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Un pueblo traicionado: la obra magistral
de Paul Preston acerca de España 1874-2014


La reseña de un libro, de lectura imprescindible, que todavía no está disponible en las librerías de nuestro país pero que puede encargarse por Internet u obtenerse en versión electrónica.

Paul Preston es el más importante de los historiadores que se ocupan de la España contemporánea. Su obra comprende notables ensayos biográficos de Francisco Franco, de Juan Carlos de Borbón, de Santiago Carrillo, de mujeres destacadas y una serie de títulos imprescindibles para entender lo que realmente sucedió antes, durante y después de la Guerra Civil Española [ii]. Para los latinoamericanos esta es una asignatura ineludible vinculada al conocimiento histórico del siglo XX y por ende para encarar nuestra propia historia y nuestra palpitante actualidad.

Un pueblo traicionado es un estudio magistral sobre España apoyado en una tesis central, muy bien documentada: la corrupción y la incompetencia política de los gobiernos españoles son la explicación y el origen de la violencia, el odio y la confrontación. Corrupción e incompetencia que los historiadores y propagandistas, especialmente los de la derecha, han ocultado sistemáticamente o han procurado presentar como simples excesos cuando resulta que son fenómenos básicos para explicar los desgarramientos en la trama de la sociedad española, la crudeza de los enfrentamientos cuyos efectos han marcado a ese país y sus gentes hasta hoy en día.

Siendo discípulo de los grandes hispanistas británicos, como Hugh Thomas y especialmente Raymond Carr, Preston ha dedicado más de cincuenta años al estudio apasionado de España. Apasionado porque está lejos de cualquier postura condescendiente o manipuladora, tan frecuente en una temática que ha generado la producción de cientos de miles de libros y obras de ficción. La manipulación ha generado mitos, mentiras y sofismas de distracción. Preston se ha enfrentado con coraje con esas tramas, típicas de la Guerra Fría, para documentar la corrupción y la incompetencia de la clase dominante y lo ha hecho sin condescendencia, sin soberbia y con profundo cariño por el pueblo español. Es la actitud que el poeta Antonio Machado llamaba la “demofilia”[iii], el amor por el pueblo, y los reflejos de un brillante académico que hace honor a sus orígenes, a un hogar proletario en el Liverpool de 1946.

Leyendo a Preston y siguiendo la copiosa información que presenta en este gran fresco histórico, los uruguayos vivimos con inmediatez los estrechos vínculos culturales que mantuvimos y mantenemos con España. Al hablar de cultura, en un sentido amplio, hay que recordar las cuerdas que hizo vibrar la defensa de la República Española a nivel popular y la veneración profesada por el terrismo y el herrerolacallismo por Franco y su tradicionalismo ladrón y sangriento [iv].

Afortunadamente hoy en día es posible ver a este académico británico en conferencias y entrevistas, siempre distendidas y con buen humor, charlando tanto en español como en inglés sobre el proceso que ha seguido su trabajo. Escuchándolo y más aún leyendo su último libro se percibe que no aborda a España desde una postura de superioridad o como si fuera un caso único en el concierto mundial. Por el contrario, advierte explícitamente que la corrupción y la incompetencia política operan y generan el deterioro de la convivencia democrática prácticamente en todos los países del mundo.

Lic. Fernando Britos V.

Yo mismo – advierte Preston – he escrito Un pueblo traicionado a la sombra del Brexit que dividió agudamente a mi país con su patología. Al respecto dice: “me ha dolido presenciar cómo una amalgama de mentiras, inepcia gubernamental y corrupción dividía profundamente al país y amenazaba con provocar la desintegración del Reino Unido”.

Por eso mismo, la lectura de este libro es útil para echar luz sobre nuestras propias vicisitudes. Los gobiernos que aplican recetas neoliberales, que hacen campaña contra el gasto público, alaraca con el déficit fiscal para recortar prestaciones sociales, que predican la austeridad, la transparencia, la anti corrupción, el achique del Estado (achacándole ser caro e ineficiente), son los que empiezan y terminan en la paradoja derechista de la oscuridad de sus medidas, de los negociados, las coimas, los acomodos y la repartija de cargos y beneficios: los chupópteros.

