Argentina / Los Mayos y nuestro silencio que clama al cielo de 1976, de 2001 y de 2022

 

Los 20 de mayo de cada año, frente al Hotel Liberty, en el centro de Buenos Aires, sobre la Avenida Corrientes, casi Florida, donde fuera secuestrado el senador uruguayo Zelmar Michelini, un grupo de uruguayos y argentinos hicimos el viernes pasado ejercicio de la Memoria, junto a organizaciones de los Derechos Humanos, con presencia de autoridades argentinas y uruguayas, recordando y denunciando una vez más, que en aquellas dictaduras se torturó, asesinó y se hizo desaparecer a la mayoría de los orientales detenidos-desaparecidos, que vivían en tierra argentina.

Del otro lado del charco, sobre la avenida 18 de julio de Montevideo, a la misma hora, se realizó la multitudinaria Marcha del Silencio con los mismos motivos por los que se realiza desde hace años: Verdad y Justicia. En esa fecha, desde 1995, se realiza la Marcha del Silencio en Montevideo, como conmemoración y denuncia. Y en correspondencia con todos ellos, los uruguayos que habitamos en Buenos Aires nos congregamos en el hotel Liberty a la misma hora y el mismo día, como fue el viernes pasado.

Como muchos de los exiliados uruguayos de los años 70, llegamos a esta tierra con nuestros sueños, y “con una mano atrás y otra adelante”, como decían los que alguna vez emigraron con lo puesto. La realidad de las persecuciones de las dictaduras nos despertó en forma abrupta y dolorosa del sueño juvenil. Nos vimos obligados a guardar nuestras creencias, mantener la vida y empezar a señalar a los que limitaban los derechos políticos, los derechos al trabajo y a la libertad de expresión. Tuvimos que redoblar la apuesta, poner a buen resguardo los sueños de querer cambiar el mundo y, además, defender la vida, preservándola de quienes cometían crímenes de lesa humanidad.

En ese entonces había muchos orientales que habían cruzado el Río de la Plata en resguardo de su integridad física por causa de sus ideas políticas. Entre varios cientos/miles estaba Wilson Ferreira Aldunate, quien en aquella madrugada del 18 de mayo de 1976 fue avisado a tiempo de los procedimientos que se llevaban a cabo contra Michelini y Gutiérrez Ruiz y pudo escapar y exiliarse en otro país.

Esa época fue todo un período de supresión de las formas tradicionales de hacer política que conocimos.

Sucedió que el martes 18 de mayo de 1976, en Buenos Aires, fueron secuestrados a las 3 de la madrugada el senador Zelmar Michelini y Héctor “Toba” Gutiérrez Ruiz, Presidente de la Cámara de Diputados del Uruguay. Zelmar y el Toba Gutiérrez Ruiz, junto a los ya detenidos-desaparecidos Rosario Barredo y William Whitelaw, fueron descubiertos asesinados en un auto en la capital de la Argentina el 20 de mayo. También el 18 de mayo, en otra acción del plan Cóndor, secuestraron al médico uruguayo Manuel Liberoff, quien continúa desaparecido.

El caso de los uruguayos desaparecidos en la Argentina no es un hecho común. Los que desaparecieron habitaban suelo argentino en calidad de refugiados políticos, formal o informalmente. El gobierno de facto uruguayo los había condenado, a una cárcel ó a un destierro. No tuvieron alternativa; optaron por vivir en una sociedad parecida a la suya, con una historia común, con un lenguaje común, con costumbres parecidas como el mate y el tango.

En Uruguay ha crecido la conciencia y el consenso de la opinión pública sobre la necesidad de que se dé una respuesta sobre el destino de los detenidos-desaparecidos de una y otra orilla. Sectores de todos los partidos políticos, instituciones sociales, culturales y religiosas de la sociedad civil se han sumado a este reclamo que tiene indiscutibles dimensiones éticas, políticas e históricas.

¿Cuál verdad es la que se está buscando? La verdad histórica, ni más ni menos. Saber cómo fue posible que unas fuerzas armadas, otrora orgullo y ejemplo de convivencia democrática, encaramadas en una dictadura se encarnizaba contra un pueblo totalmente desarmado; la de evidenciar que se practicó una sistemática represión desde el Estado uruguayo, tomando por asalto el Gobierno con la connivencia de civiles provenientes de las posiciones políticas más conservadoras.

Muchísimas cosas han pasado en lo político. Eso es lo que hoy más duele; duele que pasen los años, los discursos, y sobre este tema no se avance nada; poco, puntual y no como política de Estado. Pese a todo hay pruebas de que la verdad tiende a aparecer y se abre camino, pase lo que pase.

No aspiramos a una verdad filosófica, sino a confesiones que apunten a cosas concretas. Que nos digan el porqué de las muertes y qué pasó con los desaparecidos. Que nos digan por qué detrás de un niño encontrado no aparecen los padres, vivos o muertos. A quienes reclamamos esto nos hacen aparecer como victimarios en lugar de víctimas, pero la gente sabe de sobra que no nos anima la venganza sino evitar que los mismos males se vuelvan a repetir en el futuro.

La condición de los desaparecidos es un caso extremo de «alteridad» ética: parte de la sociedad les quita toda cualidad humana a buena otra parte. ¡Se les niega su condición humana!

Se procura suprimirse el último lazo que tenían con la sociedad; se les niega hasta el derecho de estar en un lugar y referenciarlos en una fecha determinada. Sus familiares son forzados a vivir en una penumbra habitada de dudas y fantasías; manteniéndolos en un estado de crueldad y tortura permanente. Es un caso extremo de maldad (que va más allá de lo imaginable en la situación de los niños desaparecidos) puesto que para los familiares es una angustia suspendida en el tiempo, no pueden ni saben si están vivos o muertos, y en este último caso, no pueden ni enterrar a sus muertos que no están y, por lo tanto, tampoco pueden elaborar el proceso de duelo Para tener una idea cabal de esta situación basta pensar que no es equiparable a la de una tumba del «soldado desconocido», que ayuda a canalizar el dolor de tantos familiares, desde el momento en que allí yacen restos reales de un soldado que pueden ser los de su familiar. No hay tumba posible del «desaparecido desconocido». No dudamos que esta llaga abierta, esta penumbra en el alma respecto de la situación de los desaparecidos, trasciende la situación de sus familiares y afecta a toda la sociedad.

Triste es tener que conservar para siempre en la memoria colectiva el hecho fatal de que por la impunidad impuesta nos hemos convertido en un pueblo pusilánime, doblegado por abyectas amenazas de algunos delincuentes que obligan a olvidar y a dejar impunes sus crímenes. Es insoportable convivir para siempre con la propia vergüenza y con la dignidad perdida. La paz verdadera siempre es fruto de la justicia que restablece la memoria y los hechos delictivos aberrantes no quedan impunes.

El mero transcurso del tiempo nunca es suficiente para sanar a una sociedad de la infección que padece por la impunidad. El problema queda enquistado en la conciencia nacional mientras no se le dé el remedio adecuado. Aún más, esa enfermedad permanecerá y será alimentada por el mismo transcurso del tiempo indefectiblemente.

Cerrar heridas y reconciliar no es olvidar. El olvido es signo de debilidad y es miedo al futuro. Quienes pretenden tender un «manto de olvido» sobre los crímenes aberrantes que se han cometido buscan impedir, en los hechos, toda reconciliación.

Los crímenes sucedieron; mientras están impunes afectan la conciencia o la inconsciencia colectiva nacional. La historia se hace con lo que el pueblo conserva en su memoria. No le sumemos a esa memoria la impunidad, sino la capacidad de perdón y reconciliación. Sin tocar por medio de algún tipo de reconciliación esa herida purulenta que viene del pasado, es imposible pretender consolidar el Estado de Derecho.

Todos ellos saben lo que fue y es su complicidad y muchos hoy niegan  – con sus manos ensangrentadas  – su participación en las torturas, asesinatos y desapariciones de sus compatriotas. La investigación de los crímenes siempre procura colaborar en la creación de las condiciones éticas para una reconciliación.

Porque la consolidación institucional y democrática pasa por restablecer la actitud ética en todos sus niveles y en todas sus instituciones. Muy a menudo se argumenta que hurgar en acontecimientos del pasado es abrir nuevamente las heridas. Nosotros nos preguntamos por quién y cuándo se cerraron esas heridas. Ellas están abiertas y la única manera de cerrarlas será logrando una verdadera reconciliación nacional, acá y en Uruguay, que se asiente sobre la verdad y la justicia respecto de lo sucedido.

