CINE | “King Richard”: La resiliencia como partera de utopías

La historia real del abnegado padre pobre de dos famosas tenistas negras que desde hace un buen tiempo ocupan un lugar privilegiado en el podio del denominado deporte blanco, es el sensible y naturalmente desafiante  núcleo temático de “King Richard- una familia ganadora”, el largometraje del  cineasta estadounidense Reinando Marcus Green.

 El relato aborda la peripecia de personajes de carne y hueso que obviamente no son ficticios, quienes, con mucho esfuerzo y sacrificio, lograron abandonar el ostracismo y erigirse en rutilantes estrellas de un deporte cuasi monopolizado por los hombres, la étnica blanca y los ricos.

Por supuesto, en un país donde pervive el racismo tanto el soterrado como el explícito y hasta el visceralmente violento, este impactante logro se transformó en una auténtica proeza.

El detalle no menor es que el protagonista de esta propuesta cinematográfica es Richard Williams –padre de las famosas Venus y Serena Williams- interpretado por un sorprendente y versátil Will Smith, quien obtuvo por su destacada interpretación el Oscar al Mejor Actor.

Obviamente, la ceremonia fue empañada por un escándalo de proporciones, cuando el actor subió al estrado y golpeó al humorista Chris Rock, lo cual fue observado por miles de comensales y millones de espectadores de todo el planeta.

El motivo, como se sabe, fue que el animador se burló de la calvicie de Jada Pinket  -la esposa del artista- quien padece alopecía, una de las patologías capilares más frecuentes en las mujeres.

Aunque en principio se creyó que el incidente era premeditado, las expresiones soeces del galardonado extendieron la ola del incidente e incluso devinieron en una grave sanción adoptada por Hollywood contra Smith.

Obviamente, el propósito de esta nota no es emitir un juicio de valor sobre lo sucedido, pero si deplorar todas las expresiones de violencia: la actitud agraviante y denigratoria del presentador y la irracional reacción de Will Smith, quien debió contener su ira, retirarse del recinto y apelar a otras estrategias para dirimir el enojoso episodio.

Esas expresiones de violencia, que son habituales en el mundo real y en el territorio de la ficción cinematográfica, están presentes en este valioso film testimonial, que retrata dramáticos cuadros de inequidad, más allá de algún apunte sensiblero siempre habitual en el cine de industria.

En ese contexto, la historia de los Williams es la de tantas familias de étnica negra, que deben luchar contra la pobreza, contra la discriminación y contra la delincuencia de génesis social.

El King Richard al cual alude precisamente el título de este largometraje, es un hombre que se crió –desde muy niño- bajo la represión de un sistema perverso, maltratado por la miseria, pero también por la Policía y por la organización ultraderechista supremacista Ku Kux Klan, cuyos miembros, bajo capuchas blancas que ocultan identidades, destilan un odio visceral contra compatriotas que de tez oscura.

Esa suerte de salvaje segregación persiste hasta el presente, pese a los avances logrados durante la presidencia del asesinado John Kennedy a comienzos de la década del sesenta del siglo pasado y entre 2009 y 2017, en los dos sucesivos gobiernos de Barck Obama, el único mandatario de étnica negra de la historia de la potencia imperialista del norte.

Empero, este personaje aparentemente mínimo, que defiende a su familia como si se tratara de un tesoro, comparte su vida con su esposa Oracene (Aunjanue Ellis) y con cuatro hijas, dos de ellas futuras campeonas de tenis.

La aspiración de este hombre que oficia como guardia de seguridad en horas de la noche y conforma un sólido escudo de supervivencia con su compañera de todas las horas que trabaja doble turno como enfermera para sostener una vida digna, es que su familia no padezca las mismas privaciones que él.

En ese contexto, asume que sus hijas Venus (Saniyya Sidney) y Serena (Demi Singleton) – las otras dos adolescentes corresponden a una relación anterior de su esposa- tienen potencial como para desarrollarse en la práctica del tenis, que les permitiría zafar de la tentación de la calle, contaminada por la droga y la violencia, y tal vez edificar un futuro en un deporte del elite, que, a priori, sólo estaba reservado a la población pudiente.

En ese marco, la actitud de este hombre que no parece detenerse ante nada ni ante nadie, es un auténtico desafío y, si se quiere, hasta una irracional utopía a la cual no parece estar dispuesto a renunciar bajo ninguna circunstancia.

Así, sin saber nada de tenis más que lo que ha leído en manuales o libros sobre este deporte, entrena a sus hijas en condiciones de absoluta precariedad, hasta que comprende que debe apelar a la ayuda de un profesional, que naturalmente no puede pagar.

En ese contexto, su trabajo de concientización y de guía –que a menudo tropieza con la resistencia de su esposa y las desavenencias con los entrenadores de las adolescentes- es un auténtico ejemplo de perseverancia.

