Las memorias enfrentadas de hoy: División Azul y delitos de odio

Dos historiadores españoles, que eran niños durante el tardofranquismo (1960-1975) aportan elementos para quien ve los acontecimientos de España y en cierto sentido de Europa desde América Latina. El orensano Xosé Manoel Núñez Seixas (n. 1966) y el almagreño Ángel Luis López Villaverde (n.1963) lo han hecho sobre la llamada División Azul que el régimen de Franco mandó, bajo la férula de Hitler, a combatir en el frente germano-soviético durante la Segunda Guerra Mundial.

Los usos políticos del pasado suelen tener distinto cariz. Hasta donde sabemos no quedan en España sobrevivientes de los 45.000 españoles que pasaron por aquel frente. Unos 4.300 no volvieron, muertos o desaparecidos durante la guerra y los años siguientes. Veamos primero el contexto del que surgió el envío de los españoles.

El tira y afloje 1940/1941 – Menos de seis meses después del triunfo del franquismo en la Guerra Civil, el 1º de setiembre de 1939 empezaba la Segunda Guerra Mundial. El régimen de Franco estaba estrechamente alineado con las potencias del Eje. Sin la ayuda decisiva de alemanes e italianos los enemigos de la República habrían sido derrotados en pocos meses, tal vez semanas.

Los militares facciosos sentían una admiración enorme por los miembros de la Legión Cóndor que habían sido sus mentores, proveedores y encargados de los trabajos sucios como el bombardeo de Guernica. Los fascistas españoles estaban convencidos de que el Tercer Reich era invencible. Francia había sido derrotada en menos de seis semanas. La admiración se extendería también a Mussolini pero Hitler era el ídolo de Ramón Serrano Suñer (1901-2003), el “cuñadísimo” (cuñado de la esposa del generalísimo), un abogado pronazi que se enfundaba en unos uniformes negros calcados de los de las SS.

Había llegado la hora de pedir y devolver favores esenciales. España pasó de un estatus de “neutralidad” a uno de “no beligerancia” que lo ponía claramente del lado del Tercer Reich y la Italia fascista.  En septiembre de 1940 el general Franco envió a Ramón Serrano Suñer a Berlín para que acordara las condiciones de la entrada de España en la guerra del lado del Eje. A los alemanes no les entusiasmaba el aliado. Los que querían entrar en la guerra del lado de los vencedores eran Franco, Serrano Suñer y buena parte de los generales pero a cambio de todo tipo de concesiones territoriales en el Norte de África, insumos y armamento (especialmente aviones).

El alto mando alemán no creía en la contribución española a la guerra dadas las precarias condiciones económicas y militares que padecía y calificaba la postura española como oportunista. El jefe de los servicios de inteligencia Abwehr, el almirante Canaris, había advertido a Hitler que la política de Franco era no entrar abiertamente en guerra hasta que Inglaterra fuese derrotada. Lo que Hitler le dijo al general Franz Halder era que estaba dispuesto a prometerle a Franco lo que quisiera, sin importar si eso se podía cumplir. Serrano se entrevistó con Hitler pero no sacó nada en limpio y su pedido de 800.000 toneladas de trigo (en España reinaba la hambruna), 100.000 toneladas de algodón, 25.000 de caucho y 625.000 de fertilizantes, ni siquiera fue tratado.

Por otra parte, los ingleses que habían reconocido al régimen golpista antes del fin de la Guerra Civil y que habían impuesto el bloqueo a la República con el régimen llamado de No Intervención, también ejercían fuertes presiones sobre Franco para que no se sumará al Eje. El 8 de octubre de 1940 Churchill manifestó en el Parlamento que “deseaba ver a España ocupando el puesto al que tiene derecho como gran potencia mediterránea y como guía y miembro de la familia de Europa y de la Cristiandad” (parecía un discurso de la Guerra Fría pero con 20 o 30 años de antelación). Entre los generales de Franco había también probritánicos, monárquicos, que en esos meses fueron desplazados y no volverían a gravitar hasta que la derrota del Tercer Reich se percibió con claridad.

