CINE: “Yo acuso”: La crónica real de una infamia

La historia real de una infamia acaecida en las postrimerías del siglo XIX en Francia, con  intensas repercusiones políticas sociales y hasta religiosas, es el intenso, potente y ciertamente removedor eje temático de “Yo acuso (El oficial y el espía)”, el último opus del genial pero siempre controvertido realizador franco polaco Roman Polanski, quien a los 88 años de edad, sigue deleitándonos con un cine de superlativa calidad y enjundia artística,

Con seis décadas de carrera cinematográfica a cuestas, este cineasta de culto es, sin dudas,  un artista mayor, que inició su exitoso periplo en el cine en la década del sesenta, con “El cuchillo bajo el agua” (1962), “Repulsión” (1965) y “Cul de Sac” (1966), títulos referentes que ya revelaban su predilección por la construcción de atmósferas opresivas y micro-mundos humanos clausurados.

Su obra, que incluye comedias negras de trazo satírico como “La danza de los vampiros” (1967), “Qué” (1973) y “Un dios salvaje” (2011), conoció un gran suceso de taquilla con la emblemática “El bebé de Rosemary” (1968) y con el excitante thriller “Búsqueda frenética” (1988), entre otros títulos.

Sin embargo, su cima artística la alcanzó con filmes de la talla de “Barrio chino” (1974), “El inquilino” (1976), “Tess” (1979) y la laureada “El pianista” (2001), sin olvidar su personalísima y poco recordada pero excelente adaptación al cine de “Macbeth” (1971), el célebre clásico de William Shakespeare.

En medio de un nunca debidamente aclarado y controvertido caso judicial que lo enfrenta desde hace décadas a una severa acusación por abuso sexual a una menor, a los 88 años de edad el famoso realizador sigue derramando su inconmensurable sabiduría artística en la pantalla.

Luego de “La piel de Venus” (2013),  en la cual Polanski plantea un cuadro de compulsiones cuasi patológicas contaminadas por el masoquismo y la sumisión, “Basada en casos reales” (2017), su film precedente, es una suerte de thriller marcado por la obsesión, una de las temáticas predilectas del autor.

En “Yo acuso”, el cineasta incursiona por primera vez en el cine histórico, de trazo testimonial como en el caso de la magistral “El pianista”, pero poniendo particular énfasis en el tema de la discriminación étnica.

No en vano, este artista mayor es de origen judío, lo cual seguramente influyó en su decisión de evocar y reconstruir el denominado Caso Dreyfus, que quedó registrado como una de las expresiones de segregación más rampantes e inmorales de todos los tiempos.

El controvertido episodio, que constituye el núcleo temático de este largometraje y se remonta a fines del siglo XIX,  tuvo, en efecto, como origen una sentencia judicial de neto corte antisemita, en cuyo marco la víctima fue el capitán Alfred Dreyfus, de origen judío-alsaciano, quien fue acusado de traidor por haber filtrado presuntamente secretos de Estado a Alemania.

El affaire, que conmovió profundamente a la sociedad francesa de la época, se inició en 1895 y marcó un hito en la historia del antisemitismo más rampante, fue revelado en un trasgresor artículo del escritor Emile Zola en 1898, provocando una larga secuencia de crisis políticas y sociales, en un país contaminado por los nacionalismos más violentos y exacerbados.

La película, que también es un ensayo sobre la cruda disciplina militar y la lealtad o deslealtad, según el ángulo de observación, constituye una mirada crítica que fustiga los prejuicios, las injusticias, el ocultamiento y la mentira rayana en lo inmoral.

Más allá de verdades y controversias, esta es, naturalmente, la aguda mirada subjetiva de un artista que ha sabido hacer de su profesión una suerte de culto y un núcleo de interpelante reflexión, no sólo para su nutrida legión de incondicionales –todo ellos obviamente cinéfilos- sino también de la crítica, que siempre se dividió, en forma casi simétrica, entre sus más entusiastas apólogos y sus más enconados detractores.

Fiel a su vocación por impactar, a menudo con golpes bajos pero aleccionadores, Polanski imprime a su relato la intensidad dramática requerida, con el propósito de desafiar al espectador, en torno a un tema que sigue manteniendo una candente actualidad, a casi ocho décadas de la caída del nazismo alemán y sus socios del fascismo italiano.

No en vano, en pleno siglo XXI, aun afloran patológicas compulsiones fascistas y racistas en Europa, donde los nacionalismos populistas de ultraderecha capitalizan el desencanto generado por el fracaso de un sistema capitalista que no ha logrado satisfacer las demandas colectivas.

Esos estertores fascistas, que peligran devenir redivivos, también afloran habitualmente en los Estados Unidos, donde un multimillonario que fue el inquilino de la Casa Blanca durante cuatro años, implantó un estatus de odio contra el diferente, contra las minorías y los inmigrantes.

Desde ese punto de vista, la película es una minuciosa crónica de lo sucedido hace ya bastante más de un siglo en Francia y de las amplias resonancias que tuvieron los acontecimientos en esa época.

En tal sentido, el comienzo de la narración resulta singularmente elocuente, cuando, en una austera ceremonia signada por la marcialidad, el acusado es degradado y humillado, como ejemplar castigo por la presunta comisión de operaciones de espionaje y un acto de alta traición a la patria.

Alfred Dreyfus, que es el protagonista y es encarnado por Louis Garrel, es condenado a su vez con cadena perpetua y confinado en la tórrida y pesadillesca isla del Diablo, en la Guayana francesa, desde donde otrora se evadió increíblemente Henri Charrière, apodado Papillón, un convicto condenado injustamente, que transformó su autobiografía en un best seller.

Polanski cuenta la historia desde la óptica de Georges Picquart  (Jean Dujardin), un teniente coronel que fue uno de los maestros del acusado. En ese contexto, la causalidad lo transforma en el jefe del servicio secreto, en el momento que se está dirimiendo el contencioso y existe una no reconocida presunción de inocencia.

Obviamente, el imputado ha sido despojado de sus derechos y no ha gozado del beneficio de las garantías del debido proceso, como corresponde a un estado de derecho que se precie de tal.

Aunque las secuencias de juicio son abundantes con alegatos incluidos, el cineasta se las ingenia para no agotar al espectador con un cine de tribunales y muta la narración en una suerte de thriller de espionaje, con indagatorias, seguimientos de pistas e investigación de documentación.

Por supuesto, el film potencia el papel del escritor Emile Zola, quien, en función de su prestigio y predicamento en la sociedad de su época, se transformó en un intransigente defensor de la verdad y de la inocencia del acusado, mediante su célebre alegato, devenido en carta abierta dirigida al presidente francés Félix Faure.

Aunque el realizador apela a recursos ficcionales para tornar más atractivo el producto final, igualmente se aferra a los acontecimientos reales con un rigor propio de un historiador.

Este trabajo nace de la íntima convicción ética de arrojar luz sobre una verdad comprobada y una falsedad desestimada por la fuerza de los acontecimientos, que derivó en el sobreseimiento del injustamente imputado.

Con su habitual maestría narrativa, Polanski sabe administrar la tensión de una situación extrema de superlativa complejidad, contaminada por ominosas conspiraciones y odios realmente explícitos, originados en prejuicios de carácter étnico y religioso.

En este film, que es sin dudas una de las creaciones mayores de su extensa y ciertamente prolífica filmografía de seis décadas, el realizador polaco se involucra y compromete con un episodio político y un escándalo judicial de proporciones, que tuvo amplias repercusiones en todo el planeta.

“Yo acuso”, que es precisamente el título del alegato de Zola y fue naturalmente rodada antes de la pandemia, cuestiona, sin pretender pontificar ni aleccionar al eventual espectador, la actitud parcial de la Justicia en el bochornoso episodio, de abierta complicidad con los conspiradores que inculparon falsamente al condenado.

Esta postura pone en tela de juicio al sistema mismo, que en este caso concreto distó de ser garantista, lo cual devalúa la calidad de la democracia francesa de esos tiempos. Obviamente, también condena el accionar de quienes obstaculizaron la investigación destinada a esclarecer los hechos.

La película, que está narrada con un ritmo sosegado, austero y por momentos duro y hasta moroso, indaga –en forma por demás minuciosa- en los entretelones políticos, las intrigas y las luchas de poder, que transformaron a un inocente en culpable.

Obviamente y más allá del mero contenido y el sesgo discursivo, la obra resalta también por la prolija reconstrucción de época, la brillante fotografía y la música, todo lo cual coadyuva a transformar a “Yo acuso” en una propuesta altamente recomendable para un público cinéfilo de paladar fino, que casi siempre soslaya el pasatista cine de industria de alto consumo.

 

FICHA TÉCNICA

Yo acuso- El oficial y el espía (J’accuse – El affair Dreyfuss) Francia 2019. Dirección y guión: Roman Polanski y Robert Harris. Fotografía: Pawel Edelman.Montaje: Hervé de Luze. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Jean Dujardin, Louis Garrel, Emmanuelle Seigner, Grégory Gadebois, Hervé Pierre, Wladimir Yordanoff, Didier Sandre, Melvil Poupaud, Eric Ruf y Mathieu Amalric.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

  

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