Tras el referéndum, ¿quién tiene la iniciativa política?

 

1. Los desafíos del «No» / 2. Los desafíos del «Sí»

1- Antes de la votación del domingo 27, el Poder Ejecutivo recibió el asesoramiento de cambiar su estrategia y dar vida a la coalición, al diálogo y al consenso: el escrutinio mostraría resultados que no permitirían mantener el rumbo de Lacalle con él como figura excluyente. Las predicciones sobre el escrutinio cambiaron en la última semana, y de los 4 o 5 puntos de ventaja que dijo el senador Guillermo Domenech que esperaban, se pasó a un posible triunfo del No en cifras de empate técnico.

Así, pasó algo sin antecedentes en esta gestión de gobierno: se citó a la primera reunión plenaria de gabinete ministerial de la que se tenga noticia, y acudieron los 14 ministros, a partir de las 19 y 30. Se anunció que el presidente Lacalle estaría para recibirlos a partir de las 19, pero, renuente, apareció a las 20. Luego produjo otra demora, la de la conferencia de prensa de cierre, que se hizo a las 23 y 30; a la espera, dijo Lacalle, de resultados más completos de la Corte Electoral. Quería resultados no solo más completos sino mejores, tal como le dio a entender al país con su televisado rictus amargo. Lacalle no se mostraba convencido de ceder y de eso fue dando pautas. Al final, la ventaja del No fue de 22.000 votos, 0,8% del padrón habilitado.

La reunión de gabinete quiso ser un símbolo del cambio de conducta política imprescindible dentro de la coalición, con efectos que hoy no son claros hacia la oposición del FA, que persiste con la mano tendida para un entendimiento en el camino del medio. Lo que se haga marcará los 31 meses decisivos que le quedan al gobierno, a los que llega con poca gestión, pero buen desempeño en la pandemia y logros macro en la economía que, es cierto, no llegan al bolsillo. Seguramente se lo indicaron sus asesores de marketing; por cierto lo hizo clara e insistentemente Cabildo Abierto, que pidió, en el tono de lo imprescindible, una gran mesa de diálogo nacional para ocuparse de los problemas de la gente”. Prácticamente lo mismo planteó la oposión a través de Fernando Pereira, pero Lacalle ya le dijo que no en varias instancias.

Tal como expuso el decano de la politología uruguaya Oscar Botinelli, la coalición multicolor fue en primera instancia una con fines puramente electorales, cuyo objetivo, se agrega, fue tan poco elaborado como el de una patota: desplazar al Frente Amplio del gobierno pese a las divergencias de distinta intensidad entre esos cinco partidos. Luego pasó a ser una coalición parlamentaria, con el propósito de sostener al gobierno, y funcionó en ese papel. En cuanto a coalición legislativa, dijo Botinelli, funcionó como un mínimo común denominador, en el que las cosas no se negocian. Si las diferencias son marcadas, como en los casos de la desmonopolización de combustibles, o la ley de medios, particularmente en lo referido a internet, se desglosan. Y si se insiste con la ley forestal, como hizo Cabildo Abierto, se la deja dormir un año en Senado; y cuando se la aprueba con votos del FA, Lacalle la veta.

La idea de la LUC era que fuera lo máximo posible en materia de neoliberalismo privatista para  esta instancia, y luego ir por más. Es la parte inicial de un proyecto neoliberal duro, según se describe en notas anteriores del autor en La Onda Digital. Pero ni sus socios con votos decisivos ni su propio equipo entienden que hoy están dadas las condiciones para hacerlo; sí, en cambio, el propio Lacalle.

Por lo que dijo Lacalle, los resultados del referendum “son casi un calco del balotaje (de noviembre 2019) Nada debería cambiar”.  No es así: el No sacó 100.000 votos menos que en noviembre 2019, y se le sumó el 1,32% de votos en blanco. En el referendum constitucional de 1996, los votos en blanco se sumaban al Sí; veleidosa, la Corte Electoral. De modo que, con el aparato del Estado funcionando a favor del No –tal como se viene argumentando públicamente de muy diversas fuentes–, con jerarcas electos y a sueldo de la administración pública utilizando su tiempo en activa campaña por el No, su diferencia con el Si fue de un punto porcentual. La LUC es “institucional y legitimada por el voto”, como gustaba decir Julio Sanguinetti de la ley de Caducidad. Pero bien lo dijo Manini: “Lo bueno de este resultado es que nos pone nerviosos a todos”. Esto, porque las cifras indican que no saber llevar el tiempo hasta allí y luego perder en el 2024 es una posibilidad muy real; aunque haga falta algo más que eso para ganar: ya el uno, ya el otro, necesita saber manejarse con los muchos matices de la política. Y el sayo le cae a ambos bandos; coalición y FA.