El 20 de octubre de 1940 Heinrich Himmler visitó España para preparar el encuentro entre Hitler y Franco que tendría lugar en Hendaya y sobre todo para coordinar los servicios policiales y la acción de la Gestapo en la península ibérica. Según el historiador británico Paul Preston, Franco fue a Hendaya “con la esperanza de obtener una recompensa adecuada a sus reiteradas ofertas de unirse al Eje” porque trataba de “sacar provecho de lo que consideraba la decadencia de la hegemonía anglofrancesa que había mantenido a España en una posición subordinada durante más de dos siglos”. Por su parte “Hitler no tenía intenciones de exigir a Franco que España entrara en la guerra de inmediato” y no estaba dispuesto a ceder a Franco el Marruecos francés porque creía que la  Francia de Vichy estaba más capacitada que la España de Franco para defenderlo de un ataque británico.

Al día siguiente de su encuentro con Franco en Hendaya, Hitler tenía previsto reunirse con Pétain en Montoire. El Führer era consciente de que sus consejeros militares y diplomáticos creían que no debía incorporar a Franco a la guerra. Dos de ellos le habían dicho que la situación interna de España era tan desastrosa que sería una carga, un lastre inservible, de modo que no se debía contar con los españoles ni siquiera para ocupar Gibraltar.

El encuentro no fue un fracaso. Hitler se fue con una promesa española de entrar en la guerra más adelante. Si Hitler hubiera ejercido una firme presión sobre España, tarde o temprano habría conseguido su entrada en la guerra del lado del Eje pero había asuntos más urgentes. El teatro bélico del Mediterráneo no era importante en ese momento, la invasión a Gran Bretaña estaba virtualmente cancelada aunque no se había comunicado públicamente. Hitler quería evitar un enfrentamiento entre el régimen colaboracionista de Vichy y la Italia fascista en el Norte de África y en cambio se desarrollaban los planes para atacar a la Unión Soviética.

Los insumos y materias primas que llegaban a Alemania a través de España eran importantes pero la acción de apoyo al Eje más patente se produjo después del ataque alemán a la URSS, en junio de 1941, cuando Serrano Suñer promovió el envío de una división de voluntarios en apoyo a la Wehrmacht. El armamento, los uniformes y el entrenamiento fueron provistos en su totalidad por Alemania, la división fue encuadrada como la 250a de infantería y todos sus integrantes prestaron juramento de fidelidad a Adolf Hitler. Estos españoles operaron principalmente en el frente central y en el de Leningrado.

El relato divisionario El 24 de junio de 1941 una manifestación de falangistas había recorrido el centro de Madrid. Serrano Suñer arengó a los manifestantes al grito de “Rusia es culpable”. Los españoles debían participar junto a Alemania en una campaña que se suponía sería rápida y triunfal. De este modo, España se aseguraría un lugar en el Nuevo Orden mundial que el nazismo establecería. La campaña contra la URSS – dice Núñez Seixas – era vista como la continuación natural de la Guerra Civil.

Entre principios de julio de 1941 y principios de febrero de 1944, a partir de los primeros 18.000 hombres, pasaron 45.000 por la División Española de Voluntarios. Cerca del 40% del total sufrieron heridas de consideración, muchos con consecuencias de por vida. Desde febrero del 44 entre 300 y 700 voluntarios se enrolaron en las Waffen SS y siguieron combatiendo hasta el fin de la Segunda Guerra. Alrededor de 484 españoles fueron hechos prisioneros por el Ejército Rojo. Doscientos cuarenta y ocho de ellos volvieron a España en abril de 1954 y 47 más en mayo de 1959.

El ensayo de Núñez Seixas se titula “Los vencedores vencidos: la peculiar memoria de la División Azul, 1945-2005” (En: Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 4, 2005, pp. 83-113, Universidad de Alicante,Alicante, España).

Asequible en: https://www.redalyc.org/pdf/5215/521552314006.pdf ).

Dicha memoria se explica porque el recuerdo de la División Azul tiene un tinte heroico y exótico, unos recuerdos peculiares y benignos, forjados desde antes del final de la Segunda Guerra Mundial. El elemento principal en la construcción del relato divisionario ha sido la abundante producción autobiográfica y/o ficcional de los veteranos y sus asociaciones.

