“La razón que tenemos para creernos lo mejor de lo mejor es que cuando
Dios iba haciendo las cosas y “viendo que eran buenas”, al llegar a la mujer,
vio que era algo tan superior, que ya no se podía hacer cosa
mejor y dio por terminada la creación”
María Abella de Ramírez

 

Hace dos meses, me fue obsequiado un ejemplar que recopila principalmente artículos, pero también cuentos, relatos, poemas y los destacados ensayos feministas de una de las primeras mujeres que reivindicó el papel de la mujer en la sociedad, y que resignificó a la misma. Su pensamiento, de cuño liberal y feminista, que desarrolló sobre finales del siglo XIX hasta el primer cuarto del siglo XX, a uno y otro lado del Plata, abogó por la igualdad de sexos, luchó por el divorcio por sola voluntad de la mujer, y también porque se reconocieran y se pudieran ejercer los derechos políticos a que tenían derecho las mujeres. No se cansó de señalar las injusticias, las inequidades del sistema, y también de mostrar el camino: la unidad de todas las mujeres, en clubes o asociaciones, para luchar por sus derechos e instruirse debidamente en todas las materias.

Se trata de María Abella de Ramírez, nacida en San José el 28 de setiembre de 1866, pero que vivió en La Plata, Argentina, donde hizo conocer sus ideas, y donde  murió, un 5 de junio de 1926. La obra, que se llama “Ensayos feministas. En pos de la justicia”, es un libro homenaje para difundir su pensamiento. La primera edición es de 1908, impresa en La Plata, Provincia de Buenos Aires. La que tengo es la tercera edición, del año 1995, impresa en Uruguay que respeta en todo a la primera.

El prólogo es de la escritora Teresa Porzecanski, quien sintetiza así su pensamiento: “Igualdad de oportunidades educativas y laborales, derecho al ejercicio de todas las profesiones, derecho al divorcio digno y a no ser objeto de desprecio por parte de esposos déspotas y arbitrarios, plena capacidad legal y cívica para toda actividad política y societaria, independencia intelectual, y una moralidad laica, sustantiva, que no estuviera subordinada a la religión o al clero…”. (p. 11-12) Además de ello, esas reivindicaciones las presentó en artículos, ensayos, cartas, propuestas legislativas y en el Primer y el Segundo Congreso Internacional del Libre Pensamiento, uniendo la teoría a la praxis, a la acción.

Porque su pluma llamó a que otras mujeres escribieran y se formaran para ser libres, a semejanza de lo que pasaba en ese tiempo en Europa y en los Estados Unidos de Norteamérica. Les dio un mundo nuevo a conquistar, y de seguro que el día que las mujeres tengan los mismos derechos, que sean respetadas en toda su integridad y dignidad como personas y que todas las tareas puedan hacerse indistintamente de sexo u orientación sexual, entonces sí vendría el progreso a constituirse a pleno en las sociedades modernas.

Aquí, en este libro, según dice el segundo prólogo —correspondiente a Carlos M. Rama, de 1965— tenemos “artículos, cuentos breves, relatos, cartas públicas, en buena parte publicados en la prensa de esos años con fines didácticos o agitativos a favor de la causa feminista”.

En 1901 funda la revista Nosotras, para dar impulso a sus ideas, y luego se convence de que es necesario fundar una organización base para lograr sus cometidos. En 1910 funda, en La Plata, la Liga Feminista Nacional, y luego la revista “La Nueva Mujer” como órgano de prensa de la liga, propulsando las ideas liberales. También fundó, en 1915, en La Plata, la Asociación Liberal Agustín Alvarez, para fomentar la instrucción.

Fue una intelectual de fuste, que frecuentó a José Batlle y Ordóñez, “con cuyo pensamiento tuvo gran afinidad, y también a Domingo Arena, César Miranda, Héctor Miranda, Emilio Frugoni, Ricardo Areco, Carlos Vaz Ferreira y otros que integraban la generación del 900”. (p. 15)

De esa generación de mujeres feministas, debemos rescatar, junto a María Abella de Ramírez, a Paulina Luisi, Clotilde Luisi, Isabel Pinto de Vidal, Dolores B. de Palumbo, Isabel Arbildi de Beretervide, la Dra. Arman Ugón, y las mujeres que integraron la Sección Uruguaya de la Asociación Femenina Panamericana.