La idea de retroceder de su extremo protagonismo es aceptada con dificultad por Lacalle. Le ha dicho que no a la mesa de diálogo amplio para temas de Estado (como Educación y Seguridad Social), en tanto sobrepasan varios períodos de gobierno. Respecto a Seguridad, recuérdese que fue nombrada una comisión de 15 expertos, presidida por Rodolfo Saldain, en la que el FA tenía solo tres miembros. Tras un año y medio de trabajo, produjeron un informe aprobado por 10 votos, con la negativa del FA y otros dos integrantes, a fines de 2021. El politólogo Gerardo Caetano considera que si el No hubiese obtenido una diferencia importante –cuatro o cinco puntos, se especulaba en mentideros; diez de distancia eran todo el poder–, Lacalle estaba en condiciones de hacer una reforma de la seguridad social marcando su impronta. Ahora, deberá acordar o atenerse a las consecuencias. Y esta reforma necesita ser hecha (ya debería estar hecha, en verdad) pues es un elemento prioritario para el resto de las transformaciones que se consideran.

Una y otra vez, el presidente del FA Fernando Pereira lo instó a poner ese y otros temas de fondo en la agenda de una amplia mesa nacional. Una y otra vez, Lacalle se negó: dijo ese informe será llevado a proyecto de ley y luego enviado al Poder Legislativo para su discusión. Porque es el parlamento el lugar para discutirlo, estableció. “Si nos ponemos de acuerdo, mejor todavía, dijo el 27. Y si no, seguiremos adelante con este proyecto de ley. Luego, en una democracia, las mayorías no se imponen, pero gobiernan con lo legítimamente obtenido en las urnas”. Y casi se olvida: agregó el coletazo de que “previamente (a su envío al Legislativo) será tratado por la coalición”, . Puesto que el informe ya tiene una disidencia que excede a la minoría mayor del parlamento y se pretende que sea objeto de una negociación coyuntural y no con objetivos de largo plazo, el pronóstico no puede ser bueno en un país en el que uno de cada cinco habitantes está en edad jubilatoria y son muy activos en defensa de lo que entienden como sus derechos. O es producto de un acuerdo político extenso y firme, o será impugnado.

La agenda legislativa que la presidenta de la Asamblea General está acordando con la bancada de la coalición y luego con la del FA no está en relación con los temas que nombró Lacalle como prioritarios del resto de su período, y eso es demostrativo de la autonomía de cada uno de los cinco partidos integrantes de la coalición para determinar prioridades, y las propias del Poder Ejecutivo. El resto del período tiene una abundante última parte que se dedica a la campaña electoral; Botinelli afirma que en verdad, el gobierno de Lacalle recién empieza. El cambio de conducta y enfoque que plantea la nueva realidad no es solo de una reunión periódica de representantes, sino la de líderes políticos que piensan distinto intercambiando ideas y afinando las que se decide llevar a cabo. Además, la de una coordinación entre bancadas en la que se tome en cuenta lo planteado con el ánimo conversar su concreción. Hoy, después del referendum, Manini dice que los blancos lo escuchan, pero luego hacen lo que ellos deciden. El cambio no se ha producido; no aún, al menos.

Lacalle Pou hizo su campaña electoral de 2019 en el mismo tono que la de 2014, presentándose como un moderado. Pero esta vez ganó, y era necesario darle el mensaje de su verdadera política a quienes tienen y quieren neoliberalismo duro y redituable, y pueden seguir siendo su verdadero apoyo. La tarea de informar a los acólitos imprescindibles la hizo Ignacio De Posadas, “la primera espada del Herrerismo” según lo bautizó Lacalle padre. Fue su ministro de Economía y gran propulsor de las SAFI (Sociedad Anónima Financiera), más conocidas como Sociedad Off Shore, que tanto facilitaron el lavado de dinero de los beneficiados por el neoliberalismo duro.