Núñez Seixas asegura que la División Azul fue una experiencia decisiva para el fascismo español. De entrada participaron los militantes falangistas más radicales, los que querían un alineamiento total con el Eje y que promovían una “imprecisa revolución social y nacional” que fuese más allá de los pactos con la Iglesia y la derecha católica. Sobre todo se trató de veteranos falangistas (de “camisa vieja”), ex-combatientes de la Guerra Civil o que habían vivido en la zona republicana hasta el fin de la guerra. También se incorporaron jóvenes estudiantes falangistas que no habían participado en la guerra, en bastantes casos con cuentas pendientes de tipo familiar con el comunismo. La participación en la División Azul era vista, al mismo tiempo, como una venganza, como una aventura y como una inversión porque pensaban adquirir influencia y prestigio para imponer el fascismo al volver a España.

La dura realidad del frente germano-soviético, la resistencia de los soviéticos, el frío y la brutalización de la guerra, se sumó al cambio en la tendencia de la contienda que se produjo ya en diciembre de 1941 cuando la ofensiva de la Wehrmacht se quebró frente a Moscú. En aquel momento ya no era posible afirmar decididamente que el Tercer Reich triunfaría pero se veía que los soviéticos no serían derrotados.

Al volver a España, los divisionarios comprobaron que Franco, presionado por los ingleses y lo s estadounidenses, trataba de despegar de Hitler y Mussolini y de posicionarse como un baluarte de Occidente contra el comunismo. Para hacer ese cambio de frente disolvió la División Azul porque era una prueba tangible de complicidad con el nazismo y se empezó a presentarles como unos adelantados en la lucha de la civilización occidental contra el comunismo. Eran los temas primigenios de la Guerra Fría.

Las celebraciones, desfiles y monumentos de los divisionarios no fueron prohibidos pero se los mantuvo bajo estricto control quitándoles la fuerte impronta nazi y prusiana y sustituyendola por el hábito de caballeros de unas cruzada anticomunista. Núñez Seixas demuestra que el apoyo que recibieron los ex-divisionarios fue tibio en comparación con el que le dio el gobierno a las hermandades de ex-combatientes de la Guerra Civil.

De la misma manera, la presencia de la División Azul y los Caídos de la División Azul en el nomenclator de las grandes ciudades fue muy menor en comparación con los generales y representantes de los sublevados de 1936 (en cambio en pueblos y ciudades pequeñas hubo más presencia relativa de la D.A. en el nomenclator). En cifras (correspondientes al año 2003) el número de municipios españoles con calles dedicadas a la División Azul era de 27 (un 0,32% del total). La incidencia era baja si se la compara con los 828 municipios que todavía tenían calles dedicadas a José Antonio Primo de Rivera (10,2% del total) o los 522 (6,4%) donde aún estaba presente, de un modo u otro, el nombre Generalísimo Franco (28 años después de la muerte del dictador).

La memoria peculiar de los militares – Como ya vimos, en un primer momento la memoria de la División Azul no se hizo evidente y se ocultó su existencia al evocar la trayectoria de España durante la Segunda Guerra Mundial. En cambio el franquismo empezó a presentarla como una acción anticomunista, precursora del enfrentamiento Este/Oeste, Catolicismo Vs. Comunismo. La peculiaridad radica en que la memoria de la División Azul es amarga, es la memoria de perdedores en el bando de los vencedores. Es el recuerdo del fracaso de los sectores del régimen franquista que intentaban hacer una España netamente fascista y sufrieron la frustración de la derrota del nazifascismo en Europa, el hundimiento del Tercer Reich y de la Italia fascista, el descubrimiento inocultable de los crímenes de lesa humanidad y genocidios del cual los divisionarios fueron testigos y, en cierto sentido, encubridores.

La División Azul también fue importante para la memoria profesional del ejército español porque fue presentada como una de las más diversas y pintorescas expediciones militares desde la Campaña de Cochinchina, entre 1858 y 1862, ayudando a los franceses a establecer una colonia allí. En la D.A. participaron oficiales y suboficiales reclutados para mantener a la unidad bajo el control de la jerarquía militar sin que el falangismo pudiera hacerse del mando. La D.A. nunca fue ni un remedo de las Waffen SS que se articularon para combatir con la Wehrmacht pero tenían sus propias jerarquías.

