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Gerardo Ciancio (Montevideo, 1962) es profesor de Literatura (Instituto Profesores Artigas) y magíster en Dirección Educativa (Universidad Complutense). Fue docente de Educación Secundaria, Formación Docente y de la Udelar y Universidad ORT. Coordinó talleres literarios del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) y la Biblioteca Nacional. Actualmente es director del Liceo 10 de Montevideo e Investigador Asociado a la Academia Nacional de Letras de Uruguay.

Ha publicado los libros de ensayo La crítica literaria integral (1988), La ciudad inventada (1998), Entretextos (1999), La cultura en el periodismo y el periodismo en la cultura. De Mario Benedetti a Maldoror: miradas sobre la prensa cultural (en coautoría, con Jorge Olivera, 2007), Soñar la palabra. Lenguaje, lectores y poesía en la obra de Mario Benedetti (2012); las antologías Nada es igual después de la poesía. 50 poetas uruguayos del medio siglo (1955-2005) (2005), y El amplio jardín. Poesía joven de Uruguay y Colombia (en coautoría con el poeta colombiano Federico Díaz, 2006); y Los hijos del fuego: novísima poesía uruguaya (2010, junto a Ariel Silva).

Y una de sus pasiones es la poesía, de la que ha publicado Arquitrabe (2010), Cieno (2011), Haikus de Kiushu (2017), y Los ojos críos (2021).

Ha obtenido en tres oportunidades el Premio de Ensayo de la Academia Nacional de Letras (1989, 1994 y 1996), el Premio César Vallejo de la Biblioteca Nacional de Uruguay y la Embajada de Perú en Uruguay, el Premio Ramón Gómez de la Serna de la Embajada de España y el Instituto de Cooperación Iberoamericana, el Premio Anual de Ensayo Literario del Ministerio de Educación y Cultura (1998), el premio “Netzahualcóyotl” (México) por su ensayo Espacio y paisaje en la poesía latinoamericana y el Premio Internacional de Ensayo de la Fundación Mario Benedetti (2012). En 2010 obtuvo el Primer Premio de Poesía en el MEC, categoría inéditos, y en 2020, el Primer Premio de Poesía Onetti de la Intendencia de Montevideo.

Realizó estudios de Gestión Educativa como becario de la Agencia Internacional de Cooperación Española, en Madrid, de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón, en Kitakiushu, y de la Universidad de Beijing, en esa ciudad.

S.S.C.- Se ha señalado que la infancia es, en muchos casos, el instante definitorio de la personalidad futura. ¿Cómo recuerda su infancia? ¿Cómo era su padre?

G.C.- La infancia de alguna forma es, lo que ya se ha dicho, el paraíso perdido, es el lugar al que retornamos permanentemente en la memoria, en el recuerdo. A veces con la imaginación solemos idealizar la infancia. Yo trato de recuperar las memorias de la infancia, de lo que tengo casi fehaciente certeza de que así ocurrió, pero es un ejercicio muy difícil de hacer en forma efectiva, y en forma confiable, porque la memoria opera también por olvido, básicamente por olvido, por descarte. Y uno de la infancia trata de recuperar una cierta belleza, una cierta nostalgia, una vida con mayor fervor también.

Mi padre era un hombre de campaña, de Florida, y luego a los dieciocho años se vino a la ciudad a trabajar, y fue un amigo, básicamente un buen amigo. Preocupado por mi educación, debe su mirada, educado él en un patriarcado, a una manera de ver el mundo diferente. Como yo tenía cinco hermanas mayores, él por ejemplo me regalaba una pelota, y yo jugaba a las muñecas con mis hermanas, a las visitas, a las casitas. En mi primera infancia está eso, luego aparece mi hermano y cuando mi hermano va creciendo participamos de otros juegos, por ejemplo la pelota o hacerme simpatizante del Club Nacional de Fútbol, que mi padre me lo planteó hasta como “genéticamente”.

Y mi madre era sus cuentos, su biblioteca, era una modista, una mujer sencilla pero muy cultivada y fue quien me llevó a la lectura y al amor a la lectura especialmente, junto, luego, a algunas maestras.

Ambos aparecen en mi poesía, a ambos los tematicé por el lado de la creación verbal, por distintas situaciones. Pero siempre tiene un carácter de elegía esa puesta de los padres en el poema. Por lo menos así lo creo yo.

S.S.C.- Sus primeros libros publicados giran en torno a la crítica y el ensayo. ¿Cuál es el panorama de la crítica y el ensayo actual? ¿Hay espacio para la publicación de esta literatura?

G.C.- Creo que el ensayo, y el ensayo de crítica literaria especialmente, tienen un lugar en la actualidad en el mundo editorial —estoy planteando en este momento—, pero como cualquiera de los otros géneros siempre hay pasillos estrechos para acceder a la edición. Ni qué hablar la poesía, pero también la narrativa, que quizá sea el lugar más solicitado por las editoriales, sobre todo la novela, también el cuento, pero la novela  y la autoficción, la novela más pegada a lo autobiográfico, por llamarlo de alguna forma, o la novela negra. Últimamente está apareciendo, especialmente en Buenos Aires, la novela más gótica, más de terror, pero el ensayo si no es a través de algún concurso, o institucionalmente, en la universidad, en la Academia Nacional de Letras, etc., es más difícil el acceso a la publicación, a no ser que ocurra por cuenta del autor.

