La ONDA digital la Onda digital tv Analisis Politico
Volver al Inicio de la ONDA digital

CINE | “De repente, el paraíso”: Un ácido retrato de la paranoia

La paz, como modelo ideal de convivencia en una escenografía contemporánea caracterizada por la violencia, el genocidio y la flagrante violación de los derechos humanos más elementales, constituye el removedor núcleo reflexivo de “De repente, el paraíso”, la inteligente y disfrutable parodia política del realizador palestino Elia Suleiman que exhibe Cinemateca Uruguaya.

Como es notorio, el cine de este iconoclasta director, actor y guionista nacido en Nazaret es rupturista, porque ironiza sin pudor con la tragedia, no para banalizarla sino para mutarla en reflexión profunda.

Aunque posee una doble nacionalidad que lo hace tan palestino como judío, este cineasta siempre asume una postura crítica con respecto a un conflicto absurdo que se remonta en el tiempo a más de setenta años atrás, concretamente a 1948, cuando fue fundado el Estado de Israel.

 

Esa solución, instrumentada por la comunidad internacional en función de las apetencias geopolíticas y económicas de las potencias occidentales imperialistas, no contempló los legítimos intereses del pueblo palestino, transformado, a la sazón, en una suerte de paria, sin patria y sin espacio vital donde vivir.

La consecuencia, como es notorio, fue una larga secuencia de sangrientas guerras, muertes, anexiones ilegales e insólitas reivindicaciones territoriales vigentes hasta el presente.

No en vano, Israel sigue ocupando ilegalmente, desde la Guerra de los Seis Días de 1967, territorios palestinos en Cisjordania que considera en disputa, incluyendo Jerusalén Este, además de la Franja de Gaza y las Alturas del Golán, en Siria.

En tal sentido, la Corte Internacional de Justicia y la Asamblea General de las Naciones Unidas catalogan a Israel como “potencia ocupante”. Incluso, según El relator especial de las Naciones Unidas, Richard Falk, “la ocupación es una afrenta al derecho internacional”.

Esta situación de permanente tensión con breves intervalos de calma, deviene cotidianamente en fuertes confrontaciones que martirizan particularmente a la población civil.

Esta coproducción del aclamado pero polémico Elia Suleiman es una suerte de crítica pero humorística metáfora sobre el destino aciago de los pueblos periféricos expoliados por la inmoralidad de la violencia y las patologías globales.

Con una impronta que emula claramente, por su ironía no exenta de ternura, el cine del inconmensurable Charles Chaplin y del también inolvidable maestro francés Jacques Tati, Suleiman construye un universo plagado de disfuncionalidades y de contrastes, propios de una humanidad caracterizada por la diversidad y la singularidad.

En ese contexto, el protagonista es el propio cineasta, quien deviene en testigo privilegiado de realidades a menudo deleznables pero también gratificantes, por su fuerte identidad y profundo sentimiento solidario.

Es claro que este atípico director y actor, que no en vano vive en el exilio en París, conoce muy bien la condición humana, que ha observado atentamente mediante un minucioso ejercicio de aprendizaje y exploración de las culturas que habitan el planeta.

Esa cualidad le permite construir su propia cosmovisión de un mundo en permanente conflicto, en el cual conviven- simultáneamente- la grandeza y las peores miserias.

En ese contexto, su propia condición de palestino lo expone recurrentemente al rechazo o la aceptación, en función de los prejuicios y el indudable peso de relatos subjetivos, casi siempre distorsionados por la propaganda o la mentira.

En esta película semi-documental Suleiman se representa a sí mismo, como un ciudadano del mundo que “huye”, sin demasiado  aspaviento, de la flagelada Palestina buscando refugio en el supuesto “paraíso” occidental.

Aunque no sea tan notorio ni explícito, se trata, naturalmente, de una experiencia de autoexilio, en cuyo marco alguien que sufre cotidianamente las peores alienaciones humanas sueña con ser acogido en una tierra que ofrezca la utópica paz que se le niega en su tierra natal.

Como todos los exiliados o refugiados, deviene en un miembro más de la multitudinaria diáspora universal que se expande en todo el orbe, huyendo de la violencia, la miseria y la desigualdad.

Empero, mediante la herramienta de la ironía, el realizador crea un protagonista, que el mismo interpreta, que es una suerte de individuo innominado, sin patria y sin hogar.

Se trata de un hombre tímido, que casi no habla y solamente se limita a expresar emociones y gestos de inocultable asombro, ante cada acontecimiento que le impacta y muchas realidades que ya conoce desde su infancia.

En esas circunstancias, la acción se traslada de la devastada, ocupada y ultrajada Palestina a la esplendorosa París, una cuna de la cultura y supuestamente de la libertad, bien vendida por la propaganda occidental al turismo.

Su proyecto, además de la radicación en Francia, es obtener los apoyos necesarios para producir una película que aborde el conflicto árabe- israelí desde una óptica pacificadora. Obviamente, esa impronta le restaría valor de mercado.

En el curso de este periplo, que lo conduce posteriormente a la cosmopolita y multitudinaria Nueva York, el cine de Suleiman corrobora que la sociedad humana convive en permanente conflicto, tanto entre opuestos como entre pares.

La película sugiere que vivimos cotidianamente en un mundo inteligible, absurdo, caótico y desenfrenado, que genera – más allá de obvias singularidades- recurrentes cuadros de violencia.

En este caso, el actor y director –que luce un sombrero ridículo y viste con austeridad- no es protagonista sino un mero testigo de ese incesante devenir nutrido de patologías humanas, rabia, furia, odio y segregación.

No en vano, entre una multiplicidad de situaciones que le generan una sensación de asombro, el protagonista denuncia a un vecino que intenta apropiarse de su limonero al que poda todos los días sin autorización, recrea una ceremonia religiosa violenta y exacerbada, observa absorto un desfile de vehículos blindados en pleno centro de una París extrañamente desolada y experimenta un fuerte impacto visual y emocional ante las imágenes de una Nueva York transformada en un virtual escenario de guerra, con civiles armados por las calles como soldados de un ejército, en supermercados y hasta en centros de pasatiempo, como si un conflicto bélico fuera inminente.

Fiel a un estilo frontalmente crítico, desaforadamente desenfadado pero no exento de sutilizas y de insólitas excentricidades, Elia Suleiman construye una escenografía cinematográfica cargada de tensiones y de violencia implícita y explícito, que corrobora que el edén terrenal es una suerte de entelequia o bien un producto ficticio pero simbólico con valor de mercado.

“De repente, el paraíso”, que no sorprende a quienes conocen la filmografía del cineasta pero sí a los cinéfilos que toman contacto por primera vez con su producción artística, destila fina ironía y humor negro de acento sardónico, para retratar –con inocultable, despiadada e irreverente acidez- la comedia humana de un mundo absolutamente paranoico, contaminado por el odio, el miedo y las peores patologías.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 1013 (Síganos en Twitter y facebook)

 

Volver al Inicio de la ONDA digital

 

 

Print Friendly, PDF & Email

...





LA ONDA Digital Revista Semanal Gratuita    |    De los editores: Las notas que llevan firma reflejan la opinion de sus autores    |    © Copyright Revista LA ONDA digital