eran chatarra pero el futuro aparecía promisorio. Íbamos a construir sociedades constitucionales y economías de libre mercado, tendríamos la protección de los derechos humanos a través del Consejo Europeo, seguridad al integrarnos a la OTAN y, tal vez, algún día alcanzaríamos la plena prosperidad occidental y la libertad de una flamante UE. En esos años leíamos El Fin de la Historia de Francis Fukuyama con interés y entusiasmo.

La edad de la inocencia llegó y pasó dejando malestar e incluso temores. Los Estados Unidos y el trumpismo, el ataque al Capitolio, la retirada desastrosa de Afganistán después de veinte años de ocupación militar; los líos de Polonia; el desastre del Brexit. Surgen preguntas leninistas ¿qué hacer? ¿Porqué no tenemos lo que nos prometieron?

El ordoliberalismo, el liberalismo autoritario, el déficit estructural democrático de la UE no tiene las soluciones, ni siquiera para Alemania la locomotora y poder decisorio en Europa. Dicen algunos economistas que los germanos, grandes exportadores, tienen cinco notables vulnerabilidades en su esquema. Un país que ha pasado a exportar el 50% de su producción, en todos los rubros de alta tecnología, no solamente es altamente dependiente de las fluctuaciones de los mercados internacionales sino que muestra signos de haber descuidado el mercado interno.

La próspera Alemania tiene un creciente problema de desigualdad, la distancia entre ricos y pobres aumenta, el éxito no se derrama hacia los más necesitados y se registra un rebaja de los salarios en los últimos años (en el sentido de disminución de la porción salarial del producto).

A nivel político Alemania sufre los “riesgos del consenso” dado que el gobierno funciona sobre la base de una coalición entre CDU (la democracia cristiana) y SPD (los socialdemócratas), la alternancia de socios muy similares empobrece las opciones políticas de los electores y por ende termina menoscabando la democracia.

Es cierto que en la última década Alemania ha avanzado hacia una sociedad multicultural pero los problemas de integración de los inmigrantes están en permanente crecimiento. Finalmente, a más de 30 años de la reunificación sigue existiendo una disparidad entre el Oeste (la antigua RFA) y el Este (la antigua RDA). La equiparación que en 1990 parecía resolverse en cinco o diez años ahora se estima que podría llevar una generación más, es decir otros treinta años.

Por el Lic. Fernando Britos V.

 

[i]Michael A. Wilkinson es, desde el 2007, profesor de Derecho de la London School of Economics. Es un reconocido especialista en integración europea, teoría constitucional, teoría crítica, social, legal y política, con importante obra édita y artículos en publicaciones científicas.

[ii]   La crisis del euro, afectó a los países de la eurozona. La coyuntura tuvo aspectos de una crisis de la deuda soberana, del sistema bancario y del sistema económico en general. El conjunto de circunstancias hizo difícil o imposible a algunos países refinanciar su deuda pública. El aumento de los niveles de deuda privada y pública en todo el mundo, se produjo simultáneamente con una ola de degradaciones en la calificación crediticia de la deuda gubernamental entre diferentes Estados. Las causas de la crisis eran diferentes según el país. En algunos de ellos, la deuda privada surgida como consecuencia de una burbuja inmobiliaria fue transferida hacia la deuda soberana y como consecuencia del rescate público de los bancos quebrados y de las medidas de respuesta de los gobiernos a la debilidad económica post burbuja, la crisis alcanzó su climax en el 2012.

[iii]El Banco Central Europeo (BCE) es el banco central de los países de la Unión Europea. Conforma, junto con los bancos centrales de los demás estados de la UE ajenos a la eurozona, el Sistema Europeo de Bancos Centrales. El BCE se creó en 1998 como órgano encargado de la gestión de la política monetaria de la Unión pero no fue hasta el año 2009, con el Tratado de Lisboa, cuando adquirió la condición de institución de la UE. Tiene su sede en Francfort. La Comisión Europea (CE) ostenta el poder ejecutivo y la iniciativa legislativa de la UE. Se encarga de proponer legislación, aplicar las decisiones comunitarias, defender los tratados y en general se ocupa de los asuntos diarios de la Unión. Opera de manera independiente a los gobiernos nacionales. Tiene su sede en Bruselas.    

