Cambio climático, un debate delicado. ¿Tema tramposo?

Con la humanidad navegando en las aguas tumultuosas del calentamiento global, líderes mundiales de casi 200 países se reunieron en Glasgow, Escocia, del 31 de octubre al 12 de noviembre, convocados por las Naciones Unidas para discutir como evitar que la barca se hunda.

Guerra fría y caliente

“No hay desafío mayor para nuestro país ni para nuestro mundo que el cambio climático” decía, en su programa de gobierno, el entonces candidato presidencial Joe Biden, recuerda Jacob Helberg, asesor senior del programa de geopolítica y tecnología de la Universidad de Stanford.

Helberg es miembro del programa de tecnologías estratégicas del CSIS, un centro de estudios estratégicos conservador, con sede en Washington, donde publicó recientemente un libro –Wires of war– sobre tecnologías y amenazas chinas a la seguridad norteamericana. Comparte, además, la dirección de un grupo de trabajo en la Brookings Institution sobre estrategia y política exterior china.

En un artículo publicado la semana pasada con el título “Un acuerdo verde en la COP26 no puede ser una luz verde para China”, advirtió que la administración norteamericana enfrentaría presiones para hacer concesiones diplomáticas a China a cambio de la cooperación del presidente Xi Jinping en materia ambiental.

Para Helberg, Estados Unidos ya enfrenta una nueva guerra fría, “que bien podría transformarse en caliente”. Ganarla debería ser “su mayor prioridad”. Si Biden cede ante China, en su opinión, “expondrá Estados Unidos a un riesgo tan grande como el cambio climático: perder un conflicto cada vez más intenso con Beijing”.

No lo percibe solo como una nueva Guerra Fría. “El peligro de una guerra real también está aumentando”, afirma. Cita las recientes pruebas de misiles hipersónicos y una larga década de desarrollo militar que le ha dado a China la mayor marina y la mayor fuerza de misiles balísticos del mundo.

“China está tratando de cambiar la correlación de fuerzas en Asia, militarizando el Mar del Sur de China, amenazando la democrática Taiwán, ejerciendo una violenta coerción en la frontera con India y otras iniciativas”.

Para Helberg, un acuerdo en temas ambientales a costa de un apaciguamiento de las relaciones con China “podría dañar la imagen de Estados Unidos como superpotencia y reforzar la imagen, tanto en Asia como en el resto del mundo, de que Washington no es serio en sus políticas de confrontar el poderío chino”.

“Los Estados Unidos no pueden enviar este mensaje ahora. Como el juego de guerra del Pentágono muestra, Estados Unidos debe incrementar rápidamente sus capacidades militares en el Pacífico Occidental o corre un grave riesgo de perder la guerra en el estrecho de Taiwán, con consecuencias devastadoras para toda la región”.

En su opinión, los Estados Unidos no podrían liderar el tratamiento de ningún tema global, incluido el climático, si no protege de la amenaza china el sistema internacional, que ha liderado desde el final de la II Guerra Mundial.

Un tema tramposo

Se trata de una de una visión del mundo que, de ser compartida por los dirigentes políticos norteamericanos, podría llevarnos a un callejón sin salida (o a un callejón con una sola salida).

Citando a Mattehw Pottinger, asesor de Seguridad Nacional en la administración Trump, Helberg estima que Estados Unidos ha tardado en responder a este nuevo desafío. Atenderlo hace del debate sobre cambio climático un tema delicado, tramposo. El gobierno podría hacer concesiones a China para lograr un nuevo acuerdo global sobre el clima. Le preocupa una carta, firmada por 40 organizaciones “progresistas”, en la que afirman que “nada menos que el futuro del planeta depende de poner fin a esa nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China”. Le piden a Biden y al congreso evitar la posición antagónica predominante en las relaciones con China y priorizar el multilateralismo, la diplomacia y la cooperación para enfrentar la “amenaza existencial que representa el calentamiento global.

No solo eso. Recuerdan también que Estados Unidos es mucho más rico que China pero es también “el mayor contaminante de carbono de la historia, responsable de una asombrosa cuarta parte de todas las emisiones, desde el inicio de la Revolución Industrial”.

