CINE | “Los años más bellos de una vida”: El amor como bálsamo redentor

El amor como redención y bálsamo contra el dolor de la pérdida, la ruptura y la decrepitud de la ancianidad, es el singular eje temático de “Los años más bellos de una  vida”, la secuela definitiva de “Un hombre y una mujer” (1966), el clásico drama romántico del gran Claude Lelouch que conmovió, hace nada menos que cincuenta y seis años, a toda una generación de cinéfilos, ávidos por consumir un obra de alta calidad artística en un género abundante en productos livianos y de dudosa calidad.

Este nuevo film de 2019, retoma la pareja protagónica del título original, integrada por el hoy ya fallecido Jean Louis Trintignant y la estupenda Anouk Aimée, ambos por entonces ya octogenarios y retirados de la actividad.

Sin embargo, convocados nuevamente por Lelouch, accedieron a abandonar su ostracismo y participar en esta nueva historia, que transcurre, naturalmente, en una escenografía, en un momento y en un contexto radicalmente diferente. En tal sentido, este relato ignora la segunda entrega de este idilio fímico, “Un hombre y una mujer veinte años después (1986), que por entonces pasó sin pena ni gloria.

Como se recordará, “Un hombre y un mujer” es la historia de un tan tórrido como efímero romance entre Jean Louise Duroc (Jean Louis Trintignant), un famoso y seductor corredor de carreras profesional y Anne Gauthier (Anouk Aimée), una guionista de cine. Aunque el hombre es padre de un hijo y ella de una hija, ambos tienen en común que han enviudado y, por ende, nada los ata afectivamente a una pareja más que el recuerdo y la memoria de un amor pasado.

El film de 1966, que obtuvo el Oscar al Mejor Film Extranjero de 1967 y al Mejor Guión ese mismo año, el Globo de Oro a la Mejor Película en Lengua no Inglesa en 1967 y la Palma de Oro en el Festival de Cannes, entre otros relevantes galardones, se transformó en un auténtico éxito de taquilla, en un tiempo histórico de guerra fría pero también de fermentales utopías libertarias.

No en vano, esta película, de superlativa calidad cinematográfica, impactó a las audiencias de todo el planeta, en un año bisagra de la agitada década del sesenta del siglo pasado, en vísperas del asesinato del guerrillero argentino cubano Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, en 1967, y del emblemático y libertario Mayo Francés de 1968, que sacudió, con singular intensidad, las estructuras ideológicas del mundo y se transformó en un potente y no menor arrollador alarido emancipador, que se tradujo en multitudinarias manifestaciones estudiantiles en rechazo a los antivalores de la sociedad de consumo, al capitalismo predador, al autoritarismo y al imperialismo.

Por esos tiempos, en nuestro país comenzaba a naufragar definitivamente el Estado de Bienestar subsidiario del neo-batllismo y la democracia burguesa iniciaba un inexorable y dramático declive rumbo a la prepotencia del gobierno criminal de Jorge Pacheco Areco, en un clima de creciente polarización y violencia política que devino ulteriormente en la dictadura liberticida instalada en 1973.

Tal vez esa atmósfera de exacerbación –que movilizó a toda una generación impregnada de sueños y utopías y consumidora de películas de fuerte contenido político no exento de rasgos proselitistas- explique, de algún modo, una búsqueda diferente por parte de millones de espectadores de todas las latitudes.

Empero, al igual que la no menos brillante “Anónimo veneciano”  (1970), del actor y cineasta italiano Enrico María Salerno, “Un hombre y una mujer” propone una mirada sobre el romance madura y no exenta de asperezas, que se desmarcó claramente de los clichés de la comedia romántica del cine de industria liviano y meramente gastronómico.

Esta película –que marcó un antes y un después en la producción cinematográfica de un género tan taquillero como la comedía romántica, discurre particularmente a través de las miradas, las caricias, las insinuaciones y el sexo con encuadre artístico, pero también de la poesía y de los diálogos inteligentes en torno a los aspectos más trascendentes de la vida.

Uno de los valores sin dudas más resaltables de este largometraje inolvidable, que visioné en mi adolescencia, es la caligrafía visual de los tonos íntimos de estética nostálgica, mediante una magistral fotografía que mixtura el blanco y negro con el color.

En ese contexto, el realizador privilegia la escritura ambiental en paisajes signados por la diversidad, donde los protagonistas caminan por una playa, navegan o almuerzan con sus hijos.

Se trata de una historia de encuentros y de pasiones desenfrenadas, pero también de desencuentros que culminan en separación, que se procesa a contrapelo de los sentimientos.

Fue precisamente ese final abierto que originó “Un hombre y una mujer veinte años después” (1986), que, pese a ser también dirigida por Claude Lelouch e interpretada por los mismos personales protagónicos del largometraje original, pasó sin pena ni gloria por las salas cinematográficas del orbe.

