CINE: “Memoria”: Los demonios interiores que nos habitan

La tragedia y el conflicto que nutren la milenaria peripecia existencial del ser humano, los mitos ancestrales, las más arraigadas creencias y el mágico esplendor de la naturaleza constituyen el sustento temático de “Memoria”, el revulsivo décimo largometraje del laureado realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul, que indaga –con su habitual talante rupturista e iconoclasta-el paralelo, ignoto y a menudo ignorado y vituperado universo de la para-normalidad.

Este cineasta de fuste, que debutó en el largometraje en 2000 con su ópera prima “Mysterious Object at Noon”, ha desarrollado una carrera cinematográfica caracterizada por la originalidad de un cine atípico, que alcanzó importantes cimas con títulos de la densidad y el superlativo valor creativo de “Tropical Malady” (2004), “Misterioso objeto al mediodía” (2002), “Síndromes y un siglo” (2006) y “El hombre que podía recordar vidas pasadas” (2010).

En ese contexto, su filmografía indaga, en profundidad, en la siempre contradictoria condición humana, con particular énfasis en los demonios interiores, las creencias, las turbulencias psicológicas y el vínculo entre el ser humano y el tiempo.

Se trata de un cine profundamente espiritual, en el cual se conjugan la naturaleza con las sensaciones visuales y sonoras, las criaturas místicas y las voces que palpitan bajo la tierra,

Una de las señas de identidad de su obra es su permanente apelación al sueño, como mera evasión de una realidad a menudo chocante y dramática o como mixtura entre el plano de lo consciente y lo inconsciente. No en vano, es habitual que los personajes de sus relatos duerman, en una suerte de quiebre y disociación con una vigilia cargada de dramatismo.

Sus historias, ambientadas en su Tailandia natal a excepción de este film, sumergen al espectador más sensible en una dimensión surrealista no exenta de magia e intensa impronta simbólica.

Por ende, se trata de un autor inclasificable, que desafía permanentemente la imaginación del espectador, aunque su cine no se limita meramente a la dimensión metafísica, sino que también incursiona en el territorio de lo social.

Desde ese punto de vista, este es un cineasta conectado con el mundo en el cual interactúa, que observa y decodifica la peripecia humana a través de la lente de su cámara con una sensibilidad diferente y que trasciende todo abordaje epidérmico o baladí, tal cual sucede en el cine de industria.

No en vano, Weerasethakul –que obtuvo nada menos que dos galardones en el prestigioso Festival de Cannes y también fue aclamado en el Festival de Venecia- es un artista completo, que, desde 1998, monta exposiciones e instalaciones, en las cuales derrama toda su fina sensibilidad.

En tal sentido, tanto su cine como sus otras manifestaciones artísticas son parte de un proyecto creativo holístico y totalizador, que desafía recurrentemente la imaginación.

Esa poética de la imagen y del sonido no exento cuando es menester de silencios, está presente también en “Memoria”, su nuevo y magistral ejercicio reflexivo que pudimos disfrutar gracias al esfuerzo de Cinemateca Uruguaya, una institución paradigmática que promueve el cine independiente.

En esta narración sin dudas intrincada, hay una fuerte apuesta a lo paranormal, entendido como un estado del alma radicalmente opuesto a toda eventual racionalidad.

Esta palabra que en su primigenia acepción griega significa “al lado” o “al margen”, en alusión a un mundo presuntamente paralelo, está indisolublemente asociada a la parasicología, una disciplina que sigue sin ser considerada una ciencia por los tecnócratas más escépticos, prejuiciosos y exacerbados.

Aunque habitualmente se le relaciona con supuestas prácticas fantásticas y hasta fetichistas nacidas del folclore y la cultura popular, hay evidencias que corroboran que debería ser estudiada con otra seriedad y no desechada como si se tratara de una farsa. En efecto, no todos los fenómenos tienen explicación racional, en tanto lo paranormal es un territorio en disputa entre la ciencia, la religión y obviamente la parapsicología, que sorprende por sus permanentes apelaciones a cualidades como las percepciones extrasensoriales, la telequinesis, la telepatía, la clarividencia y hasta las supuestas y nunca comprobadas apariciones.

