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Hemos cumplido el objetivo fijado para el primer centenario. La cuestión de la pobreza absoluta ha quedado históricamente resuelta, dijo el presidente de China, Xi Jinping, en el acto con el que celebraron el centenario del Partido Comunista (PCCh).

Culminamos la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada en el extenso territorio chino y estamos avanzando hacia el objetivo fijado para los próximos cien años: “culminar la construcción integral de un poderoso país socialista moderno”.

La dimensión histórica

¡Un siglo! Los plazos son centenarios. Es el marco en el que fija sus objetivos el gobierno chino. Es un tema que el diplomático y académico singapurense, Kishore Mahbubani, trae siempre a colación cuando analiza el escenario internacional.

Cuando los historiadores del futuro estudien esta época “se sorprenderán al ver que una república tan joven como Estados Unidos, con menos de 250 años de antigüedad, pretendía influir en una civilización que es cuatro veces más grande en población y con 4.000 años de antigüedad”, había dicho Mahbubani en un artículo en el que destacaba la dimensión histórica del problema.

Martin Jacques, un académico y periodista británico que vivió en China, que habla y escribe mandarín y hasta hace poco era miembro del departamento de Estudios Políticos e Internacionales de la Universidad de Cambridge, publicó, en mayo pasado, un artículo en el que explica por qué, desde su punto de vista, el sistema chino ofrece más opciones que la democracia occidental. El artículo puede ser visto aquí: https://www.globaltimes.cn/page/202105/1223046.shtml

Jacques publicó, en 2009, un libro cuyo título, en inglés –When China Rules the World: The End of the Western World and the Birth of a New Global Order–, hace alusión al fin del período de dominación occidental y al nacimiento de un nuevo orden global.

“China tiene una notable habilidad de reinventarse de un modo que ningún otro país, o civilización, ha logrado hacer”. Ha demostrado, en un largo período histórico, una extraordinaria capacidad de reinventarse, afirma. En una historia milenaria, durante cinco períodos compartió un papel predominante en la historia mundial. Otras civilizaciones –agrega– pueden haberlo hecho una vez; dos, quizás alguna.

Luego compara diversos aspectos de las formas de gobierno, entre la democracia occidental y el régimen político chino. Ahí reside la principal diferencia entre los dos sistemas, asegura.

Durante dos siglos Occidente ha creído que el suyo era el sistema universal, que debía servir de modelo para los demás. Que era la forma perfecta y definitiva de organización política mundial.

Jacques sugiere entonces poner las cosas en un contexto histórico. Nos recuerda que la democracia no surge en el vacío, que su relativa supervivencia desde el final de la II Guerra Mundial fue producto de determinadas condiciones históricas. Particularmente de un rápido crecimiento económico y de la mejoría de las condiciones de vida de la gente, en general.

La democracia occidental

Pero esa creencia de que la democracia occidental es aplicable a todo el mundo “es particularmente absurda cuando aplicada a China”.

Jacques compara los dos sistemas: la efectividad del gobierno chino, una combinación de visión de largo plazo y pragmatismo, “ha sido responsable de la más notable transformación económica en la historia de la humanidad”.

En los últimos 40 años –agrega– no hay dudas sobre cual  sistema “ha sido más efectivo y ha servido mejor a su pueblo”.

Occidente critica el sistema chino de partido único, asegurando que solo un sistema multipartidista ofrece alternativas. “Pero la evidencia sugiere otra cosa”, dice Jacques.

“La transición entre Mao Zedong y Deng Xiaoping dejó en evidencia un gran cambio en la política y la filosofía, con el mercado jugando un papel en la planificación estatal y el rechazo de un aislamiento relativo, a favor de una integración con el mundo”.

Un cambio que estima más profundo y de mayor alcance que cualquiera promovido por las democracias occidentales desde 1945.

En otras palabras –afirma– el sistema de partido único, por lo menos en su forma china, es capaz de ofrecer más alternativas que las democracia occidentales.

“En las últimas cuatro décadas, por lo menos, el sistema chino se ha caracterizado por un proceso de renovación y reformas constantes que contrasta ampliamente con la osificación que caracteriza a las democracias occidentales”.

