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“La audición”: La disciplina como dogma

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

La obsesión por la perfección y la belleza como cualidades primordiales del trabajo creativo, es el disparador temático de “La audición”, el segundo largometraje de la realizadora alemana Ina Weisse, que indaga en los conflictos psicológicos derivados del temor a la frustración.

En este caso, el tema central del film es la música, que opera como expresión artística y hasta como una suerte de militancia pero también como catarsis y válvula de escape de otros problemas subyacentes.

Empero, a menudo el arte como creación puede devenir en tensiones, que se suelen proyectar hacia el interior de un núcleo familiar y hasta pueden horadar los propios afectos.

Si bien el arte musical es una de las mayores expresiones del espíritu en muchos casos con cotización de mercado, en este film adquiere un valor superlativo como desafío de superación y como disciplina individual con rango dogmático.

En tal sentido, la película puede ser parangonada con otros recordados títulos, como “La profesora de piano”, de Micahel Haneke, y particularmente con “Whiplash: música y obsesión”,  de Damien Chazelle, y “el cisne negro”, de Darren Aronifsky, que exponen el tema mediante un lenguaje de singular crudeza,

La protagonista de esta historia es Anne Bronsky (Nina Hoss), una exigente profesora de violín de una academia de música, cuyo cometido es preparar a jóvenes estudiantes para perfeccionar y enriquecer sus cualidades y saberes en la ejecución del complejo instrumento.

La mujer, que es una obsesiva que vive para su profesión, carga sobre sus espaldas con un pasado turbulento, vacío de afecto paternal y signado por el desencanto y la frustración.

Si bien posee talento propio y a menudo suele reunirse con un grupo de músicos para participar en conciertos, las circunstancias de su devenir existencial le han impedido brillar con luz propia.

Por cierto, su sentido de la disciplina es bien alemán- acorde con la idiosincrasia de un pueblo de añeja tradición musical- lo cual transforma al adolescente y discípulo Alexander (Ilja Monti) en una suerte de víctima de la patología perfeccionista de la educadora.

Obviamente, esa tensa relación discurre en el transcurso de múltiples sesiones ensayo, en las cuales el joven se empeña por complacer a su mentora y perfeccionar sus habilidades interpretativas. En este caso, la clave casi siempre es la técnica, que la docente privilegia sobre la pasión en la ejecución de un instrumento musical tan maravilloso como el violín.

Ina Weisse establece un fino paralelismo entre el trabajo cotidiano de la protagonista y un cuadro familiar complejo, con vínculos contaminados por la ira, el enojo y hasta la agresividad.

No en vano, mantiene una conflictiva relación con su hijo Jonas (Serafin Mishiev) -quien también es un prodigio del violín pero se niega a aceptar el mandato imperativo de su autoritaria madre- y con su marido Philippe (Simon Abkarian), de quien está cada vez más distante, tanto física como emocionalmente.

Esta compleja coyuntura genera una suerte de cuasi ruptura con sus seres queridos, quienes deben soportar cotidianamente sus recurrentes salidas de tono y sus desplantes temperamentales.

En realidad, nadie parece entender con absoluta certeza los motivos de esa conducta abiertamente irracional, que afecta gravemente lo vincular.

Incluso, el visible distanciamiento con su marido lo acerca a Christian (Jens Arbinus), un violoncelista que integra un quinteto de música barroca que la invita a participar en un concierto. La consecuencia es una relación adúltera encubierta y por cierto nada explícita, que transcurre con absoluta frialdad, sin pasión ni amor.

Por supuesto, esa contingencia, que no tiene nada de singular, es una mera válvula de escape a una rutina que agobia a la mujer. Esa efímera relación, que no le produce ningún placer, es apenas una expresión de rebeldía y un vano intento de emancipación con respecto a una rutina que la aburre, la abruma y la agobia.

Este triángulo amoroso, que por cierto pasa inadvertido para su marido, que ignora lo que está sucediendo, origina aun más tensión y nerviosismo a una situación ya de por sí muy complicada.

Para esta mujer aun joven y atractiva, lo más relevante de su vida es su trabajo, porque allí vuelca todas sus energías y sus conocimientos. En ese marco, su alumno es una suerte de cobayo de laboratorio, con el cual experimenta permanentemente.

Esa actitud de permanente tensión, que a menudo deviene en gritos, forcejeos y hasta empujones, transforma a las clases es una suerte de padecimiento para el joven talento, quien aspira a transformarse en un consumado violinista pero no a cualquier precio. En este caso concreto, la violencia es implícita y explícita, ya que, para la atribulada Ann, no existe margen para el error. Todo tiene que ser perfecto, acorde a una auto-exigencia que raya con la paranoia, cuando el adolescente toma el violín y comienza a tocar y experimenta el estrés de interactuar con una profesora rígida, ortodoxa y meticulosa. Obviamente, en lugar de disfrutar de las veladas de aprendizaje, realmente las padece.

En ese contexto, la matemática ejecución de una pieza del gran maestro germano Juan Sebastián Bach, que otrora fue interpretada por la propia profesora, derrama amargura y no el placer que suele provocar la polifónica mixtura entre los sonidos y las armonías.

Por debajo de un planteo argumental aparentemente lineal y previsible pero no exento de deliberadas complejidades, “La audición” reflexiona, en profundidad, sobre la meritocracia mal entendida y el elitismo.

Esos dos conceptos están naturalmente potenciados por una globalidad contemporánea que se mueve, en trayecto por cierto siempre pendular, entre el triunfo y la derrota.

Partiendo de la tesis que la música al igual que otras tantas actividades humanas tiene valor de mercado, sólo existen dos alternativas que están en las antípodas de la consideración general: el éxito o el fracaso.

 

Ese discurrir entre polos opuestos es realmente intrínseco a las sociedades desarrolladas, más habituadas a las batallas ganadas que a las perdidas, pese a las devastadoras guerras que asolaron de odio y miseria al continente en el transcurso del siglo pasado.

Si bien “La audición” está lejos de ser una película de sesgo político o ideológico, igualmente nos interpela sobre temas como el nacionalismo exacerbado propio de los alemanes, que en este caso subyace a través de la expresión artística y del sentido de la disciplina individual y colectiva de un pueblo con tradiciones muy arraigadas y ancladas en un pasado que llegó a glorificar la violencia, el odio racial y la supuesta supremacía étnica.

Empero, más allá de eventuales disquisiciones sociológicas, el film plantea temas que son bastante cotidianos, como la crisis de los afectos, la obsesión, el agobiante hastío por la rutina, el miedo al fracaso y, obviamente, la pesadilla que en algunos casos supone la baja tolerancia a la frustración.

“La audición” es un drama potente y ciertamente removedor, que cautiva por su ajustada estructura narrativa, su formulación estética, su subyugante música y un reparto actoral de altos quilates histriónicos,  encabezado por la estupenda intérprete alemana Nina Hoss.

FICHA TÉCNICA

La audición (Das Vorspiel) Alemania-Francia 2019. Dirección: Ina Weisse. Guión: Ina Weisse y Daphne Charizani. Fotografía: Judith Kauffmann. Montaje: Hansjörg Weißbrich. Reparto: Nina Hoss, Simon Abkarian, Ilja Monti, Serafin Mishiev, Jens Albinus  y Sophie Rois.

 

 

 

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