El pensamiento feminista en el 900

La actualidad de la queja, que se  sostiene en el tiempo, que se repite, cíclicamente, ya lo anotaba Abella de Ramírez en aquellos tiempos: “No pasa una semana sin que los periódicos nos den cuenta de que en tal o cual parte ha sido sacrificada una mujer, siendo el verdugo el marido, el amante o pretendiente (…) y lo más terrible aún es la indiferencia con que los diarios refieren y el público lee estos actos de salvajismo (…)”. (p. 12)

Pero también Abella de Ramírez anota que, por otro lado, se reclama “admisión de las mujeres a la educación, a las profesiones, a la administración de sus bienes, a la patria potestad, a la fijación del domicilio conyugal, al divorcio por su sola voluntad, la supresión de la prisión por adulterio, como las “cárceles del Buen Pastor” y la prostitución reglamentada”. (p. 13-14)

La cárcel del Buen Pastor fue una institución de castigo y corrección para las mujeres “descarriadas”, legal o moralmente, regida por las religiosas de la congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor de Angers (de origen francés, contaba ya con tradición en el trabajo con mujeres y jóvenes, y se encargaron de la administración de varias cárceles en muchas ciudades del sur de América).  Como se señala en el artículo “La cárcel correccional como agente cultural. Una aproximación al Buen Pastor (Córdoba, siglos XIX-XX)”, esa corrección fue de género, puesto que estaba separada de los varones y era ejercida por mujeres, además fue de clase, puesto que quienes estaban detrás de las religiosas, en sociedades de beneficencia, eran mujeres de clase alta, y también con un aspecto religioso, para que las mujeres volvieran al camino del que no se deberían de haber apartado: el de la misericordia de dios.

En Abella de Ramírez hay una voz anticlerical, con énfasis en la laicidad, la separación entre Iglesia y Estado, sobre todo en la Argentina, donde esta unión se manifestaba —y aún se sigue manifestando, aunque de otra forma— con mucha más fuerza. Dice, por ejemplo: “si queremos defendernos a tiempo pensemos que lo primero que hay que hacer es no dar elementos al enemigo; que debemos cuanto antes separar la Iglesia del Estado, y ocupar las rentas que ellos emplean en armarse, en extender la instrucción, arma poderosa que acabará con todas las farsas y farsantes” (p. 32), lo que nos muestra la verdadera tarea que tiene para realizar el Estado: la educación, y señala el peso moral y político de la iglesia en el país hermano.

Es decir, lo que se cuestiona es que la iglesia funge como “representante oficial de la única moral que acepta hoy la sociedad”, al modo conservador, a pesar de las ideas liberales que se irán aplicando en ambas márgenes del Plata, en consonancia con buena parte del mundo occidental.

También, Abella de Ramírez habla de legalizar la unión libre, consagrarla como un matrimonio, porque “hay momentos en que dos enamorados se olvidan del mundo y del infierno, y después que, como los hombres no se deshonran, suelen hacer lo posible por deshonrar  a las mujeres” (p. 35), estableciendo una realidad de su tiempo, y que alcanza nuestro tiempo también, echando culpas a la mujer, por medio de subterfugios mentales,  aunque haya sido víctima de terribles atropellos a su dignidad y a sus derechos humanos, en todos los órdenes de la vida.

La idea de patria en Abella de Ramírez, o mejor dicho su justificación por la negativa: “contra los prejuicios y las costumbres que habiendo estado bien en otra época hoy se hallan fuera de lugar”, y la explicación debida de patria: “ella nació de la necesidad de la mutua defensa para vivir estables y tranquilos, cuando los hombres dominados por salvajes instintos, vivían en continua lucha: desde que los habitantes de una comarca decidieron vivir en sociedad, ya tuvieron una patria común que defender” (p. 35), de allí los jefes de Estado divinizaron la idea de patria, exaltándola, “haciendo de la patria un culto, una diosa, a la que sus hijos deben sacrificarle todo, hasta la vida”. (p. 36)

Y con gran lucidez, plantea: “Para gobernar a su capricho, trataron de evitar las ideas nuevas que pudiera traer el forastero y fomentaron el desprecio al extranjero y el orgullo nacional…”. (p. 36) Hasta los poetas han sacralizado a la ¡patria mía!, como síntesis de un sentimiento supuestamente general y fundante de nacionalidad.