Algunas de estas cualidades parecen estar presentes en la protagonista de esta historia Jessica Holland (Tilda Swinton), una botánica inglesa expatriada que vive en Medellín, Colombia, donde dirige un negocio de jardinería.

A raíz de la extraña enfermedad respiratoria que padece su hermana Karen (Agnes Brekke), la mujer se traslada a Bogotá, donde comienza esta aventura cinematográfica que tiene mucho de insólito y tal vez poco de verosímil.

En ese contexto, el film comienza con un acontecimiento inusual pero no menos impactante, que pautará ulteriormente el desarrollo del relato, cuando Jessica despierta en la noche sobresaltada por un sonido semejante a una explosión, cuya racionalidad ciertamente no puede procesar.

Obviamente, su primera sensación es el miedo, ante la posibilidad que puede haber ingresado un intruso y ponga en peligro su vida. Por supuesto, también lucubra con la posibilidad que el supuesto ruido sea un mero producto de su imaginación.

Este inicial golpe de efecto pone a la protagonista –que se levanta sigilosamente- y hasta al eventual espectador en un estado de alerta. Sin embargo, no hay nadie más que ella en esa casa oscura y desolada. En ese contexto, la hipótesis más creíble sería que todo fue producto de una pesadilla que turbó e interrumpió el sueño de la mujer.

Empero, si la inicial secuencia signada por el misterio y la incertidumbre resulta una suerte de fuerte conmoción, más aun lo es lo que sigue, cuando las luces y las alarmas de numerosos automóviles aparcados en un estacionamiento comienzan a sonar incesantemente sin que nada aparentemente lo justifique.

Ese sonido atronador, que por su estridencia hiere los oídos, debería haber sido producido por algún movimiento o algún fenómeno inusual. Sin embargo, nada sucede y así como se inició se va apagando lentamente y todo queda en silencio.

Ya desde el comienzo, aflora uno de los elementos más recurrentes del cine del célebre realizador tailandés: la inmersión de sus personajes en un presunto universo onírico, que mixtura la vigilia con el sueño profundo.

Obviamente, esta mujer, que es una científica, también posee una singular sensibilidad estética para la poesía que demuestra en un encuentro con un escritor. Tal vez esa cualidad, que se traslada también a los sentidos, sea la explicación de  la hiper- acustia que tanto le inquieta.

Naturalmente, ese sonido seco que sólo ella percibe, se reitera hasta transformarse en una suerte de tortura que pone en tela de juicio la cordura de la protagonista.

En ese marco, esta botánica madura y tal vez excesivamente introvertida concurre a un estudio de grabación, con el propósito de intentar recrear ese sonido que tanto la inquieta.

En esta historia ambientada en Colombia y no su Tailandia natal como sus películas precedentes, abundan los personajes originales, como la atribulada hermana de la protagonista, que luego del accidente que le provocó su hospitalización padece una especie de amnesia o una antropóloga obsesionada con encontrar restos humanos.

Por supuesto, además del sonido o golpe interior que martiriza recurrentemente a esta atormentada mujer, la historia también está poblada de otros ruidos inherentes a la actividad humana. Sin embargo, todos parecen contener una simbología que, en algunos casos, tienen un correlato dramático.

Tal el caso de la explosión del caño de escape de un ómnibus, que semeja el disparo de un arma de fuego. En esas circunstancias, un hombre se arroja al piso para protegerse y luego huye presuroso de la escena temiendo por su vida.

