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La historiografía española vista desde el Uruguay

Por los lazos culturales tantas veces invocados, la historiografía española ha sido seguida con atención desde el Uruguay. Los admiradores del fascismo, la derecha política, el catolicismo ultramontano, con arrobamiento. La izquierda, los trabajadores, los demócratas de todos los partidos, siguiendo solidariamente a la República – durante la guerra civil, 1936/1939 y después acogiendo a los anti-franquistas derrotados, aprendiendo de sus intelectuales exiliados y siguiendo con atención los sucesos de España. Asi vimos como, durante décadas de duro trabajo,  los historiadores deshicieron las mentiras del franquismo y contribuyeron a la historia de la España contemporánea.

Aquellos reflejos de España en el Uruguay

Lic. Fernando Britos V.

Alberto Reig Tapia ha dicho que la guerra civil española (1936-1939) probablemente conservará siempre una dimensión y actualidad universales [i]. La verdad es que los acontecimientos de la España contemporánea, las noticias y los múltiples lazos culturales que nos unen renuevan esta vigencia y la han entrelazado siempre con nuestra propia realidad.

Seguir este devenir seguirá siendo interesante para los uruguayos, especialmente cuando un sector de la coalición gobernante, el que encabeza el Presidente de la República, Luis Lacalle Pou, ha sido adiestrado en las tesis de la derecha española y el franquismo, que para el herrerismo familiar ha sido un faro ideológico desde los tiempos de su bisabuelo.

Los historiadores suelen referirse a la actitud de las sucesivas generaciones frente a los hechos. En España y en el mundo en general, la generación de los hombres y mujeres que vivieron la guerra y sus secuelas inmediatas (nacidos aproximadamente entre 1915 y 1920) ya ha desaparecido por completo, la generación de los hijos (nacidos entre 1935 y 1940) comienza a seguir el mismo camino y la de los nietos que ha alcanzado su madurez (nacidos entre 1955 y 1960) empieza a hacer lugar a la de los bisnietos (nacidos entre 1975 y 1980).

Las huellas documentales, los libros, testimonios, recuerdos y canciones son en cambio perdurables. Aún en Uruguay hay quien heredó y cantó canciones, ya de uno y ya del otro bando en su juventud, desde “Si me quieres escribir” y “¡Ay Carmela!” hasta la falangista “Cara al sol”. Como ha señalado el historiador Carlos Zubillaga, el herrerismo se identificaba enteramente con el fascismo italiano y con el “bando insurgente”, es decir con el falangismo y el golpe contra la República del 18 de julio de 1936 [ii]. El nieto de Luis Alberto de Herrera, el que fue Presidente de la República entre 1990 y 1994, Luis Alberto Lacalle Herrera, fue un admirador declarado del franquismo, visitante del Generalísimo en El Pardo.

En las décadas de 1950 y 1960 el herrerismo no tenía expresiones militantes en el movimiento estudiantil y a nivel popular como si las tenía la República Española. En materia de canciones (si se quiere como expresión de arraigo popular) distinto era el panorama en la Argentina [iii]. Esto no quiere decir que no existieran violentos grupúsculos nazifascistas y falangistas, pero sus expresiones se centraban preferentemente en la liturgia nazi, saludos, uniformes, banderas y, a lo sumo, en sus cónclaves secretos, entonaban la canción de las Juventudes Hitlerianas:  Vorwärts, vorwärts y su estribillo Unsre Fahne flattert uns voran (nuestra bandera ondea ante nosotros).

Más acá en el tiempo, el bisnieto del viejo caudillo blanco, Luis Alberto Lacalle Pou, electo a la Presidencia como candidato de una coalición de partidos de derecha en el 2019, ha recibido entrenamiento como dirigente político en España, por parte de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES). Este organismo, constituido por los dirigentes del Partido Popular (PP) y una alianza de empresarios españoles y latinoamericanos (como los de los bancos BBVA y Santander), es presidido actualmente por el ex-jefe de gobierno derechista, José María Aznar (que lo fue entre 1996 y 2004) y dotado por el Partido Popular Europeo [iv] (con sede en Bélgica) y por la poderosa Konrad Adenanuer Stiftung, una fundación que financia más de 100 proyectos neoliberales en 78 países.

La FAES es la expresión del nuevo colonialismo del poder y el saber: una alianza entre empresarios españoles, el PP y figuras derechistas latinoamericanas de todos los países, políticos, periodistas y empresarios que reciben subvenciones, invitaciones a viajes y conferencias, regalos y financiación de publicaciones. Este colonialismo cultural incluye además una visión de la historia y en este momento es expresión de la historiografía neofranquista en España, como lo veremos más adelante.

Desde hace más de veinte años, la fundación española mantiene un programa de Formación de Líderes Latinoamericanos en el que participan 30 o 40 cuadros juveniles de los partidos conservadores y derechistas del continente rigurosamente seleccionados. Durante dos o tres semanas los becarios se someten a conferencias y adoctrinamiento político en España y Bélgica, en cursos intensivos del catecismo neoliberal. En Uruguay, Luis Lacalle Pou fue escogido y participó en el año 2006 y numerosos de sus correligionarios, exclusivamente pertenecientes a la facción herrerista, han recibido esa formación. De hecho Lacalle Pou es la contraparte de FAES en Uruguay y fue calurosamente saludado por Aznar, en noviembre del 2019, como “el primer becario de la red FAES que llega a la Presidencia de su país, un logro que dice mucho de la importancia de alimentar la cadena de transmisión de los valores de libertad y democracia”[v]

En Uruguay, Luis Lacalle Pou fue escogido y participó en el año 2006 y numerosos de sus correligionarios, exclusivamente pertenecientes a la facción herrerista, han recibido esa formación. De hecho Lacalle Pou es la contraparte de FAES en Uruguay y fue calurosamente saludado por Aznar, en noviembre del 2019, como “el primer becario de la red FAES que llega a la Presidencia de su país, un logro que dice mucho de la importancia de alimentar la cadena de transmisión de los valores de libertad y democracia”

En España, la guerra civil supuso la ruptura de la historiografía liberal española y el exilio de sus principales historiadores (Altamira, Sánchez Albornoz, Américo Castro y otros ). En la posguerra, el franquismo utilizó la historia como instrumento de legitimación ideológica del Régimen. Su nacionalismo de raíz tradicionalista exaltaba la España de los Reyes Católicos y el Imperio de los Austrias y denigraba la España contemporánea, tanto el liberalismo decimonónico como, sobre todo, la República democrática de 1931-36. En esa coyuntura política era muy difícil hacer de la historia contemporánea una especialidad científica en España – afirma José Luis de la Granja Sainz,  catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco[vi] – El primero que lo llevó a cabo – agrega – fue el gran historiador catalán Jaume Vicens Vives, quien con sus obras en la década de 1950 contribuyó a renovar el estudio del siglo XIX. Murió prematuramente en 1960, pero dejó una notable escuela en Cataluña (Nadal, Martí, Fontana).

La pseudohistoria franquista: obra de policías

Sánchez Albornoz

Pocos acontecimientos históricos, más allá de las grandes revoluciones y de las llamadas guerras mundiales han provocado el aluvión de libros, folletos y artículos que generó la guerra civil española. Las estimaciones numéricas son siempre tentativas, se hablaba de 40.000 publicaciones hace 15 años. Ahora bien podrían ser 50.000 libros y artículos.

Su historiografía presenta etapas y vertientes bien marcadas. Desde la derrota de la República, en abril de 1939, durante casi treinta años la producción se concentró en la propaganda y creación de mitos en la España franquista. Por otra parte, desde el exilio, se multiplicaron las memorias, testimonios y ensayos de los vencidos en una búsqueda angustiosa de respuestas a las razones por las cuales se había producido la derrota o al intercambio de culpas y responsabilidades que la mayoría de las veces estuvo signado por las contradicciones que habían tenido lugar durante la República (1931 – 1939) y especialmente en los casi tres años en que se prolongó la guerra.

Esto no quiere decir que no se hubiera producido entre los republicanos españoles una cantidad de memorias y testimonios de gran valor pero, de todos modos, esa producción fue mucho menor que la que se generó desde el franquismo. En la propaganda, cuyo valor historiográfico aparecían las vertientes constitutivas del régimen, propagandistas monárquicos, tradicionalistas católicos, memorialistas militares y una orientación presidida por la glorificación del Caudillo. Una propaganda que fue cambiando su libreto del arrobamiento y un apoyo abierto a la Alemania nazi y la Italia fascista (mucho más hacia la primera que hacia la segunda), a un esfuerzo desesperado por despegar del Eje, en la medida en que, especialmente a partir de 1943, los fascistas españoles tuvieron claro que la guerra estaba perdida para sus patrocinadores de 1936.

La producción de los propagandistas del franquismo empezó a volcarse hacia los Aliados, especialmente hacia Gran Bretaña y los Estados Unidos, lo que implicaba que el guión consistía en reforzar el mito de que el levantamiento de 1936 había sido un golpe preventivo para evitar una revolución comunista en España. La “razón” original – que había sido desde antes de 1931 el oponerse a una conspiración judeobolchevique y masónica – fogoneó la idea de la cruzada anti bolchevique y le bajó los decibeles al antisemitismo y anti masonería para bienquistarse con los promotores de la Guerra Fría.

El anticomunismo ocupó el primer plano junto con el ocultamiento de los crímenes que Preston ha calificado correctamente como “el holocausto español”, el régimen de destrucción, esclavización y miseria que se impuso al pueblo, primero en las zonas ocupadas y después con la extensión del terror a todo el país. Más de 200.000 presos y trabajadores esclavos, miles de condenas a muerte e incontables asesinatos, 500.000 exiliados, decenas de miles de proscritos y una férrea censura hacía imposible la investigación histórica en España. Solamente propaganda de la más baja estofa, una absoluta ausencia de crítica, una gran pobreza de recursos materiales para llevar a cabo cualquier investigación y una acción constante a nivel nacional e internacional [vii]. El entorpecimiento de la labor de investigación histórica durante el primer franquismo fue considerado por Paul Preston como la prolongación de la guerra por otros medios. En todo caso, en España, la represión no solamente destruyó la disciplina académica seria sino que fomentó un desinterés duradero por la investigación en historia contemporánea.

El anticomunismo ocupó el primer plano junto con el ocultamiento de los crímenes que Preston ha calificado correctamente como “el holocausto español”, el régimen de destrucción, esclavización y miseria que se impuso al pueblo, primero en las zonas ocupadas y después con la extensión del terror a todo el país. Más de 200.000 presos y trabajadores esclavos, miles de condenas a muerte e incontables asesinatos, 500.000 exiliados, decenas de miles de proscritos y una férrea censura hacía imposible la investigación histórica en España.

En el exilio distintos autores se empeñaron en un intercambio de críticas y reproches que, al amparo de la guerra fría, dieron rienda suelta al anticomunismo más cerril. Las divisiones que enfrentaban a los socialistas entre sí, a estos con los anarquistas y los trostkistas, a los anarquistas con los republicanos y a todos contra los comunistas, hacían casi imposible un diálogo capaz de unir a los antifascistas españoles. Por lo tanto, la visión de los vencidos en el exilio no era uniforme. Los tópicos reiterados giraban en torno a la contribución que cada sector había hecho al esfuerzo bélico y a la responsabilidad en la derrota. También se destacaba el planteo dilemático entre guerra y revolución [viii] que era una de las diferencias fundamentales entre los comunistas y los demás partidos políticos.

La autojustificación jugó un papel fundamental en las primeras memorias publicadas en el exterior. Es el caso, por ejemplo, de la autobiografía de Joan García Oliver, El eco de los pasos, en la que analiza también el anarcosindicalismo “en la calle”, “en el Comité de Milicias”, “en el gobierno” y “en el exilio” [ix]. Además, los servicios de inteligencia británico y estadounidense (MI6 y CIA) volcaron enormes recursos para fomentar esas disensiones, infiltraron agentes y financiaron organismos de fachada, libros, viajes y publicaciones [x].

Durante el primer franquismo, desde 1938 y por lo menos hasta la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 [xi], se impuso la versión de los vencedores: la rebelión militar había sido una cruzada de liberación nacional contra el comunismo, el separatismo (catalán y vasco), la masonería y el judaísmo. Así se elevó a la categoría de mitos históricos a ciertos hechos bélicos (por ejemplo, el asedio del Alcázar de Toledo), se ejerció una férrea censura y se lanzaron versiones calumniosas [xii].

Esta historiografía del primer franquismo ha sido calificada como “obra de policías” que se apoderan de la documentación, la destruyen o la adulteran. Trataban de ocultar los orígenes de clase del conflicto, sus raíces sociales, y  borrar los logros de los trabajadores, en particular los que se habían conseguido a partir de la implantación de la República en 1931. El fascismo español (como el italiano y el alemán) estaba obsesionado con la legitimación, sobre todo porque sus orígenes, desde el punto de vista formal, eran sangrientos y con decisiva intervención militar extranjera (financiación italiana desde principios de la década de 1930, los mercenarios y los moros de los generales africanistas y en dos semanas el despliegue masivo de la Legión Cóndor nazi) cosa que no había sucedido en Alemania y en Italia.

Esa obsesión por la legitimidad obligaba a remontar “la Cruzada” a la introducción del parlamentarismo y el liberalismo en España desde principios del siglo XIX. Militares, propagandistas y curas se dedicaron a cimentar la alianza entre el régimen y el clero [xiii] y a halagar al ejército. El típico propagandista inescrupuloso y manipulador fue Joaquín Arrarás (1898-1975). Monárquico, católico ultramontano, antirrepublicano, antidemocracia parlamentaria, durante el periodo republicano debió enfrentar 28 procesos por difamación.

Fue Director General de Prensa del régimen franquista desde 1937.

Escribió varios libros de propaganda y la primera biografía de Franco. Durante la guerra robó en Suiza los cuadernos de memorias del presidente republicano Manuel Azaña y fue publicando trozos amañados para fomentar las disensiones en la República. A partir de 1944 y hasta 1946, participó de la propaganda en Radio Nacional de España contra el mundo anglosajón y el comunismo soviético, entonces llamados “enemigos exteriores de España”.  A partir de la derrota del Eje, la historia hecha por policías fue dejando lugar a la corriente de la Guerra Fría a la que, además de Arrarás, se sumaron otros propagandistas como Luis de Galinsega y Francisco Franco Salgado-Araujo. Fue la época en que se presentaba al Caudillo como “centinela de Occidente”. La historia canónica de la propaganda franquista sobre la Guerra Civil fue la monumental Historia de la Cruzada Española, obra en la que participaron Joaquín Arrarás y José María Pemán.

Historiadores extranjeros y el rescate de la verdad

Sobre fines de la década de 1950 y principios de la de 1960 aparecen obras muy documentadas de autores anglosajones (ingleses, irlandeses, estadounidenses) que utilizaban el rigor crítico propio del método histórico. Los hispanistas extranjeros y especialmente los anglosajones no estaban al margen del conflicto sociopolítico generado por la guerra civil o por la guerra fría pero generaron un marco explicativo de tal calidad que mantiene una amplia vigencia. Para quienes nos interesábamos por la historia de España y en particular por los antecedentes, desarrollo y consecuencias de la guerra civil, estas obras fueron fundamentales. Detenernos en la vida y obra de estos científicos excede la intención de este artículo de modo que me limitaré a mencionar a los más destacados dejando para más adelante un análisis más detenido de sus vidas y aportes.

Raymond Carr (1919-2015) Spain 1808–1939, Oxford University Press, 1966. Un compendio extraordinario y minucioso que se volvió el recurso fundamental para estudiar la España contemporánea. Fue un faro para todos los hispanistas anglosajones y para los historiadores españoles. Traducida al castellano por Ariel en 1969. Le siguieron otras obras imprescindibles para la historiografía: Estudios sobre la República y la Guerra Civil española, Ariel, 1974; España, de la dictadura a la democracia, Planeta, 1979 (en coautoría con Juan Pablo Fusi); España, de la Restauración a la democracia, 1875-1980, Ariel, 1983 (reedición 2003); La época de Franco (1939-1975), Espasa Calpe, 1996 (como coordinador); Historia de España, Península, 2007; España, 1808-2008, Ariel, 2009.

Hugh Thomas (1931-2017) The Spanish Civil War (1961); Penguin Books Ltd. Una obra que ha sido revisada varias veces por el aristócrata británico y que los españoles debieron leer de contrabando hasta la década de 1970. La editorial Ruedo Ibérico[xiv] la editó en español, en París, en 1961.

Gabriel Jackson (1921-2019) (1965). The Spanish Republic and the Civil War, 1931-1939. Ed. Princeton University Press. Editada en español por Grijalbo, en 1967. La de este historiador estadounidense – que fuera perseguido en su país por el macarthismo – fue una de las obras clave para conocer la verdad. “En ese momento, las autoridades españolas querían dar la impresión de que España era totalmente libre, y me permitieron tener acceso a bibliotecas y archivos; pero no era verdad. Era mera apariencia, porque nunca pude tener acceso al Archivo Militar. Sin embargo, tuve una ventaja por extranjero, porque ese acceso no lo podía tener un investigador español. Todo era apariencia”, explicó en el 2003.

Stanley G. Payne (n.1934) Los militares y la política en la España contemporánea. París: Ruedo Ibérico, 1968. Esta no es la primera obra de Payne sobre la guerra civil pero se trata de una de las contribuciones importantes de este historiador derechista estadounidense que últimamente se ha vuelto cómplice de la pseudohistoria de ultra derecha.

Herbert R. Southworth (1908-1999) The Myth of Franco’s Crusade, fue publicada por José Martínez, de Ruedo Ibérico, en francés y español. Southworth es el verdadero héroe de la historiografía. Un legendario bibliófilo estadounidense que demolió totalmente los mitos y mentiras del franquismo. Su libro sobre el bombardeo de Guernica, por ejemplo, fue una de las tres o cuatro obras clave acerca de los crímenes de guerra [xv]. Sus textos fueron la razón por las que el Ministerio de Información del régimen creó un departamento especial para contrarrestarlo, como veremos.

Burnett Bolloten (1909-1987) The Grand Camouflage. The Communist conspiracy in the Spanish Civil War, publicado en 1961 y una de sus obras cumbre La Guerra Civil española: Revolución y Contrarrevolución, hicieron de este historiador y periodista británico (había sido corresponsal de guerra durante el conflicto) otro de los paladines de la historia científica y por ende un contribuyente fundamental en el desenmascaramiento del franquismo [xvi].

El hispanismo anglosajón se basa en la premisa del fracaso de la experiencia republicana, una premisa predominantemente política, que la historiografía española de las últimas décadas del siglo XX no consiguió sustituir, aunque se entienda que hay que insistir en las motivaciones socioeconómicas y en un lapso más amplio, es decir que vaya más allá de 1931, para superar la dicotomía Segunda República /Guerra Civil.

La cosmética política de Fraga

El éxito de Ruedo Ibérico para perforar la censura, el desgaste del terror franquista, el distanciamiento generacional que empezó a remover a los intelectuales españoles, especialmente en las universidades, el renacimiento de las luchas de los trabajadores y la necesidad de los tecnócratas del régimen de presentar un rostro más pasable ante la comunidad europea, confluyeron en una especie de distensión aparente. Manuel Fraga, el Ministro de Información, promovió la creación de un departamento especial de su cartera, el llamado Centro de Estudios de la Guerra Civil de cuya dirección encargó al ex jesuita Ricardo de La Cierva (1926-2015). De La Cierva fue un funcionario y político que se dedicó a lavar la cara del tardofranquismo para lo cual se erigió en el historiador oficial del régimen y de la derecha española.

Hacia 1974, se declaró “joseantoniano”, es decir partidario del falangismo de José Antonio Primo de Rivera. Publicó numerosos libros de temática histórica, en los que aludía a la Segunda República, la guerra civil, el franquismo, la masonería y la penetración de la “teología de la liberación” en la Iglesia católica. También escribió novelas y fue continuamente agasajado por la dictadura y por la derecha durante la llamada Transición.  Su obra Bibliografía general sobre la guerra de España (1936-1939) y sus antecedentes históricos (1968) fue considerada por Herbert Southworth un “escándalo intelectual” por los errores y mistificaciones que incluía.

En 1972 publicó La historia perdida del socialismo español, un libro en el que partiendo de la base de una serie de artículos publicados previamente en la prensa falangista, trazaba un recorrido por la historia del PSOE. En 1987 publicó La derecha sin remedio (1801-1987): de la prisión de Jovellanos al martirio de Fraga, en la que elabora un estudio de la historia de lo que él considera “derecha española” desde finales del siglo XVIII hasta la Alianza Popular de su patrocinador Manuel Fraga (antecedente del PP).

De la Cierva fue un personaje oscuro, agente de la Secta Moon y colaborador, a sueldo, de su Asociación pro Unidad Latinoamericana (AULA). Autor de diversos artículos periodísticos defensores de esta última, de la Cierva negó, sin embargo, vinculación a dicha organización pero la comisión investigadora de sectas del Congreso de los Diputados español, también le relacionó con el aparataje de organizaciones financiadas por el profeta coreano y la nueva derecha estadounidense.

Desde 1974 hasta comienzos de los años noventa, publicó sus escritos en la Editorial Planeta. En el otoño de 1993 fundó su propia Editorial Fénix. En el ámbito historiográfico de la Cierva  está muy depreciado en la actualidad. Su obra subsiste merced a lo que se ha denominado el núcleo teórico Payne-de la Cierva, al tiempo que el historiador estadounidense, uno de los sobrevivientes de la vieja generación se ha volcado cada vez más hacia la pseudohistoria, sobre todo cuando se ha advertido que nunca visitó ningún archivo, excepto el puramente hagiográfico de la Fundación Francisco Franco.

La transición democrática: nuevos hervores en la caldera de la historia

El achacoso Francisco Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Dos días después fue proclamado rey Juan Carlos I de Borbón, que seis años antes había sido designado por Franco como su sucesor. Juan Carlos confirmó al rancio conservador Carlos Arias Navarro como presidente del gobierno pero pronto se enfrentaron. El rey quería llevar a cabo ciertas reformas políticas y sustituyó a Arias Navarro por Adolfo Suárez en julio de 1976. Este entabló negociaciones con los partidos de oposición y con las fuerzas sociales más o menos legales o toleradas para liberalizar al régimen.

Una Ley para la Reforma Política, fue aprobada por las Cortes franquistas (el parlamento de la dictadura), sometida a reférendum, ratificada por el voto popular y promulgada en enero de 1977. Así se produjo una derogación tácita del régimen que el Caudillo Por la Gracia de Dios había dejado bien atado. Las elecciones democráticas tuvieron lugar en junio de 1977 (las primeras desde febrero de 1936) y la coalición de centro derecha que Suárez encabezaba (la Unión de Centro Democrático) resultó la más votada aunque no alcanzó la mayoría absoluta. Con Suárez como jefe de gobierno comenzó un proceso para redactar una nueva constitución que fue ratificada en 1978 con el 88% de votos favorables.

A principios de 1981, Adolfo Suárez renunció por diferencias en el seno de su coalición y con el rey. Cuando se estaba eligiendo a su sucesor en las Cortes se produjo un golpe de Estado frustrado, dirigido por el teniente coronel Tejero y los generales Armada y Miláns del Bosch. Las tensiones internas de UCD provocarían su desintegración a lo largo de 1981 y 1982, hasta que se disolvió en 1983. Los democristianos se integraron en la Alianza Popular con los políticos y ex ministros franquistas para ocupar la franja de derecha que terminaría transformándose en el actual Partido Popular. Los centristas y liberales de la UCD, más cercanos a la socialdemocracia, se incorporaron al Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Felipe González – Adolfo Suárez

El PSOE sucedió a la UCD tras obtener 202 de los 350 escaños del parlamento en las elecciones de 1982. Por primera vez desde 1936, un partido considerado de izquierda o progresista formó gobierno en España con Felipe González a la cabeza. La mayoría de los historiadores sitúan en este acontecimiento el final de la Transición, aunque alguno lo prolonga hasta el 1º de enero de 1986, cuando España ingresó a la Comunidad Económica Europea.

Este proceso – que acabo de resumir drásticamente por razones expositivas – fue extraordinariamente complejo y tuvo reflejos en la historiografía de la Segunda República y la guerra civil. Dos fenómenos confluyeron. Por un lado se reanimó la producción de nuevos historiadores españoles. Por otro, entre los historiadores anglosajones, que como vimos habían jugado un papel decisivo, antes de la Transición, para desmoronar las mentiras del franquismo, también se desarrollaron corrientes de derecha que se aplicaron a criticar la actuación de la izquierda durante la Segunda República.

El estadounidense Stanley G. Payne, fue derivando a una interpretación cada vez más coincidente con los “argumentos” franquistas. El grecoestadounidense Edward Malefakis (1932-2016), el británico Richard Robinson (1940-2013) y John William Donald Trythall (n.1944), por ejemplo, centraron sus críticas en la actuación de la izquierda durante la Segunda República al tiempo de promover un análisis político que no tenía en cuenta los antecedentes sociales de los conflictos industriales y agrarios de la época.

Con la Transición irrumpieron historiadores españoles, hubo un mayor acceso a archivos y documentación hasta entonces ocultada por el régimen y se produjo la aparición  de otra generación de historiadores anglosajones. Los más dinámicos eran discípulos del gran Raymond Carr, metodológicamente sólidos, éticamente irreprochables y decididos a poner en práctica una de las enseñanzas del maestro: la “objetividad” del historiador no existe, no se trata de ocultar una postura política o fingir apoliticismo sino de asumir su postura con claridad, honestidad, rigor científico, compromiso social y respeto por quienes discrepan. Entre ellos, los británicos Martin Blinkhorn (n.1941) y Paul Preston (n.1946) [xvii], el israelí Shlomo Ben Ami (n.1943), la británica Frances Lannon (n.1945) o los españoles Joaquín Romero Maura (n.1940), José Varela Ortega (n.1944) y Juan Pablo Fusi Aizpurúa (n.1945).

De todas maneras no hubo un cambio significativo en un aspecto sustancial: la apertura de los archivos de la dictadura franquista. Preston denunció que durante este periodo el acceso a los archivos oficiales fue una prerrogativa de unos pocos privilegiados que los utilizaron en su provecho. En 1986, con la conmemoración del cincuentenario de la guerra civil hubo cierta apertura pero no mucha.

En 1979 había irrumpido con estremecedora potencia la historia oral, historia desde abajo o microhistoria, a manos del hispanista británico Ronald Fraser (1930-2012) [xviii] y vale la pena detenerse para señalar la importancia que tuvo, la contribución actual y para el futuro. En 1983, Fraser, donó al Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona, 270 testimonios grabados por él y 30 sin grabar. Todo está totalmente transcrito y digitalizado y es de lo más consultado de los Fondos Orales de dicho archivo [xix].

Para el libro el autor solo utilizó un diez por ciento del material recogido; por lo tanto, el fondo constituye una fuente importante para el estudio actual de este periodo. Las condiciones de acceso son las del propio Archivo, (Cfr. página web: https://ajuntament.barcelona.cat/arxiumunicipal/arxiuhistoric/ca ). En el catálogo, que se puede consultar en la web, se presentan todos los testimonios, ordenados alfabéticamente y en registro individual. Cada registro incluye datos básicos para la identificación del documento (nombre o pseudónimo del testimonio, fecha y lugar de nacimiento, fecha y duración de la grabación, localización, transcripción del documento y condiciones de acceso al documento), datos que sitúan la entrevista en el contexto histórico y social (la pertenencia a un movimiento social o político, los topónimos relacionados con el documento, la profesión del testimonio y las materias que se desprenden de la narración) y finalmente un breve resumen del contenido, con un pequeño listado de bibliografía consultada para cada testimonio. El catálogo se complementa con un índice onomástico de los testimonios indicando el tema del documento.

Durante la Transición siguió siendo atractivo el interés por los vencidos y continuó la confrontación entre la historiografía franquista y la historiografía anglosajona. Persistía la debilidad de la falta de síntesis y análisis comparativos de los distintos autores. Algunos títulos que se destacaron fueron los producidos por Blinkhorn y por Preston, sobre la historia social de la guerra, o “La emigración de la Guerra Civil 1936-1939”, en tres volúmenes, escritos por Javier Rubio García-Mina (n.1924) un economista, ingeniero y diplomático español, que produjo la Editorial San Martín [xx].

En 1977 se publicó “La espada y la cruz”, un libro del monje benedictino Hilari Raguer (1928-2020). Raguer se definió como antifranquista, demócrata, nacionalista catalán e independentista y fue uno de los religiosos más destacados de la tendencia catalanista del monasterio de Montserrat. Con respecto a la Iglesia Católica y la Guerra Civil, negó la condición de mártires a los religiosos católicos asesinados en la retaguardia republicana, al considerar que no fueron asesinados por su fe cristiana sino por la asociación de la Iglesia con la derecha política, por lo que sus asesinatos serían de naturaleza política y no religiosa, y criticó la actitud de la Iglesia española por no pedir perdón por su “complicidad y su silencio” ante la represión franquista. Acusó al episcopado español de mantener la “ideología franquista” y negó enérgicamente el carácter de “cruzada” de la guerra civil, que promovió la jerarquía católica de la época.

Durante esos años se produjeron importantes polémicas públicas entre historiadores españoles y anglosajones con los propagandistas del franquismo. Este fue el caso del enfrentamiento entre de de la Cierva y Herbert Southwork, en el que participó también un historiador militar alemán, Klaus A. Maier, acerca del bombardeo de Guernica (Gernika, en euskera). Maier aportó documentos de los archivos del Tercer Reich [xxi].

Otro tema de renovada polémica fue el del papel de las potencias extranjeras y se destacan dos obras de Angel Viñas Martin (n. 1941) [xxii]. Se trata de “El oro español en la Guerra Civil”. Vol. 37, editado por el Instituto de Estudios Fiscales en 1976 y “La Alemania nazi y el 18 de julio”, editada por Alianza en 1977. En 1979, Alianza publicó “Intervención fascista en la guerra civil española” escrita por el historiador estadounidense John F. Coverdale.

Contra el anticomunismo, que era caballito de batalla del franquismo y de la Guerra Fría, se difundió una obra del historiador estadounidense David T. Cattell, “Communism and the Spanish Civil War” que databa de 1955. Después de un examen desapasionado de la documentación existente, de la ayuda soviética a la República y de las acusaciones hechas contra los comunistas y la URSS por la propaganda antisoviética de la Guerra Fría, los relatos de Krivitsky (un espía ruso que había huido a los EUA en 1938) y las versiones del exilio promovidas por anarquistas y disidentes comunistas como Jesús Hernández, Cattell llegó a la conclusión de que el PCE había mantenido una política coherente con tres principios básicos: necesidad de ganar la guerra mediante la creación de un ejército disciplinado; diferir la revolución social para mantener el apoyo de las capas medias y la unidad entre los partidos republicanos y mantener la lucha por todos los medios.

Las leyendas rosa y “la década de la reconciliación”

En 1986 (cuando el cincuentenario del golpe de 1936), España tenía un gobierno socialista, sin embargo varias cuestiones fundamentales de la historia reciente permanecían empantanadas. Poco o nada se había avanzado sobre el tema oscuro y terrible de la represión franquista; habría que esperar décadas para que ocupara el lugar debido en la agenda de los historiadores. El cincuentenario del comienzo de la guerra civil no recibió atención por parte del gobierno, pocas conmemoraciones y oficialmente nada. Ya en 1982, Josep Fontana (1931-2018)[xxiii] había señalado que el jefe de gobierno Felipe González había introducido un giro a la derecha desde sus posiciones originales y esto se reflejaba en las actitudes oficiales que, desde el gobierno del PSOE, se desarrollaron hacia la historia de la guerra civil y el franquismo.

En 1986 (cuando el cincuentenario del golpe de 1936), España tenía un gobierno socialista, sin embargo varias cuestiones fundamentales de la historia reciente permanecían empantanadas. Poco o nada se había avanzado sobre el tema oscuro y terrible de la represión franquista; habría que esperar décadas para que ocupara el lugar debido en la agenda de los historiadores.

“Tanto el pudor que los partidos de izquierda mostraron con el recuerdo de la Segunda República en los años setenta (cuando había que ocultar las banderas republicanas en los mítines socialistas) como la reacción generalizada de las fuerzas conservadoras contra la reivindicación de la memoria de las víctimas del franquismo testimonian los déficits de la Transición” – opina el historiador  Ricardo Robledo Hernández [xxiv].

Ningún régimen político sobrevive sin algún tipo de legitimidad que se vierta en ideología, carisma o cualquier otro mito. También ayuda el terror o el temor, pero las fidelidades se sueldan más eficazmente con algún tipo de legitimación más o menos racionalizada – dice Robledo -. La clave de la legitimidad del franquismo fue la ilegitimidad de la República. Cuanto más se depreciara la República, más se robustecía la Dictadura. El Dictamen sobre los poderes actuantes en 18 de julio de 1936 [xxv] de Ramón Serrano Súñer demuestra la exactitud de esta correlación [xxvi]. El adoctrinamiento comenzaba en la escuela y culminaba con el Ministerio de (des)Información de Fraga – como lo califica A. Viñas – torpedeando las investigaciones de quienes, como Southworth, habían desmontado el mito de la Cruzada.

Durante la Transición y la década del cincuentenario se mantenía fuerte la tesis de la ilegitimidad de la República en las que se apoyaba todo el andamiaje del franquismo. De “reconciliación” hablaban los vencedores de la guerra civil. Decían que había que superar la “historia revanchista”, la “historia apologética o de mera defensa del franquismo” y la “historia de convivencia”. Un papel propagandístico importante lo jugó una publicación anterior, en fascículos, muy ilustrada, que lanzó desde Argentina, en 1966, la editorial Codex. Se trataba de “Crónica de la Guerra Española. No apta para irreconciliables”.

Como si el subtítulo no fuera expresivo de sus intenciones, los anónimos editores hacían una extensa declaración inicial: “se hablará mucho de tragedia . Ningún observador serio, después de treinta años, puede negar que el calificativo más adecuado a la guerra de España es el de tragedia (…) Ahí están todos los caracteres; la inevitabilidad a partir de un momento clave, la intervención de los dioses claros y los dioses turbios, la tremenda razón parcial de los agonistas, la participación de un coro que se evade y se hunde en la pleamar. No es que esta historia esté escrita bajo la obsesión de esa alegoría; pero estamos ciertos de que el recuerdo sereno y contrastado de los hechos puede ser algo muy parecido a una catarsis, a una purificación”. La explicación de los hechos se desplazó de la política y la teología a la psicología. La guerra había sido el resultado de un choque de pasiones.

Más de cien fascículos y miles de páginas, cargadas con una bibliografía abigarrada donde predominan los propagandistas de derecha, cuajaron en cuatro o cinco gruesos volúmenes. Aunque Ricardo de la  Cierva no haya suscrito o reconocido autoría principal del introito que acabo de citar, el estilo y sobre todo la intención señalan claramente la intervención del “historiador oficial de la dictadura”: lo que trató la Crónica fue de igualar lo inigualable, promover una reconciliación entre fascistas y antifascistas (todos tenían culpa, ergo nadie tenía culpa ni responsabilidad) y sobre todo “borrar las aristas” más filosas de la cuestión, ocultar los crímenes del franquismo, su corrupción y su ineptitud política (mientras se publicaban los fascículos de la Crónica, Franco seguía firmando condenas a muerte como lo hizo hasta su fallecimento). Era el operativo de Manuel Fraga y la derecha del tardofranquismo cuyos efectos veremos prolongarse hasta la actualidad.

En los años setenta hubo una especia de pudor de los partidos de izquierda hacia el recuerdo de la Segunda República (se dice que había que ocultar las banderas republicanas en los mítines socialistas) y se produjo una reacción generalizada de las fuerzas conservadoras contra la reivindicación de la memoria de las víctimas del franquismo. Fueron los déficits de ese periodo. Como parte del proceso de la Transición se promovió la tesis de la responsabilidad compartida, la superación del trauma de la guerra y la reconciliación. Por aquellos años, Ángel Salvador, el veterano asturiano antifascista que había sido tanquista, devenido librero de viejo en Montevideo, me decía que el gobierno español le había ofrecido una reducida pensión militar como ex combatiente republicano. “Si viví hasta ahora sin las monedas del cabrón tampoco la voy a aceptar”, concluía.

La “culpa colectiva” debía ser superada mediante el olvido y el firme propósito del “nunca más”. En los libros escolares, el mito excluyente de la cruzada fue sustituido delicadamente por el mito incluyente de la tragedia colectiva. La falsa imparcialidad equiparaba los atroces sufrimientos de los vencidos con la chocante y agresiva venganza de los vencedores y, en general, a las víctimas con los victimarios.

La historiografía neofranquista perdió la poca credibilidad que le quedaba a nivel académico mientras que la historiografía progresista perfeccionó sus tesis y ganó especialistas. Sin embargo, predominaba un conservadurismo metodológico generalizado, es decir que no se recurría a la antropología, a la historia de las mentalidades, a las simbologías y a la historia social. Esta persistencia de la historiografía tradicional iba acompañada por una valoración hiperpositiva de la Transición. La “culpa colectiva” debía ser superada mediante el olvido y el firme propósito del “nunca más”. En los libros escolares, el mito excluyente de la cruzada fue sustituido delicadamente por el mito incluyente de la tragedia colectiva. La falsa imparcialidad equiparaba los atroces sufrimientos de los vencidos con la chocante y agresiva venganza de los vencedores y, en general, a las víctimas con los victimarios.

Había manos de cal y manos de arena. Empezaron a aparecer nuevas fuentes para la investigación histórica, a veces eran fuentes conocidas pero que habían permanecido inexploradas. Se desarrolló bastante la historia regional y local y empezó a aparecer la historia de la represión en ambos bandos. Los historiadores, liberados de la responsabilidad de hacer de jueces podían concentrarse en las evidencias (documentos, testimonios, etc.). En la medida en que las causas de la guerra civil ya no aparecían ligadas a las culpas se podía prescindir de las explicaciones simplistas y se abría la posibilidad de contraponer las distintas visiones con altura.

Al mismo tiempo se registró una obstrucción sistemática del acceso a los archivos militares, el resurgimiento de una historia militar, justamente calificada como historietografía, es decir como una trivialización obsesivamente técnica de las batallas y las armas, separando los hechos del contexto sociopolítico. Esta tendencia a la historieta militarista no fue exclusiva de España con la editorial San Martín. En Europa y en América surgieron editoriales especializadas en temas bélicos que encubrían todo tipo de mentiras y engaños respecto a los sucesos que relataban o a las armas, blindados, aviones y barcos que pintaban con los colores más vívidos. Era una especie de juego con soldaditos de plomo, destinado a fomentar bajo apariencia histórica el culto de las armas y el militarismo.

Del siglo XX hasta ahora: el pleito ideológico declarado

Desde fines del siglo XX hasta ahora se perciben las confrontaciones propias de un conflicto ideológico irresuelto. Junto al acceso limitado a los archivos y a la reticencia de algunos historiadores en el abordaje del tema de la represión aparecieron nuevos temas, por ejemplo, los relativos a la vida en la retaguardia, los costos humanos del conflicto, los impactos locales, la política cultural, la historia de género y los análisis interdisciplinarios.

Las publicaciones seriales reiteradamente intervinieron con aportes y visiones enfrentadas. Así como la citada “Crónica de la Guerra Española” de Codex (1966/1968), apareció en 1986 la serie “Historia 16”, en 24 números dedicados a la guerra civil, que a diferencia de la “Crónica”, fue un esfuerzo honesto [xxvii]. Los diarios españoles produjeron a su vez series de fascículos o separatas sobre la guerra civil. Autores como Juan Andrés Blanco Rodríguez [xxviii] consideran valiosa la serie de El País, cuestionable y pseudocientífica la de El Mundo, maniquea y distorsionante la de ABC [xxix].

“La pervivencia de mitos generados en el franquismo – dice Blanco Rodríguez – determina que esta visión de la guerra cuente con un público que se vincula a los vencedores (los hijos, los nietos) pero esto no supone aval historiográfico alguno. Este revisionismo propagandístico, que tiene un limitado anclaje académico, (y el apoyo de ciertas universidades privadas y determinadas fundaciones, presencia en internet y ciertas publicaciones periódicas) mantiene una visión justificativa de la sublevación militar, que ha dado lugar a respuestas (…)”.

En 1996, Alianza editó “Memoria y olvido de la Guerra Civil española” de la politóloga Paloma Aguilar Fernández. Nacida en Madrid en 1965, la autora se doctoró en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, de la que es profesora. Además de su primer estudio sobre la memoria histórica en torno a la guerra civil durante la dictadura franquista y la Transición, produjo Políticas de la memoria y memorias de la política. El caso español en perspectiva comparada” (Alianza Editorial, 2008), un análisis teórico sobre la memoria histórica, en el que aborda un estudio comparativo entre las transiciones a la democracia en España, Chile y Argentina además de editar títulos como Las políticas hacia el pasado. Juicios, depuraciones, perdón y olvido en las nuevas democracias (Istmo, 2002), junto a Alejandra Barahona de Brito y Carmen González Enríquez.

Una parte no pequeña de la sociedad española había sido amamantada en los mitos de la historiografía franquista por lo que la influencia de la guerra y las consecuencias más negativas de la misma distan mucho de haber sido superadas como lo demuestra, a nivel político, la supervivencia a los escándalos de corrupción generalizados en el Partido Popular o el surgimiento de los ultraderechistas de Vox en el siglo XXI.

En el 2003, vio la luz “A ras de suelo: Historia Social de la República durante la guerra civil” por el hispanista estadounidense Michael Seidman (n.1959) [xxx] (Madrid, Alianza Ed.). Paul Preston calificó a esta obra como un intento defectuoso de abordar la historia social. Nosotros podríamos agregar que Seidman, más allá del estructuralfuncionalismo, es un adepto a las concepciones neoliberales. En el año 2006, Julio Aróstegui (1939-2013)[xxxi] publicó “Porqué el 18 de Julio… y después” (Edit. Flor del Viento, Barcelona; en la Colección 70 años de la guerra civil). El mismo año Alberto Reig Tapia produjo “Anti-Moa” (Ediciones B, Barcelona) que es una denuncia de la historiografía de estirpe franquista y la pseudohistoria que manipula, miente y engaña. Ya en el siglo XXI se ha producido un recrudecimiento de la propaganda bajo la forma de “historia militar” y esta tendencia se ha visto vigorizada por autores como el británico Anthony Beevor.

Sir Anthony James Beevor (n. 1946) un escritor muy mediático y promocionado, publicó varios títulos sobre la Segunda Guerra Mundial y dos sobre la guerra civil española. Este ex militar y novelista (pasó a retiro como teniente en 1970) hace gala de “objetividad” pero ha sido calificado como propagandista anticomunista y justificador de la Wehrmacht (alcanza con leer su best seller “Stalingrado”). Su libro The Spanish Civil War (que data de 1982) fue reescrito como The Battle for Spain (en el 2006 y editado por Planeta como “La guerra civil española”); mantuvo la estructura y el enfoque del primer título pero empleó el estilo narrativo de su libro sobre Stalingrado y adujo haber agregado personajes e investigaciones de archivo de fuentes alemanas y rusas. Los escépticos estiman que dichas fuentes se remiten a los servicios de inteligencia británicos y pretendidas exhumaciones derechistas como el “diario de guerra privado del coronel von Richthofen”.

El historiador español Manuel Pérez Ledesma (1944-2018)[xxxii] – en su artículo del año 2006 “Memoria de la guerra y olvido del franquismo” – decía que para la coalición de militares, católicos y derechistas radicales (falangistas, monárquicos y otros) la guerra no era otra cosa que el enfrentamiento inevitable entre el Bien y el Mal. La visión profana era puramente política, falangista. Se presentaba como una defensa de la patria, de cuyo lado estaban las fuerzas de derecha, enfrentadas a los enemigos de España, marxistas, separatistas, masones y judíos que pretendían despojarla de la unidad racial y política que a partir de la limpieza étnica de los siglos XV y XVI le había dado el carácter de gran nación.

La visión sacralizada la personificaba el cardenal primado Isidro Gomá y Tomás (1869-1940) que fogoneaba la doctrina de la Iglesia justificando teológicamente el golpismo: España versus Anti-España; religión versus ateismo; civilización cristiana versus barbarie comunista. Por eso, para Gomá, la guerra no solamente era inevitable sino que era una verdadera Cruzada, una guerra de liberación y no una guerra civil. El Cardenal Primado tuvo una intervención decisiva para que el Vaticano reconociera al gobierno de la dictadura militar franquista. En 1937 fue el redactor de la infame “Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España”, (ya citada cuando su publicación en Uruguay), que justificaba el levantamiento fascista.

El talante exterminador y despiadado de Gomá quedó claro en una de sus intervenciones públicas más conocidas, celebrada en Budapest el 28 de junio de 1938, allí declaró: “Efectivamente, conviene que la guerra acabe pero no que se acabe con un compromiso, con un arreglo ni con una reconciliación. Hay que llevar las hostilidades hasta el extremo de conseguir la victoria a punta de espada. Que se rindan los rojos, puesto que han sido vencidos. No es posible otra pacificación que la de las armas. Para organizar la paz dentro de una constitución cristiana, es indispensable extirpar toda la podredumbre de la legislación laica…” (Franco, Mola, Queipo de Llano, Millán de Astray no podrían haberlo dicho mejor que su Cardenal). El archivo de Gomá fue abierto a los historiadores recién en el 2013.

Según la definición de José María Pemán (1897-1981) el fanático escritor y propagandista del franquismo, quien junto con Gomá habría sido el promotor de la idea de una Cruzada, no se podía poner al mismo nivel a Dios y a Satanás, al Ángel y la Bestia [xxxiii]. Durante el tardofranquismo, Pemán se especializó en periodismo de gabinete: el “artículo de fondo”. Convertido en cronista político, instalado definitivamente en la importante tercera página sepia de ABC, devino en amable creador de opinión a través de una importante masa de artículos periodísticos, didácticos, simpáticos, bien construidos, salpicados de anécdotas, en los que hablaba poco de su pasado y donde raramente se arrepintió de algún error. En ocasiones los artículos de Pemán parecían surrealistas, tanto por la elección del tema como por su desarrollo sintáctico al vaciar de su genuino contenido los vocablos para esterilizar la potencia subversiva de lo que quería decir. Cada año que pasaba Pemán esperaba desdeñoso la llamada de Estocolmo pero esta nunca llegó.

Los años pasaban y quien tanto gustaba del lustre de la nobleza y la grandeza de España no obtenía título nobiliario ni pontificio, ni de Franco ni de los Borbones, a los que sirvió con lealtad. Pero dos meses antes de su muerte, el rey Juan Carlos I le concedió el collar de la Orden del Toisón de Oro, en cierto modo equivalente a un título nobiliario, si bien no es trasmisible. La imposición se celebró en el palacio de la Zarzuela, con asistencia de la familia real y familiares del escritor. Un muy quebrantado Pemán, fotografiado mientras lo sostenían entre Juan Carlos y su augusto padre, declaró recibir el premio sin mucha emoción (“A mi edad, es difícil emocionarse” dijo).

El papel de la religión

Desde el bando republicano se planteaban tres interpretaciones al comenzar la guerra civil: el pueblo español luchaba contra los invasores (moros, mercenarios, fascistas y nazis) como en una segunda independencia; el pueblo luchaba por la democracia, contra el fascismo; el pueblo luchaba por sus derechos. Los franquistas no mencionaban la cuestión social pero como explicaba el entonces obispo Enrique Plá y Deniel (1876-1968), el orden y la jerarquía, junto con la religión, la familia y la patria eran la civilización cristiana, una civilización que “la plebe vil, abyecta y chabacana”, al decir de Antonio de Obregón (propagandista cinematográfico falangista), encarnaba la barbarie frente a las inteligencias cultivadas.

Los fascistas pusieron y mantuvieron el acento en los valores religiosos y nacionales. Se presentaban y han seguido presentándose como patriotas, idealistas, que aspiraban a una nueva sociedad. Los republicanos no hicieron especial hincapié en la cuestión religiosa como causa de la guerra aunque un anticlericalismo de vieja data hizo que hubiera sectores que consideraron que el conflicto debía servir para acabar con el poder e influencia de la Iglesia católica, aliada desde muchos siglos atrás con los poderosos. Hubo casi siete mil curas y monjas asesinados e iglesias quemadas pero también es cierto que al margen de las jerarquías ultraderechistas hubo religiosos que se enfrentaron al fascismo del lado de la República y fueron asesinados, encarcelados y desterrados por los facciosos.

Como indicio de un paulatino desgarramiento de los velos que tendió la propaganda franquista y la pseudohistoria, bien entrado el siglo XXI se empiezan a publicar investigaciones como la que llevó adelante un grupo de historiadores que encabezó Feliciano Montero García (1948-2018). En el año 2014, editorial Trea publicó “Otra Iglesia. Clero disidente durante la Segunda República y la guerra civil”, obra coordinada por el catedrático emérito de la Universidad de Alcalá, Feliciano Montero, e investigada por los historiadores Antonio César Moreno y Marisa Tezanos.

Los “curas republicanos”, los “curas rojos”, tuvieron la osadía de apoyar a la Segunda República y colaborar con ella. Lo pagaron muy caro: han sido doblemente olvidados, doblemente represaliados. Como el resto de los vencidos, sufrieron la represión política del régimen de Franco; es decir, muerte, cárcel y exilio; pero, también, la represión eclesiástica: desarraigo, ostracismo, sanciones canónicas y excomuniones y, sobre todo, el silencio ominoso y el olvido.

Los fascistas pusieron y mantuvieron el acento en los valores religiosos y nacionales. Se presentaban y han seguido presentándose como patriotas, idealistas, que aspiraban a una nueva sociedad. Los republicanos no hicieron especial hincapié en la cuestión religiosa como causa de la guerra aunque un anticlericalismo

“Su pecado fue mortal – dice Cuartopoder [xxxiv] – porque constituían la prueba viviente de que era posible ser católico y republicano, sacerdote y demócrata, de que la guerra civil no era una “cruzada” y mucho menos “santa”, como sostenía el ya citado cardenal Gomá, arzobispo de Toledo y primado de España, quien había escrito: “¿La guerra de España es una guerra civil? No; una lucha de los sin Dios […] contra la verdadera España, contra la religión católica”, calificando a Franco como un “instrumento de los planes de Dios sobre la Tierra”. ¿Eran ateos los sacerdotes asesinados por los franquistas? No, y nunca serán beatificados… pero han roto el mito de que sólo el bando republicano represaliaba a las sotanas”.

El antropólogo Carmelo Lisón Tolosana (1929-1990) estudió la confluencia entre la actitud religiosa y la posición social. Los más asiduos practicantes y defensores de la religión eran los que poseían más tierras, más dinero y más influencias. El profesor emérito de Historia de las Religiones de la Universidad de Chicago, Bruce Lincoln (n.1948), sostiene que el ataque a iglesias y religiosos no fue un ataque a la religión sino a la institución que se había aliado a los poderosos.

Los ganadores de la guerra y el consenso de los historiadores

Para el británico Ronald Fraser y para el alemán Walther Bernecker (n.1947) [xxxv] la guerra había sido una guerra de clases, en la medida en que los oprimidos no querían seguir viviendo como hasta entonces y la clase dominante veía amenazados sus privilegios y temía perder el control por lo que movilizó a los militares para liquidar la democracia.

Para los historiadores de derecha había sido una guerra de religión y Paul Preston los acusó de falsarios, mal intencionados, que bajo esa tesitura ocultaban los orígenes de clase de la confrontación y el papel determinante de los grandes propietarios en el rechazo a los logros que las clases trabajadoras habían empezado a conseguir. La importancia de Preston para la historiografía española se apoya en su tesis de que la guerra civil no había sido una sino varias guerras como producto de conflictos cuyos orígenes se remontaban a fines del siglo XVIII, por lo menos.

Los enfrentamientos entre los grandes terratenientes y los campesinos sin tierra, entre católicos y anticlericales, entre regionalistas y centralistas, entre patronos y obreros, se entrelazaron y precipitaron en un contexto internacional estremecido por la gran crisis capitalista que comenzó con el estallido de Wall Street en 1929. Para Preston, la más decisiva de las contradicciones radicó en el conflicto agrario. El golpe fascista de 1936 se hizo, antes que nada, en beneficio de los latifundistas y ellos fueron los que más ganaron con la guerra civil.

Paul Preston y otros historiadores tal vez pecaron de ingenuidad cuando creyeron, a mediados de la década de 1980, que la manipulación de la historia por los franquistas y la apertura de archivos hasta entonces ocultos, conduciría a un diálogo entre historiadores de distintas tendencias y reemplazaría a las batallas propagandísticas de los años anteriores. Al terminar el siglo XX, Alberto Reig Tapia sostenía que la investigación sobre la guerra civil había generado un consenso entre los historiadores españoles y entre los hispanistas extranjeros. También se equivocaba.

En las últimas décadas del siglo pasado los historiadores habían alcanzado algunos acuerdos muy generales que, a la luz del tratamiento público en este año 2021, hasta podríamos considerar endebles. Por ejemplo: la guerra fue el resultado de un golpe de Estado fallido. En el siglo XIX y hasta 1936 se habían producido 25 pronunciamientos militares. Solamente tres de ellos habían derivado en guerras civiles (las guerras carlistas: 1833-1840, 1846-1849, 1872-1876).

Sin embargo, en 1936 el ejército y las fuerzas de seguridad estaban divididos. Por otra parte, la responsabilidad de los golpistas en el desencadenamiento de la guerra civil también fue reconocida. Los militares que tomaron la iniciativa tenían a su disposición las armas y la organización para utilizarlas. Está claro que los organizadores del golpe nunca pensaron en enfrentar una guerra. Su fracaso relativo o su éxito parcial fue la causa del enfrentamiento más sangriento en toda la historia de España.

La gran complejidad de las fuerzas enfrentadas, sus contradicciones, los distintos contextos y las condiciones materiales en que se produjo el levantamiento faccioso, tampoco permiten agotar las explicaciones. Los antecedentes del golpe, los preparativos de los generales y el contexto internacional siguen concitando la atención de los investigadores.

En realidad, desde el punto de vista del acceso a archivos y repositorios documentales, dispersos por el mundo, se ha avanzado y se seguirá avanzando pero debe tenerse en cuenta que las fuentes documentales presentan cierto grado de inelasticidad, es decir la gran mayoría de los archivos y testimonios ya son o eran conocidos de tiempo atrás. Las novedades en estas materias, siempre bienvenidas, van siendo gradualmente menos significativas que los avances en materia de interpretación y reinterpretación, sobre todo multidisciplinaria.

Un mito que se ha ido desmoronando desde el siglo pasado (aunque siempre habrá propagandistas dispuestos a reactivarlo en su provecho) es el de la justificación del levantamiento como golpe preventivo contra una revolución comunista inminente. Herbert R. Southworth (1908-1999) había pulverizado esa mentira, ya en 1963, cuando Ruedo Ibérico publicó “El mito de la cruzada de Franco” y demostró que lo ocurrido había sido exactamente lo contrario ya que el golpe de Estado provocó la revolución, una revolución más social que política, protagonizada por las dos grandes centrales obreras, la CNT y la UGT y no por los partidos que se definían como revolucionarios, el PSOE y el PCE. El levantamiento militar, planeado desde muchos años atrás  como “contrarrevolución preventiva” – desde 1931 al decir de Pemán – provocó lo que alegaba que quería evitar.

El problema del odio demencial – como en los casos del nazismo, el fascismo y el falangismo – fue un elemento o ingrediente trágico, deliberado y brutal cuyos antecedentes se remontan a todas las guerras coloniales. Todas las potencias colonialistas tenían una tradición militar deshumanizante, que había embrutecido a oficiales y soldados, generado unidades especiales de mercenarios y afinado los procedimientos para cometer delitos atroces. En España el odio era añejo, no fue improvisado y muchos aprovecharon para ajustar cuentas.

Los generales africanistas españoles que practicaban las atrocidades más horribles en Marruecos tenían colegas en Alemania (los que llevaron a cabo el genocidio de los hereros y namaquas en el África del Sudoeste alemana – actual Namibia – desde 1904 hasta 1907), Gran Bretaña (en África del Sur con la invención de los campos de concentración, de 1899 a 1902), Francia (en África Occidental, en Indochina y particularmente en Marruecos junto con los españoles), Italia (en Libia y en Etiopía entre 1912 y 1935).

Más allá de lo dicho, el análisis de los múltiples factores que intervinieron en el fracaso del levantamiento está lejos de haber llegado a conclusiones de consenso. Por el contrario, el paso del tiempo y la evolución política y social de España presentan indicios poco alentadores sobre la posibilidad de traducir, a nivel de la sociedad y las nuevas generaciones, las conclusiones e interpretaciones de la historiografía sobre su propio pasado. Todos los temas pendientes después de la etapa de la historiografía reconciliatoria mantienen plena vigencia: ¿hasta dónde rastrear las causas de la guerra civil? ¿hasta 1808? ¿hasta la Restauración borbónica? ¿hasta el desastre de 1898? ¿hasta la dictadura de Primo de Rivera? ¿hasta 1931 y la Segunda República? ¿era inevitable la guerra civil?

Los historiadores de izquierda anglosajones y los historiadores franceses de la escuela de Annales [xxxvi] se aplicaron a la búsqueda de las causas estructurales, de fondo, y por lo tanto avanzaron en la demostración de que el estallido no fue el resultado de un encadenamiento lineal de acciones in extremis (lo que en el ajedrez se denomina jugadas obligadas) ni el efecto de actos individuales o de la intervención colectiva de protagonistas de primera fila. Esta tesitura es equiparable a la desarrollada por el historiador alemán Martin Broszat (1926-1989) y “la historia desde abajo” (vida cotidiana “Alltagsgeschichte”) para obtener una comprensión eficaz del nazismo.

El historiador e hispanista francés Pierre Vilar (1906-2003)[xxxvii] ya había ubicado las raíces del enfrentamiento en la combinación de causas estructurales y coyunturales, en 1947, cuando publicó su concisa pero influyente “Historia de España”, que fue un éxito de ventas incluso antes de permitirse legalmente. El franquismo sancionó duramente a la editorial Ariel por su publicación a pesar de que esta alegó que se había hecho exclusivamente para la exportación. Continuó siendo muy utilizada tanto en la enseñanza como en los ambientes progresistas desde las décadas de 1970 y 1980 y más allá; en el 2010 había alcanzado las veintidós reediciones.

A la tesis de Vilar se sumó la de su discípulo, el historiador español Manuel Tuñón de Lara (1915-1997)[xxxviii].  Tuñón hizo de la República su principal objeto de investigación y ha sido el historiador que más ha contribuido a su conocimiento objetivo con sus artículos y libros (“La II República”, 1976; “Tres claves de la Segunda República”, 1985) y con los Coloquios que dirigió sobre ella. No se redujo a la etapa republicana al analizar las causas y los antecedentes de 1936, sino que se remontó a la España del siglo XIX y del primer tercio del XX, en especial la Restauración, otro periodo sobre el que arrojó mucha luz en sus aspectos políticos, culturales y sociales. Se debe recordar sus libros “Historia y realidad del poder” (1967), “Medio siglo de cultura española” (1970) y “Poder y sociedad en España 1900-1931” (1993).

Tuñón fue primero resistente a la Dictadura en el interior y en el exilio y después analista implacable en numerosos artículos publicados en todo le mundo. Acabó historiándola tras la muerte de Franco, sobre todo en el tomo X de su magna “Historia de España” (Ed. Labor), titulado “España bajo la Dictadura franquista” (1980). Apuntó al retraso de la modernización en España y sus desfases, por ejemplo, entre el tiempo económico, la evolución de las fuerzas productivas y la escala de valores y conceptos de la ideología y moralidad señorial propia del Antiguo Régimen (la monarquía absoluta).

Contrariamente a lo que algunos comentaristas actuales sostienen, no existe un sistema social en equilibrio perfecto. Por eso las tesis de Vilar, de Tuñón y de Preston  (este último como legítimo continuador de los dos primeros) dejan en evidencia las limitaciones del estructural funcionalismo. Hay distintos niveles de remisión al origen. Para Preston en su último libro (“Un pueblo traicionado” 2019) los orígenes del odio y el enfrentamiento están relacionados con la corrupción y la incompetencia política de los gobernantes pero las causas inmediatas de la guerra civil se remontan a actitudes de las clases y los grupos políticos en el periodo 1931-1936: las reacciones de las clases dominantes ante los esfuerzos de los reformistas para mejorar las condiciones de vida de los más infelices.

Para un derechista como Stanley Payne las razones se ubican en el radicalismo y la baja calidad e irresponsabilidad de los dirigentes republicanos. Lo cierto es que, como refiere Robert Paxton, el franquismo terminó siendo una forma de “fascismo parcial” que derivó en una tiranía corrupta y sangrienta. Los derechistas Payne-de la Cierva han mantenido la idea de la inevitabilidad de la guerra (casi como si fueran estructural funcionalistas). Los opositores al “destino inevitable”, como Santos Juliá (1940-2019) [xxxix]señalaban, ya en 1980, que la tesis de un presunto fracaso de la República era el resultado de la forma en que los historiadores habían abordado el estudio del periodo.

De la ficción de la culpa compartida a los desafíos del presente

Como sostenía Josep Fontana, las crisis y la incertidumbre promovieron tendencias historiográficas enfrentadas, todas influidas por el contexto político español. En 1996, un Felipe González que había abandonado la izquierda aún antes de acceder a la jefatura del gobierno (en 1982) protagonizó la derrota del PSOE (en 1996), sumido en los escándalos políticos y el agotamiento de su política. Fue el momento del ascenso de la derecha con Aznar y el gobierno del Partido Popular (PP) (de 1996 al 2004). Con el gobierno de la derecha, que fue capaz de llevar a España a intervenir en la guerra con Irak, la ficción de la culpabilidad compartida en los orígenes de la guerra civil fue revisada. El PP mantuvo durante un tiempo la tesis de la culpa compartida y en lugar de la amenaza revolucionaria como justificación de un golpe preventivo, se aludía fuertemente al deterioro de la convivencia política a partir de 1931.

Esas tesituras iban acompañadas por la justificación e incluso el elogio de la dictadura del general Miguel  Primo de Rivera, la “dictadura con rey”, militarista y corporativista, que se extendió de 1923 a enero de 1930. Sin embargo pronto se volvería a la ortodoxia franquista, es decir a una pseudohistoria, exclusivamente propagandística, en donde la culpa compartida se había vuelto innecesaria y se volvía a la conspiración comunista, masónica y judía contra la España católica e imperial. Un terrorista arrepentido del grupúsculo maoísta GRAPO (Grupo de Resistencia Antifascista Primero de Octubre), Luis Pío Moa Rodríguez (n. 1948), se dedicó desde su salida de la cárcel, en 1983, a la propaganda franquista y a presuntas investigaciones. Era en realidad un propagandista ultraderechista.

Moa ha sido refutado por numerosos historiadores, españoles y extranjeros, entre ellos Alberto Reig Tapia que lo califica como un comentarista que no ha hecho investigación alguna y que desconoce la bibliografía existente de los últimos años. Reig Tapia sostiene que ni siquiera es un “revisionista” porque reproduce los viejos temas de propagandistas del franquismo como Arrarás y de la Cierva. Según él, a Moa se le explica desde un punto de vista sociológico, no literario o historiográfico, porque es una versión española de baja estofa del revisionismo francés. alemán o español sobre el fascismo y el nazismo. Para Reig Tapia es una pérdida de tiempo abordar científicamente lo que por sí mismo se sitúa al margen de la historia.

Hobsbawm ya había explicado, hace tiempo, que la forma más rápida para volverse famoso es tratar de demostrar una tesis disparatada. Moa tiene su público y ha sido muy promovido por las editoriales y medios de comunicación derechistas. A estos se han sumado algunos historiadores que lo elogian y, al hacerlo, demuestran su propia parcialidad e incluso sus debilidades metodológicas o su propia veta propagandística. Es el caso de Carlos Seco Serrano (1923-2020), el autor de una historia del conservadurismo español (recientemente fallecido por Covid-19), que consideraba que la obra de Moa era sensacional. Conocidos derechistas como el británico Hugh Thomas y el estadounidense Stanley Payne lo han defendido y elogiado. En el coro de elogios intervienen también curiosos personajes como César Vidal un locutor y abogado español que huyó a los Estados Unidos por problemas tributarios y que se ha especializado en sectas religiosas; ha integrado, abandonado y criticado a los Testigos de Jehová, a los masones, a la Iglesia católica y actualmente es pastor de una secta evangélica propia y se dedica a escribir “novelas históricas”.

 A estos se han sumado algunos historiadores que lo elogian y, al hacerlo, demuestran su propia parcialidad e incluso sus debilidades metodológicas o su propia veta propagandística. Es el caso de Carlos Seco Serrano (1923-2020), el autor de una historia del conservadurismo español (recientemente fallecido por Covid-19), que consideraba que la obra de Moa era sensacional. Conocidos derechistas como el británico Hugh Thomas y el estadounidense Stanley Payne lo han defendido y elogiado. 

La alternancia de gobiernos del PP y el PSOE (2004-2011 José Luis Rodríguez Zapatero; 2011-2018 Mariano Rajoy y desde junio del 2018, Pedro Sánchez) ha mantenido en la agenda temas que están lejos de haberse dilucidado a pesar de los adelantos que se han producido en los últimos años. Entre estos hay que destacar la profundización en la llamada “inversión en el terror”, la represión que hizo el franquismo, (desde 1936 hasta fines de 1975). Asimismo la reivindicación de Juan Negrín como último jefe de gobierno de la República, como estadista y como conductor político, calumniado no solamente por los franquistas sino por los republicanos e incluso por sus correligionarios socialistas. El papel del anticomunismo no solamente como caballito de batalla de la derecha sino como causal de división entre los republicanos y finalmente como motor de la traición en las últimas semanas de la República con el golpe de Casado y los quintacolumnistas.

Mientras exista un público que demande explicaciones y corrientes políticas que consideren que el tema de la guerra civil es rentable para las luchas del presente seguirán apareciendo obras para exculpar a los militares y para hacer responsable a la izquierda pero también para documentar los temas clave señalados: el papel ejemplar de Negrín, el carácter tóxico del anticomunismo, las dimensiones de la violencia y especialmente el terror sistemático desarrollado por el franquismo durante casi 40 años: el holocausto español.

Seguir este devenir seguirá siendo interesante para los uruguayos, especialmente cuando un sector de la coalición gobernante, el que encabeza el Presidente de la República, Luis Lacalle Pou, ha sido adiestrado en las tesis de la derecha española y el franquismo, que para el herrerismo familiar ha sido un faro ideológico desde los tiempos de su bisabuelo.

 

Lic. Fernando Britos V.

 

[i]NOTAS

Alberto Reig Tapia (n.1949) es un historiador y politólogo español, catedrático y Jefe de Área de Ciencia Política de la Universidad pública Rovira i Virgili de Tarragona, especializado en la política española contemporánea. Fue discípulo de Manuel Tuñón de Lara.

[ii]Luis Alberto de Herrera, el bisabuelo de Lacalle Pou, era el “jefe civil” del Partido Nacional, cómplice del colorado Gabriel Terra en el golpe de Estado de 1933, que se vanagloriaba de sus simpatías por el fascismo italiano, era afiliado a la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista en Uruguay. Cfr. Zubillaga, Carlos (2015) Una historia silenciada. Presencia y acción del falangismo en Uruguay (1936-1955). Ed. Cruz del Sur, Montevideo. (pp.147 y ss.). Las coincidencias podrían incluir la denominación del diario herrerista El Debate, emulando al vocero madrileño del catolicismo tradicionalista y ultramontano español de igual nombre. También da para pensar el papel del historiador Felipe Ferreiro (condecorado por el franquismo en 1954), crítico de los tratados impuestos por los Estados Unidos a los países latinoamericanos, cuya famosa biblioteca americanista fue paradojalmente vendida, a su muerte, a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos donde hoy se encuentra.

[iii]La coalición fascista en la que se apoyaba el franquismo incluía, además de la Falange y su “Cara al sol”, a los monárquicos y su “Marcha Real” y a los carlistas y su “Marcha Oriamendi” y como estas últimas no eran cantables, los tradicionalistas reaccionarios argentinos utilizaban una versión de “Cara al sol”. En julio de 1955, los golpistas antiperonistas cantaban un himno propio, escrito por Manuel Rodríguez Ocampo: la “Marcha de la Libertad”, cuya letra y musicalización provenían de “Cara al sol”. Esta marcha militar sería símbolo de la dictadura que derrocó a Perón, autodenominada Revolución Libertadora. Durante la dictadura de Aramburu, como parte de un despliegue propagandístico, esa marcha fue impuesta obligatoriamente en las escuelas.

[iv]El Partido Popular Europeo es un agrupamiento que ha intentado reunir a todos los partidos de derecha del continente, los llamados liberales y sobre todo los democristianos – especialmente los alemanes CDU y CSU – y agrarios. Hoy por hoy es el agrupamiento mayoritario en el Parlamento Europeo. Últimamente, el ascenso del neofascismo y neonazismo,  le ha abierto un flanco al PPE por la ultraderecha que los tilda de blandos. Esto provoca disensiones verbales (aunque a la hora de la verdad votan juntos) con los ultraderechistas, por ejemplo los fascistas españoles de Vox con el PP y el partido ultranacionalista húngaro Fidensz y su jefe el neonazi Viktor Orbán (expulsado del PPE).

[v]En su mensaje Aznar reconoce que “la práctica totalidad de los participantes uruguayos en el Programa FAES de Formación de Líderes Latinoamericanos” está vinculado a la corriente histórica del herrerismo. El otrora dirigente del PP, el partido político condenado por la justicia española como uno de los más corruptos del continente europeo, se refiere en el mismo mensaje a las principales propuestas electorales del recién electo Lacalle Pou y destaca “la derogación de la ley de inclusión financiera que obliga a la bancarización de las nóminas y a la implantación del pago electrónico en el pequeño comercio; la creación de un Consejo Técnico Permanente para el mercado laboral con presencia del Ejecutivo, la patronal y los sindicatos ; la creación de un Sistema Nacional de Formación Profesional Continua; los incentivos a la contratación de adultos de más de 50 años y jefas o jefes de hogar desocupados mediante reducción de las cuotas pagadas por los empresarios; una reforma educativa para reducir el poder de los gremios de profesores en beneficio de los padres, y la erradicación de los asentamientos ilegales en un plazo máximo de 10 años, mediante la regularización y urbanización básica de los mismos, entre otros”.(Un resumen hecho por Aznar del proyecto de liquidación de los Consejos de Salarios y otras medidas reaccionarias que figuran en la biblia neoliberal).

[vi]Cfr. José Luis De la Granja Sainz (1997) “Tuñón de Lara y la historiografía española” En: El País de Madrid, 7/9/1997.

[vii]Zubillaga, en el segundo tomo de “Una historia silenciada” documenta las acciones del primer franquismo (1936-1955) en Uruguay. En tal sentido detalla las preocupaciones del régimen por los juegos de poder en Uruguay, detalla a sus partidarios, las fraternidades castrenses, el papel de los medios de comunicación y en sus anexos relaciona los folletos de propaganda franquista editados en Montevideo (1937-1949), las anotaciones del fichero de información de la legación de España sobre personalidades e instituciones uruguayas (1938-1951), la infiltración cultural, las labores de inteligencia del franquismo y sus amigos en nuestro país. Cfr. Zubillaga, Carlos (2017) Una historia silenciada – tomo II – Ed. Cruz del Sur, Montevideo. Es obra imprescindible para conocer los hechos.

[viii]El planteo giraba en torno a una cuestión de prioridades, es decir si era posible hacer la revolución en la zona republicana, a partir del 18 de julio de 1936, para enfrentar a los fascistas – como sostenían mayoritariamente los anarquistas – o si se debía concentrar los esfuerzos en ganar la guerra, uniendo a todos los sectores para crear un verdadero ejército capaz de derrotar a los fascistas para después hacer la revolución – como sostenían los comunistas y otros sectores socialistas, anarquistas y republicanos -.

[ix]Joan García Oliver (1901-1980) anarquista que fue Ministro de Justicia entre noviembre de 1936 y mayo de 1937. En 1978, en México, escribió El eco de los pasos. Su intención se refleja claramente en la presentación donde textualmente dice: “en la medida de lo posible deben irse aportando ya los materiales de la verdadera historia del anarcosindicalismo en su aspecto humano, más importante que las manifestaciones burocráticas que tanto se han prodigado. Solamente la veracidad puede dar la verdadera dimensión de lo que fuimos. La verdad, la bella verdad solo puede ser apreciada si, junto a ella, como parte de ella misma, está también la fea cara de la verdad” .

[x]Para no citar más que un caso: Julián Gorkin, cuyo verdadero nombre era Julián Gómez García (1901-1987), fue un periodista, publicista y político, que militó sucesivamente en el Partido Comunista de España (hasta 1929) , el Bloque Obrero y Campesino (disidente del PCE), el Partido Obrero de Unificación Marxista (trostkista) (desde 1935) y el Partido Socialista Obrero Español (desde 1970). Después de su exilio alternado entre Francia y México fue promotor del llamado Congreso por la Libertad de la Cultura (una organización de fachada de la CIA). Entre 1953 y 1963 fue director de la revista del CLC para América Latina, Cuadernos. Durante años se dedicó a publicar y promover (y se dice que a escribir) autobiografías de dirigentes comunistas disidentes subvencionado por la CIA.

[xi]Manuel Fraga Iribarne Villalba, (1922-2012) fue nombrado ministro de Información y Turismo por Francisco Franco en 1962. Cuatro años más tarde se aprobó la Ley de Prensa e Imprenta impulsada por él. La nueva ley abría más espacios para la prensa, pero el régimen ejercía estricto control y censura sobre las publicaciones. Era una especie de libertad vigilada por el régimen. El novelista y académico Miguel Delibes dijo, en 1979, refiriéndose a la Ley Fraga: “Antes te obligaban a escribir lo que no sentías, ahora se conforman con prohibirte que escribas lo que sientes, algo hemos ganado”.

[xii]Se ha anunciado que dos vascos que viven actualmente en Uruguay, Alberto Irigoyen Artetxe y Servando Echeverría Olalquiaga, publicarán próximamente una investigación histórica acerca de los vínculos culturales con el País Vasco. Refiriéndose a la secuela del bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor, los investigadores denuncian que además de llorar a los más de 2.000 muertos en la población civil y el arrasamiento de su villa sagrada, los vascos debieron sufrir la ignominia de ser acusados por los franquistas de haber dinamitado e incendiado su pueblo. El 30 de abril de 1937, el diario monárquico sevillano ABC sostenía que “Guernica ha sufrido el temporal apocalíptico de los que al huir dejan el incendio y la miseria como una estela de locura. Ha sido destruida por los rojos (…) Ningún avión nuestro voló aquel día sobre Vizcaya”. Artículo aparecido en El País, de Montevideo, el domingo 2 de mayo del 2021, bajo el título “La historia del árbol de Guernica: una semilla vasca que floreció en todo el Uruguay”, firmado por Andrés López Reilly. Sin embargo, las últimas investigaciones sobre el arrasamiento de Guernica demuestran que el famoso árbol no sufrió daño durante el incendiario ataque de abril de 1937 por la Legión Cóndor. Fue preservado por los bombarderos alemanes debido a los reclamos que habían hecho los carlistas.

[xiii]La infame Carta Colectiva de los Obispos Españoles a los de todo el mundo, con motivo de la guerra española (prologada por el jesuita Jesús Simón) fue publicada en 1937, en Montevideo, por la Sociedad Española de la Virgen del Pilar.

[xiv]   Éditions Ruedo ibérico fue una editorial fundada en 1961, en París, por cinco refugiados españoles de la guerra             civil. Hicieron frente a la dictadura franquista editando libros en los que se exponían tesis distintas que las oficiales del régimen y que luego eran introducidos clandestinamente en España. Estaba dirigida por el anarquista valenciano José Martínez y llegó a editar 150 libros entre 1966 y 1977. La editorial desapareció en 1982. Juan Goytisolo dijo: “situado fuera de los partidos políticos y carente de todo oportunismo personal y sectarismo ideológico, José Martínez fue capaz de crear una revista de la calidad e interés de Cuadernos de Ruedo Ibérico, convirtiéndola en una eficaz tribuna de discusión para la izquierda liberada del yugo de dogmas y entredichos: las reflexiones políticas, económicas y sociales se barajaban en sus páginas con textos literarios prohibidos en España y reseñas críticas destinadas a mantener al lector al tanto de cuanto ocurría en el mundo. Paralelamente, la editorial Ruedo ibérico publicó por espacio de 15 años una serie de obras fundamentales al conocimiento cabal de la España del siglo XX, cuyas ideas innovadoras, ruptura de tabúes y amplitud de miras contribuirían de forma decisiva a la formación de dos generaciones de demócratas: son muchos, en efecto, los españoles que pudieron sobrevivir intelectual y moralmente al muermo reinante gracias a la lectura ávida de las publicaciones de Ruedo Ibérico adquiridas bajo mano en las trastiendas de las librerías de Madrid, Barcelona o Sevilla o en sus viajes en busca de ozono a Perpiñán, Biarritz o París”.

[xv]Se trata de Guernica !, Guernica!. A Study of Journalism, Diplomacy, Propaganda and History por Herbert R. Southworth, publicado originalmente en inglés por la University of California Press en julio de 1977 y al mismo tiempo por Ruedo Ibérico bajo el título La destrucción de Guernica : periodismo, diplomacia, propaganda e historia. La obra definitiva que deshizo las mentiras del fascismo, es equiparable como investigación científica al cuadro de Pablo Picasso como testimonio artístico.

[xvi]Burnett Bolloten pasó más de medio siglo investigando el tema y reunió una enorme colección de documentos, recortes de prensa, entrevistas, testimonios y correspondencia sobre la guerra civil española y sus secuelas, la misma está depositada ahora en el Instituto Hoover de la Universidad de Stanford.

[xvii]  Paul Preston, sin discusión el más importante de los historiadores hispanistas vivientes, nació en 1946 en la ciudad de Liverpool, en el barrio de Anfield, donde se encuentran los estadios del Liverpool y del Everton. Es   hijo de un hogar proletario y tuvo una infancia difícil a causa de la tuberculosis que padeció su madre, que la    obligó a residir en un sanatorio toda la niñez de Preston, hasta su muerte, cuando este tenía nueve años. Preston, que también sufrió la misma enfermedad, fue criado principalmente por sus abuelos en una época de     posguerra y estrecheces. Estudió en la Universidad de Oxford, y posteriormente recibió una beca para estudiar             en Reading, junto a Hugh Thomas y empezó a estudiar la guerra civil española. A finales de los años sesenta   visitó por primera vez España. Se doctoró en Historia por la Universidad de Oxford y fue discípulo de Raymond Carr.  Sobre su trayectoria temprana se destaca que en 1976 había publicado su opera prima “Spain   in Crisis” y que en 1978 publicó “La destrucción de la democracia en España”, que nació de la tesis doctoral       que presentó en Oxford sobre las conspiraciones monárquicas en contra de la República   española. Después de  mucho trabajo – dijo Preston –  me dí cuenta de que el asalto derechista en contra de la   República no provenía      sólo de los grupos violentos. Había dos asaltos derechistas. Uno era violento, en efecto,     y tenía como fin el   establecimiento por las armas de un Estado corporativista autoritario. La otra ofensiva derechista contra la República siguió una táctica legalista para socavar el régimen democrático imperante. Al terminar mi               investigación me dediqué a analizar a los grupos legalistas de la derecha, desde la CEDA a los radicales del sur          de España. Estudiadas las actividades de estos grupos, observé el impacto que tales actividades tenían en la izquierda de entonces. El libro le sirvió a Paul Preston para concretar las causas determinantes de la guerra         civil y para hacer un examen amplio de la oligarquía española. Esta investigación, además, le resultó             especialmente útil para sus trabajos sobre el franquismo.

[xviii]  Ronald Fraser fue uno de los más respetados, dotados y prolíficos historiadores británicos especializados  en España. Su obra más conocida fue “Blood of Spain: an Oral History of the Spanish Civil War”,   traducida y publicada ese mismo año por Crítica en dos tomos bajo el título “Recuérdalo tu y recuérdalo a otros: una historia oral de la guerra civil española”. Se trata de un incomparable testimonio acerca de la  Guerra Civil integrado por 300 entrevistas realizadas, entre 1973 y 1975, a quienes participaron en ambos bandos. Este libro instaló la historia oral, que ya venía operando bien en la antropología, como una      disciplina de investigación por derecho propio. A Fraser no le atraía ese concepto, él prefería considerar a la historia oral no como una categoría de la historiografía (a la par que la historia económica o política),       sino como la creación de nuevas fuentes para la investigación histórica.

[xix]  La riqueza y diversidad de la documentación que reúne hacen del Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona   uno de los centros de conservación de patrimonio documental más importantes de Cataluña. El Archivo  dispone de unas instalaciones dotadas con los equipamientos y las condiciones propias de un centro  archivístico del siglo XXI para garantizar la buena conservación y la consulta de los documentos, y de dos    servicios técnicos encargados, respectivamente, de la restauración y conservación y de la reprografía de los     fondos. Está ubicado en la restaurada Casa del Arcediano. También ejerce un papel importante en la       investigación, difusión y divulgación del patrimonio documental e histórico de la ciudad. Cuenta con servicios para realizar cursos, congresos y edición de publicaciones. Los Fondos Orales es un Departamento creado en 1983 con el objetivo de recoger, conservar y difundir testimonios orales de interés para la historia de la ciudad, obtenidos por donaciones o por el impulso de proyectos de investigación propios y conservados en cintas y    otros soportes. El fondo primigenio fue la donación de testimonios sobre la guerra civil española por Ronald    Fraser. Entre las colecciones reunidas se pueden destacar las relativas a las mujeres durante la guerra civil de        1936-1939, la Segunda Guerra Mundial y el franquismo (Tomasa Cuevas y Adela del Campo; Neus Català y           Fondo Oral Mujeres del 36), sobre el trabajo femenino (Cristina Borderías; Silvia Ventosa), sobre el cine y el espectáculo catalán o sobre la objeción de conciencia y el antimilitarismo (Pepe Beunza).

[xx]La editorial San Martín estuvo dedicada a la historia militar en general y, en particular a la guerra civil y la Segunda Guerra Mundial. Bajo un aparente tecnicismo y su delectación por las armas y equipos bélicos fue la promotora de autores menores y propagandistas del franquismo y el nazi fascismo, militares como J.M. Martínez Bande, José Cervera Pery (“especialista” en historia naval) o el policía y periodista Eduardo Comín Colomer. En general fueron propagandistas de las campañas anticomunistas y antimasónicas, enmarcadas en las teorías conspirativas del franquismo.

[xxi]  La obra de Southwork ya citada (Cfr. Nota xv) fue decisiva para desenmascarar la precisión terrorista deliberada de  la Legión Cóndor. Sin embargo la investigación no se ha detenido. En el 2017, cuando el octogésimo aniversario del bombardeo de Guernica, el joven historiador español Xabier Irujo,  Director del Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada, en los EUA, aseguró que el ataque fue autorizado por Franco. Irujo demostró que el ataque para aniquilar a los pobladores, lejos de ser una operación de destrucción indiscriminada contra todo el núcleo urbano, discriminó con precisión quirúrgica las dos fábricas de armas que siguieron operando desde el día siguiente del bombardeo, mientras que infraestructuras básicas como el ferrocarril, un puente, las villas de los más pudientes y el Árbol de Gernika quedaron intactos. Esto último para satisfacer a los carlistas que protestaron tras el bombardeo de Durango por la Legión Cóndor.

[xxii]  Angel Viñas es un economista de fuste y en su faceta de historiador, desarrolló una amplia producción sobre Europa, y especialmente sobre España en el periodo comprendido entre la Segunda República – defendiendo la actuación durante la guerra de Juan Negrín y el PCE – y la Transición. Además de los ya citados, en 1979 publicó en coautoría “Política comercial exterior en España, 1931-1975” lo que le permitió acceder a los archivos de la administración superior del régimen franquista. Uno de sus descubrimientos, fue la cláusula de activación de las bases norteamericanas en España, hasta entonces mantenida en el más estricto secreto. Las relaciones hispano-norteamericanas que condujeron a los Pactos de Madrid las exploró en un libro aparecido en 1981. Reanudó su carrera como historiador a partir del 2001. En estas investigaciones hizo descubrimientos fundamentales como el compromiso italiano en apoyar a los conspiradores del 18 de julio de 1936 antes de que estallara la guerra civil. Estudió el comportamiento de Franco en aspectos muy controvertidos, desde su discutida participación en la muerte del general Balmes el 16 de julio de 1936 hasta los procedimientos que, según Viñas, habría utilizado el Caudillo para amasar una gran fortuna personal. En su último libro documentó la colaboración de la Italia fascista en la preparación del golpe de Estado que inició la guerra civil.

[xxiii] Josep Fontana Lázaro fue discípulo de Jaime Vicens Vives, Pierre Vilar y Ferrán Soldevila. En 1982 publicó “Historia. Análisis del pasado y proyecto social”. Fue uno de los más destacados historiadores españoles. En el año 2011 publicó su monumental “Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945” (Ed. Pasado y Presente), obra de referencia para contextualizar todos los acontecimientos históricos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la caída de la URSS, la intervención de Estados Unidos en el mundo y la involución que se vive desde la década de 1970 en derechos, bienestar social y democracia en virtud del neoliberalismo imperial. Fontana sostuvo una concepción de la historia y del papel de los historiadores que aparece invariablemente en todas sus obras. La historia es un llamado a la acción, al despertar de las conciencias. Fontana decía haberlo aprendido de Vicens Vives, quien creía que la Historia servía “para ayudar a que las cosas funcionaran”. En ese sentido, la oportunidad para los historiadores se produce en los momentos de desorientación. “Habiendo fallado las certezas de los modelos con los que los economistas, como Greenspan, articulaban el futuro, hay que preguntarles a los historiadores qué es lo que ha ido mal para recomponer las certezas” decía Fontana y esa función sólo sucederá si los historiadores aceptan su función crítica, si no se dedican a “abastecer el orden establecido con legitimaciones, que es lo que ha hecho la historiografía académica”. “Desde 1945 a esta parte, la historiografía se ha dedicado a convencer a la gente de que todo intento de cambiar las reglas sociales conduce al desastre, lo cual es una lección de resignación incomparable. Pero eso no es lo que la historia debe hacer, en algún momento debe mover hacia el cambio. Un gramo de sensatez puede ayudar a cambiar las cosas”. Ese gramo pasa por no crear falsas esperanzas para seguir caminando. Fontana prefiere hacer ver que la situación es irreversible para llamar al cambio. “Hay que combatir contra la hipnosis de la crisis, que induce a pensar que es un fenómeno de corto plazo, que se remediará. Pero esto ya dura más de 40 años (decía en el 2011) y no tiene remedio fácil. ¡La ilusión de que siendo austeros va a pasar es un engaño!” Cfr. entrevista del periodista Peio H. Riaño con el historiador Josep Fontana , publicada el 19/11/2011 en Sociología Crítica. Asequible en :https://dedona.wordpress.com/2011/11/20/josep-fontana-por-el-bien-del-imperio-una-historia-del-mundo-desde-1945/

[xxiv] Robledo, Ricardo (2015) “De leyenda rosa e historia científica: notas sobre el último revisionismo de la Segunda República”. En : Cahiers de civilisation espagnole contemporaine, de 1808 au temps présent. Nº2, 2015. Se accedió el 5/5/2021 en : https://journals.openedition.org/ccec/5444?lang=es

[xxv]      El Dictamen sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes el 18 de julio de 1936 fue un informe jurídico, a  nunciado el 21 de diciembre de 1938 y producido por una comisión de 22 miembros de la burocracia ultra     reaccionaria del régimen franquista, abogados, militares y políticos monárquicos, falangistas y nazis, que trató de justificar la “ilegimitidad” del Gobierno de la Segunda República Española. Fue entregado en febrero de      1939 a Serrano Suñer, entonces ministro del Interior. Como modelo de legitimidad y legalidad, el dictamen fue       calificado por Mariano Ruiz-Funes como “justicia al revés” (Ruiz-Funes fue un político republicano, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Murcia, exiliado en México). El concepto fue recogido con   cinismo por el propio Serrano Suñer en sus Memorias, publicadas tras la muerte de Franco.

[xxvi]     Ramón Serrano Suñer (1901 – 2003) fue un político y abogado de extrema derecha, conocido por su papel  durante la guerra civil y los primeros años de la dictadura franquista. Conocido popularmente como “el     Cuñadísimo” – era cuñado de la esposa de Franco – fue uno de los principales artífices del régimen en sus        primeros años, tanto en lo jurídico como en lo político. Fue el principal autor de la construcción del “Nuevo        Estado” que se organizó en torno a la figura del dictador, lo que incluyó la autoría de numerosas leyes y          decretos. Entre 1938 y 1942 fue seis veces ministro ocupando las carteras de Interior y Relaciones               Exteriores, así como presidente de la Junta Política de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS           (1939-1942). También estuvo tras la fundación de la Organización Nacional de Ciegos y la Agencia EFE. Era   admirador del nazismo, promovió el envío de la División Azul para luchar junto con la Wehrmacht cuando esta atacó a la Unión Soviética. Trabajó para reforzar la cooperación política y policial entre la España franquista y             el Tercer Reich. En el campo franquista había violentos enfrentamientos entre los falangistas y otros grupos        políticos de la dictadura – principalmente, carlistas y monárquicos – llegando a veces al uso de armas de fuego y multitudinarias peleas callejeras. A mediados de 1942 también se produjeron numerosos enfrentamientos        internos entre las facciones falangistas, principalmente entre los seguidores de Arrese y los de Serrano Suñer.             En setiembre el Cuñadísimo fue destituido y pasó a un segundo plano.

[xxvii]  Historia 16 fue una revista española de carácter mensual, editada por Historia e Información, que perteneció a Grupo 16. Fue fundada por Juan Tomás de Salas, periodista español creador de Diario 16 y Cambio 16 y propietario de Grupo 16. La revista especializada en historia, abarcó tanto la edad antigua y medieval como la época moderna y la contemporánea. Se publicó desde abril de 1976 hasta diciembre de 2008. Sus artículos y reportajes son rigurosos y de cierta extensión. La sencillez estilística con la que son presentados los temas la convirtieron en una respetada revista especializada en divulgación de temas históricos dirigida a un público amplio.

[xxviii]   Blanco Rodríguez, Juan Andrés (2007) La historiografía de la guerra civil española. En: Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, Nº7, 2007. Se accedió en http://hispanianova.rediris.es

[xxix]  El País empezó a circular en mayo de 1976. El Mundo se publicó por primera vez en octubre de 1989. El derechista ABC es el diario más antiguo de España, comenzó como semanario en 1903 y como diario desde 1905.

[xxx]     Michael Seidman (n.1959) es un historiador e hispanista estadounidense, profesor en la Universidad de    Carolina del Norte. En 1991 publicó a través de la editorial de la Universidad de California “Workers Against           Work” un ensayo especulativo que plantea una mirada alternativa al estudio histórico de la clase obrera del         siglo XX. En el 2002 apareció “Republic of Egos: A Social History of the Spanish Civil War”, que se publicó     traducida en 2003 con el título “A ras de suelo”. Ofrece una imagen de los aspectos sociales de la Guerra Civil              y sostiene que durante la guerra el sentimiento que predominó entre los españoles fue el individualismo. En el   año 2012 publicó “La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil” en la que         desarrolla la tesis de que una de las circunstancias clave en la derrota de la República durante la guerra civil   fue una organización social y económica más eficaz en la retaguardia del bando faccioso (la República perdió    por el hambre).

[xxxi]    Julio Aróstegui Sánchez (1939-2013) fue Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad         Complutense de Madrid y primer director de la cátedra “Memoria Histórica del Siglo XX” en dicha      universidad. Entre sus trabajos destacan las aportaciones relacionadas con la violencia política en la historia       española, la guerra civil, el carlismo, el movimiento obrero, la historiografía y la memoria histórica. También          realizó importantes aportaciones en el ámbito metodológico y la historia del mundo actual.  Se considera que             fue uno de los historiadores españoles que más atención dedicó a los problemas teóricos de la historia y de su            investigación y método.

[xxxii] Manuel Pérez Ledesma (1944-2018) fue Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid. Se destacó en el campo de la historia social, trató la historia del movimiento obrero y de los movimientos sociales, así como el nacimiento de la ciudadanía. En su juventud, tradujo la obra clásica de Paul Lafargue y escribió la historia de la Unión General de Trabajadores (UGT).

[xxxiii]  Desde el inicio de la guerra civil Pemán se comprometió apasionadamente con los golpistas. Como propagandista, se cree que inspiró dos expresiones del bando sublevado: “Cruzada” y “Movimiento Nacional”. Pemán sería considerado como el “Poeta alférez, que siente, canta y vive la nueva Epopeya Nacional”. Existen pocas evidencias historiográficas sobre los pasos de Pemán en aquellos días de represión “en caliente”. El 24 de julio de 1936, emulando al general-locutor Queipo de Llano, dijo por Radio Jerez: “La idea de turno o juego político, ha sido sustituida para siempre, por la idea de exterminio y expulsión, única salida válida frente a un enemigo que está haciendo de España un destrozo como jamás en la historia nos lo causó ninguna nación extranjera”.

Defensor católico del orden y del caudillaje, Pemán se comportaría como falangista “mitad poeta, mitad monje”. Convertido en misionero de la nueva situación, frecuentó actos de exaltación religiosa y patriótica con arengas y discursos, recorriendo las zonas conquistadas por los sublevados; debido a la precariedad logística de éstos se desplazó en ocasiones por su cuenta en el Rolls Royce de un pariente suyo. Bajo la dirección de  Eugenio D’Ors formaban una plana mayor de poetas de guerra, dispuestos para acudir allí donde fueran requeridos por la propaganda: Luis Rosales, Agustín de Foxá, Manuel Machado, Dionisio Ridruejo y algunos otros. Tenían el propósito de desmontar el empeño laico de la República y construir la España del futuro, mirando hacia atrás.

 Pemán fue un entusiasta reportero de guerra. El 23 de octubre de 1936, Franco le asignó la “simpática misión” de anunciar la inminente conquista de Madrid. En Burgos, Pemán desempeñó un papel destacado en la definición y eliminación de lo que consideraron la “Anti-España”. Se empezó por la depuración punitiva y preventiva de los docentes para establecer un sistema educativo nacional-católico. A la imposición ideológica de los textos se añadió la expansión de un importante negocio editorial de capital católico en su mayoría (Edelvives, Bruño, SM, Edebé, Lumen, Santillana y otros). Aunque Pemán trató de autoexculparse diecisiete años más tarde, la actuación de este equipo (monárquicos del grupo de Acción Española) fue sumamente eficaz: entre 15.000 y 16.000 sancionados, de los que 6.000 maestros fueron separados definitivamente de la enseñanza, 3.000 fueron suspendidos de empleo y sueldo y alrededor de 6.000 perdieron su plaza al ser trasladados a la fuerza a localidades remotas. Se puede estimar que, aproximadamente, un tercio de los catedráticos universitarios fueron destituidos.

Pemán se hizo cargo de la Oficina de Prensa y Propaganda y promovió la clasificación de libros en como buenos o malos y éstos últimos fueron expurgados. La enseñanza de una historia acomodada como vía de transmisión de valores fue uno de los pilares de la escuela primaria bajo el franquismo y motivo de exilio de muchos maestros. Aunque no intentó acceder a una cátedra universitaria, en 1942, fue nombrado presidente del tribunal de concurso para catedráticos del Instituto de Historia de España. También publicó una Historia de España para niños dedicada “al generalísimo Franco”.

Pemán fue presidente de la revista Acción Española (editada desde 1931 a 1936) y se integró con su grupo en la Falange. Según él, la mezcla de monárquicos alfonsinos, viejos derechistas del CEDA y falangistas “no era otra cosa que un reflejo de lo que moral y espiritualmente venía realizándose desde hacía cinco años en las páginas de la revista y en sus actos culturales donde se formaron unánimes pensamientos contrarrevolucionarios en los que colaboraban siempre juntos los hombres de todas las tendencias que ahora se juntan y se estrechan”. A imitación de Mussolini, en octubre de 1937, Franco creó el Consejo Nacional de FET y de las JONS cuyos cincuenta integrantes estaban encabezados por Pilar Primo de Rivera, el conde de Rodezno, el general Queipo de Llano y José María Pemán.

Pemán nunca luchó en los frentes pero era insuperable en ceremoniales, liturgias y otros rituales bélicos cuya puesta en escena estaba a medio camino entre lo militar y lo religioso, entre el desfile y la procesión. Los fascistas lo nombraron alférez honorífico y Peman se dedicó al turismo de guerra: recorría los frentes para pronunciar discursos y visitar a los jefes en sus puestos de mando, se pavoneaba con su uniforme militar o de Falange por las ciudades de la retaguardia, daba discursos y conferencias y visitaba los hospitales para fotografiarse con los heridos y alternar con las enfermeras. 

En 1938 Jerarquía – la autodenominada “revista negra de Falange” – dirigida por el sacerdote falangista y hitleriano Fermín Yzurdiaga (1903-1981), se publicó su extenso Poema de la Bestia y el Ángel cuya redacción, llena de alegorías, le demandó a Pemán un año entero. En la introducción el autor se compara a sí mismo con Benvenuto Cellini y Wolfgang Goethe. Era una pieza de literatura apocalíptica que llegó a ser considerada como el paradigma épico de la Nueva España y de la Cruzada pero su antisemitismo afectó el prestigio de su autor después de la derrota del nazismo. En su papel de propagandista aportó al disparatario español, por ejemplo, para justificar la presencia de mercenarios africanos se remontó al medioevo en su artículo “Los moros amigos” en el que reconsideró la invasión islámica de la península ibérica como algo positivo, porque permitió que España tuviera el papel de “guardiana de la cultura clásica”. A Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, Pemán lo ascendió simbólicamente a “capitán de Regulares Indígenas”.

[xxxiv] Cuartopoder, se accedió el 5/5/2021 en: https://www.cuartopoder.es/espana/2014/05/19/los-curas-republicanos-que-franco-asesino-y-que-la-iglesia-quiere-condenar-al-olvido/  Estos historiadores tienen la intención de proseguir con una investigación en la que, sin embargo, las puertas de los archivos eclesiásticos permanecen cerradas. En el libro coordinado por Montero han quedado al margen los sacerdotes nacionalistas -especialmente los vascos- represaliados o simplemente asesinados por el franquismo, o en este caso por el carlismo reaccionario. Pero seguramente se abordará en un volumen posterior, porque ahora empiezan a rescatarse del olvido casos que podrían explicar con una nueva luz la historia reciente de España.

       Por ejemplo, el de José Sagarna Uriarte, fusilado por los franquistas el 20 de octubre de 1936. Su “pecado” fue grave: llevaba un año ordenado sacerdote cuando un asunto privado le granjeó la inquina de un prócer de Berriatúa (Vizcaya), en cuya parroquia era auxiliar: «Al parecer, un señor importante tenía relaciones extramatrimoniales y mi tío denunció esa conducta como impropia en el sermón, sin nombrarlo. El hombre le delató a las tropas franquistas», llegó a revelar su sobrina Izaskun, que fue alcaldesa del PNV de Zeanuri.

El cura Sagarna es uno de los 16 religiosos vascos asesinados en los primeros meses de la guerra civil, otra más de las víctimas silenciadas, como también lo fue Celestino Onaindía, ejecutado el 28 de octubre de 1936 en Hernani. Tenía 38 años y volvía de oficiar un entierro. Le esposaron y llevaron a la cárcel de Ondarreta, donde estuvo ocho días. Le fusilaron sin juicio, sólo por ser un sacerdote vasco. La orden de ejecución apareció después en un archivo de Galicia. Murió entonando un Tedeum bajo las balas. Como triste paradoja, ese mismo día, en 2007, 71 años después, la jerarquía celebró la beatificación de otros muertos como él… pero ejecutados por el bando republicano.

 Hay otros ejemplos dentro de la iglesia vasca, como el de Aita Patxi, un cura al que en Euskadi se recuerda gritando “¡Desertar es pecado!”, mientras la aviación franquista batía una y otra vez las posiciones de republicanos y nacionalistas vascos en el monte Gorbea. Con su altar móvil y con el ayuno a cuestas, Victoriano Gondra Muruaga, religioso pasionista, capellán del batallón Rebelión de la Sal, recorría los frentes en los que las tropas leales a la República combatían a los sublevados. Hecho prisionero a punta de pistola por un cura carlista pasó de campo de concentración a campo de concentración. Una víctima más del régimen oprobioso. Pero, siete décadas después de todo aquello, “los sucesores en la silla de San Pedro sólo ven mártires a un lado de la historia”.

 A los altares nunca subirá, por ejemplo, Francisco González Fernández, el maestro y cura de Mijas (Málaga) asesinado en enero de 1938, con tan sólo 41 años, por las hordas franquistas después de un juicio sumarísimo. Su gran pecado fue el haber sido y ser republicano. Antes, esas mismas hordas habían asesinado, por ejemplo también, a Matías Usero, por el mismo delito, y esos mismos rebeldes asesinaron a un número incontable de sacerdotes republicanos o nacionalistas vascos y catalanes por el gran pecado de no condenar una sublevación deshonrosa y traidora.

Las biografías de González y Usero, mártires republicanos asesinados por el fascio español, son sólo dos de las diez que recoge el libro Otra Iglesia. Clero disidente durante la Segunda República y la guerra civil (…) Este libro esclarecedor realiza recorridos vitales muy distintos, aunque todos ellos trágicos: desde el asesinato ya comentado de Usero y González hasta el exilio de Luis López-Dóriga, Juan García Morales, Joan Vilar i Costa y Leocadio Lobo, o el encarcelamiento y posterior ostracismo de Cándido Nogueras y Régulo Martínez.

Hasta ahora, los “mártires por la Santa Cruzada” española lo eran por haber sido represaliados por el bando republicano. La propia Iglesia y el franquismo silenciaron las matanzas que en nombre de Dios cometieron los sublevados contra combatientes, civiles y sacerdotes republicanos. Hasta ahora, los curas asesinados durante la Guerra Civil lo habían sido por un bando, por los “rojos”. Pero el grupo de historiadores se ha propuesto recuperar la memoria histórica y rescatar una verdad incómoda para la Iglesia oficial. De momento, han recuperado sólo la memoria de diez de estos sacerdotes, sus avatares y el marco socio-político en el que se desarrollaron. Pero según ha confirmado a cuartopoder.es por el propio Montero, “eran un grupo minoritario [los curas republicanos], pero no era algo tan excepcional como nos han querido hacer ver”. Porque poco a poco se tiene constancia de nuevos casos. Por ejemplo, de otros dos sacerdotes que merecen ser investigados y que estos historiadores piensan incluir en su próximo libro:  Bernardo  Blanco Gaztambide y Teodoro Santos Vicente, ambos asesinados por el ejército faccioso.

[xxxv]    Walther Ludwig Bernecker (nacido en 1947) fue profesor de estudios extranjeros en la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad Erlangen de Nuremberg. Se especializó en historia de España y de América Latina. Su bibliografía en español incluye: España, del consenso a la polarización: cambios en la democracia española , Iberoamericana Editorial Vervuert, SL, 2007. España entre tradición y modernidad. Política, economía, sociedad (siglos XIX y XX) , Siglo XXI Editores 2009. Guerra en España (1936-1939) , Editorial Síntesis. En coautoría con Helmuth Altrichter: Historia de España en el siglo XX , Marcial Pons Ediciones Jurídicas y Sociales, Madrid 2014. Memorias divididas. Guerra civil y franquismo en la sociedad y la política españolas , Abada Editores, Madrid 2009.

[xxxvi]    La Escuela de los Annales es una corriente historiográfica fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929   en torno a la revista francesa Annales d’histoire économique et sociale (después llamada Annales. Economies,  sociétés, civilisations) en donde se publicaron por primera vez sus propuestas. La “Corriente de los Annales” desarrolla una historia que se interesa por los procesos, las estructuras sociales y por una amplia gama de temas que las herramientas metodológicas de las ciencias sociales permiten estudiar. El historiador en esta corriente       se plantea problemas que resolver o preguntas que contestar. A diferencia de la historiografía clásica, sus autores tienen claro que no efectúan una reproducción fiel del pasado sino que lo interpretan a partir de sus   propios conceptos y teorías. En cuanto a las fuentes, Annales amplió el abanico de recursos legítimos. Los  documentos escritos siguen siendo muy importantes pero se incluyeron todos aquellos elementos            capaces de aportar evidencias útiles a la investigación. Se produjo historia geográfica, social, económica,  cultural, demográfica, psicológica, etnográfica y política, aunque esta última en un sentido distinto al clásico.

[xxxvii]   Pierre Vilar fue Doctor en Historia por la Universidad de la Sorbona, de la que llegó a ser catedrático en 1965. Miembro de la École de Hautes Études de París, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Barcelona (1979) y la de Valencia (1991). El Centro de Estudios de Historia Moderna de Barcelona lleva su nombre. Se preocupó por la metodología de la historia, defendiendo la teoría de la historia total desde una perspectiva fiel a sus convicciones marxistas. Formado inicialmente como geógrafo y estimulado por sus maestros, viajó a España en 1927 con el propósito inicial de realizar una monografía regional sobre el área pirenaica catalana. Fue profesor en el Liceo Francés de Barcelona entre 1934 y 1957, exceptuando el periodo de la guerra civil y la Segunda Guerra Mundial (esta última, en su mayor parte, prisionero en un campo de concentración, impartiendo clases a sus compañeros de cautiverio). Con esa larga interrupción, durante sus estancias investigó y redactó su tesis doctoral, Cataluña en la España Moderna (1962), su gran obra en tres volúmenes de unas seiscientas páginas cada uno, considerado un clásico de la historiografía y modelo de síntesis regional. Aunque suele ser descrito genéricamente como historiador de escuela “marxista”, diversos autores consideran que Vilar era una persona de firmes e inequívocas convicciones comunistas o, más concretamente, leninistas. A pesar de ello no quiso nunca militar en el Partido Comunista Francés (PCF) por considerar incompatible el activismo político con la historiografía. El Fondo Pierre Vilar de la Universidad de Girona (UdG) integra los libros de la biblioteca personal del historiador, donados por su familia en 2006. En total, son más de 6.500 volúmenes, algunos firmados por los autores y con dedicatorias, además de 331 títulos de revistas.

Cfr. Vilar, Pierre (2004) “Memoria, historia e historiadores”. Ed. Universidad de Granada y Universidad de Valencia. Incluye cuatro textos de mediados de los 80 y la transcripción de una extensa entrevista que otorgó en 1997. Se trata de una sugestiva reflexión historiográfica a la vez que metodológica, en la que se combinan reflexiones y recuerdos personales con referencias a textos. Para Vilar, la historia es un modo de pensar, sin prejuicios ante cualquier contribución que ayude a entender los problemas humanos, inscrita a consciencia en el tiempo en que al historiador le ha tocado vivir y en los desafíos que este plantea a las sociedades.

[xxxviii] Manuel Tuñón de Lara (1915-1997) Nació en Madrid en una familia andaluza de intelectuales y políticos republicanos, se licenció en Derecho en 1936. En 1932 se afilió a las Juventudes Comunistas, siendo director de la Escuela de Cuadros de las Juventudes Socialistas Unificadas desde 1937. Al término de la guerra civil quedó atrapado en el puerto de Alicante sin poder embarcar para el exilio. Según relata él mismo “… viajaba ligero de equipaje; solo llevaba las Obras Completas de Antonio Machado”. Fue internado en el campo de concentración de Los Almendros y sufrió un largo periplo por otros campos, empezando por el de Albatera. En 1946 se exilió en París. Allí entró en relación con Manuel Nuñez de Arenas y con Pierre Vilar, que le alentó a proseguir sus estudios de historia. En este periodo publicó numerosos artículos en prensa vinculada a los Partidos Comunistas de varios países. A lo largo de los años cincuenta abandonó el PCE, aunque mantuvo su compromiso con la izquierda antifranquista.

 A partir de los años sesenta, la historia contemporánea se normaliza como disciplina académica en las universidades españolas – sostiene José Luis De la Granja Sainz en artículo extensamente citado aquí – y se consolidó científicamente gracias a la labor de unos pocos destacados historiadores, entre los que sobresalen José María Jover, Miguel Artola y Manuel Tuñón de Lara. A pesar de vivir exiliado en Francia, no cabe hablar de “exilio intelectual” en la obra de Tuñón. Aun publicando en París sus primeros libros, como La España del siglo XIX (1961) y La España del siglo XX (1966), y ejerciendo su magisterio en la Universidad de Pau desde 1965, Tuñón se integró plenamente en el empeño colectivo de elaborar una historia contemporánea de España sobre una base crítica y científica.

Con sus valiosas obras y sus famosos Coloquios de Pau en la década de 1970, encabezó la renovación historiográfica que se produjo en España durante el tardofranquismo y la Transición, pues fue el historiador que mayor influencia ejerció sobre los jóvenes historiadores y científicos sociales de entonces. Manuel Tuñón supo crear también escuela en Francia entre los jóvenes hispanistas. Hasta entonces, el hispanismo francés se había centrado en la España moderna (caso de los maestros de Tuñón: Noél Salomon y Pierre Vilar), mientras los hispanistas anglosajones se especializaban en el estudio de la Guerra Civil. Tuñón de Lara consagró buena parte de su trabajo a esclarecer la guerra, el periodo histórico más decisivo que vivió y cuyas consecuencias sufrió durante mucho tiempo. Empero, al contrario de algunos autores anglosajones, no se limitó a ella, ni convirtió a la República en un mero preámbulo cuyo “fracaso” se explicaba en función de la contienda fratricida que le siguió, según criticó con acierto Santos Juliá en el X Coloquio de Pau (1979).

A lo largo de cuatro decenios, desde su primer libro, Espagne (1956), hasta el último sobre Juan Negrín, el hombre necesario (1996), Tuñón de Lara pergeñó una inmensa y coherente obra historiográfica, que destaca por su amplitud cronológica y su variedad temática, por sus síntesis generales y sus monografías de investigación. No en vano ha sido uno de los escasos historiadores que han abarcado toda la España contemporánea, desde la guerra de Independencia hasta la reciente transición, y sus principales ámbitos: la economía y la sociedad, la política y la cultura, integrándolos en el marco de una historia que aspiraba a ser total o global. Realizó aportaciones fundamentales a la historia política, social y cultural de España, en particular del ciclo histórico que se abre con la Restauración de 1874-75 y se cierra con la Guerra Civil de 1936-39. Fue un conspicuo representante de una corriente ya clásica de la historia social centrada en el estudio del movimiento obrero y de la conflictividad laboral, según puso de manifiesto en su voluminoso manual El movimiento obrero en la Historia de España (1972).

También fue uno de los historiadores españoles más preocupados por las cuestiones de método (Metodología de la historia social de España, 1973) y la precisión de los conceptos, acuñando algunos como el de bloque de poder, que aplicó con rigor a la Monarquía de la Restauración. El afán constante de su obra y de su magisterio, hasta su última clase impartida en la Universidad del País Vasco en junio de 1991, consistió en dotar de un estatuto científico a la historia, concebida como ciencia de la totalidad social, en estrecha colaboración con las restantes ciencias sociales. Esto no fue en modo alguno incompatible con su enorme interés por dar una proyección social a la historia y por divulgarla ampliamente entre el pueblo, al considerarla “vital para una colectividad que quiera ser libre de sus destinos” (Por qué la historia, 1981). De ahí sus artículos en El País de Madrid, sus frecuentes escritos en la revista Historia 16 o su asesoramiento de los programas de TVE Memoria de España y España en guerra, que en los años ochenta contribuyeron a recuperar la memoria colectiva del pueblo español sobre la II República y la Guerra Civil, tan manipulada y tergiversada por la Dictadura franquista.

[xxxix]   Santos Juliá Díaz era doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense y catedrático del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED. En 1974, obtuvo una beca que le  dio la oportunidad de investigar en la Hoover Institution on War, Revolution and Peace de Stanford. Fue autor  de numerosos trabajos sobre historia política y social de España durante el siglo XX, así como de    historiografía. Algunas de sus obras fueron “Manuel Azaña. Una biografía política” (1990), “Los socialistas  en la política española” (1997), “Un siglo de España. Política y sociedad” (1999) o “Historias de las dos   Españas” (2004), por el que recibió ese año el Premio Nacional de Historia. Durante un coloquio de      presentación de este último libro, en Madrid, fue agredido por un grupo de ultraderechistas, resultando herido. También dirigió obras colectivas como “Víctimas de la guerra civil” (1999) y “La violencia política en la       España del siglo XX” (2000).

 

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