Lo que afirmó De Posadas en una columna del 13 de julio de 2019 en El País fue: “El problema está en que, si vemos la realidad como un rosario de temas puntuales, en el mejor de los casos, a la hora de pensar en soluciones imaginaremos otro rosario, más o menos espejo, de medidas individuales, cuando la realidad es algo más complejo, más difícil y más profundo que una sumatoria de muñecos que puedan voltearse de a uno. Enfrentamos un grave y complejo universo cultural, del que salen esas diversas manifestaciones que nos chocan. Nuestro problema es cultural. Cultura entendida, propiamente, como el universo de ideas, valores, recuerdos, sentimientos… que informan y condicionan las posiciones políticas y sociales. Es algo muy hondo, muy prevalente y muy difícil de cambiar. Nuestra cultura es particularmente conservadora. Gestada en el batllismo y en una coyuntura histórica de bonanza económica posbélica, fue más recientemente absorbida por la izquierda, que la revigorizó y al hacerlo, está alejando al país del mundo.”

Barrer con el FA y, tras cartón, con el batllismo. ¿Implicará eso cuestionar al Estado, “el poncho de los pobres”? Sincera revelación de intenciones de De Posadas: “El Estado uruguayo no es, ni puede ser, la herramienta soñada de producción necesaria y distribución justa. Con la estructura que tenemos, de protagonismo estatal, directo e indirecto, nos alejamos cada vez más de poder exportar mano de obra, única forma de crecer.”

Seguramente no se entendió bien lo que Lacalle Pou decía al nombrar tanto la libertad. De Posadas lo especifica: “Tenemos una cultura de la libertad (…) que ahoga el desarrollo del ser humano, su creatividad, su entusiasmo por superarse y apuntar a la excelencia. Esto, a la vez, permea nuestra cultura de la educación. Nos dejamos mentir de que la formación de una persona no tiene nada que ver con sus posibilidades económicas de vida.” Y en esta última frase tenemos admirablemente expresada la reforma educativa que Lacalle Pou prioriza.

Lo que tiene el gobierno es la LUC, y Lacalle dice que ese es su programa de gobierno. Y ella consiste en un rosario de temas que no puede ser llamado programa. Lacalle lo sabe, y ahora la realidad de las urnas le marca que no perderá su condición de rosario de temas; “una sumatoria de muñecos que puedan voltearse de a uno”, señaló De Posadas. Ironías, Lacalle tendría más maniobrabilidad política si hubiese perdido el referendum y dedicado a sacar una por una las leyes cuestionadas con su mayoría parlamentaria.

2. Los desafíos del Sí

Bien miradas las cosas, no ganó el No, sino que perdió el Sí. La decisión de participar o no fue intensamente discutida en una interna demasiado pública. Luego, fueron pocas sus figuras políticas que aparecieron en la campaña, pobres sus argumentos y no lograron asir la LUC por los cuernos, sino que se perdieron en la filatelia de su articulado.

Antes de esto, está el error de no haber cuestionado con voz política fuerte e inapelable la celada que implicaba la extensa LUC. La envergadura de las campañas no debería haber sido una cuestión de presupuesto publicitario; el del FA muy escaso, por cierto, ante el poder del Estado y los financistas privados que pueden haber contribuido (se sabrá si revelan los datos) con espíritu filantrópico y desprendido de intereses materiales. Se trata de la fuerza de la política, en la convicción de tener razón. Mucha falta hizo una voz como la de Zelmar Michelini en esta campaña.

Ejemplos al canto: no hay política más claramente de Estado que la de Relaciones Exteriores. Y directivas de Lacalle Pou al respecto, como el voto a favor del candidato de Washington para la presidencia del BID, contradecían la opinión de la mayoría del parlamento (y el acuerdo continental de nombrar siempre a un latinoamericano para ese puesto), pero no se hizo cuestión política de fondo sobre esto. Es solo un ejemplo. Hoy no se sabe realmente cuánto apoyo interno tiene su conocida posición cuesionadora del Mercosur en la propia coalición, pero el FA no la pone en evidencia. El real aislamiento internacional del Uruguay es inédito (nunca antes, por razones de supervivencia, estuvo con problemas con los dos vecinos grandotes al mismo tiempo), pero el FA no muestra ante eso el camino deseable en las coyunturas cotidianas.