Una vez más la impunidad es el problema. Parece como si los estados no quisieran entender que la justicia no es un mito. Que la verdad histórica no se puede ocultar. Antes o después los pueblos desean y exigen conocer su historia.

Dijo Artigas al Cabildo de Montevideo, el 18 de Noviembre de 1815:
«No conseguiremos jamás el progreso de nuestra felicidad si la maldad se perpetúa al abrigo de la inocencia. Llegado es el tiempo en que triunfe la virtud y que los perversos no se confundan con los buenos».

La frase tiene la virtud de permitirnos centrar en sus justos términos el complejo tema de las consecuencias éticas que la impunidad tiene en la vida de un pueblo.

Hay mojones en el camino; recién hace pocos años la sociedad está haciéndoles monumentos, generales y personales, a los detenidos-desaparecidos (Parque de la Memoria en la costanera norte de Buenos Aires y en el parque Vaz Ferreira, sobre la ladera sur del Cerro,de Montevideo donde está el Memorial en Recordación de los Detenidos Desaparecidos; en Entre Ríos, cerca de la represa argentino-uruguaya de Salto Grande hay un monumento que recuerda el primer éxodo del pueblo oriental, en el Campamento del Ayuí; en Buenos Aires hay en la Plaza Artigas – Av. Libertador y Tagle –  otra placa que recuerda que hubo otra diáspora generalizada de orientales y que hubo algunos que no pudieron volver a su tierra, asesinados o desaparecidos, como tantos otros luego de la vuelta a la democracia en 1985.

Y seguimos andando, curtidos de la soledad producida por nuestros amigos y compañeros que no están hoy entre nosotros por la acción del terrorismo de Estado del Plan Cóndor.

Continuando en una senda reparadora, sobre el fin del año 2005, un lunes, un grupo de uruguayos residentes en Buenos Aires concurrimos a la plaza de Av. Libertador y Tagle, donde está erigido el monumento al prócer oriental José Artigas, al acto de reinstalación de la placa que fuera colocada inicialmente en el 2001, a la memoria de los uruguayos detenidos desaparecidos y asesinados en la Argentina.

Fue un acto sencillo. Sobre todo, un acto de reparación histórica, por cuanto esa placa, originalmente de bronce, fue robada.

Volvimos a colocar una placa de piedra, que tenía la misma inscripción que la del 2001. Decía:

“A la memoria de los uruguayos desaparecidos y asesinados en la Argentina por motivos políticos, en el 25º aniversario del secuestro y posterior muerte de los legisladores orientales Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz”

Gobierno y Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
18 de mayo de 2001

Por orden del primer gobierno del Frente Amplio, a partir del año 2005, se empezaron excavaciones en predios del Ejército uruguayo, y los cuerpos encontrados empezaron a hablar.

Muchos de los uruguayos que vivimos en este suelo, algunos optando por la ciudadanía argentina, con hijos y nietos, intentamos decir que en este contexto tan controvertido de hermandad, hay algo fuerte que nos une a argentinos y uruguayos y eso es la defensa de los Derechos Humanos, económicos, sociales y culturales. Y Políticos.

Es nuestra aspiración ciudadana que en nuestras tierras impere la justicia. Es nuestra aspiración que nuestros desaparecidos nos unan para la construcción de un mundo donde no haya más víctimas ni victimarios. Es nuestra voluntad que tanto dolor, tanta muerte no haya sido en vano. Es nuestra voluntad que la historia nos una cada vez más en la construcción de un mundo mejor y más solidario.

Aquel encuentro en mayo del 2001 en la Plaza Artigas (Av. del Libertador y Tagle) y su recolocación de esa placa – colocada a 25 años de los sucesos ignominiosos de mayo de 1976 significan la voluntad de seguir reconociendo que los valores de la verdad, de la libertad, de la justicia y de la paz son imprescindibles para la construcción y el desarrollo de una democracia responsable.

Recordamos que el Artigas dijo también esta frase:

«….En el camino del honor, del que jamás me he separado, me he hallado al frente de los derechos sagrados de mi Patria que he defendido y defenderé hasta donde el soplo de mi vida me anime»….»En la unión está nuestro poder y sólo ella afianzará nuestro presente y nuestro porvenir». (10 de octubre de 1816, de José Artigas a Pueyrredón).

Por Fabián Muñoz Rojo

  

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