 La CE actúa como un “Gobierno de Europa”, y se compone de veintisiete miembros llamados comisarios. Hay un representante por cada Estado miembro pero están obligados a representar los intereses de la UE en su conjunto. Uno de los miembros es el presidente de la CE, que es seleccionado por el Parlamento Europeo de un candidato propuesto por el CE. Los otros veintiséis miembros de la Comisión son propuestos por el Consejo de la UE y el presidente electo, que deben ponerse de acuerdo para enviar una propuesta de Comisión al Parlamento Europeo, donde el conjunto se somete a una última votación. El término Comisión puede referirse a dos realidades: por una parte, al conjunto de tecnócratas que la componen en sentido estricto, y que, constituidos en un Colegio de Comisarios, son los depositarios formales de sus poderes y, por otra, al conjunto administrativo que los asiste, que engloba a una oficina ejecutiva compuesta por más de 38.000 funcionarios.

[iv]  El Tratado de Maastricht (oficialmente, Tratado de la Unión Europea o TUE) es uno de los tratados fundacionales de la UE. Se firmó en la ciudad de Maastricht, el 7 de febrero de 1992, entró en vigor el 1º de noviembre de 1993 y fue concebido como la culminación política de un conjunto normativo, vinculante para todos los Estados de la UE, tanto para los futuros miembros como para los estados firmantes en el momento del tratado. Se apoyaba en tres tratados ya existentes.

[v] La Democracia Cristiana es una rama del conservadurismo que tiene sus orígenes en el pensamiento de figuras tales como Jacques Maritain o Luigi Sturzo, la doctrina social de la Iglesia Católica y la ética social protestante. Esta corriente surgió en el siglo XIX en Europa. En un principio fue condenada por la Iglesia – con mayor contundencia por los papas Pío IX y Pío X – aunque el papa León XIII aceptó la expresión “democracia cristiana” en el sentido de “acción benéfica en provecho del pueblo”, condenando en cambio la democracia social, por ser enemiga de la organización por clases sociales, y la democracia política, por afirmar que el poder emana del pueblo y no de Dios. Durante esa década surgieron nuevas agrupaciones, en distintas ciudades del mundo, siguiendo la tendencia de Europa con Konrad Adenauer (Canciller alemán en 1949-1963, fundador del partido Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), Alcide De Gasperi (fundador de la actualmente disuelta Democracia Cristiana Italiana) y Robert Schuman (Ministro de Relaciones Exteriores francés entre 1948 – 1953 y líder del también del actualmente disuelto Movimiento Republicano Popular (MRP) de tendencia demócrata-cristiana,  los tres padres fundadores de la UE.

[vi]El ordoliberalismo es una corriente del pensamiento económico creada por políticos y economistas alemanes en la década de 1930. Esta corriente está ligada a la llamada Escuela de Friburgo, un reducto del liberalismo conservador y cristiano que era la oposición desde la derecha a Hitler. Los nazis simplemente los ignoraron. Walter Eucken (1891-1950), Konrad Adenauer, Ludwig Erhard eran los impulsores del ordoliberalismo (nombre que proviene de la palabra alemana ordnung). Estos liberales alemanes tuvieron el apoyo de los liberales clásicos como von Hayek y Popper y ha sido la política económica de la RFA y ahora de Alemania reunificada que gravita decisivamente en la UE. Se trata de una especie de versión germana del neoliberalismo, obsesionada por las cuentas públicas “ordenadas” y por el abatimiento del déficit fiscal a costa de las políticas sociales, de la rebaja de los salarios y las jubilaciones. Es lo que llaman rigor presupuestario, cultura del ahorro y la austeridad y estabilidad como objetivo sagrado. Como es natural esos objetivos son ley para quienes viven de su trabajo pero no para los “malla oro”. Su versión más sanguinaria al interior de la UE quedó en evidencia cuando Grecia, en el 2015, eligió un gobierno, el de Syriza, que pretendía evitar a su pueblo las penurias de la austeridad. Ese intento fue aplastado por Alemania que se negó a cualquier tipo de ayuda de la UE si los griegos no aplicaban a rajatabla la receta del ordoliberalismo.

