Reseña | La cicatriz

Antes que nada, Poemas encontrados lejos de Islandia, de Roberto López Belloso es la versión corregida y aumentada de Lejos de Islandia, que ganara el Premio Internacional de Ciudad de Alajuela (Costa Rica), en 2007, y que en nuestro país recibiera una mención, hace pocos días, segunda mención en la categoría de Poesía Edita.

Antes de expresar algunas anotaciones que he tomado de estos poemas, que por cierto tiene un registro único y original, quiero referirme un poco al autor, porque este ha sido periodista, jefe de redacción de Brecha. Esto ha redundado en beneficio de este libro de poemas. Lo imaginamos cubriendo la llamada “guerra de los Balcanes”, sin poder salir del asombro. De hecho, se dice que el autor estuvo en los Balcanes cinco veces, fue premio Onetti de poesía en 2012, Premio Nacional de Literatura 2015, y por dos veces el Premio Anual del MEC.

La fórmula “Poemas encontrados…”, la utiliza en todos sus libros publicados: Poemas encontrados en el siglo pasado (2005), Poemas encontrados en la sierra de las ánimas (2016), Poemas encontrados cuando no había (2014), Poemas encontrados en la primera década (2015). Incluso fue finalista del premio Casa de las Américas en 2002, con Poemas encontrados en un año cualquiera, y en el año 2000 había ganado el premio literario municipal de Montevideo con Poemas encontrados en una guía Michelin.

Este año que comienza, 2022, el autor anuncia un último libro con la misma fórmula de “Poemas encontrados…”, del que estaremos pendiente.

La obra es, entonces, el itinerario de viaje y el eco de la guerra que aún queda en esos lugares, de un viajero que intenta comprender, sin tener preconceptos. La realidad, terrible, se transmite a medida que va recorriendo el camino, que resulta ser el de la muerte, pero para llegar a la vida.

Una estupenda tapa, que muestra la reproducción de un grabado de Albrecht Altdorfer, de 1511, nos invita a entrar a un mundo poético distinto, inusual. Una serie de notas, al final, aclaran algunos pasajes importantes de los poemas, lugares y términos.

No seremos los mismos después de leer este poemario.

Las heridas

Toda guerra deja heridas. En los cuerpos y en las mentes, en los campos y las ciudades. Pero las guerras entre quienes eran hermanos casi, vecinos de años saludar, guerras fratricidas, se sienten más, golpean más. Abren grietas insalvables. Quienes atizaron los nacionalismos, lo hicieron sentados en una montaña de cadáveres que, por increíble que parezca, cotizan en bolsa.

El contexto es la guerra de los Balcanes: Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia. Un poco Albania, los kosovares y la OTAN, en su papel de policía militar, más unos cascos azules holandeses que miraron para el costado (en Srebrenica, ciudad bosnia) y otros contabilizaron los muertos. Yugoslavia ha desaparecido, el sueño de Tito se ha hecho polvo. El capital ha ganado.

De hecho el título del libro lleva, debajo, entre paréntesis, la inscripción de Un cuaderno de los Balcanes. Bien nos podemos imaginar un viaje por la región, pero un viaje que va hacia atrás en el tiempo, hacia atrás y hacia el presente, lo que fue, lo que pudo ser, lo que ya no será.

Pero ese viaje, que será de descubrimiento, le servirá al poeta también para irse re descubriendo, sintiendo —por lo que las distintas pinceladas nos muestran, instantes, cuadros, restos, huellas y vestigios—, hasta de la crueldad humana.

Verá una tierra mancillada, construcciones derrumbadas, pisos al vacío, hierros y máquinas. Sabrá de muertes, demasiadas.

En el llamado Prólogo en tres movimientos, nos señalará de antemano, las tres vertientes de este libro de poemas: el sentimiento, siempre a flor de piel; el tiempo, oscilante, como el péndulo de un reloj; y el reflejo del manojo de heridas de guerra, junto a lo absurdo de que de un día para otro surgieran enemigos entre amigos de toda la vida.