Preston abarca la actuación de la clase política española entre la Restauración borbónica de 1874 en la figura de Alfonso XII y el comienzo del reinado de su tataranieto Felipe VI en 2014. El resultado es un recorrido que subraya cómo la vida del país ha sido obstaculizada por la corrupción y la incompetencia política, y cómo esos dos factores han desencadenado reiteradamente el colapso de la cohesión social y la represión violenta.

Analiza la intervención del Ejército y de la Iglesia, el rechazo popular a la clase dirigente, el papel de la monarquía, el amargo conflicto social, el atraso económico y las tensiones con Cataluña y el País Vasco, y va situando todo en el contexto internacional. “Durante la Restauración, y de forma espectacular durante la dictadura de Primo de Rivera (setiembre de 1923 – enero de 1930), la corrupción institucional y una asombrosa incompetencia política fueron la norma – dice Preston -, lo que allanó el camino para la instauración de la primera democracia en España: la Segunda República. Desde la instauración de la República en 1931 hasta su fin en 1939, la corrupción fue menos tóxica”.

Un personaje recurrente en el libro (aunque el autor no hace del dato biográfico un panegírico de las individualidades) es el multimillonario Juan March (1880-1962) que estuvo detrás de la corrupción más espectacular. Lo mismo ocurrió con Alejandro Lerroux (1864-1949) un político que estaba a sueldo de March. Lerroux llegó al colmo cuando, como presidente del gobierno, promovió sin recato alguno la instalación de ruletas amañadas en los casinos. El golpe militar, en 1936, desencadenado por la reacción contra las reformas promovidas por la República fue ampliamente financiado por el contrabandista y especulador multimillonario, el ya citado Juan March [v].

La victoria de Franco en 1939 significó la instalación de un régimen de terror y pillaje que le permitió a él y a una élite de sus secuaces, saquear con impunidad, enriquecerse y establecer gobiernos de una ineptitud política brutal que mantuvo al país en un atraso espantoso hasta finales de la década de 1950. Preston demuestra que las casi cuatro décadas de franquismo (1939-1975 y más allá) fue la era más corrupta, violenta e inequitativa de la historia del siglo XX español, originada en la idea de que los militares “salvarían la nación” del comunismo, la masonería y el judaísmo.

Los militares terminarían al servicio de los intereses de un pequeño sector oligárquico y reforzarían la jerarquización social y política, la conculcación de las libertades y su propia degradación humana y profesional. En torno a Franco giraban algunos generales monárquicos, falangistas, católicos ultra reaccionarios y sus propios familiares. Todos enormemente enriquecidos en un proceso de sobornos, especulación, cohechos, coimas y robos lisos y llanos.

El Caudillo consolidó y congeló la separación histórica entre la clase dominante y el pueblo español. La victoria de Franco no habría sido posible sin el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, sin los mercenarios del ejército colonial del norte de África y sin la indiferencia, cuando no la franca hostilidad, de los gobiernos derechistas de Gran Bretaña y Francia.

En julio de 1936, la desconfianza hacia la sociedad civil que habían cultivado los militares desde 1898, porque le atribuían a los políticos la pérdida del imperio colonial (Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas), se cristalizó en el golpe de Estado, apoyando a los políticos de derecha, monárquicos, falangistas y los católicos ultramontanos.

El odio de buena parte de los militares y de la siniestra Guardia Civil hacia la clase obrera y sobre todo hacia los trabajadores organizados se plasmó en más de una oportunidad (pero claramente en 1936) en la aplicación a su propio pueblo de la brutalidad y los métodos de exterminio que habían ensayado en África. El ejército sublevado “colonizó” a su propio país, masacró a la población civil y sometió a los prisioneros republicanos a las penurias más atroces y a la esclavitud.

Como el desarrollo de la obra no sigue un hilo temático sino cronológico se facilita la comprensión, en toda su complejidad, de la forma en que se gestaron los episodios más tocantes de la historia. Los antecedentes de como se amalgamaron y potenciaron los distintos sectores oligárquicos, la forma y los antecedentes en que actuaron las fuerzas de izquierda, las contradicciones a veces violentas, los vaivenes y la intervención del caciquismo, el fraude electoral, los desastres militares en el Marruecos español, el desarrollo de los regionalismos en Cataluña, el País Vasco, en Galicia, etc. , el papel de la Iglesia católica, los titubeos y contradicciones en el campo republicano. Todo puede verse y cotejarse con una documentación impecable.