Ponderemos, por un momento, la altura de su mirada y su profundidad, porque con los viajes y los modernos medios de transportes, podemos viajar y conocer otros lugares y, dice, “por la misma razón deseamos fijar el nido en el sitio que más se avenga a nuestros gustos, o que más ventajas nos ofrezca y notamos los inconvenientes de la patria limitada, porque, considerando a todos como hermanos, quisiéramos poder luchar sin trabas en todas partes por el progreso humano, que debe de interesarnos más que el de esta o aquella región determinada”. (p. 36)

Todo eso debería ceder y dejar paso a lo verdaderamente importante: “¡la fraternidad humana!”. Por este tipo de cosas podemos decir que su humanismo feminista es adelantado para la época.

Pero un poco después, en junio de 1903, precisa el significado de patria: “Patria (…) es una región de terreno, más o menos extensa, a la que nos sentimos ligados por lazos de deber y simpatía, cuya independencia deseamos obtener o conservar y cuyo progreso debemos fomentar”. (p. 37) Y agrega: “Para los humanistas no hay más patria que una, el mundo entero: es un ideal muy bello, pero todavía muy lejano”. (p. 37)

La suya, por supuesto “no es sólo el país en que nací (ni el cariño a mi patria me priva de amar a todo el género humano), mi patria es más extensa, es el cuerpo de que mi país es una parte. ¡Mi patria es el mundo americano!”. (p. 38)

Algo más sobre la noción de patria americana: “habiéndonos unido para asegurar la independencia; para defender la tierra, palmo a palmo, contra el aguerrido pueblo español; quedamos divididos, sin que tuviéramos intención de separarnos: la patria se desgarró: formamos cuatro pueblos. Después… dueños ya de nuestros destinos, en lugar de tendernos los fraternales brazos, de reconstruir la nación; seguimos siempre divididos, cada uno es el pedazo de suelo patrio que en el usual reparto le tocó… Y los dominios del antiguo Virreinato, que unidos hubieran sido una garantía de paz en Sud América; desunidos fuimos un semillero de discordias… ¡Cuán grandes hemos podido ser y que chicos somos al presente!..”. (p. 39)

Hay una idea que sobrevolaba por ese tiempo, la de la creación de los Estados Unidos del Río de la Plata, que lo supongo con puntos de contacto con el federalismo artiguista y también, por supuesto, con los Estados Confederados del Río de la Plata, que fue una propuesta de Estado ideada en 1850 por Domingo Faustino Sarmiento en el libro Argirópolis (que significa literalmente ciudad del Plata), y se integraba con la Argentina, el estado Oriental del Uruguay y el Paraguay, cuya capital sería la isla Martín García. Significaba un territorio utópico, en el que se simbolizó el ideal y anhelo de una nueva nación. En el subtítulo de ese libro, Sarmiento daba una especie de fundamentación de la necesidad de una “solución de las dificultades que embarazan la pacificación permanente del río de La Plata, por medio de la convocación de un congreso, y la creación de una capital en la isla de Martín García de cuya posesión (hoy en poder de Francia) dependen la libre navegación de los ríos, y la independencia, desarrollo y libertad del Paraguay, el Uruguay y las provincias argentinas del litoral (Sarmiento, 1896: 11).

A veces nos olvidamos que, como decían algunas voces, representantes de ideas que en algún momento fueron ideas avanzadas, la propiedad es un robo. Sin olvidarse de ello, dice que “si hay derecho a aspirar a un reparto más equitativo de los bienes de la tierra, como herencia que nos corresponde del esfuerzo y sacrificio de las pasadas generaciones; no hay razón, ni  justicia para que la clase social a quien ha tocado el rudo trabajo material, odie a los obreros de la idea. Si muchos trabajadores han sacrificado sus vidas en el duro trabajo de las minas, también muchos sabios han consumido su existencia entera en descubrir una ley de la materia; muchos pensadores han soportado el martirio por declarar al mundo una verdad!.. (p. 40)

Sobre las cuestiones sociales su pensamiento lo podemos catalogar de reformista, puesto que está a favor de reformar, mejorar, las leyes, antes que no tener ninguna. “Si la barca que nos conduce está en mal estado, la medida que debemos seguir, no es destruirla y arrojarnos al océano; sino refaccionarla por partes” (p. 42). Podemos entender esto como cierta crítica a los libertarios, a los anarquistas de su tiempo que hablaban sobre destruir las máquinas como si por culpa de ellas hubiese sido dada la explotación del obrero. Del mismo modo, realiza la prédica feminista hacia los socialistas, que “sueñan con un mundo muy bueno… para los hombres”, donde, dicen estos, “la mujer debe vivir siempre subordinada a nosotros, sólo como instrumento de nuestra comodidad y placer: la justicia y el derecho son aspiraciones legítimas en el hombre; pero la mujer está muy bien como está”. (p. 45) Eso decían —y hacían— los socialistas de la época, en un fenómeno que aún hoy día comprendemos que no es exclusivo de ideología alguna, salvo el patriarcado como un todo y que es el elemento aglutinante que considera a la mujer como dependiente del hombre.

