El aniversario

Cuando no existían herramientas sofisticadas ni partes enteras de recambio, los “chapistas” de autos, más que artesanos, eran verdaderos artistas que agregaban a su manualidad y oficio, como ineludible componente, el tiempo.

En los años sesenta del siglo pasado había un par de ellos en el pueblo, lo que limitaba la elección de los clientes. En el taller del “gordo” Queiroz, una mañana aparece sin avisar Manolo Duarte, estanciero conocido por su bonhomía y carácter solidario.”No hay problema “era su frase preferida, seguida de la cual llevaba en su camioneta un enfermo hasta Montevideo o solucionaba algún ídem de un vecino.

_Qué tal Manolo, dice el Gordo, como le va?
_ Me va muy bien- contesta Manolo mientras saca de la camioneta un cordero “oreado” pronto para ser asado.
_ no se hubiera molestado, y a qué se debe el obsequio?
_ no es un obsequio, es para conmemorar el primer año de mi auto en su taller para ser reparado!

Sonriendo, sin inmutarse, el gordo hace iniciar el fuego para luego comer todos, Manolo incluído, y festejar la ocurrencia de éste y la calidad humana de ambos.

Sensibilizado por el gesto, perfectamente terminado como siempre…. tres meses más tarde, el Gordo entregó el auto.
A Tomasito Varietti, eximio Chapista, amigo.

Arq- Luis Fabre

El inspector
Allá por los años 50, el primer inspector de tránsito que tuvo el pueblo fue Trinidad, quien, asumiendo cabalmente su condición de vecino, jamás puso una multa!

Mi padre, camionero, estacionaba por las noches su pesado vehículo frente a nuestra casa en la céntrica pero escasamente iluminada Avenida Gral. Artigas. Siendo todavía muy chicos, una noche de invierno fuimos como era costumbre, temprano a la cama, pero no llegamos a conciliar el sueño cuando una explosión resonó en el único dormitorio de la casa, que daba a la calle. Al asomarnos en ropa de dormir se develó el origen del estruendo: Trinidad se había llevado por delante la durísima caja del camión. De todas maneras, muy poco se abolló el vehículo y los magullones al cuerpo, igual que la culpa explicada por el alcohol, fueron asimilados por el Inspector. Por un tiempo mi padre estacionó por las noches en la otra calle que forma esquina con la casa hasta que un nuevo camión recobró lugar en la Avenida, donde la doble mano con cantero al medio facilitaba el paso a otros vehículos. No obstante esa facilidad aún no había transcurrido un año cuando otra madrugada una nueva explosión rompe el absoluto silencio del pueblo. Salimos del sueño profundo escuchando a mi madre exclamar -_Trinidad!” como un inconsciente resabio de la anterior impresión. En la semioscuridad de la Avenida, cortada por las luces todavía encendidas del coche incrustado en el camión, entre el humo y vidrios rotos, la nafta derramada y la propia sangre, efectivamente estaba Trinidad. Esa noche aprendí que podemos tropezar dos veces con la misma piedra.

Sobrenombres
Como en todo pueblo del interior, en Guichón saben poner apodos. De hecho identifican incluso mejor que los nombres legales, dado que refieren a características o condiciones singulares, muchas veces inéditas de las personas. Por esa misma razón he usado, con aprecio, el de muchos protagonistas de estos cuentos. De los muchos que recuerdo bien, sobresale el de doña “felpudo” Sellanes, que pasaba todo el tiempo en la puerta de calle y “resorte” Delavalle cuyo caminar elástico era una perfecta analogía de ese dispositivo. En la mayoría de los casos el apodo es seguido por el apellido formal, lo que equilibra cualquier sospecha de menosprecio o burla por su uso. Sin embargo, un caso rompió con esa regla y constituye un record absoluto, apto para competir a nivel nacional. La primer referencia, hecha años atrás por mi hermana Raquel, fue refrendada días atrás por un integrante de esa familia cuyo apellido es Mello. Sin embargo, para todos en el ámbito del pueblo el patriarca era “Cololo” quien casado con la “Tica” engendró cuatro hijas: la “Negra”, “Cachila”, “Chulin” y la “Mulata” a las que siguieron nietos: mi pelirrojo amigo el “Fósforo”, otra vez la “Negra”, el “Mono” y el “Pato”. Eso sí, el perro se llamaba Sebastián. Para confirmar la regla.

Por el Arquitecto Luis Fabre

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