En cambio, “las emisiones históricas de China son la mitad de las de Estados Unidos y las emisiones per cápita son, en China, menos de la mitad de los niveles en los Estados Unidos”. (La carta puede ser vista aquí: http://foe.org/wp-content/uploads/2021/07/Cooperation-Not-Cold-War-To-Confront-the-Climate-Crisis-129.pdf)

Para Alexander Ward, analista de la revista Politico, lo expresado en la carta refleja la confrontación entre dos corrientes demócratas: una “progresista”, que promueve la cooperación con China en materias como el cambio climático, y otra “moderada”, de partidarios de la cooperación, sin dejar de lado la confrontación.

“Sorry Boris, pero sin China la COP es un fracaso”

Visión distinta es la de William Nordhaus, profesor de economía en Yale y premio Nobel de Economía en 2018. Estima que la COP26 es “muy importante”, la mayor cumbre jamás organizada por Gran Bretaña, un “punto de inflexión para la humanidad”.

La COP26 solo podrá ser un éxito si los súper contaminadores están presentes: “China, Estados Unidos, India, Rusia y Japón tienen que poner de lado sus diferencias para enfrentar el problema de la emisiones globales”, afirma.

Pero no lo ve con optimismo. “Sospecho que la COP26 será el lugar de una confrontación global, con la Madre Tierra como rehén”.

Ni el presidente chino, Xi Jinping, ni el ruso, Vladimir Putin, asistieron a la conferencia. Tampoco el nuevo primer ministro japonés, Fumio Kishida. Nordhaus vincula esas ausencias a la resistencia de países con muchos intereses en combustibles fósiles, en materias primas o en producción de carne, a los eventuales acuerdos de la cumbre. No se trata, necesariamente, de una posición contraria a los controles de emisión de carbono, sino más bien de confrontación con las democracia occidentales, pues ambos países, tanto China como Rusia, se han planteado eliminar totalmente sus emisiones de carbono entre 2050 y 2060.

Nordhaus ha publicado un estudio sobre las razones por las que las políticas de reducción de emisión de carbono han fracasado. El fracaso se debe, según explica, al bajo precio del carbón. De acuerdo con el Banco Mundial el precio de la tonelada de dióxido de carbón fue, en 2019, de apenas unos dos dólares, lo que muestra por qué los esfuerzos para reducir las emisiones han sido tan inefectivos.

Para bajar esas emisiones y lograr la meta de cero emisiones, la economía mundial tendría que reemplazar gran parte de su infraestructura energética. Los combustibles fósiles representaron 84% del consumo primario de energía en el mundo en 2019. Reducir a cero las emisiones en las próximas cuatro décadas exigiría entre 100 y 300 millones de millones de dólares, dice Nordhaus.

Colonialismo verde

Hay otros puntos de vista. Vijaya Ramachandran, directora de Energía y Desarrollo en el Breakthrough Institute, un centro de investigación sobre energía, conservación, alimentos y agricultura en Oakland, California, estimó que las políticas ambientales de los países ricos son “colonialismo verde”.

Cita el caso de Noruega, gran exportador de combustibles fósiles, a cuyo gobierno acusa de tratar de evitar que algunos de los países más pobres del mundo produzcan su propio gas natural. “Con otros siete países nórdicos y bálticos, Noruega está presionando el Banco Mundial para que deje de financiar la producción de gas natural en África y en otros lugares tan pronto como en 2025”.

Noruega es “el país rico más dependiente de los combustibles fósiles en el mundo”. El petróleo y el gas representan 41% de sus exportaciones, 14% de su Producto Interno Bruto (PIB) y entre 6% y 7% del empleo. Tiene las mayores reservas de hidrocarburos de Europa y el es tercer mayor exportador de gas natural en el mundo.

Lo que proponen es que el banco financie la producción de energía limpia en el mundo en desarrollo, como hidrógeno verde, o mediante la instalación de microredes inteligentes de producción de energía.

La idea de que alguna de la gente más pobre del mundo pueda usar hidrógeno verde –probablemente la tecnología más compleja y cara que existe para la producción de energía– y construir, en pocos años, microredes inteligentes en la escala necesaria, “es absurda”.

Llamemos las cosas por su nombre, dice Ramachandran: Noruega está proponiendo una versión verde del colonialismo. El problema no es solo Noruega. “Es el mundo rico diciendo al Sur global que siga pobre y no se desarrolle, algo que no puede hacerse sin un gran incremento del uso de energía”.