Los ensayos feministas

La segunda parte del libro viene con algunas sorpresas: poemas, cuentos, relatos y fábulas. Se transcribe un interesante diálogo en un medio de prensa escrito entre una mujer católica y una mujer librepensadora, donde da cuenta de la sinrazón de la fe cristiana, y que, en su nombre, se han cometido múltiples atropellos durante siglos enteros. Por ello, puede decirnos que “Colón no descubrió el nuevo mundo con la ayuda de la cruz: sino con la brújula”. (p. 57)

Hay una alabanza del siglo XIX, por la gran cantidad de inventos técnicos, en especial de las fuerzas motrices del vapor y la electricidad, aunque esta última aún no estaba desarrollada del todo. Pero esos inventos podrían hacer posible, según ella, el paraíso en la Tierra.

Destacará los rasgos más notables de ese feminismo: luchar por defender la independencia humana, hacer luz en las tinieblas de la mente, y llevar la civilización a las más apartadas regiones de la tierra.

Incluso piensa sobre China, llegando a conclusiones en la que advierto un error de percepción sobre esa inmensa nación y los modos democráticos y pacíficos para hacerla integrar al concierto de las naciones: “Hasta ayer, como quien dice, permanecía aislada, separada del resto del mundo una nación rica e inmensa: la China, que tal vez encierra dentro de sus casi infranqueables fronteras descubrimientos científicos de la mayor importancia y cuyos cuatrocientos millones de habitantes empezaban a mirarse como un peligro. Para hacerla entrar en el concierto de las naciones civilizadas no había más remedio que uno, muy cruel por cierto; pero indispensable: llevar la guerra a China y el siglo XIX, en sus postrimerías la llevó, como padre cariñoso que toma para sí todo el trabajo rudo y deja a su heredero una misión dulce y fácil. Terminada la guerra de China quedarán en sociedad todas las naciones civilizadas y es entonces cuando podrá venir la paz universal porque las demás cuestiones pendientes sobre el globo podrán arreglarse por medio del arbitraje, noble principio que también deja planteado el siglo que termina”. (p. 67-68)

Para entender de qué hablamos, hemos de decir que en China, tras las guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860) provocadas por Inglaterra y la guerra chino japonesa, el sentimiento anticolonial estaba exacerbado. Así fue que se rebeló un grupo de hombres (levantamiento Yihétuán), “los boxers”, contra la influencia foránea en el comercio, la política, la religión y la tecnología de los últimos años del siglo XIX. El resultado de esa guerra, tras un asedio al barrio de las Delegaciones (diplomáticas) y la invasión de la Alianza de las Ocho Naciones con 20 mil hombres (tropas estadounidenses, austrohúngaras, británicas, francesas, alemanas, italianas, japonesas y rusa), fue una derrota total para los chinos y un sometimiento aún más cruel a los dictados de los extranjeros sobre China y un pago millonario (300 millones de dólares que, en la época, era muchísimo dinero) de indemnización durante casi cuarenta años a las ocho naciones involucradas.

Nosotros, que conocemos lo que sucedió después, la invasión japonesa, la larga marcha y Mao Tse Tung, la revolución cultural y luego las reformas de Deng Xiaoping (las cuatro modernizaciones), e incluso la posición actual, de preeminencia comercial y económica, no podemos dejar pasar por alto el pensamiento de Abella de Ramírez, quizá influenciada erróneamente, ya que la guerra es inaceptable incluso desde el punto de vista feminista, puesto que trae aparejado un mundo en el que vale todo, y las mujeres, los niños y los ancianos son siempre las primeras víctimas inocentes de las mismas. A pesar de que antes había hablado del arbitrio en el concierto de las naciones como una de las cuestiones que se había dejado planteada sobre el fin del siglo XIX, aquí aboga por una guerra para poner en orden a los chinos y alinear ese inmenso país al esquema occidental (y cristiano).