“Todo empezó cuando a los políticos les dio por pelearse en televisión mientras hablaban sobre sus respectivas nacionalidades o sus derechos constitucionales, y cada uno terminaba por declarar que su pueblo se encontraba en peligro”. (Ismet Prcic, 2011)

En particular el tercer movimiento (p. 13) habla de “la letanía de los tractores/ que ya olvidaron/ la preparación de los campos”, y luego encontraremos, desarrollada, esa idea de los tractores que la guerra ha hecho desposeer lo que era su utilidad.

También aparecen mencionados lugares o situaciones de las que luego intenta construir poéticamente: el puente de Mostar (destruido por Croacia en 1993 y reconstruido en 2004), un verso de Georg Trakl (poeta austriaco, que se suicidó en 1914 tras su traumática experiencia como oficial médico durante la primera guerra mundial), la stara planina (nombre eslavo de la cordillera de los Balcanes).

La lista de lugares, que es larga, toman los nombres con que comienzan los distintos poemas. Esos lugares tienen distintos restos, la guerra ha repercutido en unos lugares más brutalmente, hasta el punto que no ha quedado nada, y en otros el horror desatado parece permanecer, como una bruma, como una niebla de la que surge algún barco extraño, como un pentecontero (un barco de guerra griego).

Es indudable que López Belloso, trabaja en una especie de resurrección de la estética soviética —aquella que se exhibía, más que nada pictográficamente, durante los primeros años de la Revolución Rusa, de la época de la electrificación y la implantación de maquinaria agrícola, la producción de tractores que reorganizó la producción de alimentos, y su reflejo cultural donde se mostraba a hombres de aspecto rudo, musculosos, trabajando con máquinas, o mujeres campesinas pero de rostros firmes y desafiantes—. Las máquinas, ese mundo de pistón y martillo, parecen adueñarse de todo, hasta para desmembrar una nación en varias regiones, ahora llamados países; deslindes y torpezas. En aquel caso —el soviético— derivó en un realismo socialista literario, que buscaba siempre mostrar el desarrollo del humano bajo un sistema supuestamente mejor que el capitalista, y, por tanto, mejores personas.

También aquí se desmembró la ideología, que era lo que había unido a esos colectivos humanos, y ganó un revanchismo (militar) a la medida de intereses económicos.

López Belloso sabe todo esto —de esta forma o de otra, y muchísimo más que yo sobre todo eso; y por eso es fundamental escucharlo—, conoce los Balcanes, su historia, ha escuchado los nombres de las ciudades, de los ríos y otros lugares a medida que la va recorriendo —y nosotros con él—, lejos, muy lejos de Islandia. Por eso escribe, porque ha visto el territorio y sabe de qué está compuesto, lo ha pisado, ha debido esquivar las minas antipersonales, y ha visto el rostro del terror y las secuelas de la guerra —porque hay las que son para siempre, irreparables—, el sabor acre del dolor y la vergüenza del sacrificio inútil.

Por eso comenzará aterrizando —que es cuando comienza, en realidad, el viaje—, y de paso nos mostrará cómo de un avión y su contacto exitoso con la pista respectiva, se puede hacer un poema, un buen poema, como si la acción del aterrizaje estuviera hecha por el propio avión (como un mecanismo de defensa), porque es una máquina perfecta, que debe funcionar perfectamente en todo momento. Del otro lado podríamos preguntarnos, ¿de qué sirve la belleza de la naturaleza “cuando se apaga la mirada?”. La vida es primero, siempre.

A pesar de estar lejos de Islandia, donde reina la felicidad y puede ir al bar Slavia, con su luz de neón intermitente, también puede haber espacio para el sentimiento; nada, ni siquiera el olor rancio a pólvora puede suspender o declinar el ofrecimiento. Muerte y vida, van de la mano, y un paso ayuda al otro pie a dar su siguiente paso. Así es la vida.

Noto un tono desfallecido en los poemas de López Belloso, como si hablara con cierta nostalgia de esos lugares, que vienen con su antigüedad de historia a cuestas, o con pequeños descubrimientos sentimentales como con las muchachas de ayer nomás, las “que no tienen / más que un vestido/ y esa falda entallada/ gris navaja”.

