CINE | “Los lobos”: El drama del exilio económico

El lacerante drama de los inmigrantes ilegales procedentes de países periféricos que aspiran a conquistar su derecho a una vida digna en sociedades desarrolladas plagadas de conflictos, es la interpelante materia temática que aborda “Los lobos”, el cuarto largometraje del realizador mexicano Samuel Kishi.

Este drama, que tiene un componente autobiográfico, plantea un tema harto recurrente, que remite a las vicisitudes de los exiliados económicos, quienes abandonan su país natal buscando un destino mejor, seducidos por los cantos de sirena de un sistema capitalista que se vende como si fuera una panacea.

No en vano, miles de mexicanos y habitantes procedentes de otros países latinoamericanos ingresan anualmente a los Estados Unidos y se radican allí, en la mayoría de los casos con estatus ilegal, con todos los problemas que ello supone.

A consecuencia de esa situación, deben padecer la segregación, el maltrato, el desprecio y la más cruda explotación laboral, porque los consideran intrusos y seres indeseables.

Por supuesto, ese visceral rechazo al diferente y al extranjero- que se traduce en xenofobia- fue potenciado durante su gestión por el hoy ex presidente Donald Trump, quien ordenó construir una muralla para detener la migración masiva.

Por supuesto, también azuzó el odio contra los emigrantes, particularmente contra los mexicanos, a quienes acusó de escamotear puestos de trabajo a sus compatriotas, por ser mano de obra barata no calificada pero funcional al sistema.

Este tema en particular tiene un claro componente de mercado, ya que los empresarios estadounidenses prefieren contratar a un extranjero a más bajo costo y en la informalidad que a un nacional, que debe ser remunerado como marcan las leyes y acorde a la legislación laboral vigente.

En ese contexto, “Los lobos” narra las peripecias que debe afrontar una familia mono-parental mexicana encabezada por Lucía (Martha Reyes Arias), e integrada por dos pequeños niños: Max (Maximiliano Nájar Márquez) y Leo (Leonardo Nájar Márquez), de 5 y 8 años respectivamente, quienes son hermanos en la vida real.

Se trata, como tantas, de una madre soltera, abandonada por su marido, quien debe hacerse cargo, en la más absoluta soledad y desamparo, del cuidado de sus hijos y, obviamente, también de vestirlos y alimentarlos.

Como por supuesto carece de recursos financieros para costear el arrendamiento de una casa que contemple las necesidades de la familia, alquila un ruinoso mono-ambiente sin muebles y sin los servicios básicos. Obviamente, igualmente debe abonar una renta. A raíz de esta situación de pobreza extrema, los tres tienen que dormir en el piso y se alimentan e higienizan como pueden.

Empero, esos desesperanzados igualmente tienen esperanzas y utopías. En efecto, los niños sueñan despiertos con ir a Disneylandia y esa quimera los sostiene emocionalmente.

Ese célebre parque temático emplazado en California, que es visitado recurrentemente por las familias burguesas de todo el planeta, les ha sido vendido por los agentes del mercado, que lucran con la inocencia de los niños.

Es, naturalmente, una de las herramientas idóneas de una sociedad desarrollada fabricante de mitos, en la cual conviven la opulencia y el dispendio de los multimillonarios con poblaciones periféricas y tan marginadas como las de cualquier país latinoamericano.

Por supuesto, la madre, que ha fortalecido su carácter en la adversidad, le transmite igualmente valores y una rígida disciplina a sus hijos, aunque los somete a un necesario enclaustramiento cuando debe ausentarse para procurar el sustento en un trabajo de baja calificación y con una remuneración irrisoria.

Como la mujer sale temprano y regresa en horas de la noche, los infantes deben permanecer encerrados, porque residen en un barrio socialmente complejo.