Sin duda que lo principal es el llamado que hace Abella de Ramírez a las mujeres todas: “tengamos siquiera una libertad, la primera y más legítima de todas: la libertad de pensar y expresar nuestras ideas” (p. 76), y que, llamados a nuestra realidad actual, también hacemos extensiva a todos, hombres y mujeres, es decir a poder ejercer en plenitud la libertad de pensar y expresar nuestras ideas, cosa que por momentos es amenazada desde ciertas posiciones de poder, tanto en aquellos como en estos tiempos.

Hace una defensa de la literatura, en su sentido más amplio, hecha por mujeres, así como de la educación, que debe ser dada del mismo modo que a los hombres. Hará recomendaciones para poder colaborar en la prensa escrita, en cuanto a las dimensiones de los artículos y diversas especificaciones, pero también insistiendo sobre el hecho de escribir bien, de estar informado sobre el tema y desarrollarlo debidamente, y de darse un tiempo para corregirlo, sin ninguna prisa.

Desnuda, con su prédica, la real condición de la mujer, lo hace de modo ameno pero firme. “La mujer debe sacrificar (se) para servir al hombre”, es el mandato patriarcal hacia la mujer, en la expresión de la época, incluso esa frase es dicha por las consejeras del buen vivir de la mujer, como un no protestar nada mínimo para no tener problemas.

Como parte de la evolución de sus ideas, plantea: “(…) no queremos hacer la guerra al hombre, sino a los hombres malos, a los que tiranizan y maltratan a la mujer, y aun para ellos tenemos alguna indulgencia, creyendo que el despotismo con que suelen proceder se debe, más que a maldad, a mala educación, a ejemplos perniciosos que han visto en padres o abuelos y al ambiente actual, viciados por leyes o prejuicios bárbaros que vienen desde las épocas en que no se nos miraba como a seres racionales, sino como a objetos o máquinas al servicio del hombre” (p. 108), donde aún puede verse un resabio en cuanto a la educación que se da en el hogar, y en el que la mujer participa, de un modo u otro.

Por cierto, para Abella de Ramírez “el feminismo no viene a ser otra cosa que una doctrina nueva de libertad para la mujer, que se proclama en estos tiempos enemigos de toda esclavitud”. (p. 115)

Y, acusando las contradicciones inherentes a su propio discurso (debemos recordar que éste está inmerso en una época determinada —el albor del novecientos—), dice:

“Los hombres no deben ponerse celosos porque se abran nuevos caminos a la mujer, pues en países como éste, rico y extenso, no falta trabajo para nadie; lo que falta es quien trabaje y es mucho más conveniente tratar de utilizar los brazos femeninos que hay aquí, antes que demostrarse tan empeñosos por traer inmigración, que acaso no nos convenga”. (p. 113)

Y no es que no quiera a los extranjeros que habrán de poblar el territorio a ambas márgenes del Plata, sino a la necesidad de que la mujer pueda independizarse y para ello la posibilidad concreta, real, de trabajar y generar sus propios ingresos, le puede dar una mayor libertad de movimiento, como para instruirse y luchar por lo que crea que son sus derechos.

Pero también, “nosotras, las feministas, somos mujeres como la más sencilla, como la más tierna representante de nuestro sexo: una choza al lado del hombre amado, constituye para nosotras la dicha más grande de la tierra y para el amado, y viendo correspondido nuestro amor, no tenemos orgullo: somos capaces de hacer, por complacerle, las más humildes tareas; somos capaces de servir de rodillas al hombre que sepa correspondernos… pues no humilla arrodillarse por amor, sino por servilismo, pero, en cambio, no estamos conformes con servir a un amo déspota o insolente, que nos trate como a siervas, tomando la casa como un hotel y a veces, como algo peor; pues con mucha frecuencia se ven hombres que ni siquiera respetan el hogar, el techo que debiera serles sagrado porque cobija a sus padres o a sus hijos!..” (p. 120)

