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LA TEORÍA DEL OTRO

Por Sergio Schvarz

«Je est un Autre»
Arthur Rimbaud

El mundo novelístico de Roberto Bolaño tiene muchas aristas que hubiéramos querido que se continuaran desarrollando y que han quedado, por decirlo de alguna manera, como la manifestación visible de un iceberg. En sus novelas encontraremos guerrilleros, dictaduras, asesinatos, una forma policial disgregada en el marco de una literatura más o menos politizada, de pretensión realista aunque a menudo distorsionada.

En Estrella distante se trata de la construcción del “otro”, el otro en el sentido antropológico de diverso, no de distinto; ese que incluso puede estar en el punto ideológico diametral al nuestro pero que, sin embargo, por medio de la literatura (y de la psicología y la antropología, entre otras), somos (también) nosotros.

Tan es así que podría decirse que aquí está, en embrión, la teoría Bolaño del otro, que no es más que la continuación del nosotros por otros medios, a veces terribles. Si admitimos que “nosotros” somos los que tenemos algo en común, podremos darnos cuenta que, efectivamente, el otro también tiene algo en común con nosotros (una unidad biopsíquica, un origen común y una igualdad de condiciones), por lo tanto es —o deberíamos ser— lo mismo. Y no es un sofismo.

Lo primero que hace el chileno es ubicarnos en el tiempo. Es 1971 o 1972, “cuando Salvador Allende era presidente de Chile”, y describe al personaje del que tratará su  novela: Alberto Ruiz-Tagle, protagonista un tanto misterioso, que no habla demasiado, autodidacta, “que se vestía demasiado bien para no haber pisado nunca una universidad”. Además, “sus gustos eran eclécticos: a veces aparecía con terno y corbata, otras veces con prendas deportivas, no desdeñaba los blue-jeans ni las camisetas. Pero fuera cual fuera el vestido Ruiz-Tagle siempre llevaba ropas caras, de marca” (p. 14). Como antecedentes tenemos que su padre o su abuelo había sido propietario de un fundo cerca de Puerto Montt, y decidió dejar de estudiar a los quince años para dedicarse a los trabajos del campo y a la lectura de la biblioteca paterna”. Vive solo, como si no tuviera más que confianza y seguridad en sí mismo, y además parece que nunca le ha faltado dinero.

El lugar donde inicia la novela es Concepción, en Chile, bajo el amparo del taller literario de Juan Stein, uno de los dos talleres de la ciudad, rivales pero que, a la vez, caminan en la misma dirección hacia la creación artística.

Allí se encuentran las hermanas Garmendia (gemelas monocigóticas), Verónica y Angélica, “tan iguales algunos días que era imposible distinguirlas y tan diferentes otros días (pero sobre todo otras noches) que parecían mutuamente dos desconocidas cuando no dos enemigas” (p. 15); Bibiano O´Ryan, Marta “la Gorda” Posadas, que “quería convertirse en una especie de Marta Harnecker (1) de la crítica literaria”, y él, que adopta el nombre de Arturo Belano (clásico alter ego del autor).

El trato de Ruiz-Tagle con ellos era de “cordialidad distante” (y aquí aparece el término distante, como de alguien que participa de algo pero sin emoción alguna): “nos saludaba, nos sonreía, (y) cuando leíamos poemas era discreto y mesurado en su apreciación crítica…”. Por cierto, “la mayoría éramos miembros o simpatizantes del MIR o de partidos trotskistas, aunque alguno, creo, militaba en las Juventudes Socialistas o en el Partido Comunista o en uno de los partidos de izquierda católica”. (p. 16)

En ese sentido, hay un trasfondo político, un marco de irrupción dictatorial en que se desarrolla la novela y una pos dictadura como luz al final del túnel que, sin embargo, no revela del todo la incógnita planteada.

El otro taller literario, el taller de poesía de Diego Soto, se llevaba a cabo en la Facultad de Medicina, “separado tan sólo por un pasillo del anfiteatro en donde los estudiantes despiezaban cadáveres en las clases de anatomía” (p. 20). “Los asiduos al taller de Stein no iban al taller de Soto y viceversa, salvo Bibiano O`Ryan y yo, que en realidad compensábamos nuestra inasistencia crónica a clases acudiendo no sólo a los talleres sino a cuanto recital o reunión cultural y política se hiciera en la ciudad”. (p. 21) En el taller de Diego Soto parecía haber una mayor influencia de Teillier (2). Allí hizo su aparición, también, Ruiz-Tagle, como quien no quiere la cosa.

