¿Qué luz nos espera al final de este túnel?

Publicado inicialmente por UYPRESS, Agencia de Noticias

Voy a tratar de que salga algo, un poco de lo que cargo adentro, bien adentro y lo guardo, lo escondo detrás de muchos renglones, de muchos vacíos, de muchos silencios. Disculpen.

El domingo pasado fui a la presentación del libro El Partido Comunista bajo la dictadura, un monumental trabajo de 991 páginas, en cuerpo de letra 9, que busca reconstruir 12 años de la época de la dictadura para los comunistas uruguayos y para sus asesinos, torturadores, desaparecedores y sus cómplices, en medio de la gran batalla nacional por recuperar la democracia. Es un esfuerzo impresionante con cientos de testimonios, recogidos la mayoría hace bastante tiempo y muchos documentos. Apenas comencé a leerlo, cuando concluya, si puedo, voy a escribir algo. Ahora me voy a referir a lo que sentí esa noche.

Primero sentí una enorme tristeza, porque estábamos asistiendo a un acto más del entierro del verdadero Partido Comunista. Así de contradictorio, porque redactar su historia, la de sus mujeres y hombres que son en definitiva su esencia, es eso, comprobar amargamente que nunca podremos ni siquiera rozar, ni volver atrás un instante y que bajo nuestra mirada se nos escapó una parte fundamental de nuestras vidas y un gran protagonista de la política nacional. Y vida hay -para cada uno de nosotros- tiene una sola, irrepetible, inexorable.

En el acto había mucha gente, con el aforo por la pandemia el salón Azul de la Intendencia de Montevideo, el más grande estaba lleno. Pero todo faltaba muchísima más gente, un número impresionante de ausencias, de presencias fantasmas que nos rodeaban. Los que se murieron de todas las generaciones, que ayer quise contar y son miles, que forman parte de mi vida y supongo que la de todos los que estábamos allí. Los grandes, los que ocuparon nuestras cabezas y nuestras almas y los que compartieron nuestros hombros y nuestras manos en el largo camino. No estaban, me faltaban y no solo los que murieron en la lucha, sino también los otros, los que murieron combatiendo la simple y fundamental batalla por seguir viviendo y perdieron.

No estaban los que no quisieron o no pudieron ir, y son muchos miles, solo basta pensar que los tres actos aniversarios del PCU después de la dictadura los festejamos en un cilindro municipal desbordado de miles y miles de compañeros.

No estaban los que hoy se llaman el Partido Comunista y lo son, son lo que quedan, pero muy diferentes. Creo que conté dos de ellos. Es comprensible, no se relataba su historia.

Calando el libro, su lista de nombres y testimonios, sus historias, escuchando los discursos en el acto, es que me di de bruces contra los ausentes. Todos juntos, en cada recodo, en cada página. Y en 30 años dentro de la UJC y el PCU la lista es interminable.

En la sala me encontré también con decenas, posiblemente cientos de compañeros, de rostros cubiertos por el tapaboca que también son una porción de ese mundo que nunca volverá. Desparramados por la política o simplemente por la vida.

¿Soy nostálgico? Si, profundamente y no tengo ningún empacho en reconocerlo. Soy nostálgico de nuestra pasión, de nuestros proyectos fracasados pero inmensos, de nuestra épica, alimentada con ideas y con muchas otras cosas más contundentes y sobre todo con nuestro desafió de los límites, de los sobrepasarlos, de las aventuras y hacer de ese recorrido de pequeños grandes gestos, discursos, discusiones, amores y desamores, familias y amistades, nuestro mundo. Que nunca fue un mundo de utopía, ese es el nuevo y último recurso actual, refugiarnos en las palabras, en «utopía», en los «nuevos derechos», hasta en la aberración del «socialismo del siglo XXI».

Soy nostálgico de otro mundo que fracasó estrepitosamente, que se nos vino encima como un alud de piedras y escombros y que lo que se mantuvo en pie no sabemos bien como calificarlo y que no nos enamora. Al menos a mí. Y tengo que aprender todos los días a hablar en singular, porque el plural mayestático que utilizábamos antes, sobre todo interpretando a las «masas» ya suena a hueco.

Soy nostálgico de nuestras canciones, porque aunque ahora algunas se han hecho famosas por el asalto cinematográfico al Banco Central de España o a un comercial de fiambres uruguayos, se escribió primero para las «mondinas», las obreras del arroz en Italia y después para los partisanos, u otras para los brigadistas internacionales de España o los guerrilleros del Amur y las de nuestros autores que también se murieron temprano, primero de todos Zitarrosa y ahora Dino.

