La decisión de entrenar militares y los reposicionamientos frente a la guerra

 

Alguna vez campos de batalla indirectos de las superpotencias, franjas de África, Asia y América Latina están apostando por su independencia. El regreso de un bloque de naciones no alineadas se remonta a un periodo en el que los líderes del movimiento poscolonial se resistieron a que sus destinos fueran moldeados por el imperialismo. También apunta a la confianza de los países más pequeños, que ya no dependen de un patrón ideológico o económico único para seguir su propio camino.

En Tailandia, por ejemplo, el Ejército Real de Tanzania es el socio más antiguo de Estados Unidos en Asia. Este ha dispuesto que sus soldados recibieran a las tropas estadounidenses para los ejercicios militares anuales (ejercicios Cobra Gold), una de las mayores demostraciones de fuerza en la región del Pacífico asiático. Unos meses antes participaron de los ejercicios de mantenimiento de la paz realizados por el Ejército Popular de Liberación de China (Shared Destiny), e incluso en el año 2020 firmaron un acuerdo para que sus cadetes recibieron entrenamiento en una academia de defensa en Moscú.

Resumen basado en informaciones aportadas por Hannah Beach desde Bangkok, Abdi Latif Dahir desde Nairobi, Kenia, Oscar López desde la ciudad de México y Muktita Suhartono desde Yakarta, Indonesia, y redacción de La ONDA digital.

La decisión de entrenar con militares estadounidenses, rusos y chinos, para Tailandia es parte de su larga historia de equilibrio entre las grandes potencias.

El alejamiento actual de Estados Unidos, que usó a Tailandia como escenario para la guerra de Vietnam, también se deriva del pedigrí político del primer ministro Prayuth Chan-ocha, quien llegó al poder tras un golpe militar hace ocho años. Considerado como una autocracia (según Paul Chambers, profesor de asuntos internacionales en la Universidad de Naresuan, en Tailandia), no es de extrañar el apoyo a Moscú.

“Sin ninguna duda, los países del Sureste de Asia no desean ser empujados a una nueva Guerra Fría, o ser forzados a tomar partido…”, dijo Zachary Abuza, especialista en seguridad en el Colegio Nacional de Guerra en Washington. Tener que alinearse con un poderoso u otro dejó a muchas naciones alrededor del mundo “desesperadamente pobres y subdesarrolladas al final de la Guerra Fría”, agregó Abuza.

La intervención de Estados Unidos en Libia en 2011, liderada por la OTAN, y las realizadas en Irak, sólo han aumentado la falta de confianza hacia Occidente. Ambas acciones militares dejaron a los países de esas regiones luchando con las consecuencias políticas durante años, hasta nuestros días.

“El quid de la cuestión es que los países africanos se sienten infantilizados y descuidados por los países occidentales, a los que también acusan de no estar a la altura de su retórica moral vertiginosa sobre la soberanía y la santidad territorial”, dijo Ebenezer Obadare, investigador principal de estudios sobre África en el Council of Foreign Relations.

“No sabemos por qué están peleando”, dijo el presidente de Tanzania, Samia Suluhu Hassan, y “no estaba seguro” de que hubiera un agresor claro en el conflicto. “El mundo entero”, dijo el presidente Hassan, “se ve afectado cuando estos países están luchando”.

En el caso de Uganda, que recibió casi mil millones de ayuda estadounidense, y aliado clave en la lucha contra el terrorismo regional, ha sido criticado por Estados Unidos y la Unión Europea por las violaciones a los derechos humanos.

Sólo con el apoyo de China, nuevo socio comercial, puede darse el lujo de hacer declaraciones como las del hijo del presidente Museveni, al mando de las fuerzas terrestres de Uganda: “la mayoría de la humanidad (que no son blancos) apoya la posición de Rusia en Ucrania”.

En torno a Djibouti, donde se encuentra la base estadounidense permanente más grande de Africa, Camp Lemmonier, ha recibido apoyo de China, en especial préstamos para desarrollar puertos, zonas de libre comercio y el ferrocarril.

“El creciente compromiso chino ha brindado a los países africanos “inversiones alternativas, mercados alternativos e ideas alternativas de desarrollo”, dijo Cobus van Staden, del Instituto Sudafricano de Asuntos Internacionales”.