La narración comienza poco tiempo antes del golpe militar y el bombardeo del palacio de La Moneda y nuestro personaje se transforma, definitivamente, en Carlos Wieder, de quien sospecharemos que en realidad es un tira, que se ha infiltrado, aunque sus acciones parecen formar parte de una guerra propia. O de que, sueltos los demonios, cada quien se puso el sayo que mejor le cuadrara y ejecutó su particular venganza o dio rienda suelta a su locura personal.

En este caso lo encontraremos piloteando un caza Messerschmitt de la Luftwable, donde escribe frases sobre el cielo de Concepción, como una especie de acción poética, y nos habla sobre el principio del mundo, la luz y las tinieblas.

Las exhibiciones de escritura aérea,

“sobre el aeródromo de Las Tencas, para un público compuesto por altos oficiales y hombres de negocios acompañados de sus respectivas familias —las hijas casaderas se morían por Wieder y las que ya estaban casadas se morían de tristeza—  dibujó, justo pocos minutos antes de que la noche lo cubriera todo, una estrella, la estrella de nuestra bandera, rutilante y solitaria sobre el horizonte  implacable”. (p. 41)

Allí estará, entonces, la estrella, única, distante, que simboliza la patria chilena. Esa patria otra.

El método parece extraído de Isidore Isou(3) (el letrismo), y en la exhibición aérea de El Cóndor, Wieder, ya transformado en su verdadero papel, de aviador y quizá soplón y asesino, escribe “aprendices de fuego”, y según sus más íntimos, supieron que “estaba nombrando, conjurando, a mujeres muertas”, a poetas que desaparecían o a los que, con suerte, sus restos pudieran encontrarse un día.

“Por aquellas fechas participó en otras dos exhibiciones aéreas, una en Santiago, en donde volvió a escribir versículos de la Biblia y del Renacer Chileno, y la otra en Los Ángeles (provincia de Bío-Bío), en donde compartió el cielo con otros dos pilotos que, a diferencia de Wieder, eran civiles, y además mucho mayores que él y con una larga trayectoria como publicistas del aire, y con los cuales dibujó, al alimón, una gran (y por momentos vacilante) bandera chilena en el cielo”. (p. 43) Y, por supuesto: “De él dijeron que era capaz de las mayores proezas”…

Según su instructor era un

“piloto innato, avezado, con instinto, capaz de pilotar cazas y cazabombarderos sin la menor dificultad”. “En su apreciación social, no obstante, existían puntos negros: las malas compañías, gente oscura, parásitos de comisarías o del hampa con los que Wieder salía en ocasiones, siempre de noche, a beber o a encerrarse en locales de mala reputación” (p. 44),

y este párrafo nos muestra, ya, mucho de lo que es capaz de hacer en las sombras.

Será “la gorda” Posadas, sin embargo, quien descubrirá que Ruiz-Tagle y el teniente Carlos Wieder son el mismo personaje, y si bien en uno se hace pasar por poeta interesado en la aviación, en otro se presenta como aviador que escribe poemas (y otras referencias bíblicas) en el aire, lo que nos da la pauta para pensar en la duplicación de la persona y afirmar, una vez más, que el otro es el nosotros, es decir el Yo. Si lo que sale a la luz de nosotros es una cara distinta a la del otro, seguramente lo que no sale a la luz, lo que está dentro de nosotros y sólo vive en nosotros, tendrá muchos puntos con aquél.

Después del temblor, el exilio

No quedarán muchas opciones para los asistentes a los talleres literarios. Para unos será el temblor, la tumba o el exilio. De Juan Stein se dice que “sus poemas eran breves, influido a partes iguales por Nicanor Parra y Ernesto Cardenal, y recomendaba leer a Lihn(4) más que a Teillier”. Desfilarán todos los poetas de Chile, en especial los que se leían en esa época en que funcionaba el taller. El mejor, luego de Stein, por supuesto, es Diego Soto, pero también aparecerán: Jorge Cáceres, Rosamel del Valle, Anguita, Pezoa Véliz, Magallanes Moure, Braulio Arenas, Pablo de Rokha, Neruda —fundamentalmente Residencia en la tierra—, Armando Uribe Arce, Gonzalo Rojas, Juan Luis Martínez, Oscar Hahn, Gonzalo Millán, Claudio Bertoni, Jaime Quezada y Waldo Rojas.