Por la D.A. pasaron en dos años y medio 166 jefes y oficiales superiores (2 generales, 16 coroneles, 42 teniente coroneles y 128 comandantes), unos 2.030 oficiales y unos 4.088 suboficiales. En suma, un 30% de la oficialidad joven pasó por la campaña de Rusia. Como había sucedido con los africanistas en la década de 1920, tuvieron una experiencia de combate real y cierto prestigio en un ejército cuyo modelo admirado era la Wehrmacht. Como pasó con los que habían participado en las guerras del Norte de África (Guerra del Rif) consiguieron condecoraciones y ascensos lo que le permitió a algunos alcanzar rápidamente el generalato.

Advierte Núñez Seixas que un número muy importante de los mandos del ejército español durante el tardofranquismo (1960-1975) y la Transición democrática habían servido en la D.A. Siete de los Directores Generales de la Guardia Civil que se desempeñaron entre diciembre de 1962 y octubre de 1988 habían sido oficiales en la D.A. entre 1941 y 1944, en rangos que iban de capitanes a coroneles. Un total de seis generales y ocho coroneles de la Guardia Civil sirvieron en el frente germano-soviético como oficiales o suboficiales. No menos de 300 oficiales que alcanzaron el rango de generales en las diversas armas (dos capitanes generales, 66 tenientes generales, 62 generales de división, 170 generales de brigada) pasaron por la División Azul.

“En el seno del ejército persistieron interpretaciones de la experiencia rusa no siempre coincidentes con la de los círculos falangistas pero igualmente benignas e idealizadoras. Interpretación que fue tolerada por el franquismo y tuvo continuidad en las Academias y cuarteles hasta el día de hoy”. La socialización en la D.A. – dice Núñez Seixas – fue crucial para la generación militar que ocupaba los principales puestos durante la Transición pero esa experiencia no fue determinante en sus lineamientos políticos a partir de 1975. El 23 de febrero de 1981 cuando se produjo el intento de Golpe de Estado, conocido como el Tejerazo, había ex D.A. en ambos bandos. Es decir, que no todos fueron golpistas.

La producción de relatos – Nueve de cada diez voluntarios vivieron para contarlo. Los sectores del frente en que actuó la División Azul fueron relativamente tranquilos porque el Alto Mando  de la Wehrmacht la utilizó para guarecer posiciones estáticas, por ejemplo colaborando en el sitio de Leningrado. En los momentos puntuales en que entraron en combate los regimientos de la D.A. sufrieron un altísimo número de bajas. El tiempo de permanencia en el frente de un divisionario español era mucho menor que el de un soldado alemán.

El hecho de que los primeros voluntarios fueran estudiantes u hombres con formación universitaria, junto con el entusiasmo juvenil y la ideología fascista fue el caldo de cultivo para biografías y memorias basadas en diarios personales. Algunos de los escritores alcanzaron, después de 1944, puestos de cierto renombre en las letras, las artes o las ciencias. Muchos criticaron en forma más o menos velada al franquismo por lo que consideraban una deriva católica y tecnocrática que se había apartado del nazifascismo. En cambio, están subrepresentadas las autobiografías críticas con la D.A.  provenientes de combatientes, desde mediados de 1942, que no eran estrictamente voluntarios sino impulsados por la necesidad económica y aún por la posibilidad de pasarse al Ejército Rojo.

Las biografías publicadas antes de 1975 transmiten una imagen falangistizada de la D.A. La gesta se refiere a la primera División, la de los jóvenes idealistas. Después de 1975 y en forma excepcional se encuentran biografías o memorias cuyos autores no se confiesan falangistas sino simplemente anticomunistas no simpatizantes con el fascismo. La reproducción de libros y artículos repuntó cuando empezaron a retornar los prisioneros de guerra en 1954. Ya antes los veteranos habían vuelto a un país que no los trató como asociales. Al principio fueron recibidos como heroicos idealistas aunque el franquismo buscó por todos los medios congraciarse con los Estados Unidos y Gran Bretaña y trató de borrar sus vínculos carnales con el nazifascismo. Los ex- D.A. gozaron de complacencia y se les dio empleo en los servicios públicos, correos y teleǵrafos, en los escalafones medios y subalternos de los ministerios, ayuntamientos y diputaciones, así como en la Guardia Civil y en la Policía.

La publicística divisionaria adoptó la línea de señalar que la División Azul había luchado junto a la Wehrmacht (no con o por) contra la URSS en defensa de la civilización occidental europea, como revancha de la Guerra Civil frente al comunismo y por los valores eterno del catolicismo. Por ejemplo, uno de los 71 antiguos capellanes castrenses de la D.A. (“héroes con sotana”) publicó un testimonio cuyo objetivo era reivindicar el carácter exclusivamente anticomunista y profundamente católico de los voluntarios, presentándose como cruzados henchidos de un fervor cuasi místico (dicho sea de paso, seis de los capellanes recibieron la condecoración alemana Cruz de Hierro y uno murió por una bala perdida).

Después de 1975 se desarrolla una contradicción o “difícil armonía” entre el revisionismo historiográfico y el neonazismo con la casi esquizofrénica necesidad de seguir insistiendo en que los voluntarios eran diferentes de los alemanes porque supuestamente no eran antisemitas y tenían un buen comportamiento con la población civil. El derrumbe de la URSS, en 1991, trajo aparejada la producción de memorias por parte de ex-divisionarios de avanzada edad que acompañaban las mismas con un viaje sentimental a los sitios de sus aventuras bélicas, su lucha contra el comunismo y sus sufrimientos que se verían simbólicamente compensados por una visita turística a una “Rusia liberada”.

Estaciones del relato y temas ocultados – El historiador orensano enumera once “estaciones” casi invariablemente reproducidas en las memorias y relatos de la D.A., a saber: 1) el alistamiento de los voluntarios y el viaje a Alemania en tren; 2) la instrucción que recibieron en Grafenwoer y Hof y el encuentro con la Wehrmacht; 3) la marcha hacia el frente que se hizo casi totalmente a pie atravesando Polonia y Bielorrusia durante casi dos meses; 4) la estancia en el frente y la participación en acciones de mediana envergadura; 5) las realidades de la vida cotidiana: el contacto con la población de las aldeas, la nieve, el frío, el barro, los mosquitos, el hambre; 6) el regreso a España, el paso por hospitales, las escapadas en Letonia y en Alemania; 7) el episodio efímero de la Legión Azul que intentó permanecer durante cinco meses después del retiro de la D.A., 2.500 legionarios que terminaron volviéndose en abril de 1944 ; 8) los “irreductibles”, unos cientos de fanáticos enrolados en las Waffen SS; 9) las vicisitudes de los prisioneros de guerra y el apoteósico regreso de la mayoría en 1954. Después de la Transición y especialmente a partir de 1989 y 1990; 10) regreso de los veteranos a visitar los frentes de combate y 11) retorno a España de los restos de más de cuatro mil divisionarios sepultados en cementerios rusos.

Sin embargo más allá de la estructura sistemáticamente repetida, las estaciones del relato, hay una serie de temas o asuntos que han sido banalizados, idealizados o simplemente ocultados por los memorialistas, a saber: a) los desencantos que produjo o acompañó la experiencia, el desencanto con las jerarquías, el contraste entre la camaradería y la vida civil, la afectación traumática por la experiencia bélica; b) el “tremendismo realista” que a través de una descripción minuciosa de las penalidades de la guerra coexiste con un lirismo retórico; c) el mito de “la guerra limpia” que es una simple variante de “la Wehrmacht noble y honorable”, es decir el ocultamiento de la participación por acción u omisión en una guerra de exterminio como la que se desarrolló en el frente germano-soviético sin excepciones; un silencio impenetrable cubre los maltratos físicos y psíquicos a los que se sometía a la población (los divisionarios españoles eran famosos por ser ladrones capaces de dejar desnudas a sus víctimas para apoderarse de sus ropas o conducirlas a la muerte por hambre al robarle sus alimentos); las ejecuciones de prisioneros; las deserciones; los tabúes sexuales (violaciones, relaciones homosexuales, etc.); las represalias contra partisanos y civiles; el antisemitismo. d) el mito del indómito y anárquico español versus el rígido teutón (manejo del tipismo y los estereotipos como forma de crear una imagen idealizada de la alegría vital del español y para tomar distancia de los crímenes de lesa humanidad y la brutalización de la guerra: e) el mito del “descubrimiento del auténtico pueblo ruso”, una especie de folklorismo para encubrir el pillaje, los robos y las violaciones. f) el mito del “teníamos razón” (la desaparición de la URSS como una especie de justificación intemporal de la participación en una guerra de exterminio bajo el juramento de fidelidad que habían prestado a Hitler).

