Vidas de pueblo que se las lleva el tiempo… aunque a veces felizmente se rescatan.

Reseña de “La vida de un pueblo uruguayo” de Luis Fabre y Miguel Guichón. Para quien ha vivido en Guichón o su zona cercana, la invitación a la lectura de algo que se refiere a ese territorio resulta innecesaria. De hecho, podría decirse, resulta inevitable: a quienes se nombra, qué eventos se rescatan, que memorias aparecen. En cambio,  para quien la referencia geográfica mencionada le resulte alejada, es bueno establecer otras consideraciones que permitan no sucumbir a una postura de inicial escepticismo sobre la lectura propuesta.

Y lo primero a decir es que toda reconstrucción de una historia local tiene sus atractivos más allá de lo específico. De modo que cuando uno está frente a un trabajo como el de Luis Fabre y Miguel Guichón, la pertinencia de la reconstrucción social e histórica no solo debe buscarse en el lugar específico o de esa zona en general al norte del Rio Negro, sino abrir la imaginación para, a través de los relatos expuestos, encontrar otro Uruguay, escondido, olvidado, de otros tiempos.

Y de ese modo, si se tiene paciencia, ir observando cómo se va conformando poco a poco un tejido social y a partir del cual se llega a logros locales que son colectivos por más que aquí y allá siempre aparezca el nombre de un referente, de algún nombre destacado. Porque como relatan para varios casos los autores, entre esos logros están las instituciones educativas o deportivas. Es decir,  aunque a veces solo queda dando vuelta un nombre, estos avances, estos resultados, son también producto de ese impulso colectivo. Eso que a veces –también en este libro- se le se suele denominar “fuerzas vivas”. Pero qué son las “fuerzas vivas” sino la potencia de la construcción colectiva para resolver necesidades sociales. Lo cual, deja después valiosas experiencias sociales.

Luis Fabre: luisfabre@gmail.com

Entonces nos ubicamos en una realidad local en donde las pequeñas historias –de acontecimientos, de personas, de pequeños lugares- que estaban soterradas, perdidas, desconectadas, van formando un mosaico más amplio. Dicho esto, vale establecer de inmediato una primera consideración general sobre el libro que no por presumible desde una primera ojeada, deja de tener validez: lejos de un tono acartonado o de pura demostración de erudición histórica, se impone una escritura distendida, llana, tratando de armar un cuadro local que por momentos remite a otras escalas geográficas.

Porque, claro está, toda historia local es a la vez regional, nacional y de más allá de fronteras. Por ejemplo, con los inmigrantes y su papel en la construcción local, se anudan experiencias de trayectorias anteriores en otras sociedades que suelen aportar bastante más que lo que el sentido común indica (que a veces en forma reduccionista, empieza y termina hoy en el aporte gastronómico).

En el libro objeto de esta reseña, hay casos en ese sentido de eventos y trayectorias de vida donde lo local se anuda con anteriores geografías. Por ejemplo, el relato de José Piñera que procede de Asturias y que termina vinculándose con un conocido empresario de la historia uruguaya como es Francisco Piria, y una vez instalado termina “presionando” a su modo para que el ferrocarril tuviera una parada en el naciente pueblo (Piñera).

Además, acostumbrados actualmente a que lo global y el desarrollo se entiendan como mero producto de la implantación de emprendimientos de gigantes transnacionales y de sus ritmos, cabe pensar también, con el apoyo de imágenes del pasado, que hay otras formas, otros anudamientos sociales con la escala nacional y global, en los que pudieron desarrollarse avances sociales y nuevas expresiones culturales. De hecho, el rescate de la historia local permite ponderar hasta donde todo este gigantesco tema de los ensamblajes “globales” a nivel local, era muy diferente antes.

Varios temas transitan el libro. Por ejemplo el del mundo del trabajo y el de las clases sociales se asoma aquí y allá.  De este modo, aparece la clase asalariada rural en sus “changas”, es decir sobreviviendo en el trabajo informal.  Porque tampoco se trata de idealizar el pasado: la dinámica económica trae posibilidades de empleo, pero eso implica muchas veces trabajos duros, mal pagos, temporarios. Ese mito del Uruguay perdido “feliz” y “excepcional”, es mucho más falso al norte del Río Negro.  Quizás cabría echar en falta el registro de más voces en ese sentido, de ese mundo del trabajo más escondido por aquellos rincones. Pero en todo caso, un libro como el que proponen los autores, es también una apertura y una invitación a considerar lo que está pendiente de hacerse.