Es más: en la conferencia de prensa del 27 de marzo, Lacalle dijo: “El bloque (Mercosur) tiene que entender que tenemos que abrirnos al mundo…” Y en el punto 5:14 de la grabación dice “…y dejar de participar de un bloque que es demasiado proteccionista”. O sea, que Uruguay dejaría de estar en el Mercosur. No se le conocen avales políticos para plantear eso, y parecería que nadie lo escuchó, ni tirios ni troyanos. Es grave que el FA haya dejado pasar desapercibido tamaño elefante.

En otros terrenos, el FA parece no saber que la coalición tiene más peso si se suma el caudal electoral de sus integrantes, 54%, que el 48 o 49% que hoy exhibe en el Legislativo. Tampoco, que las diferencias ideológicas entre ellos deberían ser marcadas, para que resalten. Por poner un ejemplo extremo, no se condice con la trayectoria ideológica del PI y en particular de Pablo Mieres la adhesión a las ideas de fondo sobre liberalismo duro y crudo cuya ejecución inició el presidente Lacalle sin consultarlo; tampoco es la misma su postura en asuntos personales pero decisivos, como la Iglesia Católica, sobre la que no se habla pero hay archivos. Y Mieres ha tomado públicamente la responsabilidad de que fueron los 23.580 votos del PI los que le permitieron el triunfo a la coalición. El presidente del FA, Fernando Pereira, ha hecho repetida mención de la incidencia política que pueden tener los católicos desde su humanismo, pero de estas diferencias entre el PI y el Herrerismo no ha hecho mención.

La relación entre la fuerza política y los movimientos sociales, y de éstos entre ellos, necesita de intensa elaboración política, particularmente ante un gobierno que avanza hacia el progresismo con una topadora. Una demostración de lo primitivas que son las coordinaciones en objetivos comunes entre las fuerzas sociales, es el paro general que el PIT insistió en hacer el 8 de marzo, fecha internacional que debería haber respetado con actividades específicas. Da la impresión de que hay demasiada disputa interna, cuando la realidad reclama altas miras.

La relación entre todos los progresistas se produce hoy en el corset de la formalidad, cuando puede ser coordinada en propósitos comunes, hacerlo de manera que supere trabas en definitiva menores, y respetada en los que son asuntos particulares de cada uno. La sinergia que se da hoy es espontánea y de último momento. La remontada, que vino a salvar la situación tanto en la recolección de firmas como en el referendum, necesita de elaboración política y no de suerte, para conocer lo que la motiva y saber de antemano si se puede o no contar con ella. La misma naturaleza del fenómeno necesita ser estudiada, y el progresismo uruguayo tiene los talentos para hacerlo, si se le abriga en la discusión de ideas, en el disenso, en la necesidad de síntesis.

El progresismo, que excede al Frente Amplio, está ante una situación que el presidente Lacalle define como “un solo Uruguay en el que hay dos visiones de país”; definición que. al callar. el FA le acepta. ‘Visiones’ es un término pasteurizado y engañoso. Porque lo que hay es dos concepciones del mundo, dos culturas que se oponen en su concepción de libertad, en la antítesis de solidaridad y ganancia. El Frente Amplio tiene como estrategia ir por el centro del espectro, lo cual conforma una decisión política válida. Pero eso no significa ser frívolo con las diferencias, distraído ante las manifestaciones de esa otra filosofía que quieren permear nuestra cultura e impedir que el arte promueva la solidaridad. “Yo no soy gramsciano”, dice el ministro Pablo Da Silveira; reniega de usar la cultura para transformar la sociedad en solidaria. Concurre así con de Posadas. Para el gobierno y sus apoyaturas ideológicas, la educación es el instrumento para cambiar la matriz cultural del país. Esa educación no es la que definía José Pedro Varela al dorso de los carnets de calificaciones escolares de la escuela pública: “Los que una vez se han encontrado juntos en los bancos de una escuela, en la que eran iguales, a la que concurrían usando de un mismo derecho, se acostumbran fácilmente a considerarse iguales, a no reconocer más diferencias que las que resultan de las aptitudes y las virtudes de cada uno.”

