“Todo empezó cuando a los políticos les dio por pelearse en televisión mientras hablaban sobre sus respectivas nacionalidades o sus derechos constitucionales,
y cada uno terminaba por declarar que su pueblo se encontraba en peligro”.
(Ismet Prcic, 2011*)

Los nuevos vientos de guerra trajeron, como un eco, el recuerdo de otros episodios de violencia extrema, como la guerra de los Balcanes de los 90, la disolución explosiva de la ex Yugoslavia y su impacto posterior. “Está peor que Sarajevo”, es una expresión que ha quedado en el inconsciente colectivo como sinónimo de desorden, destrucción y caos.

En este artículo vamos a mostrar, desde el arte, tres visiones que, por cierto, son coincidentes en cuanto a la calamidad que significó ese episodio para sus poblaciones.

Comenzaremos por la poesía, Roberto López Belloso y su Poemas encontrados lejos de Islandia; luego la primera novela del bosnio Ismet Prcic, Junten los pedazos, y por último la obra dramática El cuerpo de la mujer como campo de batalla, del autor Matéi Visniec que, bajo la dirección de Graciela Escuder, y un elenco femenino compuesto por Marina Rodríguez, Nadina González Miranda, Soledad Frugone y Lucil Cáceres, fue interpretada en el teatro El Galpón durante febrero de este año.

Itinerario de viaje

López Belloso hace, aquí, un recorrido que explora retazos de memoria. Nos irá descubriendo lo que quedó tras la guerra entre quienes eran hermanos casi, vecinos de años saludar. El contexto del poemario es la guerra de los Balcanes: Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia… Un poco Albania, los kosovares y la OTAN, en su papel de policía militar, más unos cascos azules holandeses que miraron para el costado (en Srebrenica, ciudad bosnia) y otros que llevaron la contabilidad de los muertos. Yugoslavia ha desaparecido, el sueño de Tito se ha hecho polvo, y el polvo se ha mezclado a la sangre derramada, creando una greda impune.

De hecho el título del libro lleva, debajo, entre paréntesis, la inscripción de Un cuaderno de los Balcanes. Bien nos podemos imaginar un viaje por la región, pero un viaje que va hacia atrás en el tiempo, hacia atrás y hacia el presente, lo que fue, lo que pudo ser, lo que ya no será.

En el llamado Prólogo en tres movimientos, nos señalará de antemano, las tres vertientes de este libro de poemas: el sentimiento, siempre a flor de piel; el tiempo, oscilante, como el péndulo de un reloj; y el reflejo del manojo de heridas de guerra, junto a lo absurdo de que de un día para otro surgieran enemigos entre amigos de toda la vida.

Los “lugares” —a los que haremos referencia— toman los nombres con que comienzan los distintos poemas. Esos lugares tienen diseminados restos en un total caos destructivo, la guerra ha repercutido en unos territorios más brutalmente, hasta el punto que no ha quedado nada en pie, y en otros el horror desatado parece permanecer como una bruma o una niebla cegadora que sobrevuela todas las conciencias.

Es indudable que López Belloso, trabaja sobre una especie de resurrección de la estética soviética —aquella que se exhibía, más que nada pictográficamente, durante los primeros años de la Revolución Rusa, de la época de la electrificación y la implantación de maquinaria agrícola, y su reflejo cultural donde se mostraba a hombres de aspecto rudo, musculosos, trabajando con máquinas, o mujeres campesinas pero de rostros firmes y desafiantes—. Las máquinas, ese mundo de pistón y martillo, parecen adueñarse de todo, hasta para desmembrar una nación en varias regiones, ahora llamados países. También aquí se desmembró la ideología, que era lo que había unido a esos colectivos humanos, y se impuso un revanchismo (militar) a la medida de ciertos intereses económicos.

A pesar de estar lejos de Islandia, donde reina la felicidad y el poeta puede ir al bar Slavia, con su luz de neón intermitente, también puede haber espacio para el sentimiento; nada, ni siquiera el olor rancio a pólvora puede suspender o declinar el ofrecimiento a conocer de cerca el sustrato del odio. Muerte y vida, van de la mano.