También hay que tener en cuenta en este tema la relación entre trabajo e introducción de tecnología. Por ejemplo la imagen que hoy es posible hacerse de lo que significó la introducción de la máquina a vapor para la trilla con el dato que cada una implicaba unos 35 trabajadores con distintas tareas (p. 72) y posteriormente el reemplazo por trilladoras mecánicas.  O la de figuras con un trabajo más independiente como el de “vendedor ambulante” recorriendo la campaña (fotografía de p. 85) y así se podría seguir. Con mucha menor capacidad de traslado que la actual, este oficio de un tiempo olvidado se volvía importante.

Esto lleva a hablar algo del ferrocarril, además de clave para el desarrollo, fue también una importante fuente de empleos como indica el libro. No hay que olvidar que no solamente se trataba del transporte de personas –lo cual no es un aspecto nada menor- sino del transporte de cargas y en el libro se pueden encontrar referencias al movimiento en la estación de Guichón, el embarque de ganado y todo lo que ello implicaba en la generación de empleo.  Claro que el tema del ferrocarril va más allá de esas imágenes de desarrollo local del pasado. Para completar el cuadro no puede olvidarse esa oscura historia de su destrucción sistemática desde el Estado uruguayo y la modesta expectativa actual (luego del recambio de la vía férrea realizado en esa línea, paralela al Río Negro, que conecta con el litoral).

Otro tema que aparece en el libro es el de la salud y la medicina. Personajes como la curandera del siglo XIX y su función de “quita penas” o de “despenar” (p. 44) comparado con lo que se dice más adelante sobre la medicina en las primeras décadas del siglo XX (p. 118), recuerdan sin duda ese contraste entre la “mentalidad bárbara” y la “mentalidad civilizada” que examinó el historiador José Pedro Barrán y más específicamente como ello se expresó en la gran transformación que supuso la generación del poder médico del Uruguay del novecientos. Nuevamente dicho: en el libro se encuentran menciones aquí y allá, cuando es posible acompañadas de fotografías y todo ello marca ese cambio a nivel local, pero que en verdad es un tránsito de toda la sociedad.

Habría otros innumerables temas para comentar –las diferentes expresiones culturales como la música, la religiosidad popular, entre otros- pero conviene que el lector los descubra por sí mismo. Uno de los autores, Luis Fabre había hecho ya “Cuentos de Pueblo” rescatando pequeñas historias donde se entretejía el plano personal y el de la comunidad. Ahora estamos en otro nivel de apuesta: es mucho más que un conjunto de anécdotas, de narraciones, de informaciones, de imágenes, es el rescate y proyección de una historia local, que como ya fue dicho, siempre es más que eso.

A veces el pasado resulta bastante maltratado en un pequeño país como Uruguay (especialmente –ya se sabe- cuando se ponen en duda responsabilidades militares y civiles en secuestros, torturas y desapariciones sistemáticas durante la dictadura). Muchas veces también lo están los archivos en general que son el insumo para reconstruirlo. Innumerables veces se pierden experiencias y saberes sociales porque se mueren sus protagonistas y lo que no se rescata en su momento, luego no existe. De modo que toda apuesta que procure recuperar el pasado como ocurre con este libro -a través de testimonios, relatos, datos dispersos, fotografías, en fin, lo que se encuentre-  para dar cuenta lo que terminó conformándose como la ciudad de Guichón y su zona cercana- merece que sea tenido en cuenta.

Está claro que no es un trabajo fácil recomponer este mosaico y que la recompensa es limitada: lo que se rescata a nivel local nunca termina en las grandes discusiones. En todo caso, eso para los autores es secundario. De modo que sólo resta darle la bienvenida al libro y ciertamente recomendar su lectura.

Por Alfredo Falero

 

 

 

 

 

 

  

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