La enorme responsabilidad de la derecha (I)

La enorme responsabilidad de la derecha (I)

El terrorismo de Estado, cuyas influencias y consecuencias sigue sufriendo el Uruguay, nace de la violencia anticomunista de la derecha y fue prohijada por intereses económicos locales y foráneos que se quieren rastrear desde 1938 en una serie de dos notas. Luego de la segunda guerra mundial, a partir de 1945, esta violencia encuentra un armazón en el relato sobre la guerra fría que le sucede, y su financiación, formación y estructura en objetivos geopolíticos de Estados Unidos.

No es, claro, el relato de quienes fueron peones y beneficiarios de esos objetivos en sucesivas generaciones. Y se insiste en el relato de que todo comenzó con la influencia de la revolución cubana que triunfó en 1959. El general Guido Manini afirmó que “la historia debe basarse en hechos reales”, y a partir de allí, su exposición en el Senado el martes 5 los tergiversa de manera sistemática. No son argumentos ni nuevos ni ciertos los que expuso, pero son repetidos desde hace mucho en la deliberada intención de que penetren. La violencia política que llevó a la declaración de guerra interna del 15 de abril de 1972 es, insistió Manini, respuesta del Estado a los pasos violentos dados en aras de una revolución social, pese al consejo del Ché Guevara del 17 de agosto de 1961 de no hacerlo.

El historiador Manini no recuerda, siquiera de los diarios, la figura del rector Mario Cassinoni parado en la puerta de la Universidad de la República, revolver en mano, defendiendo la autonomía universitaria de policías y civiles que pretendían entrar. Era fin del invierno de 1958, días de la discusión de la Ley Orgánica universitaria, que había excedido con mucho el ámbito parlamentario para ganar la calle.

El jefe de Policía era el por entonces coronel Mario Aguerrondo, herrerista, anticomunista, católico ferviente e hijo del homónimo general que fundó la logia Tenientes de Artigas. Lo ascenderían a general en 1964, estuvo a cargo del 13 de Infantería en Dictadura y por lo tanto del centro de torturas 300 Carlos, donde gustaba del seudónimo Satanás e iba a torturar particularmente los domingos. Hoy está en prisión domiciliaria.

Tomar la sede universitaria requería de planificación y de la ausencia de Cassinoni por la hora en que se hizo, aprendió Aguerrondo. La hicieron en la madrugada del miércoles 5 de octubre de 1960 con la participación de civiles agrupados en el MEDL (Movimiento Estudiantil para la Defensa de la Libertad), y cuyo slogan era “Uruguay no será otra Hungría”, en alusión a su levantamiento de 1956 aplastado por los soviéticos.

Hubo planificación, vehículos y civiles. La historia escrita por historiadores consecuentes (Espionaje y política, Fernando Aparicio y otros) afirma que “la policía no impidió sino que participó del asalto y encubrió a los implicados”. Dos diarios investigaron tenazmente la algarada: el vespertino Acción, de la lista 15, y el matutino riverista La Mañana. Esto podría ser motivo de orgullo para Manini, ya que La Mañana era y volvió a ser de su familia católica y riverista; él ni lo menciona, en fin: hay tradiciones históricas lábiles. Pero este tipo de acciones se estaba generalizando: “El violento accionar estatal contra universitarios entusiastas –comunistas, socialistas, anarquistas e independientes– no era un episodio aislado, según evidencia disponible”, dice el trabajo citado.

En todo caso, para 1960 ya hacía por lo menos dos años (el MEDL se funda oficialmente el 1° de agosto de 1958) que se reproducía una flora de frentes, organizaciones y movimientos de derecha, muy visibles en su accionar anticomunista y anticonstitucional –y muy posiblemente, dadas sus actividades, generosamente financiados por intereses espurios. La proclama que los unía era “llegó el momento de actuar”, y era actuar contra partidos de izquierda amparados por la Constitución. La policía tenía ya –dice la historia– “propensión a torturar a detenidos.

Pero ese momento había sido cuidadosamente preparado por otras instancias. La violenta represión policial y militar de universitarios que manifestaban contra la visita del presidente estadounidense el 2 y 3 de marzo de 1960 “era señal de largada para pasar a otro tipo de lucha” («Uruguay 1958-1968. Crisis y estancamiento», Alonso y Demasi). Al iniciarse 1960, el Estado (a través del Parlamento, Poder Ejecutivo colegiado y policía) demostró ser proclive a promover un cambio cualitativo  –y novedoso para la realidad nacional– en restringir la permisividad a actividades políticas de los minoritarios partidos de izquierda. La tendencia que se imponía era a mostrar “firmeza” en la contención de la protesta social, a la que se asociaba únicamente con la promoción de una revolución social en el país. En esa estructura decadente de la sociedad que se promovía, se hacía “inteligencia preventiva”, o sea, un control de la ciudadanía violatorio de sus derechos individuales basado en adjudicarle intenciones a actividades de ciudadanos.

Hubo desde el Estado una importante variante en el método de enfrentar la protesta: ostentación y uso de armas de fuego, gases lacrimógenos, abundante uso de cachiporras, y sables por parte de la policía a caballo, y exhibición de tanquetas militares en el control de manifestaciones callejeras. Esas acciones simplemente tergiversaban y obviaban los límites del estado de Derecho. Esto implicaba allanamientos sin orden judicial, detenciones preventivas, la violación de la autonomía universitaria y más; todo ello alimentado por la prédica anticomunista.|

La visión de conjunto sobre el período lo da la historiadora Magdalena Broquetas, en Historia visual del anticomunismo en Uruguay (1947-1985): “En materia de política exterior Uruguay transitó de una neutralidad pro-aliada hacia un acercamiento cada vez mayor con Estados Unidos, lo cual se tradujo en un apoyo incondicional a esta potencia a partir de su entrada en la guerra, luego del ataque japonés a Pearl Harbour. Ante estos acontecimientos, Uruguay inmmediatamente se alineó con Estados Unidos y prohibió el comercio con los países del Eje, con los que al final de la guerra rompió relaciones diplomáticas. La segunda etapa de la transición hacia la democracia transcurrió entre 1943 y 1946, en simultáneo con el último tramo del conflicto bélico y la instauración de un nuevo orden mundial en el que Estados Unidos ocuparía un lugar hegemónico que, desde luego, incidiría en la política exterior uruguaya y en los posicionamientos internos de las derechas.”

Por Andrés Alsina
Periodista uruguayo

 

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