Martin Jacques no hace referencia a América Latina, pero quizás en pocas regiones del mundo es más evidente esa “cosificación” de la democracia, un concepto bajo el que se cobijan regímenes como el de Colombia o de Honduras, de Guatemala o de Paraguay, el de Brasil de Bolsonaro o el de Piñera, en Chile, etc. “Democracias imperfectas” que –en criterio de también osificados académicos– contrastan con las “democracias maduras” de Estados Unidos o de Europa occidental, una de cuyas características compartidas es la cada vez más reducida participación electoral.

Un proceso histórico irreversible

El presidente chino ha hecho una referencia a ese escenario, en su intervención del pasado 1 de julio, en el centenario del PCCh.

La nación china –dijo Xi Jinping en su discurso– “cuenta con una civilización de remoto origen y una larga trayectoria de más de cinco mil años, y ha hecho contribuciones indelebles al progreso de la civilización humana”.

En esos cien años, “dimos cima a la transformación social más amplia y profunda efectuada desde los inicios históricos de la nación china y realizamos el gran salto por el cual un pobre, atrasado y populoso gran país de Oriente avanzó a pasos agigantados hacia la sociedad socialista”.

Un cambio histórico, de un régimen de economía planificada, altamente centralizada, a uno de una economía de mercado socialista; de una situación de fuerzas productivas relativamente atrasadas, al segundo puesto mundial en cuanto a volumen global de la economía.

Xi Jinping destacó el papel del PCCh y de la interpretación china del marxismo en este proceso. “Sin el PCCh no habría existido la nueva China, ni podría haber una gran revitalización de la nación china”.

Pero no se trata solo de la teoría, sino también del papel de China en un convulso escenario internacional.

El pueblo chino –recordó–, “nunca ha atropellado, oprimido o esclavizado a los pueblos de los demás países del mundo. No lo hicimos antes, ni lo hacemos ahora, ni lo haremos en el futuro. Al mismo tiempo, no permitimos en absoluto que ninguna fuerza exterior nos atropelle, oprima o esclavice”.

Si alguien lo intenta –agregó–, “estampará su cabeza ensangrentada contra la férrea muralla de carne y hueso de los más de 1.400 millones de chinos”.

Papel clave en el escenario mundial es el que desempeñan las fuerzas armadas chinas. Para hacer el país fuerte hay que fortalecer el Ejército, aseguró Xi, quién reivindicó la existencia de un ejército “de primer orden mundial”, “con capacidad más potente y medios más fiables”.

Y terminó con una advertencia: –¡Nadie puede subestimar la firme determinación, voluntad decidida y poderosa capacidad del pueblo chino de salvaguardar la soberanía y la integridad territorial del país!, una referencia a la situación de las excolonias de Macao y Hong Kong y al que es, probablemente, el escenario más sensible de la política internacional: “la resolución de la cuestión de Taiwán y la materialización de la reunificación completa de la patria”.

El fin de la Guerra Fría y el nuevo orden internacional

Días antes del aniversario del PCCh el Secretario de Estado norteamericano, Anthony Blinken, terminó una gira de poco más de una semana por Europa.

“Dear Tony”, lo saludaba su colega francés Yves Le Drian, en París, mientras el alemán Heiko Maas le expresaba su satisfacción por tener a Estados Unidos a su lado nuevamente, después del alejamiento que significaron los cuatro años de la diplomacia de Trump.

Elise Labott, columnista de la revista Foreign Policy y profesora de la School of International Service de la Universidad Americana, recordaba, en un artículo sobre la gira de Blinken, que el presidente Joe Biden ha definido la competencia estratégica con China como el principio central de su política externa. Una competencia que la Casa Blanca define como democracia vs. autocracia que, además de China, incluye también a Rusia.

Blinken evitó llamar a China de “enemigo”, dice Labott. Prefirió enfatizar la propuesta de construir un mundo mejor, capaz de competir con la iniciativa china de “la franja y la ruta”, que califica de “predatoria”. Y cambió el tono confrontativo utilizado durante el encuentro con los líderes chinos en la reunión de Anchorage, en marzo pasado, que hacía temer el surgimiento de una nueva Guerra Fría.

