Razones para el Día del Soldado

El Día del Soldado fue establecido por una dictadura con problemas económicos y políticos que necesitaba reafirmarse, la de Terra, pero en coincidencia con la conmemoración de la batalla de Las Piedras, el 18 de mayo. Fue reafirmado sin alharaca 65 años después por iniciativa de Julio María Sanguinetti en el gobierno de Jorge Batlle, en medio de la crisis del 2002, “cuando todo dejó de funcionar” y la inflación era del 20,1%, recordaría El Observador. Estaba todo el Uruguay preocupado por la economía y la renuncia del presidente como posibilidad sobre la mesa, y se cambia la fecha al 24 de mayo, respondiendo a un pedido de Ejército, que, pasados tres lustros de entregado el gobierno a los civiles, quería más protagonismo.

Luego, el ala pro militar del gobierno de José Mujica, con Luis Rosadilla de ministro de Defensa, encontró en él un instrumento apto para congraciarse con sus ex represores, y en 2010 reafirma el decreto 413/002, con el mismo espíritu a pedir de gorra redactado por la política hacia los militares de Sanguinetti, y Yamandú Fau como ministro de Defensa. El texto del 2002 lo justifica así: “como recordatorio y homenaje a todos los integrantes del Ejército Nacional caídos gloriosamente en cumplimiento del deber militar, en todas las épocas, circunstancias y lugares”. Eso, claro, incluye a la dictadura cívico militar de 1973-85 y a los militares muertos por los tupamaros (ninguno en combate) y a los 35 caídos en misiones de paz de ONU entre 1993 y 2014.

Lo justificó Sanguinetti en que en esa fecha del 24 de mayo de 1811 falleció el capitan Manuel Antonio Artigas de las heridas recibidas en el Combate de San José, en el que las fuerzas realistas fueron vencidas, las patrióticas se acercaron a Montevideo, principal bastión realista, y lo aislaron de Colonia. En el realce de este notable hecho está lo que se llama “la patria vieja” y el premeditador error de insistir en que el Ejército tiene su fundación en la Batalla de Las Piedras, y por lo tanto es “anterior a la Patria”.

Si hay una constante en esta más que reiterada reafirmación del Día del Soldado, es la voluntad política de vestirse de artiguistas y acercarse al ejército, que es desde siempre acercarse al poder. Pero la  despolitización del arma de tierra es donde debe situarse con justicia su fundación. Así, José Pedro Barrán, en Latorre y el Estado uruguayo, afirma: “principalmente en el período latorrista (1876 -1880), el militarismo sentó las bases definitivas del principio de autoridad, creando una estructura de poder que fue, en esencia, la del Estado moderno y centralizado que el Uruguay sólo había conocido por aproximaciones, mas nunca por entero. Ampliado en sus cuadros por las recientes campañas militares en la Guerra del Paraguay (1865-1870) y la Revolución de Timoteo Aparicio (1870-1872), el ejército uruguayo, sobre todo a raíz del primer conflicto bélico citado, se profesionalizó, apartándose de aquellas características que siempre lo habían convertido en un simple sucedáneo de los partidos políticos tradicionales, como que era en verdad la organización militar que asumía el partido que gobernara.” Sí, el Ejército podía llamarse una fuerza institucional tras la labor de los gobiernos a partir de 1876 y hasta 1886, época conocida como Militarismo, en la que su profesionalización se sumó al alambrado de los campos y a la gran reforma educativa de José Pedro Varela, que llevó al Estado a establecer la enseñanza escolar laica, libre y gratuita. En ese trípode está la fundación del Estado moderno uruguayo.

Si se dejara de lado la tergiversación de la historia que los militares han impuesto al país y que se sigue imponiendo a través de la educación, la fecha del 24 de mayo pero de 1866 sería el Día del Soldado. Fue la fecha de una confrontación de la Guerra del Paraguay, o de la Triple Alianza: la batalla de Tuyutí. Pero es de dudar que la institución Ejército acepte conmemorar algo de una guerra vergonzosa, fomentada por los británicos y en la cual, además, Uruguay fue obligado a rendirse por falta de apoyo inicial de sus aliados, según explica Luis Alberto de Herrera en La culpa mitrista, y en la que Paraguay inició hostilidades –contra Brasil– ante la invasión de Uruguay por Brasil.

La dictadura de José Luis Gabriel Terra aceptó llanamente la orden 197 de la Inspección General de Ejército, que estableció el Día en la ya pasteurizada fecha del 18 de mayo como fecha de fundación del arma. A esa dictadura se la recuerda porque tomó el poder con los bomberos, lo cual es cierto. Pero la anécdota oscurece que lo hizo con el apoyo de Luis Alberto de Herrera, que Terra fue un dictador conservador y antiliberal. Que rompió relaciones con la URSS y las estableció con Francisco Franco, que ese 13 de abril de 1937 estaba en las batallas de la sublevación que había iniciado menos de un año antes, y lo estaría hasta triunfar en 1939, cuando Terra ya no era dictador. Que en esa dictadura uruguaya, el día del golpe, 31 de marzo de 1933, se suicidó en protesta el consejero Baltasar Brum y que el 26 de octubre de ese año fue asesinado por la dictadura el político colorado Julio César Grauert. Que el golpe se dió en el marco de una crisis económica, que hubo varios intentos de rebelión, todos fracasados, que Terra mandó a 70 políticos presos a la Isla de Flores, y metió presos a los profesionales universitarios que no firmaron una carta de adhesión expresa al régimen dictatorial.

Sí. Acercarse al calor poderoso de las armas y abonar la des-profesionalización del ejército fue cada una de las tres veces anteriores el intento político de los tres gobiernos que hicieron bandera pro militar con el Día del Soldado. Ahora, en el cuarto acto de esta acción innecesaria para la república, ¿por qué sería distinto el motivo de este gobierno al anunciar pasar el decreto a ley? Al anunciarlo en el IMES (Instituto Militar de Estudios Superiores), el ministro Javier García lo justificó con una falacia que alababa al Ejército, faltaba más: “Nuestra república es hija de la patria en armas”, dijo. Sí, armas hubo. Artigas fue derrotado, y lo que nos quedó como país fue producto del interés británico y formalizado con la Convención Preliminar de Paz, que puso fin a la Guerra do Cisplatina, o guerra argentino-brasileña y selló la independencia definitiva del entonces llamado “Estado do Montevideo”. Fue firmada entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata con mediación del Reino Unido el 27 de agosto de 1828.

Tras convertir el decreto en ley, de lo poco que le quedará por hacer en su adulación al próximo, es poner una placa de oro en el monumento a Artigas de Plaza Independencia. Se afirma, no sin razón, que la iniciativa herrerista manosea el mes de mayo, mes de los derechos humanos para una parte del país. Eso implica echar sal en la herida que la decisión política no deja cerrar.

El ministro García lo quiere cuestionar declarando que no le cede a nadie la derecha en materia de derechos humanos. ¿Es esto indicativo de que se abrirán finalmente los archivos militares? Si no, lo que no cede García es simplemente la derecha. La acción del herrerismo, que no es a favor de los derechos humanos sino de consagrar por ley la frase sanguinettista citada del decreto de 2002 (“como recordatorio y homenaje a todos los integrantes del Ejército Nacional caídos gloriosamente en cumplimiento del deber militar, en todas las épocas, circunstancias y lugares”). Ella se imbrica de manera natural en la disputa que mantiene con Cabildo Abierto por el voto militar, a la que el país viene asistiendo.

Es de hacer notar que este doble intento de ganar el apoyo militar entraña un peligro institucional, cual es la politización de las fuerzas armadas. Hacerlo no es de buen republicano, y marcha hacia una intensidad en la que puede ser visto como subversivo. Estas FFAA no tienen la fortaleza institucional que tuvieron en algún momento; nunca cabal, pero suficiente para aguantar el cimbronazo de los intentos políticos. En estas FFAA de hoy persiste la voluntad de encubrir sus trapos sucios, y eso las aleja de la institucionalidad. La política que golpea sus puertas una y otra vez solo las debilita más en el profesionalismo que les puede quedar.

  

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