Aunque obviamente la actitud de ese individuo ignoto parezca a priori irracional, realmente no lo es. No en vano, Colombia es uno de los países más violentos del planeta, donde abundan los conflictos políticos, el rampante autoritarismo estatal del pasado reciente y el narcotráfico de gran escala, que sigue siendo una suerte de flagelo para la población civil.

Ms allá de eventuales golpes de efecto, toda la historia está impregnada de una aureola metafísica, que conduce a la protagonista a un viaje sin rumbo a través de esplendorosos paisajes tropicales de inenarrable belleza, que respira y transpira naturaleza a raudales.

En este caso, hablan más los sonidos del ambiente que las voces humanas, en una extraña conjunción entre el asordinado laconismo de las personas y los guturales alaridos de las variadas especies que habitan la verde geografía, las sonoridades del viento y el murmullo del agua.

Tan extraño como ese ruido o golpe que se repite sin solución de continuidad y sólo escucha la atribulada mujer en su interior más profundo, es el ignoto campesino que encuentra en su camino, en un errático periplo que tiene mucho de existencialista.

El vínculo entre ambos deviene en una poética de silencios y sugestivas y elocuentes gestualidades, registradas por una cámara fija que sugiere paz y plenitud espiritual.

Empero, esa apacible mansedumbre nada inanimada y poblada de sensaciones, contrasta súbitamente con disparos, gritos, explosiones y otras expresiones dramáticas captadas extrasensorialmente, que evocan tiempos de conmoción y violencia fratricida.

Aunque no se explicite, esas son realmente las voces de la memoria histórica, de las guerras civiles del pasado, de la enconada pulseada bélica entre guerrilleros y militares, del terrorismo del Estado y, naturalmente, hasta de la actividad de los narcotraficantes que, con su inconmensurable poder económico, siguen gobernando el país entre bambalinas.

Toda la historia está impregnada de una atmósfera si se quiere casi sobrenatural, que derrama misterio pero también testimonio y permanente recurrencia meditativa.

Más allá de su caligrafía intransferiblemente surrealista, esta película reconstruye, mediante un lenguaje alegórico, los gozos y las sombras de una humanidad atribulada, que se alimenta del odio y el conflicto, pero también del amor, la piedad y la solidaridad, en una cosmogonía que condensa todas las emociones y sensaciones introyectadas en nuestra psiquis.

Ese contraste entre la luz y la oscuridad del pasado y el presente del mundo y la comarca, es una suerte de parábola sobre el destino último del homo sapiens predador pero también del homo sapiens creador. Esa dicotomía, que es apenas sugerida, adquiere en este caso un mensaje de talante claramente redentor.

“Memoria” es un film de singular belleza estética y profundo acento humanista, que reflexiona sobre las creencias ancestrales, la religión, el arraigo, los demonios que habitan en nuestro interior, la violencia, el autoritarismo, la represión y la violación de los derechos humanos, tanto la explícita como la soterrada.

En esta película sin dudas inclasificable y ajena al cine de género, la postura hierática y si se quiere inexpresiva de la talentosa Tilda Swinton- quien habla un perfecto español- es naturalmente deliberada, porque el personaje que encarna se lo requiere.

Esta propuesta cinematográfica, que destaca naturalmente por su inusual originalidad y densidad conceptual, corrobora que Apichatpong Weerasethakul es un director de culto, cuya producción creativa está dirigida a un espectador tan exigente como sagaz e inteligente, capaz de decodificar un cine complejo y profundamente introspectivo, que trasciende obviamente a los cánones de la filmografía comercial, meramente gastronómica y de consumo liviano.

FICHA TÉCNICA

Memoria. Colombia-Tailandia-Reino Unido- México 2021. Guión y dirección: Weerasethakul Apichatpong. Edición: Lee Chatametikool. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Música. César López. Reparto: Tilda Swinton, Agnes Brekke, Jeanne Balibar, Daniel Giménez Cacho, Juan Pablo Urrego, Elkin Díaz, Constanza Gutiérrez Aida Morales y Gerónimo Barón.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

  

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