Noto un tono desfallecido en los poemas de López Belloso, como si hablara con cierta nostalgia de esos lugares, que vienen con su antigüedad de historia a cuestas, o con pequeños descubrimientos sentimentales como con las muchachas de ayer nomás, las “que no tienen / más que un vestido/ y esa falda entallada/ gris navaja”.

Hay, como es lógico, elementos culturales de la zona, como el canto del muecín, desde un minarete blanco, repetido “en las siete mezquitas de la ciudad”, y el precio de la guerra, su presencia en los vestigios, el puente del Mostar ya destruido: “solo pasa el río/ entre los muñones de piedra que dejó la guerra” —y aquí “muñones” nos da la dimensión, humana y terrible, de lo acontecido.

“El rojo nombre del ópalo en la nieve”, me llamó la atención, no supe traducirlo. Lo primero que me vino a la mente fue, sin embargo, una mancha de sangre en medio de la nieve. Una mancha roja sobre campo blanco. Hay una mujer, hay una mancha de sangre, hay lo que fue pero no lo que quiso ser.

Y enseguida se toma la molestia de comentar sobre Anna Karenina (y yo pienso en las nieves de Moscú y en las manchas rojas sobre la nieve), y expone que, “entre palabras pronunciadas por voces desconocidas/ los bulevares la alejan de la cruz/ en el Moskova/ (y también acá/ en la orilla del neretva)”. Allí, entonces, descubrirá (Karenina) “la daga del amor en su garganta”. Es el momento de decir que “esto no es como la avenida Nevski”, como decía Chernyshevski, y de la misma forma la guerra tampoco será tan lisa, llana y bien iluminada como aquella.

El poeta, atravesado por el dolor de la destrucción, aún llega a un remanso donde “el agua de la fuente dibuja cinco arcos delgados”, en el que “se refrescan las bebidas”. Además, “tres hombres dejan que el café repose/ dos golpean los dados en un vaso”, y el tiempo pasa, sin nada que lo apure, sin nada que lo detenga. Así como el río sigue fluyendo, a pesar de los puentes destruidos y los remedos locales de la “solución final”.

Y finalmente lejos, lejos de todo, Sarajevo, sobre todo lejos de la humanidad. En Las variaciones sobre Newsweek se quiere resolver el dilema de este mundo actual donde las informaciones son manejadas según conveniencias (políticas, económicas, estratégicas, de negocios potenciales), y ocultan partes sustanciales de los hechos, por lo que las conclusiones que se sacan son erróneas y distorsionadas. Basta que un medio con cierto peso se posicione a favor de algunas de las fuerzas, por acciones de las otras partes en la coyuntura, para que “la opinión pública” crea en un enemigo que, según la lógica esgrimida, debe ser combatido y aniquilado.

Eso indica que cuando las balas hablan el diálogo es inútil, salvo que pase mucho tiempo y/o que haya muchos muertos (tantos que se espanten las señoras de la burguesía) o que se incline la balanza militar hacia uno de los bandos.

Una madre no olvidará nunca a su hijo, será capaz de perdonarle todo, pero olvidar no, no puede, el recuerdo termina siendo el motivo de su vida: “una foto en uniforme de soldado” (“algo gris/ por el humo de la fábrica cercana/ y porque el gris le ocurre a las fotos de los soldados”), un gris de uniformidad plana (¿la que se le atribuye al socialismo real?, en esa estética que señalábamos al comienzo). Pero pregunta: “¿qué mano empuñaba el cuchillo en la taberna?”, y agrega, de inmediato: “se ha perdido su nombre”. Porque no importa el que dio muerte, el que importa es el muerto, que se atrevió a morir. Lo que importa es el recuerdo del muerto en la loma de Pale, “y sobre el mármol negro la gastada imagen de la herencia eslava/ un águila bicéfala/ casi muerta/ se retuerce entre las vigas desnudas de la vieja Bizancio” (p. 49), de la que más vale apartarse como ante la peste. Y veamos allí el símbolo de la muerte.