Stein “tenía muchos mapas, como suelen tenerlos aquellos que desean fervientemente viajar y aún no han salido de su país”. Mirista (MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria) pero de tendencia trotskista, tenía un retrato de Cherniakouski(5), general al mando de un ejército de la ex Unión Soviética, “muerto en primera línea, en 1945, cuando ya la guerra estaba ganada, a los treinta y nueve años de edad”. El repaso de la vida militar del general judío y civil del héroe, sirve para desplegar una cierta ironía retrospectiva, hablando de los honores en sitios o realidades que ya no existen más, como muchas ciudades o instituciones de la ex Unión Soviética, incluido el traslado de monumentos del general Cherniakovski a los lugares que defendió, con éxito, así como su nuevo enterramiento en Moscú cuando Lituania fue un Estado independiente.

Lo cierto es que Stein “era pobre y tenía pocas cosas”, por eso lo que tenía era importante para él, aunque a veces no supiera en donde residía esa importancia, si en el objeto, en el vínculo establecido, o en otra parte. Además, después del golpe militar, Stein desapareció, y con él todos los mapas que estaban en el departamento, y tanto Bibiano como el yo del personaje-narrador lo dan por muerto.

El narrador se exilia luego de estar preso unos días y cuando está en México, ¿o en Francia?, recibirá una carta de Bibiano con un recortes de prensa donde hacía alusión “a varios “terroristas chilenos” que habían entrado a Nicaragua por Costa Rica con las tropas del Frente Sandinista. Era Juan Stein”. (p. 67) Luego seguirá una “carrera” como guerrillero por todos los conflictos de la época, Angola, Colombia, Mozambique, Guatemala o en El Salvador.

Sin embargo, el autor se pregunta:

“¿Cómo conciliar en el mismo sueño o en la misma pesadilla al sobrino de Cherniakovski, el judío bolchevique de los bosques del sur de Chile, con los hijos de puta que mataron a Roque Dalton mientras dormía, para cerrar la discusión y porque así convenía a su revolución?”. (p. 69)

Stein, finalmente, es presuntamente muerto en El Salvador, en la última ofensiva del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional), “la que llegó a conquistar algunos barrios de San Salvador…”. Dice: “En la Dirección de Información de la policía el desconocido rubio figura con el nombre de Jacobo Sabotinski, ciudadano argentino, antiguo miembro del ERP” (Ejército Revolucionario del Pueblo). (p. 70) Pero no dará con sus restos, como si se hubiese desvanecido en el aire.

Diego Soto, del otro taller literario, también desapareció a finales de 1973 o en los primeros días de 1974.

“Siempre estaban juntos (aunque nunca vimos a uno en el taller del otro), siempre discutiendo de poesía aunque el cielo de Chile se cayera a pedazos, Stein alto y rubio, Soto bajito y moreno, Stein atlético y fuerte, Soto de huesos delicados, con un cuerpo en donde ya se intuían redondeces y blanduras futuras, Stein en la órbita de la poesía latinoamericana y Diego Soto traduciendo a poetas franceses que en Chile nadie conocía (y que mucho me temo siguen sin conocer)”. (p. 74)

Ese aspecto, el de la traducción, da para presentar la lista ordinaria de poetas franceses relacionados con Soto: Alain Jouffoy, Denis Roche, Marcelin Pleynet, Michel Bulteau, Mathieu Messagier, Claude Pelieu, Frank Venaille, Pierre Tilman, Daniel Biga, Georges Perec.

Soto era simpatizante del Partido Socialista, era un izquierdista pesimista, que se exilia en Europa, en la Alemania Oriental (RDA, República Democrática Alemana), y luego en Francia, donde dio clases de español y de inglés e hizo algunas traducciones “no venales” a algunos escritores singulares de Latinoamérica, “casi todos de principios de siglo (XX), cultores de lo fantástico o de lo pornográfico, entre los que se contaba el olvidado novelista de Valparaíso Pedro Pereda, que era fantástico y pornográfico al mismo tiempo”. (p. 76)

Luego Soto se estabiliza en París y vive bien, tiene mujer y dos hijos: “no es que Soto se hubiera aburguesado, sino que siempre había sido así”. Pero la felicidad termina abruptamente, a manos de tres jóvenes neonazis, que lo acuchillan al intentar defender a una vagabunda que era golpeada salvajemente.

