CINE “La biblioteca de los libros olvidados”: La cultura con valor de mercado

El casi intangible vínculo entre la hegemónica economía del mercado en el arte -concretamente en la literatura- y los habituales delirios intelectuales de una sociedad culta pero hoy algo devaluada por los fundamentalismos ideológicos como la francesa, es el muy novedoso disparador temático de “La biblioteca de los libros olvidados”, la comedia irónica y no exenta de reflexión y resonancias detectivescas del inquieto  realizador galo Rémi Bezançon.

El film aborda la eterna dicotomía entre la producción literaria de verdadera calidad y la meramente gastronómica y de liviana lectura, en un disfrutable contrapunto que analiza los prejuicios y los habituales misterios que encierra el denominado fenómeno de los autores anónimos.

No es secreto, obviamente, que el tradicional libro objeto, que lucha denodadamente para sobrevivir en una enconada competencia con el hoy invasivo soporte digital, constituye un auténtico pilar de la cultura de las comunidades humanas.

En el centro de la disputa está, naturalmente, la paulatina pérdida del hábito del lectura que impacta a las nuevas generaciones, recurrentemente seducidas por la iconografía de la imagen y por los productos instantáneos meramente gastronómicos y de muy fácil consumo.

En ese contexto, el libro tangible en envase impreso, que ha venido perdiendo clientes por la irrupción de una auténtica catarata de productos culturales audiovisuales, corre riesgo de desaparecer. La consecuencia sería un dramático retroceso y la ruptura del histórico y centenario vínculo de complicidad entre el lector y el autor.

No obstante, si bien la literatura en sus variados géneros y expresiones siempre fue un pilar fundamental de la formación cultural y de la construcción de la sensibilidad del individuo, el veloz avance de la tecnología la ha venido horadando, particularmente en las sociedades periféricas, recurrentemente atraídas por los cantos de sirena del mercado, cuyo único objetivo es el lucro y no enriquecer el intelecto y el espíritu.

Esa tendencia ha sido potenciada por países con gobiernos que han vaciado de contenidos los proyectos educativos y los sustituyen o sustituirán, como está sucediendo en Uruguay con la mentada “transformación educativa” de la derecha más rabiosa, por el mero anclaje en las competencias para insertarse en el mercado laboral, en detrimento de la enseñanza de raigambre humanista, del desarrollo intelectual y del sentido crítico.

A esta contingencia, que no es casual pero es obviamente regresiva, han contribuidos los grandes conglomerados editoriales –muchos de ellos multinacionales- que suelen apostar a la publicación y el ulterior consumo de títulos meramente pasatistas,  despojados de todo componente sustantivo. Por supuesto, el propósito es, además de vender, amputar a los jóvenes de las herramientas de impronta reflexiva que, en el pasado, gestaron generaciones impregnadas de pasional sentido transformador que desafiaron al statu quo dominante.

Esta suerte de conspiración silenciosa, cuyo único propósito es abolir el debate y mantener controlados a quienes pueden poner en peligro los intereses de la oligarquía, es, en realidad, un efectivo mecanismo de control que ejercen los grandes centros de poder.

No en vano, en nuestro Uruguay, la mayoría de los libros que alcanzan la cima en los rankings de venta son productos muy livianos y en muchos casos de autores extranjeros, con una clara preponderancia de la literatura de aventuras o meramente fantástica de baja calidad y, particularmente los apócrifos manuales de autoayuda dirigidos básicamente a jóvenes y adultos, cuyo objetivo es manipular conciencias, mediante una estrategia claramente desmovilizadora.

Incluso, es normal que obras de superlativa calidad creativa jamás lleguen a las empresas editoriales y sean publicadas como meras ediciones de autor, lo cual – por falta de apoyo publicitario- condiciona su distribución y su eventual venta.

Si bien en el continente europeo no parece suceder exactamente lo mismo, lo concreto es que igualmente el mercado sigue marcando las tendencias, por la masiva difusión del material taquillero y las reseñas de críticos a menudo bastante complacientes y funcionales a los intereses de los grandes grupos económicos que gobiernan el negocio global.

En tal sentido, “La biblioteca de los libros olvidados” mixtura la parodia de sesgo satírico con el thriller y la reflexión, una combinación que, por su variopinta originalidad, no es nada frecuente en la producción cinematográfica.

En este  caso, el film se desmarca de algunas de las comedias francesas más populares del presente por sus planteos esquemáticos y poco imaginativos, que suelen incursionar en el romance liviano, en los conflictos familiares y hasta, con excepciones, en la temática social.

