Lacalle no quiere perder… ¿La coalición no tienen más programa?

La coalición que le da los votos a los proyectos que salen casi exclusivamente del Poder Ejecutivo, se formó con un solo y gran propósito: desplazar del gobierno al Frente Amplio. Lo lograron sumando naranjas y manzanas, aprendí en la escuela, en el contexto de debilidades políticas inexcusables del FA. A esa coalición, Lacalle, con una votación notoriamente baja pero la mayor de la extensa sumatoria de fuerzas políticas, le impuso una ley ómnibus, cosa de tenerla aprobada antes de que, cumplido su propósito, la coalición se desarmara. El grupo de poder que candidateó a Lacalle también dio con la LUC el primer paso de un proyecto neoliberal duro que aumentará sus decibeles privatistas y proempresarios apenas pase la votación del 27.

La coalición no se desarmó, sustancialmente porque sus integrantes no tienen dónde ir excepto hacia la fuerza política ampliamente mayoritaria del país, el FA, que insiste en la conducta democrática de estar abierto a apoyar y sugerir todo aquello que sea necesario a la consolidación institucional republicana. Hoy, Lacalle y sus coaligados no tienen más programa de gobierno que ganar el 27, tal como demuestra la agenda que no existe; vacío que disimulan los medios de comunicación de mayor alcance. La presencia de las notas policiales en los noticieros de TV es masiva, acrítica y superficial. Interesa el horror, el impacto, el escándalo, la violación en manada dentro de un patrullero, el enfermo mental que asesina, pero no se dice que no hubo para él política de salud mental la vez anterior que fue atendido por el Estado. Es que el público al que se dirige solo puede digerir hechos sencillos que conmocionan: es el voto de sectores populares al que le interesa mucho menos el lavado de dinero del narco, la corrupción y la evasión impositiva de argentinos, que la rapiña, el asesinato y la boca de droga allanada, porque están en su barrio. Y la cercanía de la noticia aumenta su importancia; eso es así para todo el mundo: el fuerte sismo (7,3 de intensidad) del miércoles en  Japón, que amenaza una central nuclear y un tsunami, preocupa mucho menos que la seguridad de las tres centrales nucleares argentinas, de la que no tenemos ni noticia. Ni siquiera tenemos cobertura noticiosa de Río Grande do Sul.

La mentira es que una rapiña es más importante y merece horario central por encima de las muchas otras manchas del tigre que están en los 11 temas de la LUC, materia para más de 30 leyes. Es con esa realidad simplificada y tergiversada que esperan ganar. Por eso su boleta es celeste y la fecha electoral cae en medio de dos partidos de la celeste; por eso se apropiaron del No, que derrotó a la reforma constitucional de la dictadura en 1980. Y la campaña del Sí no tomó en cuenta que la boleta de la dictadura en 1980 fue celeste.

Los manejos que han hecho desde el No para imponerlo hubieran merecido un inventario, que hubiese resultado abrumador. La suma de todos ellos refleja la intención de no dar una discusión limpia, de no abrirse a las reglas de la democracia en todo aquello que se pueda esconder. En última instancia, la sumatoria de todo lo ocurrido refleja el temor de Lacalle de perder el referendum.

Lacalle, que tiene un ego bien barnizado, no solo anuncia que él será el portavoz del mensaje del No, algo de dudosa constitucionalidad. Tal vez haya llegado él a la conclusión; seguramente lo hicieron sus asesores de marketing: Lacalle no sabría defender a toda la LUC en un discurso. Es que es muy difícil hacerlo  y por eso no ha habido ninguno que defendiera el todo en la campaña, ni hubo debates (aunque sí la mentirilla del amague a hacerlo), ni hubo exposiciones en ese sentido del oficialismo en el tratamiento general de la LUC. Es menos riesgoso, concluyeron, decir generalidades en una conferencia de prensa y contestar sin mayores detalles las preguntas que reciba a través del filtro que otorga el turno al periodista. Alguien debería tranquilizar a Lacalle; explicarle, por ejemplo, que si pierde no pasa nada; nada malo, al menos.

 

Por Andrés Alsina  

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