Franco no tuvo escrúpulo alguno en situar su afán por mantenerse en el poder por encima de los intereses nacionales. Preston muestra como esto se manifestó en sus relaciones con el Tercer Reich y después con los Estados Unidos. La ignorancia y la vanidad patológicas del dictador produjo desastres como el de la autarquía o el absurdo plan de hacerse rico mediante la alquimia o a través de la producción de nafta sintética a base de agua. La vanidad y la ignorancia hicieron que el régimen fuera presa fácil de estafadores, especuladores y buitres internacionales, por lo menos hasta 1959 cuando sus corifeos consiguieron convencer al Generalísimo que dejara la economía en manos  de los tecnócratas.

Preston observa que la actitud de los españoles hacia la clase política de su país ha sido a menudo de “un desdén que roza el desánimo”. La convicción de que los políticos son incompetentes y corruptos ha sido “una constante habitual en la vida española desde la invasión napoleónica, si no antes”. Franco, como suelen hacerlo los fascistas, utilizó la retórica sobre políticos corruptos para justificar una dictadura bajo la cual la corrupción se extendió sin barreras y fue explotada por él mismo para enriquecerse, manipular a sus partidarios y para terminar divinizado en un mausoleo faraónico del cual recién ahora ha sido desalojado.

El desastre de 1898, cuando en pocas semanas Estados Unidos liquidó la Armada española y los patriotas cubanos y los yanquis derrotaron al ejército, fue en realidad el resultado de fenómenos que venían manifestándose desde antes de las gestas independentistas latinoamericanas [vi]. Los problemas internos de España no podían solucionarse con el saqueo de las colonias. El atraso de la economía agraria, la debilidad de la industria, la influencia retrógrada de la Iglesia católica, unas fuerzas armadas parasitarias y aferradas a la crueldad represiva (el general Pablo Morillo <1775-1837> y su “régimen del terror” en Colombia y Venezuela son un buen ejemplo), las crecientes divisiones regionales, eran males endémicos que mantenían a los españoles en la servidumbre, la ignorancia y la miseria.

La corrupción electoral excluyó al pueblo de la política organizada y lo obligó a elegir entre la aceptación pasiva del sistema o la revolución violenta. La guerra 1936-1939 fue el cuarto conflicto “civil” desde la década de 1830. Entre 1814 y 1981, España sufrió más de veinticinco pronunciamientos o rebeliones militares, lo que muestra el divorcio que había entre militares y civiles.

En el primer tercio del siglo XIX los pronunciamientos fueron políticamente liberales pero después – observa Preston – se desarrolló una tradición de incomprensión y desconfianza mutuas entre el ejército y la sociedad civil que llevó a que los militares se consideraran más españoles que los civiles. A principios del siglo XX, los oficiales estaban maduros para que los políticos reaccionarios los convencieran de que tenían el derecho y el deber de entrometerse en la política para “salvar la patria”.

Ese objetivo de apariencia noble y patriótica implicaba la defensa de los intereses y privilegios de la oligarquía. El rencor de los militares hacia los políticos en general y hacia la izquierda y el movimiento obrero en particular era inseparable del mito redentor de una Cruzada. La consolidación del papel de la violencia en España tuvo mucho que ver con la forma en que las fuerzas armadas trataron el “trauma posimperial”.

La oficialidad culpaba de la derrota a los políticos por no haberlos apoyado en 1898. Como en el caso de “la puñalada por la espalda” que los militares prusianos promovieron como explicación para la derrota alemana en 1918, la verdad era mucho más profunda y compleja pero la formulación facilonga llenaba el ojo, impedía un análisis serio, servía para promover el odio y el resentimiento y hacía que los militares se considerasen los árbitros supremos de la política.

Decididos a no perder más batallas – dice Preston – se obsesionaron no con la defensa de España de los enemigos externos, sino con la defensa de la unidad nacional y el orden social existente contra los enemigos internos (los regionalistas, los sindicatos y las izquierdas). El ejército español de principios del siglo XX era ineficaz, estaba agobiado por la burocracia y mal equipado. Sufría una macrocefalia brutal: la cantidad de generales y oficiales superiores era disparatadamente alta. Además una parte altísima del presupuesto militar se destinaba a salarios de la oficialidad, administración y gastos de funcionamiento; lo que quedaba para entrenamiento, formación y equipamiento era muy poco.

El gobierno español de la Restauración borbónica trató de lavar la afrenta de la derrota de 1898 con una aventura imperial en lo que quedaba, el Marruecos español. Los desastres que se produjeron, el reclutamiento forzoso y el rechazo popular por los sufrimientos y las bajas de la tropa, intensificó el odio mutuo entre los militares y la izquierda. Los obreros reclutados para enfrentarse a los bereberes se convertían en pacifistas militantes como reacción a las penurias que sufrían mientras un grupo reducido de oficiales, los africanistas, conseguían ascensos y promociones. Se inflaban, convencidos de que, como guerreros heroicos, eran los únicos y verdaderos patriotas.

La campaña de África había tenido el efecto concomitante de brutalizar y deshumanizar a la oficialidad que cometía todo tipo de atrocidades y desarrollaba sistemáticamente la tortura y el saqueo contra los combatientes enemigos y contra la población civil. Esa deshumanización, típica de los ejércitos coloniales, hacía del terrorismo una forma de lucha [vii].

Los africanistas llegaron a dominar la oficialidad sobre todo a finales de la década de 1920, cuando Franco era director de la Academia Militar de Zaragoza. Fueron el motor del golpe de 1936 y después aplicaron los métodos terroristas contra la población civil en España. Era lo que habían perfeccionado en Marruecos. Fueron, como Millán-Astray, integrantes privilegiados de la élite cleptócrata de Franco. La supervivencia de sus “valores” durante la dictadura y después hizo que algunos sectores de las fuerzas armadas estuvieran decididos a derrocar la democracia a finales de la década de 1970. Por suerte – son palabras de Preston – la desconfianza del pueblo hacia las fuerzas armadas llegó a su fin con la democratización del ejército tras las reformas militares llevadas a cabo durante el primer gobierno socialista [viii].

Igualmente perjudicial para el progreso de España fue la Iglesia católica. En las guerras civiles de los siglos XIX y XX la Iglesia actuó contra la democratización y la modernización del país. Preston dice que esas posturas tenían que ver con el violento anticlericalismo popular, que se remontaba a siglos de defensa y santificación de la opresión inquisitorial y la limpieza étnica por parte del clero. Además la Iglesia se sentía empobrecida por la desamortización de sus tierras en las décadas de 1830 y 1850 y esto remachó su alianza con los poderosos. El predominio en la educación que se arrogaba la Iglesia y su oferta educativa para las clases medias y altas, se había convertido en el agente legitimador del orden socioeconómico y político.

Por otra parte, el estallido de la Guerra Civil y el colapso de la Segunda República resultan incomprensibles si no se toma en cuenta la influencia de los acontecimientos internacionales. Esto lo hace el autor con maestría. Que las batallas en España hayan sido las primeras de la Segunda Guerra Mundial es un hecho consagrado en la historiografía contemporánea. Preston analiza el proceso a través del que la dictadura franquista consiguió evitar hundirse junto con la Alemania nazi y la Italia fascista, la forma como superó el ostracismo internacional después de 1945 y como llegó a convertirse en aliado de los Estados Unidos y su política internacional de la Guerra Fría. Este es un capítulo muy interesante.

Siendo como es un libro extenso y abarcativo, el mérito del autor se apoya en un estilo ágil que lo hace muy entretenido. Finalizaré esta reseña aludiendo a tres capítulos particularmente interesantes para los lectores latinoamericanos.

El primero de ellos es el que se dedica a la dictadura del general Primo de Rivera, que tenía la manía de emitir comunicados, notas personales, como los Twitters de la actualidad, con una propensión a quedar en ridículo o a demostrar su mala fe comparable con la de Donald Trump o de algunos políticos oficialistas uruguayos como los senadores Jorge Gandini o Graciela Bianchi.

Franco aprendió mucho de Primo de Rivera especialmente a operar su cleptocracia disfrazándola de patriotismo. Por ejemplo, ambos dictadores succionaron fortunas para engrosar su patrimonio familiar a través de colectas o suscripciones nacionales. Primo de Rivera se hizo hacer una mansión con dineros descontados de los salarios públicos y Franco se hizo regalar todo tipo de propiedades, joyas, antiguedades, obras de arte y tierras mediante contribuciones forzosas. Asimismo, el periodo de la dictadura de Primo de Rivera, bajo Alfonso XIII marca los prolegómenos de la caída de la monarquía (precisamente hace 90 años, el 14 de abril de 1931) tanto como el ascenso del nacionalismo católico tradicionalista (ultrareaccionario) que fue uno de los puntales de ambas dictaduras.

Otro capítulo interesante es el de la llamada Transición Española que se extendió desde la muerte del Caudillo, en 1975 – después de la terrible agonía artificial que le propinaron su yerno y su mujer para perpetuarse – hasta la extinción del gobierno de Adolfo Suárez y el advenimiento de Felipe González.

Memorable resultará el último capítulo, que termina con la asunción del tataranieto de Alfonso XIII en 2014, en medio de los escándalos de corrupción, blanqueo de capitales, evasión fiscal, sobornos y demás que involucran a la monarquía, arrasaron con el Partido Popular y han puesto en la picota a los capitanes de industria, grandes banqueros, ministros, consejeros, parlamentarios y alcaldes. El caso Gurtel dejó además al descubierto una trama de tráficos surtidos, de influencias, de drogas, y un consumismo descomunal y chocante por parte de los poderosos que demuestra que la corrupción sigue profundamente instalada en España.

Los últimos datos a este respecto indican que hay casi 1.700 causas abiertas en materia de corrupción, que los imputados son más de 500 y que solamente 20 de ellos están cumpliendo condena en una cárcel española. Hace ya ocho años, un estudio evaluó en más de 40.000 millones de euros el costo social de la corrupción en el país. Ni siquiera Preston podría calcular a cuanto asciende ese costo hoy en día. Tampoco hay una evaluación posterior de la incompetencia pero este ya es otro capítulo que seguramente el autor estará hilvanando para una futura segunda edición actualizada de Un pueblo traicionado.

 

Lic. Fernando Britos V.

 

[i] NOTAS

i   Preston, Paul (2019)  Un pueblo traicionado: España de 1876 a nuestros días; corrupción, incompetencia política y división social. Editorial Debate;1ª edición (24 Octubre 2019); Barcelona. Tapa dura : 784 páginas; ISBN-10 : 849992543X ; ISBN-13 : 978-8499925431.

[ii]BIBLIOGRAFÍA DE PAUL PRESTON

La Guerra Civil española. Reacción, revolución y venganza. Ed. Debolsillo, Barcelona (2010) (392 pp.) (A concise history of the Spanish Civil War) (1978).

Franco: Caudillo de España. (Franco: A biography) (1993). Ed. Debolsillo; 1a edición (15 junio 2015) (1.040 pp.)

La política de la venganza: el fascismo y el militarismo en la España del siglo XX. (1997) Ed. Península (21 Enero 2020)  (400 pp.).

Las tres Españas del 36 (1998). Ed. Debolsillo 1a edición (agosto 2018) (512 pp.)

La Guerra Civil (2000). La Guerra Civil española de Paul Preston en formato cómic por el dibujante José Pablo García.

Palomas de guerra. Cinco mujeres marcadas por el conflicto bélico. Ed. Plaza y Janés (2001) (512 pp.).

La destrucción de la democracia en España: reforma, reacción y revolución en la Segunda República (2001). (512 pp.).

España y las grandes potencias en el siglo XX. Ed. Crítica, Barcelona (2002) (384 pp.)

Juan Carlos: el Rey de un pueblo (2003) Ed. Debate (704 pp.).

El triunfo de la democracia en España: de Franco a Felipe González pasando por Juan Carlos. Ed. Debate (400 p.).

Idealistas bajo las balas. Corresponsales extranjeros en la guerra de España. Ed. Debate (544 pp.) (We saw Spain die) (2007).