De todas formas la ensayística es el lugar del pensamiento, de la argumentación. Es el lugar del pensamiento en el sentido de exposición de ideas, aquello que decía Real de Azúa cuando trata de identificar el ensayo en aquellos dos tomos sobre el ensayo uruguayo, publicado  hace años por la Universidad de la República. Es el género híbrido, que es el ensayo, que está apareciendo por ejemplo en la última novela de Gustavo Espinosa, La galaxia Góngora, donde aparece la ensayística. Algo que ya hacía Borges, ¿no? La crítica literaria en particular aparece aquí a partir de un autor creado, un autor ficticio, creado por el narrador de Espinosa, y a mí me parecen interesante estos mecanismos de reaparición del ensayo en zonas donde los géneros se hibridan, se mestizan, se mixturan; me parece una línea interesante.

De todas formas hay muchas posibilidades de edición a nivel digital, a nivel de la red de las revistas y los sitios on line, creo que por ahí hay todo un camino para hacer y está creciendo cada vez más. Porque los géneros ensayísticos ocupan muchísimos lugares, es decir son un amplio espectro, por “oposición” —y lo digo entre comillas—, por oposición a la ficción, a la poesía o a la dramaturgia.

S.S.C.- El trabajo ensayístico sobre el poeta Juan Cunha hace una reelaboración crítica del género en aquellos precedentes, al tiempo que hace un correlato entre su vida y los diversos experimentos poéticos. ¿Hemos olvidado a un gran poeta?

G.C.- Juan Cunha ha sido un gran poeta, yo creo que uno de los ejes de la poesía uruguaya del siglo XX, pensando en que él empezó a escribir siendo muy joven, en su adolescencia publicó El pájaro que vino de la noche, su primer libro, en el año 1929, y hasta mediados de los ochenta siguió publicando y trabajando hasta su muerte y dejó la friolera de más de cuarenta libros inéditos que luego publicó la Academia Nacional de Letras en cuatro tomos, bajo el título Señal de vida.

Así que estamos hablando de un poeta con miles de versos, cientos de poemas, docenas de libros, y en donde ha sido un gran explorador del lenguaje poético, de las variantes del lenguaje poético, de los estilos. Un poeta que trabajó lo social, lo rural, lo urbano, hay un trabajo en haikus —que eso es menos conocido—, pero también el poema metafísico, el poema filosófico. Un poeta con muchas posibilidades  rítmicas, con muchas variantes. Creo que si bien estuvo, en algún momento, en los programas de educación secundaria—creo que es un autor que sé que se enseña en Facultad de Letras, aunque no lo tengo tan claro que se enseñe en el IPA, no podría aseverarlo, aunque está propuesto como autor—, pero de pronto hay otros poetas, más populares. Si bien también Juan Cunha fue llevado a la canción, como Líber Falco que también fue llevado a la canción, al cancionero, al canto popular (Juan Cunha recuerdo que Viglietti lo llevó a la canción, entre otros), pero la popularidad de Falco, la llegada que tiene un Falco, que es un poeta más “urbano”, por así decirlo, quizá opacó de alguna manera la presencia de Cunha en la poesía uruguaya.

De todas formas estamos a tiempo de releer a este gran poeta y entrar en su voluminosa y proliferante poesía que es, de alguna forma, un gran taller de escritura. Cunha era un hombre muy preciso, muy exigente, con mucho pudor, y con mucha técnica para escribir, y eso queda demostrado en la cuantiosa obra, en su enorme producción poética.

S.S.C.- Su poesía utiliza el neoclasicismo, con el uso de palabras que proceden del español antiguo, como si fueran tomadas en préstamo de las novelas de caballería o de la prosa de Cervantes. Así sucede en Cieno, por ejemplo.

G.C.- Gracias por esa observación, que es muy interesante. El hecho de recuperar arcaísmos de la poesía de la época de oro o del propio modernismo latinoamericano, o incluso de la literatura medieval, en lengua española, en lengua castellana, es un ejercicio que me he permitido. Y está bien ese hallazgo en varios de los poemas de Cieno, en donde había intentado un proyecto de un libro que si bien está dentro de lo barroco, o lo neobarroco, o como lo ha llamado Perlongher, “el neobarroso”, el barroco en el río de la Plata, ese proyecto también trataba de dar cuenta de una experiencia, que de pronto no se lee de buenas a primeras, por las dificultades incluso sintácticas que ofrece el libro. Pero es una experiencia de vida, en Madrid, estudiando allá, y visitar los museos, El Prado o el Reina Sofía, pero especialmente el Prado, viendo al Greco, a Zurbarán, a Velázquez, o incluso ahora al propio Tintoretto, todo eso en el rol, o en el sitio que ocupa una persona venida del sur, venida del río de la Plata o de Latinoamérica, en esos grandes museos del norte, en particular —ahora estoy hablando de España, pero podría ser Nueva York o París—, esa mezcla de asombro e incredulidad.