Pero también, el poeta “recuerda el miedo/ que provocó y le provocaron/ como luces trazadoras/ en el cielo de Belgrado” —en clara alusión a los misiles guiados de la OTAN—. Por cierto, esa guerra con la que quiso terminar la guerra entre las distintas naciones separadas, fue iniciada unilateralmente por la OTAN, sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU, por lo que bien puede decirse que los bombardeos constituyeron crímenes de guerra.

Hay algunos poemas que utilizan una especie de juego entre palabras e incluso con doble sentido, generando la intención de que el lector siga el juego. Sabe que los poemas-pausa, aquellos poemas que nos ofrecen remansos poéticos y languideces extraordinarias, dejan paso, casi siempre, a algo que se sale de todos los marcos, algo único e irrepetible, extraído de la experiencia.

Perspectiva III

puede escribirse de la islandia prometida tan lejos
de la islandia prometida
que la Islandia prometida se vuelve
y dice sí
es mío el eco
que regresa de lo escrito

 puede escribirse también de la seguridad de su cobijo tan lejos
también
de la seguridad de su cobijo

que la seguridad de su cobijo se vuelve
y dice
—también ella—

es mío el eco
que regresa
de lo escrito

 pero de la herida
siempre se escribe de la herida tan cerca de la herida que la herida
se vuelve
mira el eco que regresa
y ya no dice

El epílogo, en tres movimientos, como al comienzo, cerrando el ciclo (y el libro) muestra lo que ya mostró, como una recapitulación: lo que queda de lo que era Yugoslavia, “igual de quieta/ en la mirada que se queda”; todo lo que ha muerto, incluida “la muerta modernidad de tito y sus corbatas italianas”, y que lo único que siempre pervive es Islandia, la ansiada: “sólo islandia parece haber salvado el inclinado plano y la lluvia/ sólo islandia/ desbordada ínsula en tu voz/ bandiera rossa/ un mar/ en movimiento”.

Y como siempre se concluye que hay que continuar la marcha, no se puede detener la vista en la mera contemplación complaciente sin intentar hacer algo más que amar a los hombres, como pedía nuestro Paco Espínola trayendo a colación la famosa frase de  Terencio.

La fragmentariedad de la personalidad

En Junten los pedazos, el autor bosnio nacido en Tuzla en 1977 y emigrado a los Estados Unidos en 1996, Ismet Prcic, crea una obra que por momentos nos confunde, puesto que sus dos personajes —Ismet mismo y Mustafá— parecen ser las dos caras de una misma moneda llamada Bosnia.

Si bien en un primer momento parecería que el arte lo va a salvar, la escritura de estos diarios donde nos va contando su historia y la historia de Mustafá —a veces confundiéndonos sobre qué recuerdos son de uno y cuáles del otro y, por supuesto, cuáles son recuerdos impostados, que nacieron no se sabe bien cómo pero que se alimentan de un resto de imaginación—, en realidad no hay nada que pueda salvar a Ismet, ni siquiera su incondicional madre.

Una serie de sangrientas batallas, que tuvieron lugar durante la década de los 90, es lo que esta novela dará cuenta, por dos caminos: los sueños, como experiencia mística, y las descripciones de lugares o ruinas (esto último al igual que el poemario anterior).

El autor quiere escribir todo lo que vaya saliendo, en parte por prescripción médica,  ayudado de la teoría de que hay que hacer sacar los fantasmas de nuestro interior y ponerlos a bailar. La realidad y las ficciones se entrometen, pero ayudan, completan, la realidad. Para ello escribe en forma de diario, e incluso apela al recurso de insertar partes de diarios que aparecen sueltos y encontrados en distintos sitios (lo cual significa que hay alguien que, efectivamente, junta los trozos de los diarios, que junta los pedazos), como partes de un testamento. Casi no utiliza el dialogado, lo integra en la narración.

Está presente, en la novela, aunque no abusa de ello, el mecanismo de la repetición, que se da para reforzar ciertos grupos de ideas, así como el uso, bastante extendido, de sueños, a los que da, claramente, muchísima importancia.