Hay, como es lógico, elementos culturales de la zona, como el canto del muecín, desde un minarete blanco, repetido “en las siete mezquitas de la ciudad”, y el precio de la guerra, su presencia en los vestigios, el puente del Mostar ya destruido: “solo pasa el río/ entre los muñones de piedra que dejó la guerra” —y aquí “muñones” nos da la dimensión, humana y terrible, de lo que acontece en la guerra.

Pero además, el pueblo no olvida al puente, y parece seguir llorando su falta (recién fue reconstruido diez años después de su destrucción por fuego de artillería croata). Ya sabemos que el puente, como símbolo, tanto une como separa, o puede ser visto como vida y muerte —siendo las dos orillas de la vida: el nacimiento y el fallecimiento—, y también puede ser visto como una puerta que puede llevar hacia otra parte, tránsito. Y al estar destruido, solo queda la resignación, el llanto, el lamento. Mas el río sigue, es decir, la vida anda. Eso plantea el poema Mostar.

Pero el Mostar no es solo río y puente, tiene alma. En la celda del derviche, el río Mostar es “el constante ritual de la hipnótica/ danza…” —y aquí la calidad hipnótica de la palabra ídem se resalta al estar en danza—. También es el hallazgo poético de las “líneas plisadas de la túnica blanca del derviche se dibujan/ hipnóticas en el arco de la danza”, por cuanto lo hipnótico refuerza el ritual y lo plisado se transforma en arco.

Y encima de todo esto, está la duda, necia, que “deshace lo sólido”, que se mete en cuña, “como el reflejo/ de los guiones de sol que entrecortan la persiana”.

En Mostar III, en tanto, ha quedado una promesa en forma de Vera, que “canta una vieja canción de cuna en la ribera/ y también la niña/ se llama Vera” y que aquí no se vea una casualidad sino una causalidad. Algo inalcanzable, ya, y que pertenece al pasado.

El ópalo rojo

“El rojo nombre del ópalo en la nieve”, me llamó la atención, no supe traducirlo. Lo primero que me vino a la mente fue, sin embargo, una mancha de sangre en medio de la nieve. Una mancha roja sobre campo blanco. Hay una mujer, hay una mancha de sangre, hay lo que fue pero no lo que quiso ser.

Y enseguida —tras cartón, como dicen los gurises— se toma la molestia de comentar sobre Anna Karenina (y yo pienso en las nieves de Moscú y en las manchas rojas sobre la nieve), y expone que, “entre palabras pronunciadas por voces desconocidas/ los bulevares la alejan de la cruz/ en el Moskova/ (y también acá/ en la orilla del neretva)”. Allí, entonces, descubrirá (Karenina) “la daga del amor en su garganta”. El amor, mata, también, pero de otra manera.

En Višegrad (ciudad bosnia) está “el ruido frágil de la rosa”, y detrás del poema una voz reconoce a quién los manda al muere, “nos sentábamos juntos/ en el banco de la escuela”. Porque lo más atroz de todo es que, habiendo cierto pasado en común, por las circunstancias geopolíticas de la época en Europa, cuando vino la guerra fue una batalla de vecinos, crueles vecinos, si se quieres porque sabían de sus puntos débiles. Y cuando el mundo quiso reaccionar, aún incrédulo, llegamos a ver la política de enfrentar a la muerte con más muerte, hasta que todas las partes decidieran parar porque sino no iba a quedar piedra sobre piedra. Ya no estaba la Unión Soviética, Gorbachov había empezado la perestroika y la glasnot, el muro se había caído y las potencias occidentales orejeaban las tajadas que irían a devorar. Todo se transformó en caótico puzzle y las ganancias de algunos pescadores importantes.

Sin embargo, el poeta aún llega a un remanso donde “el agua de la fuente dibuja cinco arcos delgados”, en el que “se refrescan las bebidas”. Además, “tres hombres dejan que el café repose/ dos golpean los dados en un vaso”, y el tiempo pasa, sin nada que lo apure, sin nada que lo detenga. Así como el río sigue fluyendo, a pesar de los puentes destruidos y los remedos locales de la “solución final”.