La hipocresía, en opinión de Ramachandran, no es solo característica de Noruega. El presidente Joe Biden –afirma– acaba de pedir a los proveedores de energía que aumenten la producción para satisfacer la demanda estadounidense. La canciller alemana, Angela Merkel, también se ha planteado ambiciosos objetivos climáticos, pero ha dado a los empresarios alemanes tiempo suficiente –casi 20 años– para abandonar el uso del carbón como fuente de energía.

Más de 400 millones de personas viven con menos de dos dólares diarios en África. Sus necesidades son demasiado grandes como para satisfacerlas solo con tecnologías de producción de energía verde, demasiado cara para esos gobiernos.

La agricultura moderna, que el continente africano necesita para alimentar a su población y ofrecer a la juventud rural algo más que agricultura de subsistencia, depende fuertemente del petróleo y del gas. El fertilizante sintético, necesario para mejorar las cosechas, también se produce mejor con gas natural. Lo mismo su sector de transporte, que depende del petróleo y del gas.

Más de mil millones de personas en el África subsahariana son responsable de menos del 1% de la emisión mundial de carbono. Aunque esos países triplicaran su generación de energía solo con gas natural –lo que no es probable, gracias a la disposición de recursos renovables, como el hidroeléctrico­– las emisiones globales aumentarían apenas cerca del 1%.

Negarle a esas mil millones de personas el acceso a más electricidad –dice Ramachandran– significaría que probablemente seguirían en la pobreza y mucho más vulnerables a los efectos del calentamiento global, del que son responsable principalmente los países ricos.

“Vagas promesas” del G20

No solo la COP26 enfrenta enormes desafíos. La semana pasada los líderes del G20, el grupo de las 20 economías más desarrolladas, se reunieron en Roma. El anuncio de que habían aprobado un impuesto de por lo menos 15% sobre las ganancias de las empresas multinacionales acaparó la atención de los medios.

El promedio de los impuestos cobrados a esas corporaciones cayó de cerca de 40%, en 1980, a 23% en 2020, según datos de la Tax Foundation, un grupo conservador con sede en Washington que monitorea las políticas impositivas.

En 2017 se estimaba que cerca de 40% de las ganancias de las empresas multinacionales –más de 700 mil millones de dólares– estaban depositadas en paraísos fiscales.

Aplicado a empresas con ingresos anuales de más de 850 millones de dólares, se estima que este nuevo impuesto podría aportar recursos por unos 150 mil millones de dólares anualmente.

Pero se trata de una medida que necesitará, en casi todos los países, aprobación legislativa y en países como Estados Unidos podría ser de difícil aprobación.

Problema complejo también es la decisión de dónde cobrar ese impuesto. Trasladar la base impositiva de los lugares donde esas empresas producen –normalmente en países empobrecidos– hacia los países donde tienen su sede –normalmente en países desarrollados–, podría penalizar a naciones como Nigeria, Pakistán y muchos más del mundo en desarrollo.

Celebrada en las vísperas de la cumbre de Glasgow sobre calentamiento global los acuerdos adoptados por el G20 sobre este tema tampoco fueron recibidos con mucho optimismo.

Los participantes estuvieron de acuerdo en que se necesitan medidas sustanciales para mantener la temperatura 1,5 grados Celsius por encima de los niveles anteriores a la era industrial, tal como acordado en los Acuerdos de Paris del 2015. Pero el comunicado final del G20 apenas aportó promesas vagas, sin un calendario determinado.

La reunión también hizo referencia a la crisis de la deuda, que se asoma luego de las medidas adoptadas para estimular las economías del sur, en medio de la pandemia de la Covid 19.

El G20 expresó su satisfacción por los progresos de la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda, que permitieron el aplazamiento del pago de al menos 12,7 mil millones de dólares del servicio de la deuda total, entre mayo de 2020 y diciembre de 2021, lo que ha beneficiado a 50 países. Pero esa deuda ha aumentado en 500 mil millones de dólares en el mismo período y el acuerdo de los gobiernos del G20 no cuenta con la participación de los acreedores privados, lo que hace a los analistas ver asomarse una nueva crisis.

Por Gilberto Lopes
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para
La ONDA digital (gclopes1948@gmail.com)

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