El arte siempre es creativo cuando es verdadero arte y no pantomima, buscando transformar a las personas por la experiencia misma que el arte provoca. Por eso el arte no puede ser indiferente, debe mostrar (y mostrarnos) de lo que son capaces de realizar las personas. A pesar de ello, la narración al principio es confusa y sobre el final todo parece cerrar de forma apresurada. Está escrita de una forma bastante sencilla, probablemente esté un poco larga de más, pero es una buena historia. En el desarrollo de la obra es donde está lo más intrincado, que se da de forma lenta y embrollada, y a veces equívoca.

Una serie de recuerdos de infancia van pautando el escenario anterior a la conflagración a la vez que va moldeando al personaje principal, Ismet, llamado Izzi cuando se logre exiliar en los Estados Unidos.

Uno de los recuerdos principales, es éste:

“En la pantalla había una plaza gris en alguna parte, con toda la gente de pie, llorando, inmóviles, sus figuras oscuras destacaban sobre el pavimento. Se oía el llanto de las sirenas, y la voz llorosa y engolada de un locutor de televisión gritaba con gran emoción”.

“Ella (la abuela) entró como una tormenta (porque el niño lloraba y no dejaba escuchar el sonido de la tele en la reunida plaza, llorando la muerte del mariscal Tito y su tercera vía), me tomó en brazos, y comenzó a rezar automáticamente en árabe por el alma del líder comunista”. (p. 43)

Sintetiza la admiración popular a Tito, que les había dado una sociedad en la que, a pesar de todo, podían mantener su religión, y por lo tanto cierta libertad. No son tan conocidas las características especiales que tuvo el socialismo yugoslavo con Tito, no sólo el primer rompimiento con la Unión Soviética en 1948 y luego de un acercamiento de 4 años, entre 1956 y 1960, volviendo a romper relaciones diplomáticas, manteniendo un intercambio comercial al mínimo y una cierta independencia política de Moscú. Además, el gobierno de Tito  se enfrentó a la oposición de los comunistas tradicionales a la religión, que culminaron en una conspiración dirigida por Aleksandar Rankovi, pero eso no le impidió suavizar las restricciones a la libertad de expresión y a la libertad religiosa, haciendo, en los hechos, una apertura que fue incluso comercial, con importación de productos occidentales y la posibilidad de realizar viajes al exterior.

La gran contribución política —estratégica— de Tito fue la creación del Movimiento de Países No Alineados, cuya primera secretaría general recayó en él, para intentar hacer una tercera vía mezclando modos de producción socialistas, o autogestionadas, y capitalistas, y a la vez enfrentar la hegemonía soviética y realizar una apertura hacia Occidente. La peculiaridad de su historia, la labor de los partisanos comandados por Tito en la liberación del territorio yugoslavo, con apoyo de la URSS pero también de Inglaterra y Estados Unidos (sobre todo en pertrechos militares), le hizo intentar un socialismo autogestionario que durante un tiempo funcionó.

En el instante de la muerte de Tito, las especulaciones comenzaron acerca de que si sus sucesores podrían continuar manteniendo a Yugoslavia unida. La economía del país no se encontraba bien, las divisiones étnicas se avivaron, y algunos problemas sobre el papel de cada uno durante la Segunda Guerra Mundial, volvieron a salir a escena.

En la novela se van intercalando extractos del diario, donde da cuenta de su vida en Norteamérica, de qué modo intenta irse integrando a la cultura de allí, a la mujer nombrada Melissa, de la que está enamorado. Por sobre eso, es decir por debajo, hay una preocupación constante en lo que quedó atrás, que se le mete en el recuerdo, de modo que no sabe cuál es la realidad. “¿Cómo puede ser que uno exista en el pasado y en el presente de modo simultáneo, que viva en la realidad y en la fantasía al mismo tiempo?”, (p. 59) nos dice.