Algunas cosas de esas están dichas así en los poemas, también referidas a ese mundo de los llamados Siglos de Oro en España, a ese mundo que va más allá de la poesía con el propio Cervantes y su novelística, sino también iba a la pintura, a las artes visuales. También, de alguna forma, con una crítica social, que está por momentos explícita en los textos de Cieno.

Pero considero que la recuperación de la lengua y del repertorio de la lengua, del léxico y de la propia sintaxis es un trabajo interesante y que viene como en olas, como que hay reflujos. Eso lo hizo Rubén Darío en el modernismo a fines de del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Eso también lo han hecho otros, yo nombraba recién a Perlongher, etcétera, en los fines de los años ochenta y comienzos de los noventa del siglo pasado.

Es la actualización de un repertorio léxico que sigue siendo vigente y que la poesía se hace cargo de él.

S.S.C.- Su penúltimo libro de poesía explora los haikus. ¿Nuestra mirada occidental es un estorbo para el completo entendimiento de esta forma poética?

G.C.- El haiku y los géneros poéticos breves japoneses, son un tema apasionante. Y hoy en día está el debate, se puede ver en las redes, en los grupos de haijines, es decir haijin es el escritor o la escritora de haikus, en todo el mundo, pero estoy hablando ahora de la lengua española. En esos grupos hay un debate, una discusión, hasta dónde el occidental cuando va a hacer poesía en su lengua puede escribir haikus en una recuperación del haiku japonés. O sea con esa mirada del mundo desde el lejano oriente.

Esto es complejo y no se va a resolver aquí, pero el haiku ya es un género varias veces centenario, como lo conocemos hoy, en realidad se basó en el siglo XVII pero especialmente a fines del siglo XIX, principios del siglo XX, se estabiliza el haiku a como lo conocemos hoy, incluso toma el nombre de haiku, porque antes podía llamarse haikai o hokku, que eran dos formas diversas de llamar a dos fenómenos sutilmente diferentes entre sí y diferentes a lo que conocemos hoy como haiku.

En mi experiencia personal, en el cuadernillo de haikus, que se llama precisamente Haikus de Kiushu, Kiushu es una isla al sur de Japón, es la tercera isla más grande de Japón, de un país que es un archipiélago de cultura, no solamente se da un archipiélago de civilización milenaria. En esa isla pude vivir un verano, haciendo unos cursos de verano en temas de educación, pero yo ya estaba muy interesado en todos estos temas de Oriente, especialmente la poesía y la literatura de Oriente, en particular la japonesa, y ahí comencé a escribir haikus muy motivado por el entorno. O sea que yo tenía el entorno japonés ahí, a mano. Por ejemplo, el ruido de los cuervos como banda sonora, o la vida cotidiana de los japoneses del sur, que son bastante tradicionales y diferentes a los japoneses de la isla de Honshu, que es la isla grande donde están las ciudades como Tokio, Kyoto, etc.

Es más, incluso Niki Wada, una filóloga japonesa con formación en Barcelona, tradujo varios de esos haikus —edición que quisiera publicar más adelante, con la traducción de ella—, y me decía que funcionaban muy bien también en japonés, lo cual me dejó alegre porque de alguna manera se salvaba la barrera cultural y la barrera de las lenguas.

S.S.C.- Como docente, ¿cómo ve la educación y los educandos en esta época de pandemia?

G.C.- La pandemia y sus consecuencias, las formas de diferentes de confinamiento. En el Uruguay no tuvimos cuarentena, por suerte, pero sí confinamientos, con más o menos fuerza, con más o menos acatamiento, pero en particular los modos de vida o de televida, llámese teletrabajo, telestudio, televida social de alguna manera, o telesocialización. Porque en definitiva el prefijo “tele”, que viene del griego, significa “desde lejos o a lo lejos”, de ahí la televisión. Estas formas de televida han cambiado la percepción del mundo en los adultos, y ni qué hablar en términos de educación, de los adolescentes, sus vínculos, su manera de relacionarse con el otro.

Los encuentros cara a cara que estudiábamos en psicología de la evolución del adolescente, que son tan importantes para la formación y para la construcción de la identidad de las personas, de individuación pero también de colectivización, eso ahora en este último mes se ha retomado con la presencialidad, con mascarilla y con toda esta logística que supone la pandemia. Pero está cambiando, nuevamente, se está volviendo a lo que había sido, por ejemplo un liceo, un lugar donde la persona se educa, aprende, pero también se forma, precisamente como ser humano y eso es en relación a sus pares, a sus docentes, a sus referentes adultos.

 

Entrevista de Sergio Schvarz al poeta, crítico y docente uruguayo Gerardo Ciancio.

 

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