Neonazismo, División Azul y delitos de odio –  El pasado 6 de abril, el historiador almagreño Ángel Luis López Villaverde publicó un libro titulado ‘En la guerra como en el amor’ con el expresivo subtítulo ‘Emociones e historia de un voluntario de la División Azul y banalización de la “cruzada” contra el bolchevismo’ (editorial Sílex, ISBN 978 8419077189).

Como vimos hasta ahora Núñez Seixas disecó las autobiografías, memorias y novelas producidas por los divisionarios o sus epígonos actuales. López Villaverde, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha, ha conseguido reunir las postales y fotografías que un ferviente falangista le envió a su novia en Cuenca durante su periplo con la División Azul y de este modo, la llamada microhistoria corrobora puntualmente lo presentado años antes por su colega orensano.

El autor enfoca el tema desde la peripecia de un divisionario, el falangista Ángel Rico Escudero, como vía para profundizar en la historia global de la expedición al frente ruso. Ha utilizado para ello fuentes poco habituales: las tarjetas postales y las fotografías que el protagonista envió a su prometida Conchita que permaneció en España. Esta documentación inédita permite adentrarse en las emociones de un divisionario deslumbrado por la Alemania hitleriana, hasta el punto de lamentar – cosa extraña en un nacionalista – ser español y no alemán.

Rico Escudero era excombatiente en la Guerra Civil y fue un empleado del Auxilio Social. Fue voluntario de la División Azul en julio de 1941 y regresó en abril de 1942, tras haber permanecido la mayor parte del tiempo hospitalizado, convaleciente de las heridas producidas en combate. Este caso ofrece interés historiográfico porque, siendo representativo de lo que el profesor Xosé Manoel Núñez Seixas ha denominado “franquistas de guerra”, dejó huellas de su viaje, estancia y regreso a través de las tarjetas postales y fotografías, un corpus documental bastante completo, que continuó en los años de posguerra y permite obtener información sobre su experiencia al margen de los estereotipos fijados en memorias elaboradas a posteriori o en diarios corregidos una y otra vez.

Algunos historiadores nostálgicos resaltaron que todos los participantes en la D.A. eran muy convencidos falangistas. Sostenían que los divisionarios eran la flor y nata de la juventud española, que, desde su punto de vista, no podía ser de otra manera que falangista. Por otro lado, se ha banalizado la memoria de la División Azul considerando que muchos de sus miembros fueron por afán de aventuras o por limpiar el nombre de su familia, cómo se atribuyó al cineasta Luis García Berlanga (1921-2010), que tenía un padre republicano. Efectivamente, el padre de quien en 1953 dirigió la famosa película ‘Bienvenido Mr. Marshall’ (para los uruguayos una especie de antecedente de ‘El baño del Papa’) había sido gobernador civil en Alicante durante la República Española.

Sin embargo, en 1990 el cineasta reconoció que se alistó en la D.A. porque muchos de sus amigos eran destacados falangistas. Además hay testimonios de divisionarios que compartieron trinchera con él en Rusia de que García Berlanga era entonces fascistoide. En realidad – sostiene López Villaverde –  no puede decirse que hubiera tantos que fueran a la D.A. por obligación. Su número fue muy reducido, a juzgar por lo que el autor averigüó  en el Archivo Histórico Militar de Ávila para el caso de Cuenca (los pagos de Conchita y su novio divisionario). Conforme se produjeron los sucesivos reemplazos (recordemos que los divisionarios pasaban poco tiempo en el frente y eran retornados a casa) se multiplican los casos de los que no tenían trabajo y buscaban huir de la miseria.