En cambio, este gobierno propone lo que De Posadas por algo eligió decir después de las elecciones: “Llevamos la igualdad material al lugar más alto de la escala de valores y todos sabemos que la única manera de igualar es hacia abajo y a la fuerza”. Por qué después de las urnas  , lo explica: “Quizá sea imposible, o al menos muy difícil, hacer una campaña electoral en función de estos elementos (y por eso Lacalle no la hizo, pecando de insincero), pero quién piensa votar sin tenerlos en cuenta le errará feo y quien gane y los ignore, fracasará estrepitosamente.”

La pregunta que debe hacerse el Frente Amplio es si los cinco integrantes de la coalición se hacen responsables de esas ideas, particularmente si se enfrentan a ellas en un intercambio político. Y, en consecuencia, el FA debería buscar cada instancia posible de ese intercambio.

La perspectiva política es que la coalición multicolor tenga más preponderancia en las decisiones de gobierno; pero cuánta, está por verse. Habrá cambios de ministros –Cancillería, Interior, tal vez Defensa– y de subsecretarios; se está pidiendo mayor participación en el Ministerio de Economía y Finanzas, y es posible que haya otros cambios. Lo que es muy difícil que cambie es la actitud ante el Frente Amplio y la intención de desplazarlo de las posibilidades de gobierno. Esa parece ser la perspectiva de los próximos dos años y medio en la política nacional.

Las organizaciones sociales, y entre ellas la central obrera, tienen por delante el cuestionamiento a empresas públicas y a las actividades del Estado. Este gobierno privatizaría Bomberos, si se le da la oportunidad. La pregunta es si el sindicalismo está en condiciones de dar, por ejemplo, las dos grandes batallas que se le plantearán en materia de Seguridad Social y Educación. Y además y en primera instancia, por Ancap y su cementera. Las luchas del pasado, de 1989 a 1994, en defensa de la seguridad social y de Ancap son triunfos buenos de recordar pero no antecedentes de cumplimiento obligatorio. Se debe recordar también que desde 1985, la izquierda perdió en siete instancias plebiscitarias.

Porque el FA es una fuerza democrática, se sabe que la elección de Fernando Pereira como presidente no despertó adhesión unánime. Pero se puso al frente a un hombre con mucha experiencia negociadora, con empuje militante y comprensión de la sociedad civil y de la política progresista y sus necesidades.

Pero su discurso cerrando la noche del 27 no fue el del presidente que el FA precisa. No le habló a toda la población sino solo a asalariados, y su puño en alto hace referencia a solo los propios entre ellos. Sus palabras deberían haber sido materia prima que orientara al FA, y al resto de la población a qué atenerse respecto de la fuerza que debería ser decisiva en los próximos dos años y medio para los ajenos, y qué hacer al respecto para el vasto progresismo de este país. Deberían haber sido una invitación a sentarse a pensar en serio, y un rechazo sin cortapisas a la autoindulgencia. Vivir la derrota como triunfo, algo que campeó, no solo es inútil: cierra caminos para modificar la realidad. Si Pereira dice, como dijo, que “no hubo errores (en la campaña del Sí) sino el poder avasallante del oficialismo”, está diciendo “no tenemos la culpa”, y eso no es cierto. ¿Qué podía esperarse del gobierno de Lacalle sino que tirara todo el poder posible del Estado y demás en favor de su postura?

El sujeto de las palabras de Pereira debería haber sido la necesidad de cambios profundos y su justificación, y el rechazo a la acción previsible de este gobierno. Porque esa acción, en los términos que se avengan a hacerla, se viene. También cabe decir que, como en la escuela, Pereira puede y debe rendir más. Si se equivocó, que lo enmiende rápidamente. Y si se siente obligado a ser conciliador entre fuerzas de mucha presencia en el FA, éste es el momento de desprenderse de yugos. Porque luego será tarde. En esta situación que emergió del escrutinio del 27, la iniciativa política la tiene el Frente Amplio; debería usarla.

Por Andrés Alsina  

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