En esas circunstancias, para estos niños el mundo real es lo que observan desde una precaria ventana, como si habitaran compulsivamente en una prisión son barrotes. Esta situación es una metáfora de la marginación y del encierro, que les impone la propia coyuntura de pobreza en la cual sobreviven.

Aunque la cárcel no es real, la privación de libertad ambulatoria está pautada por la propia situación de indefensión de estos niños condenados a la soledad y a jugar entre ellos, a menudo con violencia, mientras aguardan el reencuentro con su progenitora.

Por supuesto, para estos pequeños es muy complejo comprender el motivo por el cual no pueden interactuar o jugar con chicos de su misma edad y disfrutar plenamente del indispensable componente lúdico de la infancia.

Esta contingencia corrobora que, para los pobres y olvidados del sistema capitalista hegemónico, la libertad es una suerte de entelequia, en un sistema que vende sus mentiras cotidianas como si se tratara de meras mercaderías. Incluso, la propia democracia liberal burguesa muta en una cáscara vacía de contenido cuando no existen la justicia social ni la igualdad de oportunidades.

Empero, más allá de eventuales vicisitudes, penurias y enojos, la película rescata un aspecto crucial del problema: la solidaridad de otros migrantes y también de algunos lugareños, que, cuando es menester, protegen a los desvalidos niños.

Empero, sin ahondar en el aspecto político de la inequidad social, el director y guionista Samuel Kishi no soslaya las tentaciones delictivas de pequeños vecinos, que no dudan en invadir el espacio de la familia en ausencia de la madre y hasta en hurtar el dinero que con tanto sacrificio ha ahorrado la trabajadora. Sin embargo, el film corrobora, que, aun en situaciones extremas, existe la honestidad, cuando lo robado es devuelto.

Mediante este oportuno giro, el cineasta corrobora que es un auténtico mito que los pobres son deshonestos, no quieren trabajar y viven de prácticas ilegales, como lo afirman los voceros de una derecha que criminaliza la pobreza en lugar de aportar soluciones a las asimetrías estructurales que padecen casi todos los países del planeta, incluyendo a las denominadas naciones centrales o desarrolladas.

En esas circunstancias, la película está despojada de violencia explícita, salvo aquella que se emerge de cuadros de degradante pobreza extrema, que agravian y realmente rebelan hasta al más indiferente.

En ese contexto, el film es un elocuente retrato de la compleja situación de numerosas familias que optan por emigrar y en esa decisión afincan sus esperanzas de mejorar su calidad de vida.

Empero, muy a menudo, se dan de bruces contra las disfuncionalidades y las falacias de ese supuesto paraíso capitalista, que tiene bastante más de infierno que de paraíso.

Aunque para nada soslaya las aristas más duras y desafiantes del problema, el realizador mexicano desdramatiza y hasta humaniza las situaciones, a través de la mirada inocente de dos niños que maduran en un contexto de adversidad.

En tal sentido, el rescate de los recuerdos resulta clave en la reconstrucción de la memoria de un país como México, cuya historia ha transcurrido en situación de vecindad y hasta de conflicto con la potencia económica más poderosa del planeta.

En tal sentido, esta obra, de superlativo realismo y ciertamente intransferiblemente sesgo testimonial, otorga también particular relevancia y hasta si se quiere homenajea el coraje de la protagonista femenina, quien claramente encarna a la madre sola y sacrificada que asume sus responsabilidades y lucha junto sus hijos por la supervivencia, en condiciones extremas.

 

FICHA TÉCNICA

Los lobos. México 2019. Dirección: Samuel Kishi. Guión:
Samuel Kishi, Luis Briones y Sofía Gómez-Córdova. Música: Kenji Kishi. Fortografía: Octavio Arauz. Reparto: Martha Lorena Reyes, Maximiliano Nájar Márquez, Leonardo Nájar Márquez, Cici Lau, Johnson T. Lau, Kevin Medina y Marvin Márquez.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital N.º 1027 (Síganos en Twitter y Facebook) 

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.

Más del Autor: