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Una muerte, muchas dudas…

Han pasado pocas semanas de su inesperado fallecimiento y todavía nos parece una ilusión, pero la realidad golpea para despabilarnos. La muerte, esa inesperada e inoportuna que llega sin avisar, se encargó de hacernos ver lo efímero de la propia vida. Esa realidad que nos empareja en el instante final cuando el último aliento nos hace ver que somos todos iguales, (a pesar de creernos diferentes forjando desigualdades). Esta vez le tocó a él, al Guapo, alguien que parecía inmortal pero que no pudo ganarle a la parca. Su muerte dejó muchas dudas, demasiadas, por la investidura que ostentaba y porque, más allá de las circunstancias que pudieran implicar su estricto entorno privado, no murió cualquier uruguayo, murió un Ministro del Interior en funciones, el encargado de velar por la seguridad de todos los uruguayos.

Hay aspectos de su muerte que encierran un interés público insoslayable que muchos parecen querer ocultar. Su muerte no fue cualquiera, más teniendo en consideración que estaba amenazado por el narcotráfico, lo que le da un diferencial que no se puede ni se debería ocultar. Muchas dudas quedaron tras su repentina desaparición y las circunstancias que rodearon a su muerte, por lo que es necesario aclararlas; dudas que quedaron sin respuestas. Murió el hombre encargado de la seguridad de todos los uruguayos y era imperiosamente necesario la mayor transparencia posible para que no quedaran dudas sobre su muerte…

Entierro exprés

¿Cómo se explica que nadie aclare las circunstancias del fallecimiento? No me refiero a vicisitudes del ámbito privado sino aquellas que tienen un interés público notorio que no parecen advertir muchos periodistas especializados que -estoy seguro- si fuera otro el partido de gobierno, harían largos programas relativos a esclarecer las circunstancias del deceso de un Ministro de Estado, y nada menos que el del Ministerio del Interior. Ni que decir si este episodio se hubiera dado en otro país de la región o del mundo, donde seguramente otras hubieran sido las intervenciones oficiales para esclarecer las circunstancias del deceso de un Ministro de Estado en funciones.

Nadie pretende conocer detalles que respondan al ámbito íntimo, propio de toda persona más allá del rol público que ostente. Su vida personal era suya y solo suya y eso no nos interesa, pero es obvio que hay aspectos que tienen un marcado interés público por cuanto quien murió no era sino el primer responsable de ejecutar las políticas de seguridad del país y nos interesa a todos -en tanto habitantes de este rincón del sur americano- conocer cuáles fueron realmente las circunstancias de su muerte. Máxime sabiendo que se trataba de una persona amenazada que bien pudo sucumbir en manos de quienes emitieron esas amenazas oportunamente.

¿Cómo es posible que nadie se pregunte cómo murió el Ministro del Interior, alguien que no murió en su domicilio y al que los médicos de emergencia que le asistieron llegaron después que otras personas de su entorno? ¿Cuánto demoró realmente la emergencia médica en llegar; quién la llamó; llamaron primero a la emergencia o a un asesor de la cartera; quién estaba junto al Ministro; se le realizó examen toxicológico al extinto; nadie sugirió la realización de una autopsia?

Muchas interrogantes que nos hacemos sin respuesta por más que se intentó echar luz con una nota de prensa en la que se identifica a la dueña del apartamento donde fue encontrado sin vida y a quien se le dijo que se «encerrara en un cuarto».

Toda la prensa pareció aceptar sin reparos la versión de prensa difundida en la nota del periodista Leonardo Haberkhon, pero así como se reconoce la existencia de un testigo que pone su cara y su nombre para dar una versión de los hechos, la misma versión deja muchos flancos al descubierto sin que representen una verdad absoluta o imposible de ser controvertida.

Es inexplicable que la mujer en cuestión haya sido apartada a un sector del apartamento y se le pidiera quedarse poco menos que escondida en otro ambiente y nadie apelara -ni los médicos tratantes en la emergencia- a interrogarla sobre si el fallecido había ingerido alguna sustancia o medicamento que le podría haber provocado el infarto. Es decir, preguntas esenciales a un evento sanitario como el que padeció Larrañaga.