Por entonces, el público y particularmente la sensibilidad de los espectadores había cambiado, no sólo por tratarse de un tiempo histórico diferente sino también por las nuevas tendencias del cine de industria, cada vez más apegadas a los productos de digestivo consumo y la taquilla.

Cincuenta y tres años después y cuando nada permitía ni mínimamente pronosticarlo, Claude Lelouch, autor de una filmografía tan extensa como variada en sus temáticas e inflexiones artísticas, que incluye entre otros títulos,  “Vivir por vivir” (1967), “El hombre que amor” (1969),  “Simon el bribón” (1970),  “La aventura es la aventura” (1972),  “Toda una vida” “1974” y “Los miserables” (1995), se propuso y ciertamente lo logró, cerrar el tríptico iniciado en 1966 con una secuela definitiva, que rescata a los dos icónicos amantes de ficción que nos emocionaron en nuestra adolescencia.

Por supuesto, aunque ambos estaban retirados de la actividad, tanto Jean Louis Trintignant como Anouk Aimée aceptaron el desafío de regresar a los estudios cinematográficos para encarnar a los mismos personajes que los transformaron en famosos en su juventud: Jean Louis Duroc y Anne Gauthier.

La radical diferencia con el largometraje original de esta disfrutable secuela, es la edad biológica de ambos, quienes, obviamente, ahora son ancianos. Por supuesto, sus rostros lucen deteriorados y surcados por las arrugas tatuadas por el tiempo y sus miradas han perdido parte del encanto y la magia que únicamente proporciona la lozana juventud.

De todos modos, mientras el hombre aguarda el epílogo de sus días en un residencial de lujo, con una avanzada demencia senil a cuestas y sentado en una silla de ruedas, ella, muy por el contrario, luce aun elegante y está en actividad, en un comercio que comparte con su nieta y su hija.

A expresa solicitud del hijo del anciano, la mujer se traslada al residencial, con el propósito de reencontrarse con su ex amante y compartir recuerdos. Empero, lo grave es que él ni siquiera la reconoce, aunque, con el tiempo, comienza a redescubrirla.

En ese contexto, dos elocuentes reflexiones del longevo personaje marcan a fuego el curso del sosegado relato: “aquí no se vive, se espera la muerte” y “se puede perder la memoria, pero no la mirada de alguien”.

La primera es la más cruda expresión del profundo desencanto de alguien que avizora el final de su periplo existencial, con una actitud de hosquedad que lo disocia de los demás residentes, con quienes no se relaciona. Incluso, ni siquiera asiste a las sesiones de terapia de memoria, por temor a quedar en ridículo.

En tanto, la segunda frase da cuenta de fragmentos de memoria recuperada, particularmente de esa mujer que otrora amó en un romance inconcluso y con quien sueña recurrentemente.

Empero, a diferencia de lo que se podía suponer, la película –que no soslaya referencias a la muerte- no enfatiza demasiado en el drama de la terrible decadencia de la vejez.

Muy por el contrario, el relato adquiere por momentos ribetes de comedia no exenta de humor, cuando ambos protagonistas, a sugerencia de la mujer, recorren, a bordo de un automóvil, varios de los lugares y paisajes que compartieron en su juventud. Obviamente, el propósito es que el hombre recuerde, por lo menos en forma fragmentaria y con los inevitables baches que origina su aguda senectud, algunos de los momentos más cruciales del romance de antaño.

Lelouch imprime a su historia un ritmo narrativo cansino y sosegado, acorde a la peripecia de dos personas que transitan una edad compleja de sus vidas y, en este caso concreto, dialogan permanentemente con el pasado, mediante una concatenación de reflexiones de impronta existencialista y de apelaciones oníricas.

Por supuesto, este film, sin dudas crepuscular cuyo título alude a una imperecedera reflexión del dramaturgo francés Víctor Hugo, incluye escenas y secuencias de “Un hombre y una mujer”, mediante un montaje que permite recuperar el recuerdo del film original y de una pareja joven gobernada únicamente por la pasión y no por la razón, que dejó escapar una oportunidad única de ser feliz.

Si bien “Los años más bellos de una  vida” no es ciertamente una película memorable, es sí una suerte de merecido tributo a un estilo de cine que destaca por su fina caligrafía creativa, su calidad estética y el inconmensurable talento de una pareja actoral realmente de excepción, que pese a los años transcurridos, no perdió su carisma ni su encanto.

 FICHA TÉCNICA

Los años más bellos de una vida (Les plus belles années d´une vie). Francia 2019. Dirección: Claude Lelouch, Guión: Claude Lelouch, Adaptación y diálogos de Valérie Perrin y Pierre Uytterhoeven. Fotografía: Robert Alazraki, Edición: Stéphane Mazalaigue. Música: Calogero y Francis Lai. Reparto: Jean-Louis Trintignant, Anouk Aimée, Mónica Belluci, Souad Amidou y  Antoine Sire. 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

 

  

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