Surge, luego de esto, el personaje de Lorenzo (en la historia de Petra), el que le gustaba jugar y subirse a los árboles y a los postes de alta tensión “recibió una descarga tan fuerte que perdió los dos brazos”, amputándoseles.

“Así que Lorenzo creció en Chile y sin brazos, lo que de por sí hacía su situación desventajosa, pero encima creció en el Chile de Pinochet, lo que convertía cualquier situación desventajosa en desesperada, pero esto no era todo, pues pronto descubrió que era homosexual, lo que convertía la situación desesperada en inconcebible e inenarrable” (p. 81),

y se convierte en artista (¿en qué otra cosa podía convertirse?). Intenta suicidarse, saltando al mar desde una roca usada exclusivamente por suicidas, pero no lo logra: “Matarse, dijo, en esta coyuntura política (pinochetismo), es absurdo y redundante”. (p. 82) (Ese personaje sin brazos, me recuerda, vagamente, a un personaje similar, aunque en esta no tiene piernas y sí brazos, correo clandestino que anda en una chata, que aparece en una de las últimas novelas de José Donoso: La desesperanza, de 1986).

Entonces este personaje disminuido se va a Europa. En los momentos en que vivió allí sólo le llamaban “la acróbata ermitaña”, y decía que “con ingenio uno o una se las apañaba para hacer de todo” con tal de mantenerse vivo. La prótesis que se compró en Alemania “parecían brazos de verdad y le gustaron más que nada por la sensación de ciencia ficción, de robótica, de sentirse ciborg…”. (p. 84) Finalmente, se convierte en Petra, emblema de los Juegos Paralímpicos, y tres años después muere de sida.

Lo conclusión, con algo de ironía:

“A veces creo que Lorenzo fue mejor poeta que Stein y Soto. Pero usualmente cuando pienso en ellos los veo juntos. Aunque lo único que los une fue la circunstancia de nacer en Chile”. (p. 85)

“Como si detrás de sus ojos tuviera otro par de ojos”

Carlos Wieder le servía al régimen para demostrar al mundo “que el nuevo régimen y el arte de vanguardia no estaban, ni mucho menos, reñidos”. (p. 86)

La pretensión de ser vanguardia, de estar al frente, de dirigir los destinos (de un país, de la cultura o de la política) es, cuando menos mesiánica y expulsa del paraíso a los otros, porque si sólo lo mío es lo correcto los demás están, inequívocamente, equivocados.

Por ello Bolaño nos presenta la extraña exposición de fotos que Wieder montará en el departamento de un ex compañero de promoción, “cuya inauguración hizo coincidir con su exhibición de poesía aérea”.

“Las invitaciones para la fiesta en Providencia, por supuesto, fueron restringidas, selectivas: algunos pilotos, algunos militares jóvenes (el más viejo no llegaba a comandante) y cultos o al menos con fundadas sospechas de serlo, un trío de periodistas, dos artistas plásticos, un viejo poeta de derechas que había sido vanguardista y que tras el Golpe de Estado parecía haber recuperado los ímpetus de su juventud, alguna dama joven y distinguida (que se sepa a la exposición sólo acudió una mujer, Tatiana von Beck Iraola) y el padre de Carlos Wierder, que vivía en Viña del Mar y cuya salud era  delicada”. (p. 87-88)

Escribirá en el cielo: “La muerte es amistad”, “La muerte es Chile” y “La muerte es responsabilidad”, pero también “La muerte es amor” y “La muerte es crecimiento”, “La muerte es comunión”, “pero ninguno de los generales y mujeres de generales e hijos de generales y altos mandos y autoridades militares, civiles, eclesiásticas y culturales pudo leer sus palabras” (p. 90), porque no estaban interesados más que en ellos mismos y en las condiciones adversas del clima. En medio de una tormenta eléctrica alcanza a escribir “La muerte es limpieza”.