Soy nostálgico del intercambio de ideas, del aprendizaje con grandes personajes brillantes, aunque estuvieran equivocados, incluso más que nosotros. De Rodney Arismendi, de Jaime Pérez, de José Luis Massera, de Wladimir Turiansky, de Walter Sanseviero, del Tano Pastorino, de Julio Rodríguez, de Lucia Sala, de Jesualdo, pero también de Carlos Quijano, Héctor Rodríguez, Vivían Trias, Hugo Cores y de otros que me olvido. Hoy se puede escribir impunemente, total nadie te responde, nadie se arriesga, cada uno vive en su pequeño mundo, la teoría, ya no es gris, es fumosa.

Debo reconocer que es seguro que estoy mucho más nostálgico que antes porque la muerte me ha golpeado tan cerca, tan hondo en estos meses que soy otra persona, más pesimista, más gris, mucho más triste.

Cuando termine de leer el libro, me haré algunas preguntas personales. ¿Es ese efectivamente el Partido Comunista y la UJC que yo conocí? Me refiero a la que llegó hasta las puertas del infierno, lo pasó, sobrevivió y salió hacia la luz al final del túnel.

¿Está bien reflejado su papel contra la represión, pero sobre todo en la elaboración política, en las alianzas, en sus relaciones políticas, en su capacidad de recrearse y de seguir adelante, incluso de avanzar teóricamente hasta a arriesgarse a incorporar a Antonio Gramsci, tarde, muy tarde? No por Gramsci, sino por la herejía subyacente.

¿Por qué los dictadores civiles y militares y sus mentores internacionales y regionales, se ensañaron durante 12 años con el PCU? ¿Solo por qué seguimos existiendo o por causas más profundas que hoy cuesta recordar?

¿Están incluidos nuestros errores, nuestro peruanismo, nuestras debilidades democráticas? ¿Nuestra adhesión casi sin límites a la dictadura del proletariado, al socialismo real y a la URSS? ¿Nuestras debilidades organizativas y las causas de los principales golpes, que la historia puede mostrar como inevitables y sin responsabilidades, pero no es esa la realidad?

¿Están bien documentadas y mostradas las funciones, la operativa, las otras implicancias y el uso y la destrucción del aparato armado del PCU, sin disparar un solo tiro?

¿Y los traidores y los infiltrados? Para que los héroes, que son muchos, tengan su verdadera dimensión, no hay humanidad que valga, los traidores deben ocupar el lugar execrable que les corresponde. No hay historia completa y verdadera de la resistencia sin incluir con rigor a los traidores y si pudieron con «mil valientes». Y los traidores en el PCU y la UJC tuvieron y tienen nombres, no son entidades.

¿Las enormes heridas, los vacios, los heroísmos, los tratamos adecuadamente, los reconocimos, o ni siquiera tuvimos tiempo para recordarlos a la salida del túnel? ¿Cómo tratamos que importancia le dimos durante y después a los que sufrieron todas las violencias? No fueron actos contra el Partido solamente, fueron contra seres humanos, concretos, hermanos y hermanas nuestras. ¿Fuimos justos?

¿Al final de la larga lectura de todas sus páginas, lograré una síntesis política, ideológica, humana de lo que era y lo que fue el Partido Comunista en el peor, en el momento más dramático de la historia nacional y de su propia historia?

Es muy posible que al terminar de leer el libro no me anime a escribir, que en definitiva es un esfuerzo tan gigantesco, de tantos años, encabezados por alguien como Álvaro Rico, que no fue un espectador, sino parte de esa historia de la «patria comunista» como la llama con gran generosidad Gerardo Caetano, me bloquee y siga por este mismo trillo, tratando de hacer algo de política y escribiendo para que la herrumbre y sobre todo la derecha y el centro no me carcoman.

La historia de la humanidad ha tenido muchos momentos en que los seres humanos lograron salir de la oscuridad hacia la luz, hacia el final del túnel. El problema actual es que el túnel en muchos casos está adentro nuestro. ¿Nos alcanzará el optimismo de la voluntad?

Por Esteban Valenti

Periodista, escritor, director de Bitácora (www.bitacora.com.uy) y Uypress (www.uypress.net), columnista de Wall Street Internacional Magazine (www.wsimag.com/es), de Other News (www.other-news.info/noticias). Integrante desde 2005 de La Tertulia de los jueves, En Perspectiva (www.enperspectiva.net). Uruguay

 

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