En ese marco, el realizador galo desestima toda tentación lacrimógena o simplista, para abordar una temática que -aunque no es ciertamente original- tiene más aristas económicas que artísticas.

En ese contexto, el protagonista de este relato es Jean-Michel Rouche (Fabrice Luchini, un actor talentoso y carismático del cine galo), que en este caso interpreta a un crítico literario que pontifica a la audiencia desde un canal de televisión.

En ese contexto y por tener una gran visibilidad y exposición, sus consejos suelen ser atendidos por los potenciales lectores, que consumen casi siempre lo que el recomienda.

En cambio, aunque es un bibliófilo culto como tantos de sus colegas, ignora olímpicamente la obra de otros autores, como si estos no existieran, porque no encuadran dentro de las preferencias de los consumidores.

Esta situación, que tiene mucho de segregación y desprecio, despierta la ira de Frederic Koska (Bastian Boullon), un joven escritor frustrado, ya que su primera novela, “La bañera”, ha sido ignorada y se transformó en un resonante fracaso comercial. Por supuesto, no se resignará a su suerte y, en ese contexto, urdirá un plan secreto para salir del anonimato que lo deprime.

En paralelo, su novia Daohné Despero (Alice Isaa), una joven editora obsesionada por vender, busca sin pausa ni descanso un material publicable y capaz de impulsar su carrera empresarial en el mercado del libro.

En esas circunstancias, se entera de la existencia de la denominada “Biblioteca de los libros olvidados”, en la región de Bretaña, una suerte de depósito o cementerio de libros donde yace el material bibliográfico desechado por el mercado.

Enorme es su sorpresa cuando allí encuentra el manuscrito de un material inédito, cuyo autor, aparentemente, no es ni más ni menos que un panadero y pizzero fallecido, llamado Henri Pick. El título de la ignota novela es “Las últimas horas de una historia de amor”,  la cual narra, paralelamente, el ocaso de una relación amorosa y la agónica muerte del gran poeta ruso Aleksandr Pushkin, debido a una herida recibida durante un duelo con un militar francés.

La calidad literaria del texto sumada a la fantasía de que presuntamente fue concebido por una persona sin cultura ni antecedentes, originan la publicación de la obra, que -por los entretelones que rodean a ese autor anónimo e incapaz de tal proeza creativa- deviene en un impactante éxito de ventas.

A partir de este inspiradísimo disparador argumental, la historia muta en una suerte de investigación detectivesca al mejor estilo de la célebre novelista británica Agatha Christie, cuando el inquieto crítico duda del origen y la autenticidad del hallazgo.

En ese marco, la película se transforma en una disfrutable comedia de sesgo cuasi policial, con picos de humor bien desenfadado no exento de ironía y en un maratón de pesquisas destinado a esclarecer la verdad, cargada de dudas razonables y con un fuerte tufillo a fraude.

Por supuesto, la enmarañada madeja, que está prohibido develar para no frustrar al eventual espectador- también transformado a la sazón en una suerte de detective- se desenreda recién en los últimos diez minutos del relato.

Empero, más allá de su mero formato de comedia de ritmo narrativo ágil y muy disfrutable, este film está lejos de ser propiamente una trama policial, ya que no hay asesinatos, policías ni delincuentes y menos aun violencia. Sí, obviamente, abundan el suspenso y los cabos sueltos que deberá encontrar el improvisado pesquisante.

“La biblioteca de los libros” olvidados es una película que no pasará para nada inadvertida para los cinéfilos de paladar fino que degustan con fruición del cine francés, en tanto indaga en tópicos realmente trascendentes como la injerencia del mercado en el negocio editorial, la frivolización y ritualización de la cultura y el paulatino vaciamiento de una sociedad cada vez más aferrada a un statu quo apócrifo y devaluada en sus valores más intrínsecos.

La riqueza del libreto, la afiatada dirección de actores a cargo del cineasta Rémi Bezançon y la siempre estupenda interpretación protagónica del versátil Fabrice Luchini, transforman a esta película en una propuesta tan entretenida como subyugante.

FICHA TÉCNICA

La biblioteca de los libros olvidados. (Le mystère Henri Pick). Francia 2019. Producción: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer y Isabelle Grellat. Dirección: Rémi Bezançon. Guión: Rémi Bezançon, Vanessa Portal y David Foenkinos. Fotografía: Antoine Monod. Montaje: Valérie Deseine. Reparto: Fabrice Luchini, Bastien Bouillon, Camille Cottin, Alice Isaaz y Josiane Stoléru.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

 

 

 

  

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