El hecho que llegaran asesores antes que la propia emergencia médica -cuya base se encuentra a pocos minutos del lugar- es otro de los puntos controversiales sin respuesta.

Mucho menos el que nadie se atreva a preguntar a los voceros que dieron notas al respecto, sobre aspectos que cualquier persona se pregunta en una circunstancia similar a esta. ¿Nadie se cuestiona por qué no asistió Policía Científica?; (capaz que fue y no nos enteramos), porque se trató nada menos que la muerte del Ministro del Interior en funciones, en un lugar que no era su domicilio y en circunstancias que bien pudieron ser provocadas por quienes lo tenían amenazado.

Se sabe que hubo un médico que extendió un certificado de defunción y que eso inhabilita a la Fiscalía a tomar cualquier medida, en tanto ese médico emitió un diagnóstico final sobre las circunstancias de la muerte. Ahora bien, ¿no resulta de interés periodístico saber si el extinto padecía alguna afección cardíaca que llevó a que su médico tratante emitiera un certificado sin pedir ninguna otra medida para conocer las razones del deceso? ¿No hay una duda razonable en conocer las verdaderas causas del fatal desenlace, de nada menos que el Ministro del Interior en funciones?

En el programa Desayunos Informales, fue la periodista Paula Scorza la que sin pelos en la lengua expresó que a nadie importaba si estaba con una amante -ante el silencio y estupor de sus compañeros panelistas- pero que sí importaba saber las razones de su deceso por tratarse de quien era.

Es que ese es el punto de inflexión, entender que hay aspectos de un interés público indiscutible que -por razones de transparencia- debieran conocerse para que la opacidad no contamine nada menos que el deceso del Secretario de Estado encargado de políticas públicas de suma trascendencia para el país. Es una cuestión de seguridad pública conocer las circunstancias y las verdaderas causas del fallecimiento del Ministro del Interior.

Flaco favor le hicieron quienes divulgaron versiones contradictorias sobre el deceso (que había fallecido en Maldonado, que luego había sido en Montevideo, que era la casa de una amiga, que la emergencia demoró porque fue a su domicilio, que llegó antes un asesor, que cuando llegó la emergencia ya estaba muerto, etc…)

Para morirse no hace falta otra cosa que estar vivo, me decía mi viejo y tenía sobrada razón. La muerte es una señora que llega sin avisar y que tiene por encargue principal emparejarnos a todos cuando nos llega la hora. En ese instante final poco importan los privilegios terrenales, todos vamos al lugar de la fila que nos toca sin derecho al pataleo.

Pero así como eso es tan cierto como inevitable, también es cierto que a la hora de determinar las causas de un fallecimiento como este, es necesario aclarar ciertos puntos para que no haya lugar a ninguna suspicacia. Y, en este caso, esos aspectos no fueron contemplados convenientemente al punto que los obviaron de forma burda y grosera, haciendo que fueran más las dudas que las certezas.

Rápidamente se encargaron de sellar todo con un manto de silencio abrumador que lejos de esclarecer, oscureció. Falló la comunicación oficial, esa que debió ahondar en las circunstancias y desechar toda duda en la muerte de quien tenía sobre sí la responsabilidad de brindarnos seguridad a todos los uruguayos.

Nos queda por saber realmente de qué murió el Ministro Larrañaga, conocer las verdaderas razones de una muerte que nos atañe a todos en tanto su investidura lo había convertido en un objetivo para el crimen organizado.

Si murió de muerte natural debemos saberlo tanto como si murió producto de la ejecución final de una amenaza como la que pendía hace un tiempo sobre su persona. No son meras especulaciones, son razonables dudas que nos hacemos muchos uruguayos.

Hubo una muerte sí, pero quedaron muchas dudas…

el hombre se hacía muchas preguntas
el perro olfateaba buscando respuestas…


Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

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