Mientras los invitados devoraban canapés y bebían algo, “escribió, o pensó que escribía: La muerte es mi corazón. Y después: Toma mi corazón. Y después su nombre: Carlos Wieder, sin temerle a la lluvia ni a los relámpagos. Sin temerle, sobre todo, a la  incoherencia”. (p. 91) Finalmente, escribió “La muerte es resurrección”

“y los fieles que permanecían abajo no entendieron nada pero entendieron que Wieder estaba escribiendo algo, comprendieron o creyeron comprender la voluntad del piloto y supieron que aunque no entendieran nada estaban asistiendo a un acto único, a un evento importante para el arte del futuro”. (p. 91-92)

Porque eso es ser vanguardia, en todo caso, ser capaz de enseñar el camino a realizar, realizándolo.

Aunque el autor relativiza todo, como si pudiera no haber ocurrido, porque “las alucinaciones, en 1974, no eran infrecuentes”, lo cual nos lleva a otro plano de las cosas, lo claro es que la exposición fotográfica de Wieder nos mostrará un deslumbramiento del orden místico, casi religioso, de orden ritual, ceremonial, macabro.

La exposición, parece, efectivamente, algo inusual, de otro mundo:

“Las fotos, en general, son de mala calidad, aunque la impresión que provocan en quienes las contemplan es vivísima. El orden en que están expuestas no es casual: siguen una línea, una argumentación, una historia (cronológica, espiritual…), un plan. Las que están pegadas en el cielorraso son semejantes al infierno, pero un infierno vacío. Las que están pegadas (con chinchetas) en las cuatro esquinas semejan una epifanía. Una epifanía de la locura. En otros grupos de fotos predomina un tono elegíaco…” (p. 97),

(esta descripción es en base al libro que publicara, años después, el teniente Julio César Muñoz Cano, Con la soga al cuello, invitado a la exposición, donde da cuenta de esto en una narración autobiográfica y autofustigadora sobre su actuación en los primeros años del gobierno golpista”).

Y después, “mientras algunos se iban sin despedirse una extraña sensación de fraternidad quedó flotando en el piso entre los que optaron por quedarse”. (p. 98).

Sí, debemos decir que la manera en que Bolaño describe este evento, que es el evento central de toda la novela, puesto que estas fotos nos muestran de lo que es capaz de hacer Wieder, y nos dicen quién es, en ningún momento dice explícitamente de lo que tratan las instantáneas, de qué es lo que muestra. Sin embargo, por ciertos detalles tétricos, cuerpos desmembrados, por ejemplo, dan cuenta de que pueden ser detenidos-desaparecidos antes de ser muertos. La cuestión se plantea así:

“Según Muñoz Cano, en algunas de las fotos reconoció a las hermanas Garmendia y a otros desaparecidos. La mayoría eran mujeres. El escenario de las fotos casi no variaba de una a otra por lo que deduce es el mismo lugar. Las mujeres parecen maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados, aunque Muñoz Cano no descarta que en un treinta por ciento de los casos estuvieran vivas en el momento de hacerles la instantánea” (p. 97),

O, por ejemplo: “La foto de un dedo cortado, tirado en el suelo gris, poroso, de cemento”, por lo que podemos inferir muchas cosas, incluso la participación de Carlos Wieder en los asesinatos, como autor o coautor.

Pero claro, hay que cuidar las espaldas. “Uno de los tenientes, por indicación del capitán, confeccionó una lista con los nombres de todos los que habían asistido a la fiesta”. Y más tarde vendrán los de Inteligencia y se llevarán lo que podría transformarse, de caer en otras manos, las pruebas de ciertos delitos.

De este modo, “lo mejor es que duerman un poco —dijo el capitán que había sido profesor de Wieder en la Academia— y olviden todo lo de esta noche”. Al parecer van a arrestarlo, pero lo cierto es que las noticias sobre él “son confusas, contradictorias, su figura aparece y desaparece en la antología móvil de la literatura chilena, envuelto en brumas, se especula con su expulsión de la Fuerza Aérea en un juicio nocturno y secreto al que él asistiría con su uniforme de gala”. (p. 103)

Es otro personaje más que va camino a ir desapareciendo, de a poco. Aparecerán, al tiempo, unos poemas firmados por Octavio Pacheco,