Claramente plantea dos tiempos, mientras durante la narración buscará unirlos en algún punto del itinerario. Es probable que ese punto deba ser la forma en que logró salir de esa situación complicada de un país en guerra, y termina, luego de un periplo obligatorio, en los Estados Unidos. La forma en que eso sucedió, es un eslabón importante, aunque no queda del todo claro el procedimiento, dejando cierto margen para la imaginación del lector.

Mientras la narración se desgrana en anécdotas y comportamientos adolescentes del protagonista de la novela, la guerra se acerca y va imponiendo su lógica. Tendremos la revisión del pasado, con esa pretensión moderna de re escribir la historia desde la opinión personal como si ésta fuera fundada más que en la opinión en pruebas documentales…

La madre del protagonista sufre un golpe que, de un día para otro, la vuelve extraña, rara, con premoniciones puntuales y una clarividencia repentina sobre la guerra que se avecina (y luego tendrá otros eventos, alucinaciones, presagios). Y el padre, mientras tanto, le da consejos desde su propia incapacidad para tomar decisiones, y a consecuencia de la guerra, se transforma y se distancia de la familia.

“Si no sabes qué hacer en la vida, mira a tu alrededor y haz lo que veas que hacen los demás”, dice el padre, y aquí se ve una filosofía que no busca cuestionar nada, negadora de toda búsqueda, negadora de la propias razones de uno mismo para ser quien se es.

La guerra vuelve distintos a los hombres y mujeres, los animaliza, les hace perder la mirada, algunos mejoran sus actitudes, pero otros creen que dar solidaridad les permite hacerlos trabajar, como si fuesen sirvientes. Y ya adolescente crecido, en Estados Unidos, le dirá, a esa primera novia a la que está aferrado por la posibilidad de haber sido, que “las píldoras y el alcohol ya no funcionan igual que antes, mati. Me tomo un sedante antes de ir a dormir, y me despierto media hora después, empapado de sudor. Me emborracho con vodka hasta desplomarme y me sucede lo mismo. ¿Cómo puedo impedir los enjambres de pensamientos, el parloteo del cerebro?”. (p. 97)

El personaje entra en una crisis de doble identidad, la idea del suicidio queda rondando, sin querer irse, las imágenes tortuosas del horror guerrero se hacen más y más dolorosas, no hay nada para superar todo eso. Los sueños se transforman en pesadillas, y la realidad se superpone a los recuerdos y establecen otra realidad, significando que lo que se cuenta, sin importar si fue vivido por él o no, pasó a integrar el sistema del recuerdo en su mente, instalado como si fuera un recuerdo auténtico. Según su médico, Cyrus, quien es quien le alienta a escribir esos diarios, lo que padece es la dementofobia, el miedo a volverse loco.

Y cuando la artillería se haga escuchar, el refugio expone, ante los ojos de todos, los miedos y las actitudes, tanto negativas como positivas, el egoísmo y la solidaridad de todos. Porque estos “no aceptaban la guerra como parte de la normalidad y se llevaban su miedo al subterráneo”. (p. 164)

La historia del abuelo de Mustafá, que es el otro personaje en el que se trasmuta Ismet, duplicando, al menos, su personalidad y fragmentándola, da paso a contar los avatares de la naciente Yugoslavia y de qué manera la gente adopta formas para sobrevivir a los cambios políticos y sociales, donde los obsecuentes de siempre se mimetizan según la ola pasa, y a otros no les queda más remedio que aceptar el nuevo estado de cosas e irla sobrellevando. También, al contar esto, da una pauta de algo más general, aunque —por cuestiones de equilibrio, quizá ajenas a la literatura— falte la otra visión. Se habla del nacionalismo y del ultranacionalismo, pero nunca se lo muestra en su versión cotidiana, poniendo énfasis en lo “malo” del comunismo, por más que Yugoslavia hizo un régimen distinto al llamado socialismo real, un socialismo autogestionario y un alineamiento alternativo al de las dos grandes potencias de la guerra fría mediante el Movimiento de Países No Alineados.