[vii]Sobre Carl Schmitt conviene remitirse a dos obras exhaustivas: Carl Schmitt. A biography por Reinhard Mehring (2014) Polity Press, Cambridge, Gran Bretaña y The Enemy. An Intellectual Portrait of Carl Schmitt por Gopal Balakrishnan (2000) Verso, Londres. Esta última obra contiene un pormenorizado análisis de los últimos años de la República de Weimar, Cap. 10, pp.138-154.

[viii]Hermann Heller (1891-1933) fue un constitucionalista socialdemócrata no marxista que polemizó con Schmitt, con Kelsen y con Max Adler. Heller promovía una reinterpretación de Hegel y la integración de los trabajadores al nacionalismo. Era de origen judío y debió partir al exilio en 1933 con su familia. Murió de un infarto en Madrid poco tiempo después.

[ix]  Brüning fue nombrado Canciller cuando “la gran coalición” encabezada por los socialdemócratas colapsó. Alemania enfrentaba las consecuencias de la gran crisis mundial del capitalismo y se requería que el gobierno tomara medidas para cumplir con el Plan Young (una reestructuración del pago de reparaciones por la Primera Guerra Mundial). Brüning adoptó medidas brutales que fueron rechazadas por el Parlamento (el Reichstag). El Presidente von Hindenburg aprovechó la oportunidad para declarar que el parlamento no servía y lo disolvió. Las elecciones trajeron aparejado un crecimiento importante de los comunistas y de los nazis. A partir de ese momento Brüning gobernó por decretos de emergencia y tampoco era un demócrata. Desde que tomó posesión se empeñó en limitar la libertad de prensa (se estima que 100 ediciones periodísticas fueron prohibidas mensualmente durante su mandato de 26 meses). Como solución para evitar un triunfo de los comunistas o de los nazis, Brüning empezó a promover un retorno a la monarquía prusiana de los Hohenzollern, consiguió el apoyo de varios partidos, excepto los nacionalistas, los comunistas y los nazis pero él pensaba en un príncipe y Hindenburg solo aceptaba la restauración del Kaiser Guillermo II (asilado en Holanda) por lo que terminó echando al Canciller católico en mayo de 1932.

[x]Walter Schotte (1886 – 1958) fue periodista derechista muy cercano a von Papen, fue su portavoz y le escribía los discursos. Los nazis no le tenían simpatía porque había puesto de manifiesto sus procedimientos y se dice que su campaña de propaganda en tal sentido le costó a Hitler perder dos millones de votos. Se salvó por poco en la Noche de los Cuchillos Largos, en 1934, pero después no fue perseguido.

[xi]  Cfr. De Grégoire Chamayou La Société ingouvernable. Une généalogie du libéralisme autoritaire, La Fabrique éditions, 2018, (ISBN 978-2-35872-169-1) . Du libéralisme autoritaire. Carl Schmitt, Hermann Heller. Traducción, presentación y notas de G. Chamayou. Zones, 2020, (ISBN 978-2355221484).

[xii]  Christian Witt, «Finanzpolitik als Verfassungs- und Gesellschaftspolitik. Überlegungen zur Finanzpolitik des Deutschen Reiches in den Jahren 1930 bis 1932», Geschichte und Gesellschaft, año 8, cuaderno 3, 1982, p. 386-414. p. 406. Citado por Grégoire Chamayou.

 

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