“pero Bibiano O´Ryan descubre accidentalmente un apartado de autor en los Archivos de la Biblioteca Nacional y allí, juntos, están las poesías aéreas de Wieder, la obra de teatro de Pacheco y textos firmados con tres o cuatro nombres más aparecidos en revistas de escasa circulación, algunas marginales y hechas con muy pocos medios y otras de lujo, con un papel excelente, profusión de fotos (en una se reproduce casi toda la poesía aérea de Wieder, con una cronología de cada acción) y diseño aceptable”. (p. 104)

Y, además, “la procedencia de las revistas es diversa: Argentina, Uruguay, Brasil, México, Colombia, Chile”. (p. 104-105)

“La leyenda de Wieder crece como la espuma en algunos círculos literarios. Se dice que se ha vuelto rosacruz, que un grupo de seguidores de Joseph Peladan han intentado contactar con él, que una lectura en clave de ciertas páginas del Amphithéâtre des sciencies mortes preludia o profetiza su irrupción “en el arte y en la política de un país del Lejano Sur” ”. (p. 107)

Juegos de guerra para policías y detectives

Buscando atar cabos, Bibiano O´Ryan descubre un juego, llamado Wargame, que “cubre en turnos quincenales la totalidad de la guerra que desde 1879 enfrentó a Chile con la Alianza Peruano-Boliviana” —un juego de doble o terceras lecturas, que es una singularidad de Bolaño y, como todo en él, de estatura irónica—, y que “no obtuvo el éxito esperado y arruinó a los propietarios de la casa editora…”. (p. 109)

Bibiano O´Ryan investigará sobre Carlos Wieder, y allí surge otro personaje estrafalario, un coleccionista de rarezas literarias, estudioso de las obras de Philip K. Dick, Graham Greenwood que, por ejemplo, “creía, a la manera norteamericana, decidida y militante, en la existencia del mal, el mal absoluto”. (p. 110)

“En su particular teología el infierno era un entramado o una cadena de casualidades. Explicaba los asesinatos en serie como una “explosión del azar”. Explicaba las muertes de los inocentes (todo aquello que nuestra mente se negaba a aceptar) como el lenguaje de ese azar liberado. La casa del diablo, decía, era la Ventura, la Suerte” (p. 110),

lo que nos habla sobre el destino, prefigurado de antemano.

Sin embargo, pese a efímeros poemas publicados aquí y allá, “todo lleva a pensar que ha renunciado a la literatura”.

Finalmente,

“Wieder abandona Chile, abandona las revistas minoritarias en donde bajo sus iniciales o bajo alias inverosímiles habían ido saliendo sus últimas creaciones, trabajo hechos a desgana, imitaciones cuyo sentido escapa al lector, y desaparece, aunque su ausencia física (de hecho, siempre ha sido una figura ausente) no pone fin a las especulaciones, a las lecturas encontradas y apasionadas que su obra suscita”. (p. 112-113).

Su presencia se torna fantasmal, haciéndonos dudar de su verdadera existencia. Un crítico, Ibacache, en las proximidades de Valparaíso, “describe un anochecer en un pueblo sin nombre, una plaza vacía donde tiemblan sombras alargadas y vacilantes, y una silueta, la de un hombre joven, con gabardina oscura y alrededor del cuello una bufanda o chalina que vela en parte su rostro”. (p. 115) Y luego hablan:

“Sus voces, pese a la distancia que los separa, son nítidas. El desconocido, por momentos, emplea un argot violento que contrasta con su voz bien timbrada, pero en general ambos contertulios se expresan en términos correctos”. (p. 115).

Y, además, dice:

“Los años y las noticias adversas o la falta de noticias, contra lo que suele suceder, afirman la estatura mítica de Wieder, fortalecen sus pretendidas propuestas. Algunos entusiastas salen al mundo dispuestos a encontrarlo y, si no a traerlo de vuelta a Chile, al menos a hacerse una foto con él. Todo es en vano. La pista de Wieder se pierde en Sudáfrica, en Alemania, en Italia…”. (p. 116)

Además, “tras un largo peregrinaje, que otros llamarían viaje turístico de uno, dos y tres meses, los jóvenes que han ido en su busca regresan derrotados y sin fondos”. (p. 116)

“En 1992 su nombre sale a relucir en una encuesta judicial sobre torturas y desapariciones. Es la primera vez que aparece públicamente ligado a temas extraliterarios. En 1993 se le vincula con un grupo operativo independiente responsable de la muerte de varios estudiantes en el área de Concepción y en Santiago”. (p. 116)

