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La trampa de astra zeneca

Desde el año pasado el gobierno de nuestro país y en particular los jerarcas de Salud Pública se hacían cartel con la vacunación contra el Covid-19. Había un plan de vacunación y no había vacunas. Después hubo vacunas, tardíamente, pero no había plan. De este modo hubo que recurrir a una empresa privada de expertos para arreglar el fenomenal desbarajuste que era el programa para agendarse con el fin de poder vacunarse.

Salvo algunos casos de fanatismo negacionista nadie cuestionaba entonces la necesidad de vacunarnos para alcanzar la mentada “inmunidad de rebaño”. Sin embargo persistían dudas, algunas personas resolvían esperar “para ver como resultaban las vacunas” pero finalmente empezó el proceso. Ya sabemos que se comenzó por los ancianatos y hogares de permanencia prolongada. Ya entonces se empezaron a manifestar la falta de criterio de quienes dirigían los planes de vacunación. El hogar de ancianos de Fray Bentos es un ejemplo terrible de incuria y abandono; se llegó hasta allí a vacunar pero muy tardíamente y más de la mitad de los internos fallecieron por Covid-19, con un déficit atencional cuya responsabilidad es indudablemente de las autoridades sanitarias.

A medida que la pandemia crecía a ritmo acelerado en diciembre, enero, febrero, se produjo otro error inexplicable e inexplicado: la postergación de la franja etaria 71-79. Los que estábamos en esa franja, siendo población de riesgo indiscutida en todos los países del mundo – según los expertos o sedicentes expertos – quedamos en el limbo. Esta omisión grave no ha sido explicada y sus responsables nada han dicho.

En marzo pasado el plan de vacunación hacía agua por todos lados. No solamente había franjas etarias abandonadas a su suerte sino departamentos con bajísima vacunación y con imprevisión en cuanto a dotación de vacunatorios. Todo es imputable a las autoridades del Ministerio de Salud Pública, empezando por el Dr. Daniel Salinas, que con su empaque de suficiencia ya hacía tiempo que se había resignado a la pérdida del hilo epidemiológico para cultivar su imagen.

Esas mismas autoridades habían hecho su caballito de batalla de la vacunación: esta era la clave para superar la pandemia sin tener que desembolsar ayudas suficientes. Habían elegido el camino largo y barato del mito de la “libertad responsable” (la culpa es de todos y por ende de nadie), en lugar de adoptar medidas de restricción de la movilidad por plazo breve pero con apoyos sustantivos a los sectores formales e informales que debían suspender su actividad.

Inexorablemente esa tesitura oportunista de “la vacuna es la salida”, nos vacunamos todos y listo, contribuyó a crear la idea de que la solución estaba a la vuelta de la esquina y a fomentar la idea bolsonarista de la gripecita o la otra más siniestra y estúpida de que “total todos vamos a morir algún día”. En todo caso no hay encuesta, fraguada u honesta, capaz de internarse en los misterios de la percepción masiva del riesgo. Es mucho más fácil reprimir que prevenir, amenazar con el hambre o con el espantajo de la represión para distraer la aplicación de medidas y desplegar propaganda que actuar.

Además se había venido jugando irresponsablemente con los números. Ya no se aplaudía al personal de salud que estaba y sigue echando el resto y pagando con vidas la irresponsabilidad del gobierno o al productivo Grupo Asesor Científico Honorario (GACH). Un gobierno responsable de politizar la pandemia para sacar réditos y fraguar encuestas. Una coalición que ve enemigos y adversarios e intencionalidad política  en cualquier advertencia o sugerencia u ofrecimiento de colaboración. Se contraponía camas de CTI (¿y el personal idóneo?) con la cifra de fallecimientos o las tasas de morbilidad.

A fines de abril se destinaron partidas de la controvertida vacuna de Astra Zeneca (llegada por Covax) para los departamentos de Canelones y Rivera. Miles y miles de ciudadanos de la franja etaria postergada (71-79) atendimos lo que se anunciaba desde localidades canarias: era posible vacunarse con la vacuna inglesa sin necesidad de agendarse. Yo no se cuantos cientos, tal vez miles de personas tempranamente agendadas (desde hacia más de un mes) para vacunarse con Pfizer, atendió esa oportunidad y se fue alli por una primera dosis. Firmamos el consentimiento y nuestros datos ingresaron en el sistema. Sin embargo en los vacunatorios a los “desagendados” no se le podía dar fecha para la segunda dosis. La consigna que se recibía del amable personal era que se volviera en 90 días (es decir a fines de julio).

