CINE: “Crímenes del futuro”; Humanidad decadente y al borde del colapso

Las insólitas mutaciones provocadas por el cambio climático y los desastres ambientales propios de un planeta radicalmente intoxicado y devastado por la irresponsable actividad predatoria de un modelo de desarrollo insostenible, la paulatina deshumanización de un homo sapiens cada vez más alienado y la naturalmente imposible e improbable abolición del dolor físico y de la sexualidad carnal tal cual la conocemos, son los cuasi inverosímiles núcleos temáticos de “Crímenes del futuro”, el flamante y por supuesto revulsivo largometraje del iconoclasta realizador canadiense David Cronemberg.

En más de un título de su ya profusa producción cinematográfica, que siempre ha alimentado abundantemente la controversia.

Cronemberg tomó siempre como materia prima de su obra el cuerpo y sus patologías físicas y emocionales, corroborando su intrínseca y compulsiva libertad creativa.

Esta película condensa las obsesiones de un cineasta sin dudas polémico, cuya obra siempre ha discurrido -en forma prácticamente simétrica- entre la más religiosa veneración y el más contundente de los rechazos.

En efecto, el cine de Cronemberg, que obviamente a ningún cinéfilo que se precie de tal deja indiferente, siempre ha retratado las peores alienaciones y obsesiones del ser humano, en una construcción psicológica y estética que casi siempre mixtura lo bizarro con lo surrealista.

En ese contexto, el creador ha logrado construir una reputación que lo distingue nítidamente de sus colegas, que ha otorgado visibilidad al terror en todas sus más variadas dimensiones, incluyendo, por supuesto, la sobrenatural.

En efecto, al habitual desvarío psicológico de sus personajes se suma el regodeo casi enfermizo con la monstruosidad, partiendo de la premisa que el ser humano –concretamente el homo sapiens del presente- está en permanente evolución.

Esta visión si se quiere de impronta darwiniana aunque pueda ser contradictoriamente acientífica y hasta desmelenada, está presente, por ejemplo, en su habitual inclinación a trabajar diversas patologías como la parafilia, el sadomasoquismo, el dolor, el sexo en sus expresiones más extremas y hasta escatológicas, las mutaciones y la enfermedad.

Todas estas improntas, que transforman al realizador canadiense en una suerte de creador inclasificable, están presentes en recordados títulos como “El almuerzo desnudo” (1991), “Scanners” (1981), “Zona muerta” (1983),  “Cuerpos invadidos” (1983) y “La mosca” (1986). En tal sentido, “Crímenes del futuro” es un retorno del director a sus propias fuentes y un reencuentro con esas temáticas sin dudas inquietantes.

Empero, este atípico cineasta también ha creado obras que se desmarcan en parte de esa vertiente artística, como “Crash (1996), “M. Buterfly” (1993), “Polvo de estrellas” (2014) y “Cosmópolis” (2012), que, en mi opinión personal, es su mejor película, porque construye un cuadro de crudo realismo –exento de toda fantasía- que recrea la dantesca escenografía de la demoledora crisis económica estadounidense de 2008 y sus consecuentes derivaciones planetarias.

Empero, tal vez el universo cinematográfico donde Cronemberg se siente más cómodo no sea precisamente el cotidiano, sino el de sus lucubraciones más icónicas y desquiciadas.

En este caso, la peripecia cinematográfica está ambientada en un futuro indefinido pero tal vez post –apocalíptico, en el cual, como por arte de magia, la humanidad ha logrado abolir el dolor y, por ende, también el miedo.

En tal sentido, Cronenberg nos sorprende en el comienzo con un estremecedor golpe de efecto, cuando un niño que juega en las orillas de una playa con el fondo de un barco presuntamente semi-hundido que se alza como una inmensa mole en el horizonte o tal vez un bíblico y alegórico Leviatán emergido que anticipa el inexorable apocalipsis, es luego asesinado por una mujer, que lo asfixia sin piedad con una almohada.

Antes, el extraño chico engulle con voracidad una papelera de plástico, lo que ya de por sí sugiere algo inquietante. ¿Era realmente un humano como nosotros, una mera réplica o poseía enzimas capaces de degradar ese sintético material?

Aunque esta hipótesis pueda ser absurda y obviamente lo es, si el sistema digestivo del ser humano tuviera la capacidad de procesar y digerir esos materiales de desecho sería una solución a dos problemas cruciales: el hambre y la contaminación.

En esta lucubración de trazo pesadillesco propia del universo artístico personal de Cronemberg, hay seres humanos que se alimentan como este niño, quienes son duramente reprimidos por una suerte de guardia pretoriana que, sin demasiado esfuerzo, nos induce a recordar a la Policía del Pensamiento pergeñada por la profusa imaginación del eminente novelista británico George Orwell, en su magistral novela de anticipación “1984”, ulteriormente adaptada al cine.

En este libro sin dudas ineludible para analizar la psicología del autoritarismo estatal, esta organización represiva utiliza máquinas denominadas telepantallas y también grabaciones, que permiten vigilar y monitorear permanentemente a las personas, aun en la intimidad de su hogar. Es, naturalmente, un sofisticado arsenal de control social, muy efectivo para castigar a los eventuales terroristas u opositores, que desafían el statu quo de un orden dictatorial.

 Así es la escenografía sombría y decadente de “Crímenes del futuro”, el despiadado retrata una sociedad sometida y resignada inexorablemente a la paulatina autodestrucción.

Esa primera secuencia, que naturalmente estremece al espectador de pies a cabeza, inicia un periplo argumental que tiene un trazo deliberada y salvajemente surrealista.

En ese marco, todas las certezas que conocemos se derrumban estrepitosamente y la realidad muta rumbo a estadios de superlativa alienación siempre signados por el caos, que, aunque parezca contradictorio, en este caso concreto está rigurosamente ordenado.

En tal sentido, los protagonistas de esta historia realmente insólita de una sociedad en tránsito hacia una metamorfosis que supuestamente les permitirá sobrevivir, son  Tener (Viggo Mortensesn) y Caprice (Léa Seydoux), quienes realizan performances clandestinas para un público enajenado y amante de lo escabroso, que observa con admiración cómo el hombre desarrolla nuevo órganos en su cuerpo y hasta –aunque parezca inverosímil- sesiones de sexo quirúrgico, obviamente sin dolor, que permiten a los participantes experimentar un profundo placer sin necesidad de tener contacto directo de piel. Esta actividad que tiene poco de científica pero si mucho de tecnológica, se practica con rayos laser. Luego, los nuevos órganos seccionados son exhibidos a los clientes y hasta vendidos.

Este parece ser el espectáculo preferido de consumo masivo, en lugar de eventuales pasatiempos o expresiones culturales como las artes plásticas, la lectura, el teatro y hasta el cine.

Como el dolor no existe, estas son torturas consentidas o bien irracionales actos de barbarie muy similares a los que practicaban los nazis, con la diferencia que los órganos extirpados, que no afectan la salud del eventual paciente sometido a cirugía, pueden ser retirados de su cuerpo sin poner en riesgo su vida.

 Otro personaje peculiar de este film desquiciado y desquiciante pero no menos original y fascinante por su planteo profundamente reflexivo es Timlin ( Kristen Stewart), una burócrata del kafkiano registro oficial encargado de recolectar los nuevos órganos. Para concurrir a ese lugar, el extraño artista esconde su identidad y su cuerpo dentro de una túnica roja y hasta oculta su rostro, con el propósito de no ser reconocido durante el trayecto.

No falta un padre desolado que se acerca a la pareja con el cuerpo de un hijo asesinado por su madre al comienzo de la película, que aspira a que estos profesionales de la farsa pseudo-científica experimenten con el cadáver.

En este film tan absurdo como genial, otra originalidad es el masaje mecánico al cual se somete el extraño protagonista de la performance mientras ingiere un alimento extraño, que ciertamente no tiene nada de orgánico pero parece nutritivo.

Abrevando de un guión sin dudas inteligente por su irreverente y ciertamente desenfrenada creatividad, David Cronemberg retoma las temáticas, las simbologías y las tópicos de sus obras más polémicas y populares, en una nueva apuesta fuerte y aun más osada, destinada a escandalizar a los críticos y al público más ortodoxo y conservador.

Aunque pueda generar rechazo y hasta asco y repulsión en el espectador más susceptible y no habituado a consumir estos productos artísticos trasgresores y nada convencionales, “Crímenes del futuro” es bastante más de una historia de terror absurdo como tantas otras que anegan las pantallas del circuito comercial. Es sí la personal mirada de un cineasta transgresor –compartible o no- sobre una humanidad en estado de acelerada degradación que, para sobrevivir, debe adaptarse y hasta despojarse de toda racionalidad.

En ese contexto, esta película sin dudas atípica por su revulsiva estética y por sus lucubraciones fantásticas y hasta metafísicas, reflexiona, aunque no lo admita explícitamente con palabras pero si con actitudes, gestualidad y elocuentes imágenes, sobre la radical decadencia de un modelo civilizatorio y productivo que se está desmoronando aceleradamente por la irresponsabilidad humana y un sistema productivo predador, que genera contaminación ambiental, cambio climático y desastres naturales, además de nuevas enfermedades, hambrunas, guerras de impronta imperialista y dramáticos cuadros de desoladora desigualdad y miseria social, material y hasta espiritual.

FICHA TECNICA

Crímenes del futuro (Crimes of the Future). Canadá-Reino Unido-Grecia 2022). Guión y dirección: David Cronenberg. Música: Howard Shore. Fotografía: Douglas Koch. Edición: Christopher Donaldson. Reparto: Viggo Mortensen, Léa Seydoux, Kristen Stewart, Scott Speedman, Don McKellar, Welket Bungué, Tanaya Beatty, Nadia Litz y Denise Capezza. 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

  

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