“En 1994 aparece un libro de un colectivo de periodistas chilenos sobre las desapariciones y se le vuelve a mencionar. También aparece el libro de Muñoz Cano, que ha abandonado la Fuerza Aérea, en  uno de cuyos capítulos se relata pormenorizadamente (si bien la prosa de Muñoz Cano peca en ocasiones de un fervor excesivo, de nervios a flor de piel) la velada de las fotos en el departamento de Providencia”. (p. 116-117)

Se le hacen algunos juicios, sobre todo “por el asesinato de Angélica Garmendia y por la desaparición de su hermana y de su tía (Amalia Maluenda, la empleada mapuche de las Garmendia se presenta como testigo sorpresa), pero sigue sin comparecer. “Ninguno de los juicios prospera. Muchos son los problemas del país como para interesarse en la figura cada vez más borrosa de un asesino múltiple desaparecido hace mucho tiempo. Chile lo olvida”. (p. 120) “En su defensa salen únicamente tres antiguos compañeros de armas”, lo cual parece natural, del mismo modo que parece ser sencilla, y plena de complicidades (étnicas), la forma de escapar y desaparecer de la antigua empleada.

Y para la última parte de la investigación —porque la novela se ha tornado una investigación sobre un personaje que fue adoctrinado para la simulación y la muerte, y en especial si fue el que cometió el asesinato de las hermanas Garmendia, y cuya mejor defensa es saberse “invisible”, lo que la ubica dentro de la narrativa policial, más allá de las vueltas y revueltas de la narración, con la digresión como método escritural(6)— entra en acción uno de los policías más famosos de la época de Allende: Abel Romero, el que resuelve dos casos valiéndose de la lógica y el ingenio. Este policía, a instancias de Bibiano, andará tras la pista de Carlos Wieder y para esto pedirá la ayuda al autor, Arturo Belano (que, como ya dijimos, es el alter ego del verdadero escritor).

La enfermedad como constante

A mi parecer la obra es cruzada por una permanente revisita, actualizada, de Los miserables, de Víctor Hugo (que ambos comentan en un bar), donde el personaje de Jean Valjean adquiere la calidad de ordinario —según el policía— “encontrable en las abigarradas ciudades latinoamericanas” (también el personaje del policía, en aquella novela francesa, Javert, le parecía excepcional y lo admiraba y compadecía”). El autor, por medio de un paréntesis en la narración (esos elementos disgresivos que anota María Paz Olivier(6)), hace la evocación de la novela y/o la película francesa, de dos momentos cúlmines de la misma:

“las barricadas de 1832 con su trasiego de estudiantes revolucionarios y gamines, y la figura de Javert tras ser salvado por Valjean, de pie en la boca de una alcantarilla, con la mirada perdida en el horizonte y el ruido como de cataratas, en verdad majestuoso, de las aguas fecales que caen al Sena”. (p. 128)

La ayuda de Belano se establece en la lectura de cierta literatura de albañal, la asimilación real de escritores bárbaros, la lectura de un montón de revistas:

“No eran revistas literarias de derechas al uso: cuatro de ellas las sacaban grupos de skinheads, dos eran órganos irregulares de hinchas de fútbol, al menos siete dedicaban más de la mitad de sus páginas a la ciencia-ficción, tres eran de clubes de wargames, cuatro se dedicaban al ocultismo (…), abiertamente a la adoración del diablo, por lo menos quince eran abiertamente nazis, unas seis podían adscribirse a la corriente seudo histórica del “revisionismo”…”. (p. 129-130)

“Al segundo día de lecturas comencé a interesarme de verdad. Vivía solo, no tenía dinero, mi salud dejaba bastante que desear, hacía mucho que no publicaba en ninguna parte, últimamente ya ni siquiera escribía. Mi destino me parecía miserable…”. (p. 130) Por ello, “yo sentía que mi vida entera se estaba yendo a la mierda”, y se establece una relación de complicidad entre el policía, Romero, y él.