Porque cuando los musulmanes de la religión cristiana ortodoxa vieron que los comunistas iban ganando la guerra, “se rasuraron las barbas, reemplazaron sus emblemas nacionalistas con estrellas rojas, y se unieron a los partisanos de Tito”. Pero el pensamiento anterior quedó en sus recuerdos y cuando llegó el momento afloró de forma natural.

La parte más importante, y que en definitiva le da la posibilidad de escapar a su destino primero, ser soldado —aunque no podrá escapar a su destino último, porque esto es lo que nos quiere mostrar el autor, que el destino es inexorable, que ya está escrito, y trae muerte— es cuando se hace actor en el Teatro del Torso. Con este teatro irán a Escocia, para mostrar al mundo que los bosnios también tienen cultura, y no sólo guerra y destrucción. Y es sobre el final que, a ejemplo del director del teatro y su amigo, decide exiliarse, buscar la puerta de salida. La decisión, que trae el conflicto entre desertar, ser enemigo de la patria, y la posibilidad de salvarse, de no perder la vida, traerá consecuencias. Pero lo que dijimos acerca del destino es suficiente para entender que no podrá escapar a su sino.

Impulsada, de alguna manera, por la propia madre, que intenta, una y otra vez suicidarse, ningún amor será lo suficientemente fuerte para hacerle reencauzar la vida. La disipación, la bullente juventud no traerá nada bueno, sino más y más confusión. Las situaciones por las que pasa el personaje de a poco lo hunden en el fango y, como si fueran arenas movedizas, con cada movimiento que da la línea de flotación baja.

Nadie le tirará una cuerda.

El cuerpo de la mujer como campo de batalla

“La historia de la violación, es la historia de los vencedores.
Ellos son los violadores”
Sergio Schvarz

La obra aborda el caso de las violaciones durante la guerra de Bosnia y su tratamiento psicológico e incluso psicoanalítico, muy a propósito sobre los últimos acontecimientos belicistas en Europa, pero también en nuestro país, donde las violaciones se han hecho más visibles, desocultándose del cono de sombra en que parecía estar.

En la obra dramática, al igual que sucede en la puesta en escena, se ensaya una explicación psicoanalítica donde el miembro viril se asocia a la espada (por ejemplo como en el contexto de las Cruzadas), y también en la línea de estudios antropológicos actuales que sostienen la existencia de un mandato cultural de agresión sexual en ciertos grupos humanos, como prueba de virilidad frente a los pares para restaurar un sentimiento de masculinidad frágil.

Eso por un lado, pero también el proceso de traumatización de la mujer violada lleva a la paciente a sentir culpa y vergüenza por haber estado vulnerable y no haberse podido defender mejor de la agresión y cómo aparece en la transferencia-contratransferencia esta situación. Derivado de eso hay una oscilación entre aceptar la ayuda terapéutica y rechazarla, y además con el trabajo analítico posterior se muestra cómo la paciente pudo comenzar a disminuir escisiones, elaborar duelos, restablecer su línea identificatoria y conectar su mundo interno con el mundo externo, lo que le puede permitir su reinserción social en mejores condiciones emocionales.

En la adaptación de la obra que se pone en escena se dice lo siguiente, que explica el proceso de la violación (aplicado en lo que respecta a la obra dramática, sacando conclusiones de la llamada guerra de los Balcanes, pero que trasciende dicha guerra y se transforma en algo cotidiano, o si se quiere en una “guerra de baja intensidad” que deben soportar mayormente las mujeres de todas las edades):

“El nuevo guerrero de los Balcanes viola a la mujer de su enemigo étnico con la finalidad de dar el golpe de gracia a su enemigo étnico. El sexo de la mujer de su enemigo étnico se convierte en un campo de batalla. En ningún lugar, el odio étnico se manifiesta de manera más violenta como en este “nuevo” campo de batalla.  El nuevo guerrero no se expone a las balas, a los obuses, ni a las granadas. Se expone a los gritos de las mujeres y son esos gritos los que acrecientan su voluntad de servir a la patria, y seguir hasta el final.  El nuevo campo de batalla del nuevo guerrero: el sexo de la mujer de su ex vecino, el sexo de la mujer de su ex compañero de clase, el sexo de la mujer de su prójimo a quien durante casi medio siglo llamó “hermano”.