Y finalmente lejos, lejos de todo, Sarajevo, sobre todo lejos de la humanidad. Las variaciones sobre Newsweek quiere resolver el dilema de este mundo actual donde las informaciones son manejadas según conveniencias (políticas, económicas, estratégicas, de negocios potenciales), y ocultan partes sustanciales de los hechos, por lo que las conclusiones que se sacan son erróneas y distorsionadas. Basta que un medio con cierto peso se posicione a favor de algunas de las fuerzas, por acciones de las otras partes en la coyuntura, para que “la opinión pública” crea en un enemigo que, según la lógica, debe ser combatido y aniquilado.

Así, López Belloso, al ofrecer posibles variaciones, en una especie de juego de inteligencia, sintetiza lo importante —algo que en la información puede parecer hasta anecdótico—: “los esqueletos de bosnia contados al vacío”, que fue —¿es todavía?— algo que a nadie importó, salvo los directamente involucrados. Los que murieron no tuvieron opción —por eso murieron—, no pudieron ni siquiera defenderse. Pero también hubo los que se defendieron y murieron.

Es la lógica de que cuando las balas hablan el diálogo es inútil, salvo que pase mucho tiempo y/o que haya muchos muertos (tantos que se espanten las señoras de la burguesía) o que se incline la balanza militar hacia uno de los bandos.

Es obvio que la perspectiva con que se miran las cosas cambian la opinión y hacen ver determinadas cosas. Así hay quien ve en la bruma “los perfiles de los barcos”, pero no puede detenerse ante la piel y mucho menos “recibir tu piel en cambio/ en el trueque injusto de los cuerpos”. De todas formas, “el olvido no lo necesito”, por lo que bien puedo vivir de tu recuerdo, si es que no hay más.

Queda el  impacto, incluso visual, de lo que pasó, “viejos y nuevos guerreros adornan las paredes/ en un ícono/ san Jorge/ sigue atravesando al dragón con  una lanza”, como cosa de nunca acabar. La mitología de San Jorge es bastante universal, para los vascos es Gorka o Jurgi; para los croatas, Juraj; para los suecos, Göran. En el dialecto ligur se le conoce como Zorzo y en gaélico, como Seoirse. La leyenda dice que abatió a una bestia y liberó de su yugo a una ciudad o a todo un reino.

Y claro, una madre no olvidará nunca a su hijo, será capaz de perdonarle todo, pero olvidar no, no puede, termina siendo el motivo de su vida; el recuerdo, “una foto en uniforme de soldado” (“algo gris/ por el humo de la fábrica cercana/ y porque el gris le ocurre a las fotos de los soldados”), un gris de uniformidad plana (¿la que se le atribuye al socialismo?, en esa estética que señalábamos al comienzo). Pero pregunta: “¿qué mano empuñaba el cuchillo en la taberna?”, y agrega, de inmediato: “se ha perdido su nombre”. Porque no importa el que dio muerte, el que importa es el muerto, que se atrevió a morir, lo que importa es el recuerdo del muerto en la loma de Pale, “y sobre el mármol negro la gastada imagen de la herencia eslava/ un águila bicéfala/ casi muerta/ se retuerce entre las vigas desnudas de la vieja Bizancio” (p. 49), de la que más vale apartarse.

Aquí vemos claro la unión del pasado y el presente, aquellas muertes no son muy diferentes a éstas, ni la destrucción es distinta, apenas más rápida y más brutal.

El ángel de la libertad

“¿Qué es lo que se rompe/ para que esto ocurra?”, asesinatos en masa, la sed de la sangre, que corrompe, como el ángel, que “disfruta de la sangre”. Esa sed se transforma en locura, “con su larga fila de tractores sus casas sin puertas/ sus calles sucias/ sus llanuras brumosas/ y sus montañas afiladas/ con su culpa y su inocencia/ serbia mastica sus fantasmas”. Pero también, “recuerda el miedo/ que provocó y le provocaron/ como luces trazadoras/ en el cielo de Belgrado” —en clara alusión a los misiles guiados de la OTAN—. Por cierto, esa guerra fue iniciada unilateralmente por la OTAN, sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU,​ por lo que bien puede decirse que los bombardeos constituyeron actos de crímenes de guerra.