Finalmente, el comentario soltado al aire como una forma metafórica de dar por terminado un capítulo: “Un sol débil iluminaba las playas que se iban sucediendo como cuentas de un collar sin cuello, suspendido en el vacío”. También la certeza de que “todos volvían con la idea del negocio”, del propio, del que lo sacara, de  una vez y para siempre, de toda zozobra, y le diera —¡al fin!— la estabilidad prometida, como un reino celestial o la beatitud eterna.

El foco alternado —se refiere al continuo cambio de eje del diálogo— como corolario:

“Nunca me había ocurrido algo semejante, le confesé. No es cierto, dijo Romero muy suavemente, nos han ocurrido cosas peores, piénselo un poco. Puede ser, admití, pero este asunto ha sido particularmente espantoso. Espantoso, repitió Romero como si paladeara la palabra. Luego se rió por lo bajo, con una risa de conejo, y dijo claro, cómo no iba a ser espantoso. Yo no tenía ganas de reírme, pero también me reí” (p. 157),

porque, a final de cuentas, la mortalidad de los verdugos es, también, por suerte, real.

 

Notas

1.- Marta Harnecker fue escritora, científica social y periodista, y una de las divulgadoras del pensamiento de Marx. Formada intelectualmente en Francia bajo la tutela de Louis Althusser, sus obras de divulgación han formado a varias generaciones de militantes y estudiosos del marxismo y los movimientos sociales.

2.- Jorge Teillier fue cuentista, traductor y sobre todo un poeta muy influyente, perteneciente a la generación literaria de 1950. Su poesía oscila entre la tranquilidad de la aldea o el bullicio de los bares, la soledad de los bosques sureños o en los solitarios domingos urbanos, con un dejo de desencanto.

3.- Isidore Isou (1925-2007) fue un artista rumano nacionalizado francés. Su obra cinematográfica cuenta con una veintena de películas mientras que su obra plástica figura en importantes colecciones. Cultor del “letrismo”: La fuente de Isou es la historia de la poesía, de la que concluye que, desde Baudelaire, está en una fase de purificación, en que se vuelve cada vez más hacia su material sonoro; y que Isou, desde Baudelaire hasta Mallarmé, pasando por Rimbaud, es la culminación de este proceso de purificación, que va del verso construido en alejandrinos de la época de Víctor Hugo hasta la letra que Isou engrandece como una especie de trofeo, en la fase última de la descomposición de la poesía. Sobre esta premisa construye la poesía sonora, que rompe con toda forma de significación y promueve los sonidos puros, incluida la dimensión corporal, gutural…

4.- Enrique Lihn (1929-1988), fue un escritor, crítico literario y dibujante chileno, mayormente conocido como poeta, pero que también escribió ensayos, cuentos, novelas, obras de teatro e historietas. En su poesía, Lihn prefería utilizar versos más cercanos a la prosa poética y más alejados del lirismo extremo, fue muy influenciado por Nicanor Parra, por lo que, de alguna forma, formó parte del  movimiento Antipoesía. La defensa pública que él hizo sobre Heberto Padilla lo convirtió en un autor incómodo para Cuba y para la izquierda.  El mismo Bolaño dijo que: “Frecuentar su poesía es enfrentarse con una voz que lo cuestiona todo. Esa voz, sin embargo, no sale del infierno, ni de las profecías milenaristas, ni siquiera de un ego profético, sino que es la voz del ciudadano ilustrado, un ciudadano que espera llegar a la modernidad o que es resignadamente moderno. Un ciudadano que ha aprendido la lección de Parra, su maestro y compañero de travesuras, y que en ocasiones nos ofrece una visión latinoamericana refulgente y original”.

5.- Iván D. Cherniakovski. Fue el general soviético más joven de la historia, Héroe de la Unión Soviética en dos ocasiones.

6.- Digresión y subversión del género policial en Estrella distante de Roberto Bolaño, de María Paz Olivier, en Acta Literaria N°44, I Sem. (35-51), 2012

 

Bibliografía

Rimbaud, Arthur (2008). Prometo ser bueno: cartas completas. Barcelona: Barril & Barral Editores.

Saussure, Ferdinand de (1998). Curso de lingüística general. Madrid: Alianza

Sartre, Jean Paul (2013). El ser y la nada. Bs. As. Losada.

Freud, Sigmund (1999). La interpretación de los sueños. Madrid. Alianza.

(Estrella distante, de Roberto Bolaño, Anagrama, 2000, Barcelona, España, 157 páginas)

 

 

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