Cuando el teatro te interpela, te revuelve las tripas y te parte al medio

Este miércoles fui a ver la obra “Muñecas de piel”, escrita y dirigida por Marianella Morena, basada en la Operación Océano y la investigación periodística que realizará el colega Antonio Ladra, e interpretada por Álvaro Armand Ugón, Mané Pérez y Sofía Lara. No te deja indiferente, por el contrario, te embarra y revuelve hasta el asco, la bronca y el dolor.

Primero que nada, una aclaración. No soy crítico teatral, si un apasionado consumidor de teatro, así que, estimada lectora, lector, si usted espera una columna que desmenuce la obra desde el conocimiento técnico y profesional, retírese inmediatamente. Estas líneas no lo van a satisfacer. Simplemente trataré de transmitir los sentimientos que provocó en este humilde servidor.

Desde que entré a la sala Hugo Balzo, del Auditorio del Sodre, me sentí confrontado, interpelado, por momentos furioso, asqueado y, totalmente, conmocionado.

No es para menos.

Un cuerpo de niña/mujer en ropa interior negra (Sofía Lara) baila sensual sobre el borde de un Yacuzzi o bañera al ritmo de una música, que junto a luces seguidoras, te golpean constantemente sin parar.

En el escenario, además, ya están los otros dos actores en su rol: Armand Ugón te mira desafiante, desde un sillón, o te señala mientras camina por el proscenio, enfundado en la piel del empresario/profesional/político/perverso, y Mané Pérez en la de investigadora/fiscal/periodista, sensibilizada hasta las lágrimas. Mientras sigue ingresando público, las luces, la música, la escenografía y los actores nos van poniendo en situación.

Desde las primeras palabras y hasta el final, nosotros, espectadores, pasamos del estado de «clientes», al de «voyeurs», padres, hermanos, tíos, amigos, hijos de puta, empresarios, en un ir y venir constante, que te cuestiona, te interpela, y termina por partirte al medio, dejándote hecho mierda.

Así de duro, y así de maravilloso. ¿Qué contradictorio, no? Pero no lo es.

¿Acaso éstas no son las tareas inherentes al arte? ¿Acaso el teatro debe ser sólo un «divertimento» que te provoque carcajadas o sonrisas cómplices? ¿Acaso sólo se espera de él que te haga reflexionar cómodamente sobre variados temas?

La respuesta debería ser: NO SOLAMENTE. Y «Muñecas de piel» es una prueba vital de ello.

No hay lugar a la indiferencia, ni al aburrimiento. Por el contrario, vapulea tu zona de confort, tu comodidad.

Los espectadores somos apabullados con absoluto éxito por la terna de actores, sin compasión. Todas las emociones quedarán a flor de piel, salvo que usted, amabilísimo lector, esté confeccionado de materia inerte.

No tengo temor de confesarle algunas cosas.

Días atrás, en medio de la polémica por la acción de amparo presentada por abogadas en nombre de los padres de una de las chicas víctima, además fatalmente fallecida, en una mesa de intercambio en Radio Litoral de Fray Bentos, reconocí públicamente que, de no mediar la exposición judicial de la obra difícilmente habría ido a verla. ¡Qué pelotudos que podemos llegar a ser! Sin embargo, debo agradecer a quienes trataron de ejercer la censura previa pretendiendo ver un ensayo o acceder al texto antes de su puesta en escena, que me provocaran a verla.

Y una vez que la vi debo reconocer que las interpretaciones son tan reales, que, por momentos, quise saltar al cuello de Armand Ugón y propinarle una paliza, sacudir a esos padres ciegos y ajenos a los padecimientos de la adolescente, abrazar y consolar a esa niña/mujer, o conmoverme hasta el llanto. Todo en el breve tiempo transcurrido desde el inicio hasta el final, cuando todos, público/clientes/padres/voyeurs, aguardamos enmudecidos el gesto de tan maravillosos actores para romper en un respetuoso, conmovido e indignado aplauso.

Si, indignado, también. Porque estas miserables actitudes ocurren a diario en todo el territorio nacional de nuestro país. ¿Quién no ha presenciado una mirada procaz y lasciva sobre una menor? Me pasó cuando salía a caminar con mis dos hijas mayores por la playa y veía a tipos de mi edad o mayores darse vuelta para mirarlas de esa manera. ¿Quién no escuchó a algún amigo o familiar comentar sobre «lo fuerte que están las pendejas», y si reaccionó al infeliz comentario no le dijeron- «Claro, te pones así porque tenes hijas» minimizando la asquerosa implicancia de semejante expresión?

¿Qué hiciste, querido lector? ¿Qué hicimos? Casi nada. Y eso debe terminar, de una vez y para siempre.

Mientras escribo estas líneas, hablo con el amigo Antonio Ladra y me entero que las abogadas que pretendieron y no consiguieron, en primera instancia, satisfacer su intención de censurarla o prohibirla, apelaron la decisión. No hay que ser brillante para suponer que tras la prosecución del intento legal no haya una pretendida compensación económica. Ojalá me equivoque. De todas maneras, la sentencia demorará y será dada a conocer cuando ya no esté en cartel, pues este 8 de agosto es la última función prevista y hasta ese día están las localidades agotadas.

¿»Cuando ya no esté en cartel», dije? Eso no debería ocurrir. «Muñecas de piel» debe continuar. No sólo en Montevideo. En el interior, principalmente.

Habría mucho más para decir sobre esta obra, escena por escena, pero en este momento las emociones predominan y salen como torrente, pero te recomiendo, radicalmente, que trates de verla.

 

Por José W. Legaspi

Fuente de este Artículo, Uypress | Agencia uruguaya de noticias

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