CINE: “Retrato de una mujer en llamas”: Rebelión contra la libertad amputada

La despiadada represión hacia el sexo femenino, el drama de la soledad y el aislamiento, el más amargo desencanto y el amor emancipador que explora la carnalidad pero también la espiritualidad, constituyen los revulsivos polos temáticos y argumentales de “Retrato de una mujer en llamas”, el transgresor, rupturista y no menos osado largometraje de la realizadora francesa Céline Sciamma.

 Dueña de una sensibilidad a flor de piel que ha sabido derramar caudalosamente en su aun breve pero tan potente como original producción cinematográfica, Sciamma es hoy, sin dudas, una de las creadoras más prometedores del cine galo y del europeo.

En ese contexto, su cine es profundamente intimista, en la medida que explora los más intrincados laberintos de la condición humana, con una fuerte apuesta a la peripecia de la mujer, en un mundo aún gobernado por el sexo masculina.

Desde ese punto de vista, su producción es una suerte de militancia por el arte de género, que se involucra y nos involucra en los conflictos y las diversas inflexiones de una sociedad siempre mutable, pero que, en lo sustantivo, mantiene enhiesto el statu quo patriarcal de siempre.

No en vano, la mayoría de los personajes que habitan sus historias son precisamente mujeres, en sus diversas etapas de desarrollo temporal, desde las tempranas edades de la pre-adolescencia, en algunos casos impregnadas por la precocidad, hasta la adultez.

En tal sentido, su primer largometraje, “Lirios de agua” (2007), resulta realmente contundente sobre esa tendencia a hurgar en el universo femenino, a partir de una adolescente que se obsesiona con una amiga bastante más madura y desarrollada.

Se trata, naturalmente, de una metáfora que analiza los diversos conflictos derivados del autodescubrimiento sexual, en una apuesta osada que puede interpretarse, aunque realmente no lo es, como una mera apología al lesbianismo.

Ese discurrir se explicita con otras tonalidades en su segunda entrega intitulada “Tomboy” (2011),  en la cual alude a la infancia LGBT, que narra las vivencias y dificultades de inserción de una niña que opta por mutar en chico. Aquí también hay una fuerte apelación al siempre escabroso tema de la identidad de género, en una edad caracterizada por las incertidumbres y la indefinición.

En cambio, su tercer largometraje Girlhood” (2014), cambia radicalmente la textura temática de su cine, a partir de la peripecia de una adolescente negra. En este caso concreto, la mirada de la realizadora se posa en el paisaje social habitado por su protagonista, que es visualizado como una escenografía de alto riesgo para los jóvenes inmigrantes que sobreviven, como pueden, en un contexto de pobreza y la más cruda segregación.

Mediante una madurez creativa que deviene paulatinamente en experiencia y sabiduría acumulada en su breve pero prolífico itinerario artístico, la cineasta francesa concibió “Retrato de una mujer en llamas”, un proyecto aun más ambicioso, que indaga, desde variados ángulos de observación, el recurrente tema de la represión hacia la mujer.

No en vano, en este caso la controvertida creadora opta por ambientar su nueva obra nada menos que en la segunda mitad del siglo XVIII en la Bretaña francesa, cuando la mujer, salvo excepciones marcadas naturalmente por su rango social o su rancio abolengo, eran tratadas como meros objetos ornamentales.

En ese contexto, este relato, que ganó el premio al Mejor Guión en el Festival de Cannes, es, más allá de su título en castellano, un auténtico retrato de la rebelión de dos mujeres contra la opresión de un modelo de convivencia absolutamente autoritario.

La protagonista de esta historia, que mixtura paisajes marinos de sobrecogedora belleza ambiental con espacios oscuros y decadentes apenas iluminados por velas, es Marianne (Noémie Merlant), una docente y joven pintora, cuya misión será retratar a la hija de una noble, quien, tras abandonar el ominoso claustro de un convento, deberá casarse por encargo con un hombre que no conoce y a quien, obviamente, no ama.

Desde las primeras secuencias, la historia conmueve por la valentía y coraje de esta artista de cuyo pasado nada se sabe, quien viaja a bordo de una barcaza rumbo a su destino. En el transcurso de un cruce si se quiere bastante agitado y azaroso, su material de trabajo cae al océano. Sin embargo, demostrando todo su indomeñable temperamento, se lanza raudamente al agua y lograr rescatarlo antes que se hunda para siempre.

En buena medida, este episodio pinta de cuerpo entero a esta bizarra mujer, que, no bien arriba a una inmensa finca costera que seguramente conoció tiempos mejores, donde es recibida por la humilde criada Sophie (Luàna Bajrami), se desnuda íntegramente junto a la estufa a leña para secar su ropa, mientras bebe vino y fuma en una pipa.

Se trata de una fémina emancipada, quien deberá lidiar con la madre de la futura retratada, una condesa encarnada por la talentosa Valeria Golino, quien le encarga que pinte a su hija Hélöise (Adèle Haenel), sin que esta lo advierta.

La clave es que esa pintura, que deberá resaltar la esplendorosa y mágica belleza de la joven, será entregada a un noble de Milán que se propone desposarla. Se trata de un casamiento de conveniencia, en el cual la novia, despojada absolutamente de su voluntad, deberá acatar el mandato de su imperativa progenitora.

Empero, tanto esa enorme casona –que está virtualmente deshabitada- como los personajes femeninos que interactúan en una escenografía siempre minimalista, encubren un secreto estremecedor: la muerte de la otra hija de la condesa, que cayó desde lo alto de un acantilado o bien se arrojó al vacío. Pese a que no se explicita, queda bastante claro que la infortunada joven fue también víctima de una familia opresiva y decidió liberarse del yugo quitándose la vida.

Céline Sciamma, a la sazón también guionista, apela a diversos recursos visuales para recrear descarnadamente la traumática peripecia de tres mujeres, incluyendo también a la criada, que luchan denodadamente por reivindicar su derecho a vivir, en el contexto de libertades terriblemente conculcadas.

En ese marco, la inmensa construcción, oscura, húmeda y castigada por el rigor de las tormentas costeras, simboliza la decadencia pero también la opacidad de una peripecia compartida contaminada por el desencanto.

El desarrollo de la historia, de una morosidad narrativa y de un minimalismo extremo, sólo contrastado por la belleza de una pintura en evolución que condensa todas las inflexiones emocionales de la retratada, da cuenta de una pasión que crece incesantemente al calor de una rebeldía deliberadamente desmesurada.

En tal sentido, uno de los momentos más simbólicamente elocuentes de ese paisaje femenino desgarrado por la opresión, es el aborto al cual es sometida la criada, quien, por su rol mínimo en la sociedad de la época y su soltería, no parece tener derecho a la maternidad.

Empero, más allá de eventuales externalidades- no menos trascendentes- el corazón mismo de la historia es el vínculo, a menudo conflictivo, entre la retratista y la retratada, que deviene, a la sazón, en un apasionado amor lésbico.

En realidad, ese tan efímero como imposible romance, es el lógico corolario de un vínculo de complicidad que se desarrolla entre ambas mujeres, que excede naturalmente a sus respectivos roles y trasciende al estatus quo hegemónico de la época.

Empero, el erotismo que se condensa con artística intensidad en la pantalla, es la representación iconográfica de un desesperado intento de las jóvenes protagonistas por romper con el cerco opresivo de los prejuicios, los tabúes y las cortapisas a la libertad individual.

No en vano, la realizadora apela al mito de Orfeo y Eurídice, dos personajes mitológicos que recrean el arte y la belleza, pero también la tragedia cruzada por un aciago destino. En este caso, la invocación de esta leyenda es un recurso alegórico, que sugiere que el amor trasciende a la muerte.

 

Contrariamente a lo que sucede con la dramática peripecia de la legendaria Eurídice, aquí la muerte no es la extinción en si misma del cuerpo, sino la claudicación de la voluntad aherrojada por el compulsivo y despiadado autoritarismo de un modelo social –felizmente en vías de extinción en el presente- que amputa la voluntad, en este caso, de una joven mujer que sólo aspira a ser feliz y al pleno usufructo de su libertad.

Céline Sciamma, jugada claramente a una activa militancia feminista sin concesiones en su revulsiva producción cinematográfica y en su condición de confesa lesbiana, interpreta cabalmente el sentimiento de desolación experimentado por seres humanos literalmente aplastados por una auténtica dictadura patriarcal.

En tal sentido, la oportuna apelación a la música diegética, con todas sus variadas tonalidades acústicas y a la formidable proeza de Las Cuatros Estaciones del insigne compositor veneciano Antonio Vivaldi, en este caso el invierno, comportan una auténtica metáfora de la desolación espiritual de las protagonistas, retratada en la magia del pentagrama.

La interpretación protagónica de las cuatro actrices- en un relato sin personajes masculinos- resulta, sin dudas, de altos quilates histriónicos, que trasuntan las inflexiones emocionales de seres humanos que se rebelan contra la amputación de su libertad.

“Retrato de una mujer en llamas” es una película de superlativa belleza estética de impronta barroca y de un elocuente simbolismo conceptual, que reflexiona –mediante un discurso cinematográfico de lenguaje  irreverente- acerca del amor, la sexualidad, la homosexualidad, la cuestión de género, la represión y el arte como vehículo expresivo de las más inextricables y complejas emociones humanas.

 Ficha técnica

Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu). Francia 2019. Dirección: Céline Sciamma. Guión: Céline Sciamma Fotografía: Claire Mathon. Música: Para One, Arthur Simonini. Edición: Julien Lacheray. RepartoNoémie Merlant, Adèle Haenel, Luana Bajrami, Valeria Golino, Christel Baras, Cécile Morel, Armande Boulanger y Michèle Clément.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

  

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