En la España de los años siguientes a la Guerra Civil la miseria era terrible y la paga de los divisionarios fundamental para muchas familias. Además, al ir a Rusia los alistados se incorporan a los vencedores. Mucha de la gente que fue, sobre todo los últimos divisionarios, eran gente muy joven que ni siquiera había tenido tiempo de luchar en la Guerra Civil. Tenían que colaborar en una empresa así para tener un futuro. A principios de los años cuarenta – dice López Villaverde –  había dos Españas, la de los vencedores y la de los vencidos. Estar entre estos últimos significaba estar muerto en vida. Alinearse con los vencedores, en cambio, era tener prebendas y estar socialmente bien considerado, tener trabajo y prestigio social.

La participación en la División Azul tenía motivos políticos concretos. Los divisionarios sabían a lo que iban, sobre todo los primeros expedicionarios. Querían acompañar al mejor ejército del mundo en el saqueo de Moscú, convencidos de que todo se iba a resolver en pocas semanas. Los más entusiastas esperaban que los alemanes no se apuraron demasiado, no fuera cosa que a ellos no les diera tiempo para participar en la fiesta. Los dirigentes de la Falange querían, más aún que Serrano Suñer, recuperar peso político que habían empezado a perder ante el ejército y la iglesia que eran los socios mayoritarios del régimen franquista. Todo además formaba parte de un fenómeno que se repetía en países ocupados por los nazis, donde los fanáticos locales, juraban fidelidad a Hitler y se encuadran en la Wehrmacht.

Las tarjetas postales que fueron la fuente fundamental del trabajo de López Villaverde se habían popularizado desde el siglo XIX, pero en la Primera Guerra Mundial y en la Segunda alcanzaron una importancia propagandística notable para mantener la moral de las tropas y la del frente interno. Las tarjetas que analizó el autor reproducen lo que los alemanes querían que el resto del mundo viera: ciudades francesas o polacas reconquistadas por sus tropas, calles con el nombre de Hitler, paisajes urbanos que demuestran lo bien cuidadas que estaban las ciudades alemanas. Los textos, desde luego censurados, permiten reconstruir el periplo de los divisionarios y repiten los mitos y ocultan los hechos que Núñez Seixas destacó en sus investigaciones.

No se han ajustado cuentas públicas con el colaboracionismo español al nazismo – aduce López Villaverde – y su memoria sigue viva y se convocan actos reivindicativos. Por ejemplo, el 13 de febrero de 2021, la División Azul fue homenajeada en los alrededores del madrileño cementerio de la Almudena, con toda la parafernalia nazi y cobertura religiosa y se lanzaron proclamas antisemitas. El caso pasó a manos de la justicia española pero el primer pronunciamiento judicial fue archivar la denuncia porque no se comprobó el delito de odio. Este año 2022, también en febrero, los neonazis volvieron a autoconvocarse en el cementerio de la Almudena pero sin manifestarse por las calles de Madrid para eludir a la justicia.

Las grandes olvidadas son las víctimas de los campos de exterminio del Tercer Reich. Serrano Suñer que animó a miles de españoles a enrolarse voluntariamente en la D.A. también fue responsable de la deportación forzosa hacia campos de concentración nazis de nueve mil doscientos españoles detenidos en Francia.

Por los motivos que fuera, los divisionarios acabaron convirtiéndose en testigos y colaboradores necesarios, cuando no cómplices, de una guerra de agresión, agitada por los sueños y delirios nazis. Los restos de sus caídos sepultados en tierras rusas pasaron a convertirse en otros tantos “mártires” en la retórica y ceremonial franquistas. Con la repatriación del “voluntario desconocido”, a mediados de los noventa, tras el fin de la Guerra Fría, se inició un camino de lo que el profesor Núñez Seixas denomina “retornos simbólicos”, que inició un proceso de localización y traslado de muchos de los cuerpos de divisionarios a España a costa del erario público en un intento por enfrentar memorias contrapuestas y, lo que es peor, retaceando expresamente los recursos necesarios para seguir excavando las fosas comunes y enterramientos clandestinos que todavía existen regados por toda España como rastro sangriento del odio asesino del franquismo.

Lic. Fernando Britos V.

 

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.

Más del Autor: