El Terror del Egoísta

Aristo entre espejos y espejos
jugaba a la escondida
se encontraba y se perdía
en el oro de su ilusión.

En los pasillos solemnes
de su reino todo era ficción
aunque siempre en su enorme
jardín se divertía.

Entre regalos y ornamentos
con cuentos de Hadas y Caballeros
en Príncipe se convirtió.

Andrés Legnani

Un mal día su dios lo traicionó
un mago malo la alfombra le quitó
así su barbarie conoció.

Mientras descendía y descendía
su ego crecía porque creía
que sus Nubes eran lo mejor
su dios ya no respondía
en ciego se convirtió.

Hasta que gritó, ¡guardia!, ¡guardia!,
pero el guardia cambió así
su temor conoció.

Mientras descendía y descendía
su tiranía crecía porque creía
que su Libertad era lo mejor
su dios ya no respondía
en sordo se convirtió.

Hasta que gritó ¡mayordomo!, ¡mayordomo!

pero el mayordomo renunció así

su ira conoció.

Mientras descendía y descendía
su ambición crecía porque creía
que su Deber era lo mejor
su dios ya no respondía así
su amnesia conoció.

Hasta que gritó ¡bufón!, ¡bufón!
pero el bufón un mal chiste le contó así

su soledad conoció.

Mientras descendía y descendía
su miseria crecía porque creía
que su Propiedad era lo mejor
su dios ya no respondía
sus límites conoció.

Hasta que gritó ¡mi Corona!, ¡mi Corona!
pero su Corona se perdió así

su burbuja rompió y al Virus conoció.

¡Es una orden cuiden mi Corona!,

Es tarde en La Ciudad de la Tos
cada vez somos más a la deriva
ya no hay lugar para su camilla.

¡Es una orden desinfecten mi Corona!

Es tarde en La Ciudad de su Imaginación

cada vez somos más libres de sus fuerzas

ya no hay lugar para su confort.

¡Es una orden alcancen mi Corona!

Es tarde en La Ciudad de su Creación
cada vez somos más libres de su rol
ya no hay lugar para su humor.

En usted señor no va haber
clemencia porque no es un vencido,
será simplemente bienvenido
al caos y al dolor,
somos el Virus que usted
subestimó, ignoró, no cuidó y dijo adiós.

Ahora espere su turno y
sírvase el pan señor.

Timbre, ¡se terminó el pan!,
¿Eh?, ¡mi Corona!, ¡mi Corona!.

Nadie se inmutó.

Timbre, ¡es el arzobispo pidiendo perdón!,
¿Eh?, ¡no hay lugar para su perdón!
¡primero mi Corona!,
¡mi Corona por favor!
¡suplico mi Corona!.

Nadie se inmutó la puerta se trancó.

A lo lejos entre ruidos de sirenas
se veía al arzobispo transando por la Corona

en una feria de remates y latas.

Nadie se la vendió.

Se la llevó un carrito junto a un calefón
en desuso que encontró.

 

Por Andrés Legnani

 

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