“Hoy en día, en las guerras étnicas, la violación es una forma de blitzkrieg. Nada puede desestabilizar más al enemigo étnico como la violación de su mujer.  Más de la mitad de las mujeres violadas en el contexto de las guerras interétnicas son víctimas de agresores que conocen o con los que se han cruzado en un radio no mayor a diez kilómetros.  Alrededor de la mitad de las mujeres que hemos podido entrevistar declaran que los hombres que las violaron son vecinos del mismo pueblo o de pueblos cercanos. Casi un cuarto, conoce el nombre.  Muchas mujeres casadas con hombres de una etnia distinta de la suya, fueron violadas por hombres de su misma etnia, como forma de castigo.

Después de haber puesto a salvo a su mujer, a su hija, a su madre, a su hermana, el nuevo guerrero de los Balcanes se lanza a perseguir a la mujer, a la hija, a la madre, a la hermana de su enemigo étnico. No violan por placer salvaje ni por frustración sexual. La violación es una forma de estrategia militar para desanimar al enemigo”.

Claro que esto sucede en la guerra, en todas las guerras. En las distintas sociedades,  la agresión sexual supone una forma especial de delito violento altamente estresante, que es vivenciado por la víctima con un miedo intenso a sufrir un grave daño físico o incluso la muerte, al que se añaden sensaciones de impotencia y desesperanza en cuanto a su incapacidad para escapar o evitarlo.

De ello deriva un impacto psíquico, cuyas repercusiones pueden manifestarse con inmediatez al trauma, o bien de manera diferida en el tiempo.

A pesar de que la conducta de agresión sexual es grave, en la mayoría de los casos los sujetos que la llevan a cabo no sufren rasgos psicopatológicos, por lo que no se les pueden incluir de forma genérica como sujetos que padecen trastornos mentales. También en la mayoría de casos, su personalidad tiene la suficiente capacidad para conocer los hechos que realiza y sus repercusiones, y posee suficiente capacidad para controlar su voluntad. Es decir, el violador no es generalmente un psicótico o un loco, pues no presenta ni trastornos de contenido de pensamiento ni la agitación propia del psicótico, que dificultaría casi siempre los adecuados movimientos coordinados para realizar la acción del delito sexual.

Mientras tanto, las consecuencias para las víctimas de agresiones sexuales son impactantes, muchas de ellas sufren el trastorno por estrés postraumático (TEP), un cuadro clínico que se convierte en un proceso dinámico, cambiante en el tiempo, y que presenta una gran variabilidad en su curso, por lo que se ha sugerido que en realidad se trata más de un síndrome postraumático, que una verdadera entidad nosológica, y que refleja las consecuencias devastadoras para muchas de las víctimas, que se prolongan durante mucho tiempo.

Y uno se preguntaría, primero, ¿por qué suceden las violaciones? Pero más aún, ¿cómo hacemos, como sociedad, para que la violencia de género, y dentro de ella los abusos sexuales, no se den nunca más en la historia de la humanidad?

(Poemas encontrados lejos de Islandia (Un cuaderno de los Balcanes), de Roberto López Belloso, Civiles Iletrados editores, 2019, Montevideo, 78 páginas)
(Junten los pedazos, de Ismet Prcic, Editorial Océano de México, 2011, México D.F., 442 páginas)
La Mujer como campo de batalla o Del sexo de la mujer como campo de batalla en la guerra de Bosnia, de Matéi Visniec, 1997, publicado por Actes Sud Papiers, Paris, France, 36 páginas

* Junten los pedazos, Ismet Prcic (p. 18)

Bibliografía:
Informaciones de prensa (en especial sobre la guerra en Kosovo y la psicopatología de la violencia sexual)
Aspectos psicopatológicos de los agresores sexuales, de  Encar Pardo Fernández, 2007, en https://psiquiatría.co

Por Sergio Schvarz
Periodista y escritor 

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