Porque para que ese nacionalismo triunfara, desde este lado, se trajeron viejos héroes para que volvieran al ruedo, en su nombre, a defender su tierra. Serbia tiene a Marko Kraljević, que le dio la libertad contra el malvado turco, pero que sin embargo dijo que “nada les he dado/ fue entre ustedes/ que yo la encontré”.

También utiliza un recurso harto ingenioso, un juego de palabras y de frases que, con las mismas palabras en otro orden, completan la idea que se quiere transmitir, hasta llegar a la síntesis: en Mitrovica (p. 61) el vaso espera, porque si “una mujer no puede/ pasar/ por encima de un muerto el vaso/ a quien la espera/ del otro lado”, entonces “el vaso espera”, para no correr el riesgo de que el muerto se vuelva lobo, según las creencias del lugar.

Hay algunos poemas que utilizan ese tipo de juego entre palabras e incluso con doble sentido, una intención a que el lector siga el juego. Sabe que los poemas-pausa, aquellos poemas que nos ofrecen remansos poéticos y languideces extraordinarias, dejan paso, casi siempre, a algo que se sale de todos los marcos, algo único e irrepetible, extraído de la experiencia.

El alma de Serbia ha muerto en Peć, “la ciudad se nombra Peja/ y los taxistas ya no hablan/ en la lengua de sava” (Peja es en kosovar albanés), y por si fuera poco, “afuera los puñales brillan/ en la garganta del día”.

Otra perspectiva, esta vez desde un autobús, “que corre/ tan rápido como puede”, es la de los esqueletos de edificios, “el dibujo de los cimientos”, el vacío… donde antes hubo vida.

La tercera perspectiva vuelve al juego de palabras, donde la repetición de la palabra clave (en este caso: eco, cuyo concepto es la repetición, asimismo):

Perspectiva III

puede escribirse de la islandia prometida tan lejos
de la islandia prometida
que la Islandia prometida se vuelve
y dice sí
es mío el eco
que regresa de lo escrito

puede escribirse también de la seguridad de su cobijo tan lejos
también
de la seguridad de su cobijo
que la seguridad de su cobijo se vuelve
y dice
también ella

es mío el eco
que regresa
de lo escrito

pero de la herida
siempre se escribe de la herida tan cerca de la herida que la herida
se vuelve
mira el eco que regresa
y ya no dice

El epílogo, en tres movimientos, como al comienzo, cerrando el ciclo (y el libro) muestra lo que ya mostró, como una recapitulación: lo que queda de lo que era Yugoslavia, “igual de quieta/ en la mirada que se queda”; todo lo que ha muerto, incluida “la muerta modernidad de tito y sus corbatas italianas”, y que lo único que siempre vive es Islandia, la ansiada: “sólo islandia parece haber salvado el inclinado plano y la lluvia/ sólo islandia/ desbordada ínsula en tu voz/ bandiera rossa/ un mar/ en movimiento”. Y como siempre se concluye que hay que continuar la marcha, no se puede detener en la mera contemplación complaciente (terrible, por cierto).

Es por ello que “el barco necesita de un mar/ incluso en tierra firme”, un manera de escapar, llegado el caso, o simplemente de continuar el viaje, descubrir otras cosas lejos de la crueldad del humano y el contraste de la belleza de la naturaleza, hasta llegar al lugar donde el equilibrio se restablezca y la sonrisa y la alegría, otra vez, pueda ser posible.

(Poemas encontrados lejos de Islandia (Un cuaderno de los Balcanes), de Roberto López Belloso, Civiles Iletrados editores, 2019, Montevideo, 78 páginas)
Bibliografía:
Junten los pedazos, Ismet Prcic (p. 18)
Informaciones de prensa (en especial sobre la guerra en Kosovo)

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves

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