Pero aunque celebren que Estados Unidos asuma nuevamente su papel de líder de Occidente, dijo Labott, “los países alrededor del mundo están comprensiblemente a la expectativa para ver si podrá encabezar la cruzada contra los mismos tipos de populismo, autoritarismo y comportamiento iliberal contra los que está peleando internamente”.

Democracia en los asuntos internacionales

Rusia también intervino en los debates. El canciller Serguei Lavrov se extendió largamente sobre el tema en un artículo titulado “El dominio histórico de Occidente llega a su fin”, publicado a fines de junio, después de la reunión de Vladimir Putin y Joe Biden en Suiza.

Lavrov critica la pretensión de Estados Unidos y de la Unión Europea de imponer a todo el mundo la visión de la democracia predicada por Washington y Bruselas.

Proclaman su derecho a interferir en los asuntos internos de otros países; aplican “sanciones y otras medidas coercitivas ilegítimas contra Estados soberanos” y mientras exigen que adopten un modelo de democracia al estilo occidental, “se olvidan de la democracia en asuntos internacionales”.

Los políticos más lúcidos de Europa y Estados Unidos “se dan cuenta de que esta política intransigente no conduce a ninguna parte y están comenzando a pensar de manera pragmática, aunque fuera de la vista del público, reconociendo que el mundo tiene más de una civilización. Están comenzando a reconocer que Rusia, China y otras potencias importantes tienen una historia que se remonta a mil años y tienen sus propias tradiciones, valores y forma de vida”, dice Lavrov.

Ningún país es inmune a los problemas de derechos humanos, lo que se necesita es un diálogo de respeto mutuo. “Esto implica un compromiso incondicional de respetar las normas y principios universalmente aceptados del derecho internacional, incluido el respeto de la igualdad soberana de los Estados, la no injerencia en sus asuntos internos, la resolución pacífica de conflictos y el derecho a la autodeterminación”, agregó.

Lavrov acusó a la Unión Europea de adoptar una política cada vez más agresiva contra su país, de la mano de una “minoría rusófoba”, que se expresó en la Cumbre de la UE en Bruselas los días 24 y 25 de junio. “La idea expresada por Angela Merkel y Emmanuel Macron, de mantener una reunión con Vladimir Putin, fue eliminada de la agenda antes de que saliera a la luz”, recordó.

“Vale la pena recordar como Occidente ha estado justificando la expansión sin reservas de la OTAN hacia el Oriente, hacia la frontera rusa”, mientras acusan a Rusia “de adoptar una ‘postura agresiva’ en diversas regiones. Esta es la forma en que tratan la política de Moscú dirigida a contrarrestar las aspiraciones ultrarradicales y neonazis en su vecindad inmediata”, dijo Lavrov, en alusión a los conflictos en Ucrania y Bielorrusia.

El Occidente histórico –concluyó Lavrov– “dominó el mundo durante quinientos años. Sin embargo, no hay duda de que ahora ve que esta era llega a su fin”.

En América Latina, el caos

En ese escenario de incertezas, ahogada en los años 60’s la era de las revoluciones, agotada más recientemente la fracasada oferta de desarrollo neoliberal, América Latina atraviesa una época de renovados conflictos, particularmente en dos de los países modelos del modelo conservador: Chile y Colombia.

Rebeliones populares llevaron, en Chile, a la convocatoria de una nueva constituyente, que pondrá fin a las reglas más duras del modelo de la dictadura. En noviembre, las elecciones podrían representar otro cambio radical en su modelo político.

En Colombia, donde durante décadas el uribismo y la parapolítica han significado el asesinato de miles de líderes populares, otra rebelión ha paralizado parcialmente en país, sin que se vislumbre todavía alguna salida al impase político.

El asesinato, la semana pasada, el presidente haitiano, y las complejas vinculaciones internacional con ese crimen, son otro reflejo de una crisis de la que no escapan los diversos países latinoamericanos.

Por Gilberto López
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para

La ONDA digital (gclopes1948@gmail.com)

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