Porque lo que se busca es “la mujer inteligente que no sólo sabe gobernar su casa sino que comprendiendo la dignidad del ser humano, se interesa por todas las grandes cuestiones que preocupan a la humanidad pensante, encaminadas a buscar la verdad, la perfección y la felicidad de nuestra especie”. (p. 125) Y antes incluso: poner la discusión sobre si la “única misión de la mujer debe ser: cuidar la casa, servir al marido, vestir y alimentar a los niños; o si debe aspirar a algo más que eso, por ejemplo: ser la compañera, no la sierva del hombre. La madre capaz de vestir y alimentar a los niños, pero también de formarles el carácter y desarrollarles la inteligencia y ganarles el sustento si es preciso”. (p. 125)

Como buena librepensadora, mira el comportamiento de otras sociedades y saca conclusiones, para pasar a la acción, y así ve la necesidad de la unión de las mujeres, una unión de pensamiento pero también en cuanto a la lucha por sus derechos, es decir, la acción feminista. Del mismo modo ve en qué se basa el poderío del país del Norte (y la política del “gran garrote” y la doctrina Monroe por el que querrán mantener sometida a América a los designios estadounidenses): “pueblos, civilizáos, id adelante; o sino, os civilizaremos nosotros a cañonazos”. (p. 133)

Es la autora una mujer sensible, y no puede ocultar los modos sobre el cuidado de la salud en los recién nacidos, para que su enseñanza haga que las mujeres tengan algunas nociones elementales sobre los primeros cuidados de los infantes, y, de modo general, sobre el modo de atender a los enfermos, desde la posibilidad de que éste esté ubicado en una pieza que “debe ser de una limpieza exquisita, tan extensa como se pueda, fresca o templada según la estación y apartada de los ruidos de la calle y de la vecindad (…). La luz (sea natural o artificial) no debe ser demasiado viva, sino moderada al gusto del paciente” (p. 137). U otras recomendaciones: “la ventilación no se hace abriendo directamente la puerta o balcón que cae al patio o calle: sino ventilando primero la pieza inmediata y luego poniéndola en comunicación con la del enfermo…”. (p. 138)

María Abella de Ramírez es una mujer con esperanza, porque sabe que cuando el hombre pueda dominar la naturaleza es entonces que, “del brazo de su compañero, (podrá) cooperar en busca de sus más hermosos horizontes”. (p. 53)

Lo que hay que hacer es “deshacer todo este tejido de hipocresías, de mentiras, de absurdos, de maldades que forman la trama de esta carcomida sociedad, que en vez de cobijarnos nos aplasta”.

Algo más de su compromiso social: “siento por los desheredados un amor inmenso, inextinguible: todas las penas del mundo repercuten en mi pecho; pero sólo breves instantes me dejo dominar por la tristeza. La nuestra, no es época de lloros, romanticismos y suspiros; es época de lucha (…)”. (p. 169)

Y reafirma: “No escondamos las ideas, lancémoslas, que ellas son torrentes poderosos de luz, que espantan los fantasmas”. Y los fantasmas son “los prejuicios del pasado” que, como anclas, impiden soltar amarras y navegar.

Sus cuentos y relatos se detienen, a menudo, en un cuadro, como en Un paseo matinal, donde los dos muchachos se quedan petrificados mirando a las dos muchachas, y a partir de allí “las dos empezaban a saborear las sublimes delicias del amor correspondido”. Sólo allí, tal vez, María Abella de Ramírez se muestra romántica, y los finales, optimistas, nos muestran la unión de los sexos, realizándose a plena satisfacción.

Por último, el libro se cierra con el Programa mínimo de reivindicaciones femeninas, un programa que aún mantiene vigencia a pesar del largo siglo que ha pasado de su redacción, y otro texto sobre los derechos políticos de la mujer, muy resistidos en esa época, y que aún en nuestros días nos debemos, como sociedad, un tratamiento mucho más igualitario y justo.

Por Sergio Schvarz
Periodista y escritor 

Bibliografía

Argirópolis, de Domingo Faustino Sarmiento, Villa María, : Eduvim, 2012, Argentina, 124 páginas.

La utopía identitaria en Argirópolis, de Domingo F. Sarmiento. Eugênio Rezende de Carvalho. Tabula Rasa    2014,  (21)

Maritano, O., & Deangeli, M. A. (2019). La cárcel correccional como agente cultural. Una aproximación al Buen Pastor (Córdoba, siglos XIX-XX). Descentrada. Revista Interdisciplinaria De Feminismos Y género, 3(2), e084. Https://doi.org/10.24215/25457284e084

Publicaciones de prensa sobre China en general y en particular sobre la guerra de “los boxers”.

 

  

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