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Hasta que nos toque

Los uruguayos somos porfiados, tanto que hasta creo que nacimos como país independiente de puro contras que somos. Sí, ya sé toda esa historia del país tapón y el arreglo inglés, pero aunque pocos -y para algunos extinguidos- los charrúas nos supieron legar (aunque no sea del todo cierto), su indomable rebeldía y así seguimos. Por lo menos si no es real, nos la creímos tanto que nos sentimos invencibles hasta de un virus mortal que nos acecha hoy día. Resulta extraño que con datos sanitarios que nos han posicionado en el peor de los podios mundiales con más muertes y contagios por millón de habitantes, seamos tan orientales como irresponsables a la hora de protegernos como colectivo. Pero lo peor de todo, creo, es la hipocresía que acompaña cada acción teñida de estúpidos partidismos que contribuyen a seguir acumulando cifras espeluznantes relativas al Covid-19. Todo parece transcurrir como si nada ocurriera a nuestro alrededor, todo sigue igual… hasta que nos toque.

Silencio de radio

La hipocresía se nos ha instalado con tal naturalidad que parece no asombrarnos, pero me resisto a hacerlo. Por lo menos, no sin antes dejarlo asentado en una línea de razonamiento que me empuja a denunciarla cuando aparece. Es el caso del tratamiento que se le diera a las aglomeraciones. No ya las que tiene como protagonista a una Policía que -discrecionalmente- disuelve algunas y deja crecer otras, sino aquellas que no merecen el mismo tratamiento informativo.

Así fue que un día nos invadieron por las redes sociales con las imágenes de un ómnibus de pasajeros en La Unión, que desbordaba de gente. Allí, se dispararon las críticas hacia la principal empresa de transporte público de la capital y la Intendencia de Montevideo, que «permitían» ese tipo de aglomeraciones en lo que afirmaban era un atentado contra la salud pública.

Los micrófonos de prensa salieron presurosos a buscar la palabra del Presidente de CUTCSA – Juan Salgado- quien debió justificar un caso concreto de una foto que reflejaba un trasbordo (de los que ocurren a veces). Sin que ello justifique la aglomeración lo que impresiona negativamente es el sesgo del interés periodístico por ese tema y el impresionante silencio de radio que se dio en estos días tras la celebración de un nuevo Día de la Madre.

Circularon durante el propio domingo y todo el lunes posterior, imágenes de los shoppings y locales gastronómicos atestados de público. Hubo un video en el que quien suponemos lo grabó, desliza su asombro ante tamaña multitud en tiempos de pandemia sin reparar que ella misma hacía parte de lo que denunciaba. A ese extremo de ingenua, (o no tanto), hipocresía hemos llegado.

Es verdad que el sector gastronómico es uno de los que más sufre este proceso de pandemia, tanto como otros sectores que tienen su principal insumo a partir de la circulación de personas (turismo, locales de fiesta, gimnasios, etc). Pero así como hubo interés periodístico aquella vez respecto del transporte público, nobleza obliga(ba) que tuvieran el mismo celo también en esta ocasión.

Una cosa es un anunciador fuerte como CUTCSA, contra un cúmulo de anunciantes tanto o más poderosos que aquel, en un caso donde -además- podemos achacarle algo de responsabilidad a una Intendencia no oficialista. Perdonen por pensar tan mal, pero a estar por algunos movimientos de las últimas semanas en el ambiente periodístico, nada me asombraría que algo de ello hubiera existido.

Tan grande es la hipocresía que nos lleva a ser discrecionalmente contemplativos con un sector y extremadamente críticos con otros. Desde la indiferencia noticiosa de destacar semejantes aglomeraciones como posibles responsables del aumento de contagios en los próximos días, a justificar la bajísima asistencia del Estado a aquellos sectores vulnerables que no tienen otra que salir a hacer la diaria para subsistir, hay un abismo.

Una grieta de criterios que sólo pueden tener una justificación ideológica que los sustente, y donde el poderoso don dinero manda. Es cierto que en esos sectores (protagonistas de las aglomeraciones en ocasión «del día que más se vende» en el año), trabajan muchos uruguayos y son dinamizadores de un mercado interno alicaído por la crisis. Tan cierto como aquellos que se agolpan en una esquina de Montevideo para tomar un ómnibus que los traslade para acudir a su trabajo.

Mientras la vara siga así de torcida, medirá mal y seguirá aumentando las diferencias antes que encontrar las cosas comunes. Una sociedad así de dividida no podrá salir adelante, menos siendo una sociedad tan chica donde nos conocemos todos.

La pandemia no mira a quien afecta, simplemente ataca y se aferra en los más vulnerables. El pez chico encuentra su refugio y salvaguarda en el cardumen, sólo así logra perpetuar la especia ante enemigos más grandes. Los uruguayos debiéramos proceder de igual forma, en aras de lograr esa inmunización de rebaño que todos aspiramos alcanzar.

Por ahora no lo logramos y estamos lejos todavía, aunque los mensajes contradictorios de la velocidad de vacunación intenten justificar el éxito de una batalla en la que nos vienen ganando por goleada. Ya superamos los 3 mil uruguayos fallecidos, y la previsión de our world in data que nos daba con esa cifra para agosto, fue superada ampliamente.

Resulta inexplicable entender qué moviliza a los uruguayos para comportarse como si ya hubiéramos superado la pandemia.

Eso sí, la actuación será sólo… hasta que nos toque.

el hombre salió de shopping,
el perro mordía su bronca…

Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

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