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CINE | “Azul el mar”: El desafío de la emancipación

La crónica de una mujer profundamente desencantada que se procesa en un paisaje distendido y estival es el potente eje temático que propone “Azul el mar”, la sugerente ópera prima de la realizadora argentina Sabrina Moreno, que presenta Cinemateca Uruguaya en su valioso ciclo “Cinemateca te acompaña”, que se exhibe los viernes y los domingos, a partir de las 22.00 horas, por TV Ciudad.

Esta película, que a priori parece ser una mera comedia familiar, es realmente un drama de profundo acento introspectivo, en el cual las emociones siempre circulan por dentro y no se explicitan.

Según lo confesó la cineasta, el film abreva de su propia experiencia autobiográfica, que en este caso se extrapola a un presente en el cual el rol de la mujer en la sociedad es radicalmente diferente, en el marco de una suerte de epopeya emancipadora.

En ese contexto, aunque no se perciba a primera vista, la historia ensaya una potente reflexión sobre los cambios epocales que transcurrieron en la Argentina en el siglo XXI, a partir de los recuerdos de la infancia y la adolescencia atesorados en la memoria de la directora.

En tal sentido, el propio lenguaje lacónico de la película marca la diferencia entre un tiempo en el cual la voz de la mujer no era escuchada y el presente.

No en vano, el relato transcurre presuntamente en 2000, año de transición entre el frustrado neoliberalismo rampante del menemismo, la demoledora crisis del 2001 y el alumbrar del ciclo progresista iniciado con el vituperado kirchnerismo.

Como es notorio, durante las dos presidencias del riojano Carlos Saúl Menem la sociedad argentina vivió en un auténtico limbo marcado por la política de convertibilidad, que mutó radicalmente los parámetros del tipo de cambio, transformando a la moneda del vecino país en poderosa. En efecto, el por entonces artificialmente sobreevaluado peso argentino equivalía a un dólar.

Esa suerte de idílica burbuja, que luego eclosionaría en la tan caótica como devastadora crisis de 2001, con fuertes y dramáticas repercusiones un año después en Uruguay, generó una suerte de espejismo, que encubrió escandalosas privatizaciones de empresas públicas, descontrolada endeudamiento externa, inmoral desregulación, atraso cambiario y galopante corrupción.

Aunque la escenografía histórica no parece relevante ni se explicite en el discurso cinematográfico, “Azul el mar” retrata –a través de personajes y situaciones- los rasgos identitarios de una sociedad todavía en fase de transición y que aun vivía lejos de la realidad.

En ese contexto, los protagonistas de la trama argumental son un matrimonio tipo integrado por Lola (Umbra Colombo) –una exitosa médica- y Ricardo (Beto Bernuez), quienes,  junto a sus cuatro hijos, disfrutan sus vacaciones en Mar del Plata.

Aparentemente, nada parece turbar la rutinaria tranquilidad de este homogéneo núcleo familiar, que goza a pleno las bondades que ofrece la denominada “ciudad feliz”, entre suntuosos hoteles, playas, mar, paseos y la interacción con los lobos marinos.

Aunque todo parece perfecto, realmente algo crece interiormente en la protagonista: la profunda insatisfacción con una vida sin mayores estímulos y carente de posibilidades de eventual desarrollo personal.

En ese contexto, la propia familia opera como cobijo afectivo pero también como un corsé, como si la libertad individual se difuminara en el entramado familiar.

Mediante un lenguaje deliberadamente asordinado que contrasta radicalmente con el esplendor del paisaje, las emociones transcurren en el interior de esa médica devenida ama de casa que busca obsesivamente su propio espacio, aunque no lo explicite.

Sabrina Moreno trabaja con abundantes flashbacks, que retrotraen la memoria de la protagonista a otros tiempos: los de su infancia y su adolescencia, en los cuales parecía dueña de su libertad y de su destino.

Esos mismos paisajes estivales que la remiten a su pasado parecen diferentes aunque no menos turbulentos. En tal sentido, resulta muy significativa esa enorme ola que genera una suerte de mini tsunami que parece que la cubrirá y la subjetividad mediante la cual la Lola niña percibe el color del mar.

Mediante un plausible trabajo de cámaras que juega con los planos y hasta con visiones cuasi oníricas, el film hurga en el paisaje interior de esta mujer atribulada que dirime, a duras penas, su propio conflicto interior.

La “tormenta” que se avecina y parece anticipar una ruptura, transcurre únicamente en el psiquis de la protagonista, en una suerte de vida paralela que subyace en su memoria y en su intrínseco deseo de recuperar lo que considera perdido.

Aunque no haya visibles conflictos y enojosas discusiones, la creciente escisión de la pareja se percibe. Incluso, los propios hijos intentan corregir esa situación, cuando, en una actitud naturalmente consensuada, juntan las camas de hotel de una plaza de sus padres para generar una alcoba matrimonial.

Esa imagen representa el propósito de recuperar por lo menos la cercanía física entre dos personas que se han tornado distantes a consecuencia del desgaste y la insatisfacción, una situación que se puede interpretar perfectamente en el presente, cuando la pandemia nos separa físicamente de quienes amamos y atomiza dramáticamente los universos afectivos.

Todo eso está elocuentemente retratado en una historia de apenas una hora y veinte minutos de duración, que permite igualmente atisbar en la intimidad de una familia que, aunque parezca realmente modélica, sólo lo es en apariencia.

En ese marco, la promisoria cineasta juega con la imagen, la música y los sonidos de ambiente, lo cual le permite generar una atmósfera que enfrenta dos contexto antagónicos: la mansedumbre del paisaje- que aquí adquiere un rol singularmente protagónico- y la turbulencia emocional que se procesa sólo interiormente, hasta un desenlace que parece poco factible.

En su debut como directora, Sabrina Moreno privilegia las metáforas y los simbolismos, como las secuencias en las cuales la protagonista entra raudamente en el mar sugiriendo que puede terminar con su vida, tal cual lo hicieron la emblemática y apasionada poeta argentina Alfonsina Storni y la referente novelista británica Virginia Woolf.

Esa latente tensión, alternada con una sorpresiva tragedia, transforma a “Azul el mar” es un film potente y de intensa carga emotiva, que reflexiona sobre el rol de la mujer en el pasado y el presente y en torno a las disfunciones a menudo soterradas de las familias, aun que aquellas con sus necesidades materiales ampliamente satisfechas.

En un reparto actoral sin altibajos ni destaques, sobresale nítidamente la actuación protagónica de Umbra Colombo, una suerte de unipersonal que trasunta toda la angustia de una mujer que lucha denodadamente por conquistar su espacio propio y mejorar su autoestima, en una sociedad pacata de comienzos de siglo y aun contaminada por el persistente virus de la cultura patriarcal.

A ello se suma un plausible trabajo de fotografía y montaje, que privilegia primordialmente la elocuente belleza natural del paisaje oceánico, pero también el a menudo inextricable lenguaje de los gestos, que resulta ciertamente muy relevante para interpretar cabalmente las emociones y los conflictos emocionales que subyacen en el personaje femenino del relato.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

 

 

 

 

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