En el caso de Indonesia, alguna vez gobernada por un dictador favorecido por Estados Unidos por su postura anticomunista, ha dicho que dará la bienvenida al presidente de Rusia, Vladimir V. Putin, cuando el país sea sede, este año, de las reuniones del Grupo de los 20. Indonesia también se abstuvo en la votación de la ONU.

Pero también hay voces discordantes, que dicen, por ejemplo, que “nuestro gobierno ha adoptado la estrategia cuestionable de tratar de ignorar el mayor terremoto geopolítico en 70 años en nuestra agenda como presidente del G-20 de este año, lo que me deja boquiabierto”, dijo Tom Lembong, ex ministro de Comercio.

Otros aliados de Estados Unidos han tomado una decisión de acercamiento a Rusia y/o a China, en función del ausentismo estadounidense en la región. Durante la presidencia de Donald J. Trump, Estados Unidos se retiró de la Asociación Transpacífica, un pacto comercial que estaba destinado a contrarrestar la forma de hacer negocios de China. Hubo países que se sintieron traicionados por Estados Unidos, como Vietnam.

La escalada de los precios mundiales del combustible, los alimentos y los fertilizantes, producto de la guerra en Ucrania, ha aumentado las dificultades para Africa y Asia.

El África Oriental tiene 13 millones de personas que enfrentan hambre severa.

En América Latina

La propuesta, presentada por Estados Unidos y sus aliados en la Asamblea General de Naciones Unidas, fue aprobada con 93 votos a favor, 24 en contra y 58 abstenciones.

De América Latina votaron a favor de la resolución: Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Guatemala, Haití, Honduras, Paraguay, Perú, Uruguay. En contra, votaron: Bolivia, Cuba, Nicaragua. Se abstuvieron: Brasil, El Salvador, México. Por su parte, Venezuela no pudo votar porque debido al impago de sus cuotas no tiene derecho.

A pesar de que Uruguay votó a favor, eso no le impide continuar con los acuerdos comerciales en curso. El embajador uruguayo en Moscú, Daniel Castillos, dijo que su país “no impuso ni apoya ningún tipo de sanción económica y financiera” por el conflicto armado en Ucrania. Es más, uno de los objetivos de su embajada es solucionar los problemas causados por las sanciones a Rusia, para las exportaciones ya concretadas en tránsito marítimo o en puertos europeos, pero también a largo plazo consolidar nuevas corrientes comerciales.

La relación comercial entre ambos países tiene un superávit de 17 millones de dólares, con un monto equivalente a 118 millones de dólares, contra 110 millones en importaciones.

El gobierno de López Obrador en México, un aliado de Estados Unidos desde hace mucho tiempo, ha rechazado las sanciones a Rusia, molestando, con ello, al país del norte.

A esto hay que sumarle que alrededor de un tercio de las embajadas estadounidenses en América Latina y el Caribe siguen sin ser ocupadas, como la de Brasil e incluso la OEA.

“Muchos latinoamericanos se estaban dando cuenta de que Estados Unidos los estaba abandonando”, dijo Vladimir Rouvinski, profesor de la Universidad Icesi en Cali, Colombia.

Rusia tampoco puede contar con la lealtad automática de sus aliados históricos. Es evidente que no tiene el patrocinio ni la influencia geopolítica de la extinta Unión Soviética.

Venezuela recibió recientemente una delegación estadounidense de alto nivel inmediatamente después de la invasión rusa a Ucrania. Nicaragua ha moderado el entusiasmo del respaldo inicial y Cuba se abstuvo de condenar la invasión rusa.

“Están tratando de caminar por una delgada línea entre ciertamente no celebrar la invasión, pero también no condenarla claramente, argumentando a favor de la paz”, dijo Renata Keller, experta en Cuba de la Universidad de Nevada, Reno.

A todo esto se suma el problema de los refugiados, donde los que provienen de Siria, los venezolanos, afganos, sudaneses del sur y los rohingya de Mianmar, no pueden esperar la misma bienvenida que se les da a los ucranianos desplazados.

  

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