El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco. Ed. EDB (384 pp.) (2008).

El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después. Debate. (2011) (864pp.)

La muerte de Guernica. Versión en formato cómic por el dibujante José Pablo García. Debate. (2012).

El zorro rojo: La vida de Santiago Carrillo. Ed.Debate. (2013) (472 pp.).

El final de la guerra civil. La última puñalada a la República. Ed. Debate. (2014) (442 pp.).

Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días. Corrupción, incompetencia política y división social. Barcelona, Debate, (2019).

Nota bene: La totalidad de los títulos de Preston son asequibles para Kindle a precios muy razonables.

[iii]   En una carta escrita durante la Guerra Civil, Antonio Machado sostuvo: “En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mi me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud”.

[iv]   Parecido, pero no igual, ha de ser el estremecimiento que esta obra suscita en la Argentina razón por la cual, estando tan hermanados, no deberíamos hablar de una repercusión rioplatense.

[v]   March, que llegó a ser uno de los individuos más ricos del mundo, a través de la mirada de Preston no es un super hombre sino un vulgar capitalista ladrón de guante blanco. Antes había sido acusado del asesinato de un rival en los negocios (que además había sido el amante de su esposa). March intimidó a los jueces, a los periodistas y finalmente consiguió que el caso se archivara en una típica maniobra oligárquica que combinaba el dinero y sus contactos políticos.

[vi]   Téngase en cuenta que en la Guerra de 1898, hubo una serie de pactos entre los imperialistas enfrentados. De este modo, el general estadounidense impidió que los mambises cubanos, que estaban luchando desde 1895, entraran en Santiago de Cuba alegando “impedir represalias” contra los españoles; en las Filipinas, la toma de Manila fue pactada entre los estadounidenses y los españoles para impedir que los independentistas tagalos entraran en la ciudad.

[vii]   Una de las formas que adoptó organizativamente el africanismo fue la creación de un cuerpo de mercenarios, copiando la Legión Extranjera de Francia. En 1920 se creó el Tercio de Extranjeros o Legión Española, a iniciativa de José Millán-Astray (1879-1954). Durante la Guerra Civil Española Millán-Astray se destacó como propagandista radiofónico promotor del terror contra la población civil. Sus peroratas radiales estaban cargadas de antisemitismo y anticomunismo: los judíos comunistas eran responsables de la situación de España. Promotor de la mística morbosa de la muerte (muy similar al culto mafioso de la Santa Muerte) fue el que provocó la famosa réplica de Miguel de Unamuno el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca (Venceréis pero no convenceréis) cuando irrumpió con sus mercenarios al grito de Viva la Muerte. En 1937 lo pasaron a retiro de su cargo como Jefe de Propaganda del régimen debido a la brutalidad cuartelera con que trataba a sus subordinados. Era demasiado hasta para sus camaradas.

[viii]   Las reformas no han evitado que los cuerpos de mercenarios y tropas de choque se mantengan en el ejército español. Así es que en 1985, la Legión estuvo a punto de ser disuelta pero, con algunos cambios en su reclutamiento, conserva sus peculiaridades coloniales, sus insignias y su relación con los sectores más oscuros de los cultos ultramontanos. Por ejemplo la Pontificia y Real Congregación del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas y Nuestra Señora de la Soledad Coronada (Mena), una hermandad religiosa o cofradía con sede canónica en Málaga. El Santísimo Cristo de la Buena Muerte es el patrón y protector de la Legión y los legionarios cargan al hombro la imagen todos los años en la procesión del jueves santo. Los Grupos de Regulares pertenecen a las fuerzas creados a partir de 1911, con oficiales españoles y soldados indígenas. Los regulares fueron fuerzas de choque utilizadas por los franquistas durante la guerra civil para practicar el terrorismo. Tanto la Legión como los Regulares conservan uniformes, distintivos e insignias del pasado colonial. En el 2020 la Legión contaba con 5.000 plazas y un record de numerosas intervenciones en el extranjero, desde 1992 en los Balcanes y después en Irak, el Líbano, Afganistán, el Congo, por cuenta de las Naciones Unidas y sobre todo de la OTAN. 

 

 


 

 

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