A fines de la semana pasada, cientos, tal vez miles, recibimos la convocatoria para aplicarnos la segunda dosis de la vacuna anti-Covid19, esta vez con Pfizer en estos días. Era una trampa. Quienes concurrimos recibimos invariablemente la respuesta de que no podíamos recibir la vacuna porque ambas marcas “no se podían cruzar” por disposición de la OMS y que nos habían convocado por “un error del sistema”. Por lo tanto en esta ruleta de las vacunas “lo que corresponde es que se vayan a dar la segunda dosis de Astra Zeneca a los 90 días adonde se dieron la primera”. Yo conservo la prueba, el papel de convocatoria para segunda dosis que debía entregarle a la vacunadora y que la funcionaria a la que se lo pedí me dijo que lo iba a destruir. “Yo lo destruyo pero me lo llevo” y acá lo tengo.

Este es el resultado de un mezcla de ingredientes de los cuales los funcionarios subalternos, siempre atentos, sacrificados y bien dispuestos, no son los responsables. Esa mezcla está integrada en distintas proporciones por la soberbia, por la tontería y por la mala fe. La soberbia de creer que desde las alturas del poder se puede endilgar cualquier explicación o cualquier falta de explicaciones para que la gente trague entera la bazofia que se sirva. La tontería de atribuir a “una falla del sistema” lo que evidentemente no lo es puesto que este “sabía” con una antelación de 45 días que los convocados habían sido vacunados con Astra Zeneca, de modo que incluir una instrucción para que el algoritmo evitara esas convocatorias es asunto que hoy en día sabe hacer en un santiamén cualquier escolar o liceal. La mala fe de ocultar las gestiones por vacunas, las existencias reales y las disponibilidades que se han negociado, porque con ese “secreto de Estado” se pueden ocultar las burradas, las irresponsabilidades y se puede mantener la incertidumbre.

¿Habrá existencias de Astra Zeneca dentro de 40, 50 o 60 días? No se sabe ni se sabrá por varias razones y se me ocurren por lo menos tres: porque en general hay cierto rechazo, infundado, hacia la vacuna británica producto de versiones contradictorias y prohibiciones a nivel internacional. Esto opera junto con una valoración marquetinera que algunos actores mediáticos han hecho de la vacuna Pfizer que sería la “buena” (en desmedro de la Sinovac, de la Sputnik V, de la Johnson y en general de las que no formaron parte de la negociación secreta). Además porque el mecanismo Covax parece haber fracasado en cuanto a plazos y entregas y es posible que nadie, ni siquiera los omnipotentes, pueda asegurar que habrá vacunas suficientes a fines de julio. La tercera razón, la más probable y poderosa, es que la estrategia del gobierno de jugarse todos los boletos a la vacuna, menospreciando las consecuencias sociales y económicas de la pandemia, está basada en una especulación endeble: la de alcanzar pronto la famosa inmunidad de rebaño un constructo epidemiológico que requiere mucho más que tocar una o dos “cositas”, como ha dicho el Dr. Radi, sino una estrategia coherente. Esto última razón es peor que la falta de vacunas.

La estrategia del gobierno ha fracasado y el empecinamiento de confundir la paja con el trigo augura que las consecuencias de la pandemia irán mucho más allá del 2021 y tal vez del 2022. Especular con pases verdes para espectáculos y pasaportes verdes para viajar, temporadas veraniegas a todo dar y turismo internacional, cuando ni siquiera se sabe si no será necesaria una tercera dosis de vacunas para prevenir el Covid-19 y si podremos revertir la avalancha de muertes y las tasas de morbilidad de las más altas del mundo es seguramente mucho más grave que haber caído en la trampa de Astra Zeneca. Es pensar con cabeza de privilegio y gobernar para privilegiados.

Lic. Fernando Britos V.

 

 

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