En tal sentido, esta historia real corrobora que no es suficiente con poseer cualidades innatas para la práctica de una actividad-en este caso un deporte muy redituable- sino que también se requiere humildad, maduración y confianza.

En estas circunstancias, la honestidad y la fortaleza emocional parece ser una virtud irrenunciable, lo cual es aun más valorable en alguien que está acostumbrado- desde niño- a perder. En este caso concreto, perder es precisamente una experiencia aleccionadora, que motiva e impulsa a superar todos los obstáculos hasta arribar al final del camino.

La historia, que mixtura el drama con la comedia, retrata minuciosamente la odisea de este individuo que lucha cotidianamente contra la adversidad y las privaciones consustanciales a su modesta condición social. Incluso, debe soportar la violencia de matones de su propia étnica que lo intimidan y lo agreden recurrentemente.

El relato corrobora hasta qué punto la convicción y la obstinación se transforman en poderosas fuerzas motrices cuando se persigue un objetivo bien definido, urgido por el orgullo, la alta autoestima y la imperiosa necesidad de emerger del abismo de la pobreza.

La película, aunque desestima todo eventual mensaje político, sí denuncia la lógica del mercado en un deporte como el tenis, que, en su estatus profesional, moviliza millones de dólares.

Como sucede en el fútbol de elite de las grandes ligas del mundo desarrollado, también en la disciplina deportiva de la raqueta hay un territorio propicio para la actividad de los capitalistas de ambición desmedida, que suelen deslumbrar a los jóvenes con ofertas y patrocinios multimillonarios.

Ese será el segundo desafío que deberá enfrentar el protagonista, quien resiste y no cede a la tentación de los vendedores de ilusiones y, ante todo, protege y ampara a sus hijas, sin para ello renunciar a transformarlas en jugadoras profesionales.

No en vano esas dos adolescentes negras pertenecientes a una familia humilde que inicialmente por su origen no podían aspirar a nada trascendente en sus vidas, mutan con el tiempo y se erigen en sendas superestrellas de relumbrón internacional.

Empero, esta película no está ciertamente dedicada a recrear las memorables hazañas de estas dos deportistas de fuste cargadas de premios, galardones y reconocimiento a nivel mundial. Es, por el contrario, la crónica de la lucha de un hombre común pero ejemplar y testarudo, que brega por la impostergable e insoslayable consecución de la felicidad de los seres que ama con una cuasi litúrgica devoción.

A priori, “King Richard: una familia ganadora” sería una mera historia lacrimógena de superación como tantas otras que nos entrega la industria cinematográfica de alto consumo, si no fuera porque se trata de personajes reales que concretan logros que parecían imposibles de alcanzar.

Sin pretender transformarse en un alegato propiamente dicho, este film –que es conmovedor y a la vez aleccionador- reflexiona, con acento crítico, sobre el sistema hegemónico desde variados ángulos de observación, atisbando en los secretos de la mega industria del deporte de alta competencia con valor de mercado.

Empero, también hurga, mediante un discurso nada complaciente, en las más deleznables miserias de un modelo de país que ciertamente no tiene nada de paradigmático, en cuyo territorio conviven algunos de los multimillonarios más célebres del planeta con personas –situadas en la periferia de la sociedad- que padecen todos los rigores de la inequidad de un capitalismo salvaje, implacable y crudamente competitivo.

Esa pobreza, que es inocultable y afecta a casi 40 millones de estadounidenses en las mismas condiciones de pauperización que oriundos de América Latina o de África, constituye un cabal testimonio de la mentira institucionalizada que nos quiere vender el imperio como si se tratara de un mero producto de exportación.

Este film –que realmente destila sensibilidad- reflexiona sobre el éxito como culminación de un dilatado período de preparación, de trabajo y de sacrificio, pero también como objeto de admiración y de veneración colectiva.

“King Richard: una familia ganadora” es una película conmovedora y una historia real profundamente humana, que muta drama en esperanza y sana resiliencia.

Por supuesto, la actuación de Will Smith en el papel protagónico encarnando al padre de las insuperables Venus y Serena, está dotada de una estatura histriónica monumental, que bien justifica el Premio Oscar adjudicado.

FICHA TÉCNICA

King Richard: una familia ganadora. Estados Unidos 2021.
Dirección: Reinaldo Marcus Green. Guion: Zach Baylin. Fotografía: Robert Elswit. Edición: Pamela Martin. Música: Kris Bowers. Reparto: Will Smith, Aunjanue Ellis, Saniyya Sidney, Demi Singleton, Tony Goldwyn, Jon Bernthal, Andy Bean, Kevin Dunn y Craig Tate.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

  

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